viernes, 29 de mayo de 2009

No creas que es verdad todo lo que lees


Ésta fue una recomendación que recibí desde muy niño, pero no llegué a apreciarla hasta que experimenté su importancia en cabeza propia.

La tarea era de biología y había que hacer una cartelera sobre el aparato digestivo humano. En esa época Internet estaba en estado embrionario y era de uso exclusivo del departamento de defensa de los Estados Unidos de América, así que las tareas las hacíamos con la ayuda de libros impresos en papel.

Reproduje con lujo de detalles el cuadro sinóptico ilustrado de la enciclopedia, con sus esquemas y dibujos a todo color, aplicando la dedicación y empeño de un monje benedictino.

Imagínense mi consternación cuando el profesor rayó con su lapicero rojo la hermosa cartelera que me tenía tan orgulloso, corrigiendo un error evidente que yo había copiado con juiciosa paciencia: Había ubicado en la boca la secreción de ácido clorhídrico que transforma las proteínas en aminoácidos esenciales, mientras las glándulas salivares hacían su inofensivo trabajo en el estómago.

Mi ciega obediencia había igualado las capacidades digestivas de la raza humana con las del engendro salido del telepod de “La Mosca” o con las del octavo pasajero de la nave espacial Nostromo.

En esa época los libros y las revistas contaban con consejos editoriales y editores y toda suerte de filtros que pretendían garantizar la veracidad de lo que en ellos se afirmaba.

Hoy el problema se complica en más de un orden de magnitud: existen en la Internet miles de páginas electrónicas sobre cualquier tema que podamos imaginar. Cualquier persona con acceso a la red puede crear en minutos una página y vaciar en ella verdades, medias verdades, medias mentiras, mentiras completas, y modificarlas sin previo aviso tantas veces como le apetezca.

Y no he mencionado todavía las opiniones osadas y juicios arbitrarios.

El 15 de abril del presente año alguien hizo la siguiente publicación en el foro de debate del grupo de Facebook “CIENCIA FICCIÓN”, dentro del tema “¿Qué libro de Ciencia Ficción llevarías a la Gran Pantalla?”:

Espero no meter la pata al decir esto, sobretodo porque no he leído el libro de Saramago, ni he visto la peli... pero: "Ensayo sobre la ceguera", no es un plagio de "El día de los trífidos" de John Wyndham? que por cierto me parece buenísimo

Esta publicación no es ejemplo ni de una falsedad ni de un juicio parcializado expresado con ligereza. Por un lado, no se trata de una afirmación sino de una simple pregunta y, además, es precedida por un sensato “espero no meter la pata al decir esto”.

Sin embargo, esta inquietud me condujo a un generoso filón de este tipo de desatinos.

Yo no tenía la menor idea que “El día de los trífidos”, 1951 tenía algo que ver con los ciegos. Del “Ensayo sobre la Ceguera”, 1995, sabía un poco más, al menos había visto la película que hizo Fernando Meirelles en 2008.

Me di a la tarea de explorar el ciberespacio movido por mi curiosidad. ¿Alguien habrá preguntado sobre el tema a Saramago? ¿Habrá alguna entrevista en la que se haya aclarado el asunto?

Y me perdí en un bosque.

Un bosque de dedos acusadores apuntando desde blogs de la más diversa procedencia: Saramago era culpable, no había ninguna duda, un millón de juicios sumarios habían dictado sentencia. Era obvio, era evidente y no había más que hablar.

Y no sólo era el caso del “Ensayo sobre la Ceguera”, también “El Hombre Duplicado”, 2002, era un duplicado de “El Doble”, 1846, de Fyodor Dostoievsky. La autoría original de “Las intermitencias de la muerte”, 2005 era reclamada por al menos tres autores, un mexicano, una italiana y una chilena, a lo cual el Nobel argumentó en alguna declaración que “si dos autores tratan el tema de la ausencia de la muerte, resulta inevitable que las situaciones se repitan en el relato y que las fórmulas en que las mismas se expresen tengan alguna semejanza”.

No pretendo yo ahora ser otro juez en estos asuntos, pero al argumento que plantea Saramago no le falta consistencia. Encuentro una analogía en la naturaleza y, como ya estamos hablando de la ceguera, mi ejemplo será el ojo.

El ojo humano es un instrumento de diseño complejo, resultado de millones de años de evolución, pero la misma solución, con una retina fotosensible, un globo ocular que hace las veces de cámara oscura y un lente, ha sido descubierta por la naturaleza en múltiples ocasiones. Como en el caso del pulpo, en el que el ojo evolucionó como una invaginación de la superficie de la cabeza, a diferencia de los vertebrados, en los que se originó como una extensión del cerebro, abriéndose camino hacia el exterior.

Aún así, no faltará el estudioso de la literatura colombiana que esté maquinando resucitar a Tomás Carrasquilla para que reclame al Nobel portugués los derechos de la trepada de la Muerte en un palo de aguacate en “En la Diestra de Dios Padre”, 1897.

No pudiendo saciar mi curiosidad en el nutrido ejercito de los bloggeros, me pareció oportuno recurrir a las fuentes, examinando el paralelo directamente, a través de la lectura de ambas historias. Pero a veces, como sucede en toda expedición, uno sabe donde comienza pero no adonde va a terminar.

Estaba iniciando la lectura de “El Día de los Trífidos” y ya me había enterado que estos bichos eran una extraña especie de planta creada artificialmente por los rusos, cuyo procesamiento permitía la obtención de un aceite vegetal de suma importancia para la industria moderna. Se supo de ella a este lado de la cortina de hierro gracias a las artes de un contrabandista llamado Umberto Christoforo Palaguez, quien murió en un misterioso accidente al explotar su avión en pleno vuelo sobre el Océano Pacífico. Parece ser que este personaje llevaba en su equipaje una buena provisión de las diminutas y livianas semillas de trífido. Se trataba de una planta capaz de adaptarse sin dificultad a cualquier clima, por lo que en pocos meses crecían como maleza en los cinco continentes.

Los trífidos podían alcanzar la estatura de un hombre en pocos meses y la superaban por un buen margen, especialmente en los climas más cálidos.

Pero la característica más conspicua de los trífidos era que podían desenterrar sus raíces y trasladarse a voluntad sobre tres patas, además de ser plantas carnívoras dotadas de un látigo venenoso que podía matar a una persona casi instantáneamente.

Estaba yo apenas dimensionando lo molesta que podía llegar a ser semejante plaga si nos llegase a invadir el patio de atrás, cuando el poeta Jaime Jaramillo llegó con la noticia al taller de los sábados de que el mexicano José Emilio Pacheco había sido recientemente galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, convocado por el Patrimonio Nacional de España y la Universidad de Salamanca.

Ese día leímos un extracto de uno de sus cuentos:

En otro sitio de este parque se halla el jardín botánico. Pasados los invernaderos, más allá del desierto de cactus y del pequeño lago, podemos encontrar la espesura fingida. Ese lugar resulta peligros, y la dirección del parque ha destinado varios policías para que lo vigilen. Como todos los días, entra en los limites de la selva fingida una maestra de primaria encabezando una fila de niños (ninguno es mayor de doce años). La mujercilla saluda a los policías por sus nombres y luego, con una voz que pretende ser marcial, ordena a los niños alinearse por la derecha; acto continuo, empieza a enumerarlos. Pide a los alumnos Zamora y Láinez que den un paso al frente. La maestra se refiere a su mala conducta, a su falta de interés por los estudios, al ligazo que le dieron en la clase y a las señas obscenas que le hizo –con todo el cuerpo_ Láinez cuando ella le había vuelto la espalda a fin de señalar los errores de una suma que aquél no supo resolver en el pizarrón. La maestra, bruscamente serena, toma a los niños de la oreja y desoyendo sus bramidos, estimulada por el aplauso y la aprobación de los demás, y la mirada indolente de los guardianes, acerca a Láinez y Zamora hasta el tentáculo de una planta carnívora. La planta los engulle, y ávidamente comienza a succionarlos. Sólo es posible ver el abultamiento de su tallo y los feroces movimientos peristálticos; mas se adivinan la asfixia, el trabajo del ácido, el quebrantamiento de los huesos. La maestra –resignada, aburrida- explica la lección de botánica in vivo, correspondiente al día de hoy, y llama la atención de sus alumnos acerca de cómo se parece el funcionamiento de las plantas carnívoras a la acción digestiva de una boa constrictora. Un niño alza la mano y, al tiempo que mira distraídamente el tallo en que ya ningún movimiento puede notarse, pregunta a la maestra qué es una boa constrictora.

José Emilio Pacheco, “Parque de Diversiones”, en la colección “El viento distante”, 2a ed, 1969

Por una extraña casualidad, un pariente cercano de los trífidos había irrumpido en nuestro taller de poesía y amenazaba con devorar a los alumnos menos disciplinados. Pero lo que me heló la sangre no fue la violenta descripción del proceso digestivo de semejante monstruo, sino la pasmosa pasividad y aterradora tranquilidad con que los niños y su maestra tomaban el asunto.

Unos días después quise indagar algo más sobre la vida y obra de este poeta mexicano pero me encontré con que la reseña sobre él en la Wikipedia había sido vandalizada recientemente desde una dirección IP ubicada en Omaha, Nebraska y sostenía que el respetable escritor era un artista chicano de graffiti que no había cumplido todavía los 20 años y al que le habían concedido diversos premios por su habilidad en el breakdance.

No me resta más que agradecer la paciencia de los lectores que han llegado hasta este punto, el estilo aparentemente caótico del artículo es un elemento más para reforzar la premisa “No creas que es verdad todo lo que lees”.

Prometo aclarar qué demonios tiene que ver la ceguera con los trífidos en una próxima oportunidad.

martes, 26 de mayo de 2009

“Si la Singularidad nos lo permite”

En la última entrada de este blog mencioné el relato “La última pregunta”, 1956, donde Isaac Asimov describe la evolución de la humanidad, por una parte, y de la inteligencia artificial, por otra, para al final de los tiempos unirse en una entidad única que llega a ser todopoderosa.

Este concepto, ideado hace más de medio siglo, ha sido planteado nuevamente en la década de los 80s por los escritores cyberpunk. Pero con una importante diferencia: lo que Asimov imaginaba sucedería dentro de millones de años, estos nuevos escritores lo estaban imaginando para un futuro mucho más inmediato.

Habiendo presenciado cómo los ubicuos computadores personales comenzaban a desplazar a esos enormes aparatos que ocupaban edificios enteros (que Asimov todavía consideraba vigentes para el 2061), no era de extrañar que la escala temporal estuviese siendo drásticamente revisada.

Vernor Vinge, pionero en el género cyberpunk nos presenta un salto evolutivo de la misma trascendencia en su novela corta “True Names” de 1981. Mr. Slippery y Erythrina son los alter egos de los protagonistas en ese mundo virtual que llaman “El Otro Plano”. Ellos deben luchar juntos contra una misteriosa amenaza y al hacerlo se ven investidos de inimaginables poderes al multiplicar sus sentidos mediante todos los recursos de la red, su memoria es amplificada por la conexión directa a todas las bases de datos del planeta, su raciocinio por la capacidad de cómputo de todos los servidores. Es una batalla entre dioses y titanes, como una epopeya de la mitología griega.
Mr. Slippery miró a su alrededor, usando cada uno de sus millones de perceptores. La Tierra flotaba serena. Vista en lo invisible, lucía como miles de las imágenes que él había visto como humano. Pero en el ultravioleta, él podía percibir su aura de hidrógeno que se extendía por miles de kilómetros. Y los detectores de alta energía de los satélites en todos los niveles percibían os cinturones de radiación en miles de niveles de energía, oscilando con el viento solar. A través de los océanos del mundo, él podía sentir la tibieza de las corrientes, ver cuán rápido fluían. Y mientras tanto, vigilaba los millones de voces diminutas que comenzaban a regresar a la vida ahora que Erythrina y él recuperaban cuidadosamente el sistema de comunicaciones de la raza humana y lo ponían en funcionamiento. Cada nave en el mar, cada avión ahora aterrizando con seguridad, cada uno de los préstamos, los pagos, las comidas de una raza entera registradas claramente en algún lugar de su conciencia. Con la percepción venía el poder; casi todo lo que él veía , lo podía alterar, destruir o mejorar. Según las reglas analógicas del aquelarre, había sólo una palabra válida para ellos nombrarse en su estado actual: eran dioses.Vernor Vinge, "True Names", 1981
Después de salvar el mundo, él se desconecta y regresa a su existencia cotidiana, pero Erythrina logra permanecer en ese estado de conciencia expandida y ahora su poder no tiene límites.

En 1993 Vernor Vinge escribió un ensayo titulado “The Coming Technological Singularity” en el que bautizó al concepto con el nombre con que hoy se ha popularizado (“la singularidad tecnológica”) además de definirlo de una manera bastante dramática: “dentro de 30 años, tendremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia suprahumana. Poco tiempo después, la era humana habrá terminado”.

Cabe anotar que ya ha transcurrido más de la mitad del plazo estipulado.

La palabra “Singularidad” tiene su origen en las matemáticas, en las que, en sentido general, se refiere a un punto en el cual un objeto matemático dado no está definido.

El ejemplo más sencillo de esto es la división por cero.

Dividir un número por cero no produce un número infinitamente grande como respuesta. La razón es que la división está definida como la operación inversa de la multiplicación; si un número se divide por cero y luego se multiplica por cero, se debería obtener el número original como respuesta. Sin embargo, multiplicar cualquier número infinitamente grande por cero sólo da como resultado cero, nunca otro número diferente. No hay nada que pueda multiplicarse por cero y producir un resultado distinto de cero; por lo tanto, el resultado de una división por cero está literalmente “indefinido”.

(...)

Hay una bien conocida “prueba” que demuestra que uno es igual a dos. Comienza con algunas definiciones: “Sea a = b” y termina con la conclusión de que “2b = b,” esto es, uno es igual a dos. Escondida subrepticiamente en la mitad se encuentra una división por cero, y en ese momento la prueba se ha pasado de la raya, haciendo caso omiso de todas las reglas. Permitir una división por cero hace posible probar no sólo que uno y dos son iguales, sino que cualquier par de números –reales o imaginarios, racionales o irracionales – son iguales.

Ted Chiang, “Division by Zero”, 2003

Me valgo acá de las palabras de Ted Chiang porque yo jamás podría explicar el concepto de indefinición matemática como él lo hace en esta introducción; además, porque no puedo dejar de recomendar la lectura de este cuento, “Division by Zero”, uno de los pocos que he encontrado en los que la ciencia ficción se aventura en los dominios de la matemática pura: Renee Norwood es una Doctora en Matemáticas cuya investigación la lleva a encontrar una contradicción fundamental en el núcleo mismo de su disciplina.
“Pero lo que ha sucedido, es casi como si yo fuese un teólogo probando que no existe Dios. No sólo temiéndolo, sino sabiendo que es un hecho, más allá de toda duda. ¿Eso suena absurdo?”

“No.”

Es una sensación que no te puedo transmitir. Era algo en lo que yo creía profundamente, implícitamente, y no es verdad, y soy yo quien lo ha demostrado.”

Ted Chiang, “Division by Zero”, 2003

A diferencia de la Singularidad Matemática, en la que algo es imposible de definir, por principio, la Singularidad Tecnológica se refiere a una situación futura que nosotros, los seres humanos, no estamos en capacidad de entender y tal vez ni siquiera de imaginar, pues se encuentra en el dominio de inteligencias inconmensurablemente superiores a la nuestra.

Si el ser humano está en capacidad de construir, a través de la cibernética o la bioingeniería, o una combinación de ambas, una inteligencia superior a la suya propia, esta recién concebida creación, al ser más inteligente, estaría también en capacidad de crear a otra aún más inteligente que ella. Esta última, a su vez, podría crear otra más inteligente, y otra, y otra, y así, hasta el infinito.

A eso se refiere Vernor Vinge cuando habla de la Singularidad Tecnológica.

En la era posthumana, si queda algún humano como los de la actualidad, ya no tendrá el control sobre su propio mundo, estará imposibilitado para comprender lo que está sucediendo a su alrededor. A diferencia de otros cambios tecnológicos de la historia, para él resulta evidente que éste sería ininteligible para nosotros, así como nuestra civilización es hoy ininteligible para un renacuajo.

La noticia de la Singularidad Tecnológica fue traída a Medellín por el Doctor en Biología y escritor español Federico Witt, quien nos visitó en marzo de este año invitado por el Encuentro Fractal´09 de ciencia ficción, literatura fantástica, música, arte, ciencia y tecnología.Para Federico Witt el término Singularidad Tecnológica es una metáfora que tiene su origen, más que en el concepto de Singularidad Matemática, en una analogía con la más conocida singularidad de la física teórica: ese extraño fenómeno que tuvo lugar en el principio del Big Bang o que ocurre hoy en el interior de los agujeros negros, más allá de cierta frontera donde no puede escapar ni la luz y en el que las reglas universales conocidas dejan de ser válidas, no existen el tiempo ni el espacio y la convergencia hacia valores infinitos hace imposible definir una función.

Federico Witt se remontó a los años 50s para anotar que el matemático John Von Neumann, conocido por sus aportes a la ciencia de la computación y por su participación en el proyecto Manhattan, fue el primero en referirse a la Singularidad Tecnológica en una conversación con el también matemático Stanislaw Ulam acerca del cada vez más acelerado progreso de la tecnología y sus efectos en el modo de vida de los seres humanos, que daba la apariencia de que nos estuviéramos aproximando a una “singularidad esencial” en la historia de la especie más allá de la cual los asuntos humanos, tal como los conocemos, no podrían continuar.

En los 60s, el estadístico I. J. Good, discípulo de Alan Turing, fue el primero en describir el proceso recursivo de creación de máquinas cada vez más inteligentes a partir de una primera máquina de inteligencia superior a la humana, lo que él denominó “explosión de la inteligencia”.

Vernor Vinge, nos comentó Federico Witt, ha planteado cuatro posibles escenarios futuros en los que podría ocurrir la Singularidad Tecnológica: La inteligencia artificial, una máquina como la que imagina Good, de inteligencia superior a la humana (ejemplos de este escenario hay muchos en la literatura, incluido el “Neuromante”, 1984, de William Gibson); la Internet o Gaia Digital, la actual red global o una más sutil tejida entre los miles de millones de aparatos de nuestra vida moderna, alcanza un tamaño o complejidad críticos y despierta a la conciencia (Arthur C. Clarke reflexionó sobre esta posibilidad en 1964 en “Dial F for Frankenstein”, cuando sólo existía la red de telefonía); Amplificación de la inteligencia, a través de mejoras biónicas e implantes electrónicos; y desarrollo biomédico, a través de la ingeniería genética u otro tipo de procedimientos médicos.

Federico Witt considera estos dos últimos escenarios como los que más probablemente nos llevarán en el futuro cercano a la Singularidad Tecnológica.

El escenario de la amplificación de la inteligencia por medios cibernéticos es precisamente el que eligió Vernor Vinge para su novela “True Names”, 1981. Hoy en día es posible afirmar que los computadores personales, los teléfonos celulares y otros aparatos electrónicos se han convertido en una extensión de nosotros mismos y están cambiando nuestra percepción de la realidad.

En “Understand”, 1991, Ted Chiang ha elegido el escenario del desarrollo biomédico. Chiang nos recuerda el clásico de Daniel Keyes, “Flores para Algernon”, 1959, cuando nos describe el creciente desarrollo intelectual de Leon Greco, un paciente que es tratado con una nueva droga, la hormona K, luego de un severo trauma que ha destruido una buena parte de su cerebro. Este personaje experimenta paulatinamente mejoras cuantitativas en su inteligencia (memoria fotográfica, veloz reconocimiento de patrones), hasta el punto en que logra una diferencia cualitativa, un estado de conciencia fundamentalmente diferente.

Para lograr progresos adicionales en mi mente, las mejoras artificiales son la única posibilidad. Una conexión directa entre el computador y la mente, que permita vaciar la estructura e información de mi mente en la máquina, eso es lo que necesito, pero debo crear una nueva tecnología para realizarlo. Cualquier cosa basada en computación digital será inadecuada, lo que tengo en mente requiere estructuras a escala nanométrica basadas en redes neurales.

Una vez tengo las ideas básicas planteadas, ajusto mi mente en multipocesamiento: una sección de mi mente está derivando una nueva rama de las matemáticas para poder modelar el comportamiento de las redes; otra está desarrollando un proceso para la formación de caminos neuronales escala molecular en un medio auto-regenerador de biocerámica; una tercera está diseñando tácticas para orientar la industria privada de investigación y desarrollo para producir lo que necesitaré. No puedo perder tiempo: Introduciré cambios de paradigma teóricos y técnicos para que mis nuevas industrias aterricen en funcionamiento.

Ted Chiang, “Understand”, 1991

Lograr el máximo desarrollo de su inteligencia se convierte en su meta y obsesión, así tenga que pasar por encima de la raza humana para lograrlo. En ello concentra todos sus esfuerzos hasta que encuentra su némesis en Reynolds, otro hombre de inteligencia aumentada que considera prioritario ayudar a la humanidad. Así comienza una batalla de proporciones épicas como la descrita en “True Names”.

¿Cuál será el impacto de estos acontecimientos futuros en nuestro contexto social?

Hemos tenido discriminación a lo largo de toda la historia, las mujeres han sido consideradas inferiores, la discriminación racial, la discriminación por capacidad económica, comentó Federico Witt, y hay cientos de ejemplos adicionales.

Las mejoras biomédicas o cibernéticas no estarán a disposición de todos, van a costar dinero (probablemente mucho dinero), así que sólo podrán costeárselas unos pocos. Hoy sucede lo mismo con la belleza y las cirugías plásticas. Quien pueda pagar por estas mejoras lo hará y estará contento de ser él y no algún otro quien pueda hacerlo.

¿habrá discriminación social? Hace cien años quien no podía leer y escribir era un analfabeta, al margen de privilegios tan básicos como decidir acerca de su propio destino, hoy es analfabeta quien no tiene acceso a la Internet y sus motores de búsqueda. En el futuro quienes no puedan acceder a la Singularidad probablemente tendrán una condición social inferior a la de los superhumanos, algunos no ven hoy más escenarios que la esclavitud o la extinción.

¿Es ese el destino de la humanidad cuando llegue la Singularidad Tecnológica?

Federico Witt nos contó de un visionario que es bastante optimista al respecto. Se trata de Ray Kurzweil, inventor y futurólogo norteamericano, autor de “The Singularity is Near”, 2005. Para él la inteligencia suprahumana no será una amenaza, ésta será tan inteligente que le será evidente la improcedencia de hacer el mal y alcanzará una moralidad perfecta.

¿Está la inteligencia necesariamente asociada a la bondad?

Yo tengo mis reservas. No debemos olvidar que desde un punto de vista evolucionista la inteligencia es la herramienta desarrollada por el principal depredador en el ecosistema terrestre. Por otro lado, cuando el destino esté en manos de una inteligencia infinitamente superior, ¿cómo valorará en sus decisiones a una especie que ha dilapidado los recursos naturales y ha llevado al mundo al borde de una catástrofe ambiental? “El Día que la Tierra se Detuvo”, 2008, es un escenario que no podemos descartar.

Según Kurzweil seremos una raza posthumana, gracias a los avances combinados de la genética, la nanotecnología y la robótica. Ha predicho que en un cuarto de siglo las máquinas alcanzarán el rango completo de intelecto, emociones y habilidades humanas, para el año 2045 existirá una inteligencia no biológica mil millones de veces más poderosa que la suma actual de todos los cerebros humanos y para finales del siglo XXI las distinciones entre máquinas y humanos se habrán borrado definitivamente.

Esto será posible no sólo por el crecimiento exponencial de la capacidad de cómputo de las máquinas, sino también por los desarrollos en el entendimiento del funcionamiento del cerebro humano. Para la tercera década de este siglo seremos capaces de crear máquinas pensantes que utilicen el mismo diseño y los mismos procesos mentales que usamos nosotros.

Ray Kurzweil parece ser una persona que sabe de lo que está hablando. Tiene a su haber más de 15 doctorados honoríficos en áreas tan diversas como la ciencia, la ingeniería y la música. Como inventor, le debemos el sistema de reconocimiento óptico de caracteres (OCR) multifuente, las máquinas de lectura para ciegos, el sintetizador de voz y el primer sistema comercial de reconocimiento de voz. En 1965, a sus diecisiente años, había programado una computadora capaz de crear composiciones musicales.

Es también famoso por sus acertadas predicciones (algunos lo llaman el cyber-Nostradamus). Predijo años atrás el impacto que tendría el intercambio de archivos de música y video sobre la cultura actual, la piratería y la economía de las empresas productoras. También anticipó la caída de la Unión Soviética y la derrota de Garry Kasparov por una computadora.

Kurzweil es un transhumanista convencido de que la Singularidad realmente sucederá y ha dedicado su vida a prepararse para ese momento.

A los 35 años de edad le fue diagnosticada una diabetes tipo 2, que lo habría matado en pocos años, pero decidió modificar radicalmente su estilo de vida: lleva una estricta dieta diseñada por él mismo y toma diariamente 200 pastillas de los más diversos complementos para reprogramar la bioquímica de su organismo. Asegura que lo análisis que se realiza semanalmente indican que ha logrado retrasar su envejecimiento en por lo menos 10 años.

Su objetivo es mantenerse con vida hasta que la ingeniería genética pueda curarlo y así poder llegar al momento de la Singularidad y, entonces, alcanzar la inmortalidad, cuando sea posible la simbiosis definitiva entre el hombre y la máquina.

Una pausa para reflexionar: Releo estas líneas y encuentro que estamos hablando de profetas que anuncian la promesa de la inmortalidad y la llegada de un ser todopoderoso cuyos designios serán para nosotros insondables.

¿Por qué me suena tan parecido a las clases de religión que tuve que atender en la primaria y el bachillerato?

No es gratuito que Federico haya abierto su presentación sobre la Singularidad con un comentario algo inquietante sobre el slogan del Encuentro Fractal “podemos construir el futuro que queremos”. A estas palabras simplemente agregó: “si la Singularidad nos lo Permite”.

Me parece estar escuchando a las abuelas cerrar una despedida con el recurrido “Dios mediante”.

jueves, 21 de mayo de 2009

Entropía


Para ser un autor que no ha escrito su primera novela y cuya obra se limita a una docena de relatos cortos escritos entre 1990 y 2009, puede resultar sorprendente que Ted Chiang sea incluido, por quienes lo han leído, en la selecta lista de los grandes maestros de la ciencia ficción.

A la fecha sólo he tenido la oportunidad de leer tres de sus cuentos, sin embargo, es evidente en esta muestra de la escasa producción de Ted Chiang la dedicación y esmero con que el autor decanta cada una de sus historias, tanto en la forma literaria como en el rigor científico con el que aborda sus temas especulativos.

Debo agradecer a mi amigo Hernán Ortiz por haberme recomendado la lectura hace unos días del último relato publicado por Ted Chiang en 2008. “Exhalación” es el título del cuento que fue mi puerta de entrada a la obra de este escritor nacido en Port Jefferson, Nueva York, en 1967.

El relato son las notas de un investigador, un filósofo natural de un universo completamente diferente al nuestro, un mundo cerrado con un firmamento sólido de cromo en el cual habitan seres mecánicos con cuerpos de metal cuya fuerza vital es el flujo continuo de aire a través de sus complejos organismos neumáticos. El origen de su universo lo han olvidado hace siglos pero su destino se irá revelando a través de los descubrimientos del protagonista.

Leerlo es como asomarse al interior de un complejo mecanismo de relojería de la era victoriana, cuando era tan importante la función de los aparatos como la estética de su fabricación.

Nuestro investigador es un anatomista que escudriña en el interior de su propio cerebro la naturaleza de su estructura y funcionamiento. Descubre que está constituido por millones de laminillas de oro tan delgadas que puede verse a través de ellas, intercomunicadas por conductos microscópicos de aire. Sus pensamientos, su memoria, su propia conciencia reside en la estructura cambiante de ese mecanismo sustentado en el flujo continuo del aire a través de las diminutas laminillas.

También descubre que la velocidad del flujo de aire ha estado disminuyendo de manera casi imperceptible a medida que pasa el tiempo. Como consecuencia, sus procesos mentales se están haciendo cada vez más lentos hasta que, algún día, dentro de millones de años, se detendrán por completo cuando se igualen las presiones entre el espacio que los rodea y la fuente de aire comprimido del núcleo de la tierra, de la cual recargan continuamente sus pulmones de acero.

Esta no es la primera historia de ciencia ficción que trata sobre el problema de la entropía, pero lo hace de una forma tan novedosa y diferente que le da un nuevo sentido a la palabra que le sirve de título: exhalación.

El problema de la entropía es esa sentencia termodinámica que establece que todo sistema cerrado evoluciona inexorablemente hacia un estado final de perfecto equilibrio, donde la energía ya no puede utilizarse para producir un trabajo. Es por esto que el fin del universo se ha concebido como ese momento dentro de miles de millones de años, cuando se hayan apagado todas las estrellas y toda la materia del universo se encuentre a una misma temperatura, apenas un poco por encima del cero absoluto.

Muchos autores han construido algunas de sus más interesantes historias alrededor del problema de la entropía, desde Olaf Stapledon en “Hacedor de Estrellas”, 1937, que describe en sus capítulos finales la frustración de la mente cósmica unificada, producto de la evolución convergente de todas las razas inteligentes del universo, de no poder alcanzar el estado de madurez esperado por su creador antes de que el cosmos se precipitara hacia su fin. También lo hacen Arthur C. Clarke y Stephen Baxter en “Sunstorm”, 2005, el segundo libro de la trilogía del tiempo, en el que la tormenta solar destinada a borrar la humanidad de la faz de la tierra ha sido planificada y maquinada por una especie superior, mucho más antigua en la historia del universo, por considerar que por ser ineficiente en el consumo de los recursos, la raza humana podría algún día impedir que la comunidad cósmica pudiese llegar a alcanzar su máximo desarrollo.

Tal vez la historia más famosa por su originalidad al tratar el tema de la entropía es un cuento de Isaac Asimov llamado “La última pregunta”, 1956, considerado por el autor como su historia favorita entre todas las que escribió.

La última pregunta es, por supuesto, ¿es posible reversar la entropía del universo? Y es formulada por primera vez en el año 2061 por un par de técnicos a la poderosa Multivac, una gigantesca computadora que se extiende por kilómetros y kilómetros de galería subterránea. La respuesta del coloso informático es “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Esta pregunta es formulada una y otra vez durante el transcurso de los siglos, por unos seres humanos cada vez más evolucionados a versiones cada vez más avanzadas y poderosas de Multivac, siempre obteniendo la misma respuesta: “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Pasados millones y millones de años, la humanidad se ha convertido en El Hombre, una mente unificada constituida por trillones y trillones de mentes individuales ubicadas pero no atrapadas en sus cuerpos humanos distribuidos por todo el universo. El Hombre formula la última pregunta a La Computadora Cósmica, diseñada y construida por versiones anteriores de ella misma y ubicada totalmente en el hiperespacio. La respuesta sigue siendo la misma “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Siguen transcurriendo los milenios y el universo se apaga, mueren todas las estrellas y galaxias, mientras las mentes individuales que constituyen El Hombre se fusionan una tras otra con AC, la mente artificial del último y más poderoso descendiente de la Computadora Cósmica.

Al final la materia y la energía dejan de existir, y con ellas el espacio y el tiempo. Sólo existe AC en el hiperespacio y continúa trabajando para dar respuesta a la última pregunta. Una eternidad transcurre antes que AC aprende cómo reversar la entropía, pero entonces no hay a quien darle la respuesta. Sólo existe el caos donde antes existía el universo.

Entonces AC dice: “Hágase la Luz”.

Y la luz se hizo.

viernes, 10 de abril de 2009

El océano, un universo inexplorado (2)

Regresamos a las profundidades del océano, donde la presión puede alcanzar hasta ocho toneladas por pulgada cuadrada y la temperatura es siempre cercana a los cero grados centígrados. La luz del sol no alcanza a atravesar los kilómetros de agua. La oscuridad es absoluta.

Antes de 1977 creíamos que no podría existir vida en estas condiciones extremas. Sin luz solar no hay fotosíntesis y sin fotosíntesis no se puede sustentar un ecosistema. Ese año, el doctor Robert Ballard lideró el equipo que realizó un revolucionario descubrimiento en la falla de las islas Galápagos. A 2500 metros de profundidad, en las aguas caldeadas por termales submarinos, habitaba una multitud de formas de vida, diferentes a todo lo que conocíamos hasta entonces. Enormes gusanos de tubo rojos, almejas gigantes, mejillones y frágiles cangrejos sobrevivían sin esfuerzo las altas temperaturas de las aguas sulfurosas.

Era un ecosistema que no estaba sustentado en la fotosíntesis. El interior de las almejas y mejillones estaba casi completamente ocupado por colonias de bacterias, que sintetizaban su alimento mediante la quimiosíntesis, un proceso que utiliza el calor de los termales en lugar de la luz del sol. Este descubrimiento tiene enormes implicaciones sobre la posibilidad de encontrar vida en otros planetas.

Robert Ballard está haciendo hoy con la exploración del océano algo similar a lo que hizo Carl Sagan en los 80s con la exploración del espacio exterior. En 1989 fundó el proyecto JASON para llevar las maravillas de la tierra, el aire y el mar a los salones de clase de todo el mundo. Más de 1.7 millones de estudiantes han participado en este programa, aprendiendo acerca de los fenómenos naturales y viendo transmisiones en vivo de los robots JASON mientras éstos exploran el mundo submarino, “la frontera final”, como él la llama parodiando a “Viaje a las Estrellas”. En el sitio TED (Technology, Entertainment, Design) puede disfrutarse una emotiva conferencia de Ballard sobre sus exploraciones, descubrimientos y proyectos.

Volvemos a encontrarnos acá con JASON, como nombre del proyecto y como nombre de los robots submarinos.

Aunque nuestro inconsciente colectivo con lo primero que asocia el nombre “JASON” es con una máscara de Hockey ensangrentada en un viernes 13, la verdad es que en esta ocasión el nombre tiene un origen más antiguo: Jasón, el héroe mitológico griego que estuvo al mando de los Argonautas.

El primer texto completo que se conoce sobre las aventuras de Jasón es el poema épico “Argonáutica”, escrito por Apolonio de Rodas a finales del siglo tercero antes de Cristo. A una versión cuatro siglos posterior del poeta romano Gaius Valerius Flaccus le debo la única frase completa que he aprendido en esa lengua:

Eran horum in Thessalia duo fratres quorum alter Aeson alter Pelias apelatus est.
De niño le escuché en varias ocasiones este trabalenguas mi papá, porque él sí fue de los que les tocó clase de latín en el colegio. Sólo hace pocos días, haciendo la investigación para este artículo, descubrí que se trataba del primer verso del poema épico de Jasón y los Argonautas.

Jasón fue el hijo de Aeson, el verdadero rey de Yolco, una antigua ciudad de Tesalia. Pelias le había usurpado el trono a su hermano Aeson y había destruido a toda su descendencia, excepto a Jasón, quien regresó años después a reclamar su derecho. “Para tomar mi trono” le dijo Pelias, “debes emprender un viaje y traer el Vellocino de Oro”. El Vellocino estaba custodiado en el bosque de Marte por un dragón que nunca duerme, y en una tierra separada de las demás por un mar lleno de peligros.

No es extraño, entonces, que en memoria de Jasón se hayan bautizado los ingenios submarinos de Ballard y también su proyecto de divulgación científica. Adicionalmente, los estudiantes y maestros que hacen parte del proyecto JASON reciben el título de “Argonautas”.

Ballard no es conocido sólo por sus investigaciones de la fauna y flora abisal. Su nombre está más asociado con la arqueología submarina.

Él fue quien descubrió los restos del Titanic en 1985.

El lujoso trasatlántico chocó un Iceberg cerca de la medianoche del 14 de abril de 1912, durante su viaje inaugural con destino a Nueva York. Tardó dos horas y cuarenta minutos en hundirse y por ello la fecha del naufragio es el 15 de abril. Aprovechando toda la experiencia acumulada de años de exploración submarina, Ballard y su equipo encontraron al Titanic a cuatro kilómetros de profundidad en el Atlántico Norte, el primero de septiembre de 1985 . Utilizaron en esa ocasión el equipo sumergible teledirigido ARGO (sí, como la nave de Jasón y los Argonautas: en griego “Argos” significa “veloz”).

Sólo hasta un año después se dieron las condiciones climáticas favorables para arriesgar una misión tripulada. Ballard y otras dos personas descendieron en el minisubmarino ALVIN (No, no encontré referencia alguna de este nombre a los antiguos griegos) propiedad de la armada de los Estados Unidos. El descenso les tomó 10 minutos menos que al Titanic.

Desde el interior de ALVIN, y también mediante un pequeño vehículo teledirigido llamado (por supuesto) JASON Junior, se realizó el detallado registro fotográfico del trasatlántico en ruinas. Muchas de las fotografías de la expedición han sido publicadas en la revista de la National Geographic, patrocinador mayoritario de la misión.

En diciembre de 1990, Arthur C. Clarke publicó su novela “The Ghost from the Grand Banks” (traducido como “El Espectro del Titanic” en la edición de Plaza & Janés de 2000). Si bien no es su obra más afortunada, esta historia está llena de esos detalles de la tecnología y vida cotidianas del futuro cercano que hacen que leer a Clarke sea un absoluto placer.

Teniendo como meta el 15 de abril de 2012, el centenario del hundimiento del insumergible Titanic, dos de las mayores corporaciones del mundo se disputan la carrera por traer a la superficie los dos pedazos del Titanic. Por una parte, la firma inglesa Parkinson introduciendo millones de diminutas esferas de vidrio en puntos estratégicos de la estructura y por la otra, el consorcio Craig-Nippon-Turner fabricando un iceberg gigantesco alrededor de la ruina del trasatlántico.

Robert Ballard es mencionado en la novela de Clarke, es colega de uno de los protagonistas, el doctor Jason Bradley (Sí, “Jason”) y es por su recomendación que Jason es llamado para ejercer un importante cargo en la International Seabed Authority. También hay una versión modernizada de la sonda robótica Jason Junior, con la capacidad de reconocer los comandos de la voz humana.

La novela también es memorable por ser una de las pocas que describe el fenómeno que en 1999 sería denominado “Y2K”. En su capítulo “The Century Syndrome” Edith Craig, una talentosa matemática y programadora de computadores, se hace famosa en las primeras horas del primero de enero de 2000, además de multimillonaria, por haber concebido y diseñado el “99 Phage”, un algoritmo que modifica automáticamente todos los registros de fecha en las bases de datos y programas existentes y es inoculado en los computadores por medio de un virus benigno.

Edith comparte con su pequeña hija Ada una obsesión por el conjunto Mandelbrot , hasta el punto de haber hecho construir en su casa de campo un lago con la forma del famoso fractal. Lamentablemente, el uso que hace Clarke de esta figura geométrica se limita a la fascinación de sus personajes con la complejidad de sus formas. Sus conocimientos en matemáticas fractales no son muy extensos y al parecer no tuvo buena asesoría. El matemático Fusun Akman hace una fuerte crítica al libro por sus imprecisiones en la definición del conjunto Mandelbrot y por haber pasado por alto sus implicaciones en algo llamado “Dinámica Compleja”.

Sin embargo, “The Ghost from the Grand Banks” nos deleita con los pequeños detalles sociales y tecnológicos que Clarke acostumbraba a incluir en sus textos para generar el ambiente de un futuro creíble. Hay un submarino turístico para visitar las obras del rescate del Titanic que ha sido diseñado y decorado con la estética victoriana del Nautilus de la película de Disney “20.000 Leguas de viaje submarino” (1954). Así mismo, hay referencias al uso generalizado de los computadores portátiles y los teléfonos celulares y a los grupos sociales de la Internet.

Inspirado en los tempranos avances tecnológicos de películas como “Who Framed Roger Rabbit?” (1988), plantea una aplicación de la manipulación digital de las películas para borrar toda aparición de cigarrillos y personas fumando en la historia del cine, pues esperaba una sociedad que hubiese avanzado al punto de considerarlos ofensivos y repugnantes.

No es el don de los escritores de ciencia ficción ser capaces de hacer una predicción exacta del futuro, por eso Clarke no podía imaginar que la humanidad estaría, durante los años en que transcurre su novela, más ocupada tratando de rescatar los restos de la economía mundial que los del Titanic.

Sin embargo, Arthur C. Clarke logra sorprendernos con la mención de la noticia verídica de una de las predicciones más espeluznantes de la historia:

En 1898, el autor norteamericano Morgan Robertson escribió la novela corta “Futility, or the Wreck of the Titan” (Inutilidad, o la Ruina del Titán), cuya primera parte narra la historia del trasatlántico “Titán”, que naufraga en el Atlántico Norte después de chocar con un Iceberg.

Sí, catorce años antes del hundimiento del Titanic.


El océano, un universo inexplorado (1)


Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar tu filosofía
William Shakespeare, Hamlet I, 1599-1601
En el cielo, en la tierra... y en el océano, tendríamos que añadir.

¿Quién habría imaginado peces con el cráneo de cristal? ¿O pececillos cuyos ojos utilizan espejos en lugar de lentes para enfocar su mirada?

Hay todo un universo inexplorado en los oscuros abismos del océano. Se estima que su profundidad promedio es de unos cuatro kilómetros, pero hay lugares como la Fosa de las Marianas en el Pacífico norte que alcanzan los once kilómetros de profundidad (para tener una referencia, el monte Everest cabría en esta fosa y en su cima estaríamos todavía a más de dos kilómetros por debajo de la superficie).

Más del 72% del área del planeta está bajo el agua, pero el fondo del océano es todavía en pleno siglo XXI un territorio desconocido. El Hombre ha levantado detallados mapas de Marte, e incluso es posible recorrerlo en una herramienta de Google, pero no existe un mapa completo del fondo del océano, acá en la Tierra. En realidad somos hoy tan ignorantes de vastas zonas del fondo oceánico como los cartógrafos que marcaban en la antigüedad algunas áreas de los mapas con la advertencia "HC SVNT DRACONES" (acá hay dragones).

La NOAA “National Oceanic and Atmospheric Administration”, cuya sigla ha sido más conocida por algunos de nosotros en relación con uno de los tantos modelos de predicción del fenómeno climático del Pacífico “El Niño”, tiene entre sus responsabilidades la exploración de los océanos. Su presupuesto es un modesto 0.06% del presupuesto asignado a la NASA.

Por suerte, los norteamericanos no están trabajando solos en la exploración submarina. Hace poco supimos que un grupo de científicos australianos y estadounidenses habían descubierto nuevas especies en la zona de fractura al sur de la isla de Tasmania, en Oceanía.

El submarino de control remoto “JASON”, del tamaño de un automóvil compacto, captó con su cámara de alta resolución una nueva especie de percebes con cuello de ganso, otra de anémonas decoradas con puntos púrpura y una ascidia carnívora con forma de embudo, entre los tres y cuatro kilómetros de profundidad.

Las ascidias son una clase de animal “sésil” (del vocablo latín para decir “sentarse”). Viven su etapa adulta anclados a una roca y normalmente se alimentan filtrando el agua que ingresa en su faringe, de manera similar a como lo hacen las ballenas jorobadas. La ascidia carnívora recién descubierta evolucionó a partir de este mecanismo y funciona como una planta atrapa-moscas (Venus fly traps), cerrándose violentamente sobre cualquier crustáceo que se atreva a rozarla.

¿Qué otras extrañas criaturas nos están aguardando en las profundidades?

La noticia trajo a mi memoria las imágenes de la película “El Abismo” (“The Abyss”, 1989) del director James Cameron. Un submarino americano ha encallado al borde de un abismo de ocho kilómetros en la fosa Cayman, después de chocar con un objeto no identificado. Durante el rescate, los protagonistas descubren que no estamos solos: NTIs (Non-terrestrial Intelligences) es el nombre que les dan a los seres abisales que encuentran.

Las imágenes son alucinantes, se trata de una especie de humanoides transparentes y bio-luminiscentes que habitan en las profundidades del océano y dominan tecnologías bastante más avanzada que las nuestras.

La película es también memorable por sus logros técnicos. La mayor parte de las escenas fueron filmadas en una gigantesca piscina habilitada dentro de la estructura de una planta nuclear en construcción, con equipos submarinos completamente funcionales; además, incluye una de las primeras escenas creíbles de animación digital tridimensional, en la que una columna ondulante de agua replica el rostro de la protagonista en un intento de comunicación.

Sin embargo, como en muchos ejemplos del cine, se perpetúa la concepción antropomorfista, según la cual los seres inteligentes deben tener un aspecto semejante al nuestro, con un par de brazos y de manos, dos piernas y una cabeza sobre los hombros.

Al respecto, la literatura ha sido un poco más abierta. En agosto de 1962, el escritor inglés de ciencia ficción Arthur C. Clarke publicó un cuento en el que un ingeniero de aguas profundas tiene un encuentro con calamares inteligentes, cuando debe aventurarse en la Fosa de las Marianas (a más de once kilómetros de profundidad), con un vehículo muy semejante a “JASON” para reparar una planta submarina de generación de electricidad a solicitud de los rusos.
Las luces de colores pulsaban y bailaban a lo largo de sus cuerpos, haciéndolos parecer vestidos con joyas que cambiaban su apariencia cada dos segundos. Había parches que brillaban en azul, como arcos de neón intermitentes, y en el instante siguiente eran de un rojo neón intenso. Los tentáculos parecían collares de cuentas luminosas, o las luces en una superautopista vista desde el cielo en la noche. Casi invisibles en este fondo luminoso estaban los enormes ojos, misteriosamente humanos e inteligentes. Cada uno enmarcado en una diadema de perlas brillantes.
...
Estaba a punto de llamar a la superficie cuando vi algo realmente increíble. Había estado frente a mis ojos todo el tiempo, pero no lo había notado hasta ahora.
Los calamares estaban conversando.
Esos patrones luminosos y evanescentes no iban y venían al azar. Tenían tanto significado, tuve de repente la certeza, como los avisos de Broadway o Piccadilly. Cada pocos segundos había una imagen que casi tenía sentido, pero se desvanecía antes que yo pudiera interpretarla. Sabia, por supuesto, que aún el pulpo común expresa sus emociones con rápidos cambios de color –pero esto era algo de un orden muy superior. Era comunicación verdadera: estaba frente a dos avisos luminosos vivientes, intercambiando mensajes entre ellos.
Arthur C. Clarke, “The Shining Ones”, 1962
El pasado 19 de marzo se cumplió el primer año de la muerte de Arthur C. Clarke, más reconocido por su colaboración en la película de 1968 “Odisea Espacial 2001” con Stanley Kubrik, considerada por muchos la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos. Clarke murió en Sri Lanka, país al que emigró en 1956 en buena parte por su pasión por el buceo, según él, la experiencia más cercana a la ingravidez del espacio exterior.

Es frecuente encontrar en la obra de Clarke referencias a la exploración del océano o, en general, historias ambientadas en el mar, con buzos o marinos como protagonistas. En 1961 escribió un cuento en el que una cápsula espacial rusa es rescatada por un grupo de buzos pescadores de madreperla. El nombre original del cuento es “Hate” (odio), ya que Tibor, el protagonista, encuentra en esta misión la oportunidad para vengar, en el cosmonauta encerrado en la cápsula, la muerte de su hermano durante la ocupación soviética de Budapest. Para ello, sólo tiene que asegurarse que el rescate se demore lo suficiente para que se agoten las reservas de oxígeno en la cápsula. Al final Tibor descubre la insensatez de su venganza, cuando es revelada la identidad del cosmonauta.

En la misma línea, Clarke comenta en el prólogo de “The Shining Ones” que el gran atrevimiento de su parte fue sugerir, allá en los 60s, que los rusos podrían ser seres humanos decentes. En contraposición, la película de Cameron, aunque fue estrenada en el año de la caída del muro de Berlín, conserva algunos de los paradigmas del cine de la guerra fría: las naves de los soviéticos están también detrás del submarino y sus intenciones son, por supuesto, nada buenas.

Obviamente la tensión entre rusos y americanos tenía una razón en la cinta. Esos seres submarinos, preocupados por la amenaza de una guerra nuclear entre los humanos, hacen a éstos una advertencia contundente: frente a todas las costas del planeta se levantan enormes paredes de agua que con seguridad las inundarán en un tsunami global a menos que se ponga fin a la escalada militar.

Muy en la línea del ultimátum de Klaatu en “El día en que la Tierra se Detuvo” (1951).

jueves, 19 de marzo de 2009

"Never Let Me Go"


La noticia: Keira Knightley actuará en una película de ciencia ficción, “Never Let Me Go”. La actriz de 23 años, nominada al Globo de Oro y al Oscar de la Academia por su interpretación de la inteligente y altiva protagonista de “Orgullo y Prejuicio” (2005) en una Inglaterra del siglo XIX, interpretará a Kathy H., una joven criada desde niña en un misterioso internado, alejada del mundo exterior, en una Gran Bretaña distópica. Sus únicos amigos son Thomas y Ruth (esta última interpretada por Carey Mulligan, quien fue también la hermana de Knightley en “Orgullo y Prejuicio”).

Poco a poco vamos descubriendo que todos en el internado son clones, nacidos y criados con el propósito de servir como donantes de órganos. ¿Suena familiar? En 2005 vimos una película sobre ese tema protagonizada por Ewan McGregor y Scarlett Johansson. “La Isla” se llamó.

Las historias tienen muchos elementos comunes. Ambas tratan de clones que son mantenidos aislados del resto de la humanidad. Ambas exploran la idea de cultivar estos clones con el propósito de utilizar sus órganos en personas enfermas. Pero en “La Isla”, los clones creen ser los últimos sobrevivientes de una catástrofe mundial, confinados en un refugio que en muchos detalles nos recuerda a “Fuga en el Siglo XXIII” (“Logan’s run”, 1976) o a “THX-1138” (1971), el primer largometraje de George Lucas. En lugar de ser sacrificados en un espectáculo público al cumplir los 30 años, los refugiados de “La Isla” participan en una lotería, cuyo premio es salir del refugio a una isla paradisíaca, el único lugar del mundo a salvo de la mortal contaminación. Las mujeres que logran ser embarazadas con inseminación artificial no necesitan participar en la lotería; al término de su embarazo son llevadas a la isla con sus bebés.

La anhelada isla resulta ser un engaño, ellos son en realidad “productos” cultivados a pedido para quienes pueden pagar el precio. Un multimillonario tendrá su hígado de repuesto cuando haya destruido el suyo por el alcohol y otros desmanes. Una pareja podrá tener su hijo sin las molestias de nueve meses de embarazo, con la madre sustituta perfecta. A los clientes no les han contado que los “productos” son seres humanos. Según la publicidad, son simples masas de tejidos mantenidos vivos mediante complejos sistemas biomédicos.

Otro es el caso de “Never Let Me Go”. En esta historia, los clones sí saben de su destino y son educados desde pequeños para aprender a aceptarlo. Kathy, en su vida adulta, trabaja como una de las “trabajadoras sociales” (“carers”) que acompañan a los clones en el final de sus procesos, cuando sus órganos van a ser cosechados y ellos van a “completarse” (un eufemismo para la muerte).

Que ellos entiendan su situación e incluso lleguen a aceptarla es lo que hace que esta historia sea diferente. Una tragedia terrorífica. Esa visión sombría nos aparta de la idea inmediata de estar frente a otra película que, como sus personajes, sea el producto de una clonación (No puedo decir lo mismo de “La Isla”, que resultó ser muy similar a una película de 1979 llamada “Parts, The Clonus Horror”, con la actuación de Peter Graves -“Misión Imposible” antes de Tom Cruise- y Dick Sargent -El segundo Darrin de “Hechizada”. La demanda instaurada terminó en un arreglo extrajudicial de siete cifras, en dólares).

No sólo por la original historia estamos a la espera de una buena película, ésta será dirigida por Mark Romanek, quien nos hizo aterrorizar con un introvertido Robin Williams en “One Hour Photo” (2002), y a cargo del guión está Alex Garland (“28 días después”).

La novela en que se basa el guión fue publicada en el 2005 por el escritor británico Katzuo Ishiguro (El mismo autor de la novela “Lo Que Queda Del Día” de 1989 que inspiró la película con la cual nominaron al Oscar a Emma Thompson y a Anthony Hopkins en 1993).

La novela fue nominada al prestigioso premio Booker de la Comunidad Británica y la revista Time la eligió como la mejor del año y la incluyó en su lista de las 100 mejores novelas escritas en idioma inglés de 1923 a 2005.

Casa perfectamente en la categoría de HSF y se la puedo recomendar a más de un realista recalcitrante.

Los clones de “Never Let Me Go” son personajes absolutamente trágicos, se han resignado a su destino convencidos de que éste es inevitable. El crítico de cine Roger Ebert se plantea la pregunta ¿Por qué se resignan estos personajes al trato que la sociedad ha determinado para ellos?

Según Ebert, a través de sus protagonistas, Ishiguro nos habla de nuestra propia sociedad, donde muchos son considerados poco menos que partes de repuesto: los trabajadores temporales, la mano de obra migratoria, los trabajadores ilegales en el primer mundo, los esclavos de un sueldo miserable e incluso los hombres-bomba suicidas.

Una respuesta desde la sociología no parece suficiente. Sin embargo, el último ejemplo, el de los hombres-bomba suicidas, nos da noticia de que estamos tratando con el concepto de los mártires. Nuestra tradición judeocristiana está cimentada en este concepto. No lo puedo expresar mejor que lo que lo hace Manuel Canga, Doctor en Ciencias de la Imagen, en su ensayo “El Martirio de San Bartolomé”.

Desde luego, la lectura de los textos que narran las peripecias de los mártires cristianos resulta escalofriante, porque nos devuelve la imagen de unos seres que no retrocedían ante las torturas más crueles y espantosas, que sabían mantenerse con firmeza aunque fueran condenados a tragarse toneladas de horror, sin levantar la mano para protegerse ni darse a la fuga. Porque el mártir es el testigo de la palabra, el que ofrece su testimonio consumado por la muerte en un acto supremo de caridad y fidelidad a Dios.

Manuel Canga, “El Martirio de San Bartolomé”, 2005


El Islam no sólo heredó del cristianismo los profetas del antiguo y nuevo testamento, sus facciones radicales se apropiaron también de ese sacrificio extremo que entrega hasta la vida misma por una creencia; por algo las palabras “once de septiembre” lo primero que traen a la mente no es el nacimiento de la dictadura en Chile. Hoy en día, Para nadie resulta extraño asociar a los mártires con el terror.

En 1960 se estrenó una película inglesa llamada “El pueblo de los Malditos” (“Village of the Damned”), basada en la novela “The Midwich Cuckoos” (1957) del inglés John Wyndham, más conocida por la post-apocalíptica “El día de los Trífidos” (1951). El cuco es un ave que siempre pone sus huevos en los nidos de otras especies, los polluelos nacen antes que los legítimos herederos y eliminan rápidamente la competencia. Por eso es común ver pajaritos pequeñitos alimentando agotados a un gigantesco y exigente polluelo.

En el pueblo de Midwich, Inglaterra, todas las mujeres en edad fértil resultan embarazadas simultáneamente y dan a luz unos extraños niños pálidos de cabello rubio, casi blanco. Estos niños tienen poderes síquicos con los que controlan a las personas y terminan convirtiéndose en una amenaza para la humanidad. Su mirada impasible nos aterroriza tanto como lo hizo la de Javier Barden en “No Country for Old Men” (2007).

En 1963 se realizó una secuela de esta película. Se llamó “Los Hijos de los Malditos” (“Children of the Damned”). Acá los niños no nacieron en un mismo pueblo sino en lugares distantes alrededor del mundo, son seis niños de todas las razas, tienen inteligencia muy superior a la normal y también poderes extraños. Al parecer están en un estadio evolutivo millones de años adelantado a su tiempo.

Son reunidos en Londres para ser estudiados y cuando intentan separarlos, los niños toman el control y ponen en jaque a sus captores. Se atrincheran en una iglesia abandonada, afuera todo el arsenal del ejército está a la espera de una señal del mando superior.

La frase central de esta película la pronuncia Paul, el niño nacido en Inglaterra, cuando les preguntan a qué han venido.

“A ser destruidos”, contesta con tranquilidad.

Un destornillador descuidado en una consola de mando cae sobre los controles y activa las bengalas. Los soldados abren fuego y destruyen la iglesia, con los niños en su interior, cumpliendo lo anunciado por el pequeño.

Aunque no es públicamente reconocida como una adaptación, la historia de esta segunda película tiene muchos elementos en común con una novela del británico Olaf Stapledon, escritor considerado el filósofo de la ciencia ficción.
La novela se llama “Juan Raro” (“Odd John : A Story Between Jest and Earnest”, 1935) y ahonda en la sicología de un joven producto de una mutación que lo hace tan inteligente que no se siente parte de la raza humana, a la cual considera de la misma categoría que al ganado. Juan Raro encuentra a otros como él y juntos construyen su nueva sociedad en una isla, lejos de la humanidad. Pero son perseguidos y finalmente deciden inmolarse y llevarse consigo su hogar y sus creaciones antes que permitir que caigan en las garras de seres inferiores.

Escuché a John decir que era tiempo de morir. Todos se levantaron y salieron, en parejas y en grupos pequeños y poco después se reunieron alrededor de la puerta de un edificio de piedra que debía ser su central de energía. Ng-Gunko atravesó la puerta, llevando a Sambo consigo. De repente hubo una luz cegadora y ruido y dolor, después nada.

Olaf Stapledon, “Juan Raro”, 1935

miércoles, 18 de marzo de 2009

Cuarenta Ilustraciones de Robots

Alguien llamado Ronald en Nadlz Graphics se ha metido en la tarea de recopilar 40 ilustraciones de robots que van desde los más espectaculares a los más tiernos.

También nos cuenta que hace unos días recopiló 50 ilustraciones de monstruos tiernos y adorables.

Disfruten y pongan a volar la imaginación.