En un artículo reciente de io9 se afirmaba que una novela de 1975 había predicho la controversia actual con Wikileaks. “Shockwave Rider” de John Brunner cuenta la historia de Nickie Halinger, una especie de niño genio informático que ha escapado de una institución del gobierno, donde ha sido entrenado en las ciencias de la computación. Al parecer Nickie se alía con un grupo de jóvenes hackers idealistas para poner a la luz pública todos los secretos del gobierno norteamericano y atrae sobre sí todo tipo de ataques y acusaciones de antipatriotismo. A decir verdad, podría afirmarse que la gran mayoría de las obras del género ciberpunk predijeron a Wikileaks, pobladas con pandillas de antihéroes anárquicos enfrentados a súper poderosos gobiernos y maquiavélicas megacorporaciones. Sin embargo, “Shockwave Rider” parece ser una obra pionera del género. Recordemos que “Neuromancer” de William Gibson fue publicada en 1984 y “True Names” de Vernor Vinge en 1981, mientras que “Shockwave Rider” lo fue en 1975, un año antes de la primera computadora Apple y del primer disco floppy.
En mi opinión no hay que ser tan específicos para entender que la ciencia ficción desde hace un buen tiempo nos viene hablando de este fenómeno que llamamos Wikileaks, pero en su concepción más amplia, en su meta última de lograr la total transparencia: que toda la información sin excepciones se encuentre al alcance de todo el que quiera conocerla. Me refiero a las historias de ciencia ficción que hablan de la máquina del tiempo, pero a un tipo muy particular de máquina del tiempo. El cronoscopio es un artefacto ficticio que permite observar directamente los acontecimientos en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. En la Wikipedia lo denominan “Time-viewer”, para no confundirlo con un artefacto real del mismo nombre inventado por Charles Wheatstone en 1840 que permitía medir intervalos de tiempo pequeñísimos en comparación con un reloj tradicional. Este artefacto imaginario permite a los autores preguntarse ¿qué pasaría si alguna persona (o todas las personas) puede presenciar de primera mano cualquier acontecimiento del pasado? ¿Cuáles serían las consecuencias de esto para la sociedad? No voy a referirme acá a historias en las cuales, además de ver el pasado es posible ver el futuro, como en una bola de cristal, pues esto plantea preguntas filosóficas de mayor calibre como ¿existe el libre albedrío? Tampoco voy a hablar de historias en las que además de ver el pasado es posible viajar hasta allá, pues entonces surgen preguntas como ¿es posible cambiar el pasado? ¿Qué pasa si mato a mi propio abuelo? Cuestiones que eclipsarían nuestra pregunta original.
La novela “Light of Other Days”, 2000, fue una colaboración de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter. Mediante la manipulación cuántica es posible estabilizar agujeros de gusano conectando cualquier par de puntos y a través de ellos observar lo que está ocurriendo en otra parte del mundo. Es posible observar a cualquiera en sus momentos privados, escondidos, incluso los más íntimos. La nueva tecnología desaparece para siempre la privacidad. Luego la misma tecnología resulta ser capaz de mostrarnos momentos atrás en el tiempo. Nada puede preparar a la sociedad para lo que se desencadena, el descubrimiento en masa de la verdad en los miles de años de historia. Los gobiernos se derrumban, las religiones caen, los cimientos de la sociedad humana se sacuden. Recuerdo que el espacio tiempo se torna poroso por la infinidad de agujeros de gusano que se enfocan para observar la escena de la muerte de Cristo. La visión de Clarke y Baxter es optimista. Las reglas de juego de toda interacción humana cambian fundamentalmente, pues todos y cada uno se saben observables en cualquier momento y lugar, incluso los más poderosos. Recuerdo también el surgimiento de una nueva forma de humanidad, cuando deciden conectar los cerebros directamente mediante esta tecnología y se transforman en una mente colectiva, capaz de enfrentar los problemas más complejos, incluso capaz de evitar la extinción de toda forma de vida en la tierra por causa de una catástrofe astronómica.
En el cuento “Nieve”, 1985, de John Crowley, el cronoscopio es un artefacto absolutamente personal. Un dispositivo de vigilancia del tamaño y apariencia de una avispa, que acompaña continuamente a una persona y graba fielmente todas las escenas de su vida. A su muerte todos estos recuerdos estarían almacenados y a disposición de sus deudos para ser accedidos en un panteón destinado a tal efecto en el cementerio. Aunque es más una reflexión sobre la memoria humana, incluyo “Nieve” en esta lista por un artículo publicado hace poco acerca de la privacidad en la internet. John D. Sutter, de CNN se pregunta si la internet se está convirtiendo en un repositorio global del flujo de nuestra conciencia y si existe hoy algo que pueda seguir siendo absolutamente privado. Nos presenta un panorama en el cual cada vez más y más personas están registrando continuamente sus acciones, hábitos y preferencias en las redes sociales, incluso su ubicación física momento a momento. Más de 500 millones de personas usan Facebook con un promedio de 90 nuevos “contenidos” al mes. En Twitter nos enteramos hasta del menor suspiro y existe Foursquare que registra continuamente la localización de sus participantes mediante GPS. También está Blippy, que publica cada una de las compras realizadas con las tarjetas de crédito. A este ritmo, no vamos a necesitar un Wikileaks si la gente sigue publicando su vida voluntariamente en la red. Acá en Colombia creo que estamos muy lejos de entregarnos de esta manera a la vista pública, sería como colgarnos un letrero diciendo “Ladrones roben aquí” o “Secuéstrenme a mí”. Aunque pensándolo un poco, recuerdo los cientos de familias que decoran sus automóviles con pegatinas de papá, mamá, cada uno de los niños y hasta el perro y el gato, y más de un aviso con “Valentina a bordo”. No estamos tan lejos de ese primer mundo tan ingenuo. Según Sutter, los avances tecnológicos han cambiado fundamentalmente nuestras interacciones sociales, hasta el punto en que algunos analistas advierten que la gente ha perdido el control de sus propias identidades en la red. A principios de 2010, un sitio llamado “PleaseRobMe.com” recolectaba las publicaciones en Twitter y Foursquare que indicaban que las personas estaban fuera de casa. Esta información, en teoría, podría ayudar a los ladrones a identificar el mejor momento para entrar a su casa o apartamento a robar. Esto es más relevante sobre todo para las nuevas generaciones, para quienes su vida social prácticamente transcurre en línea. No tener Facebook o Twitter hoy es como no tener teléfono o no ir a las fiestas, es aislarse de su red social. No es una opción para la mayoría de los jóvenes. Muchos afirman por todo esto que la vida privada es un concepto en vía de extinción y que debemos prepararnos para un mundo en el que cada una de nuestras actividades queda registrada para siempre en la red. ¿Deberíamos actuar como si en todo momento estuviéramos siendo observados?
De Damon Knight es el cuento “I See You”, 1976. Se trata realmente de dos narraciones alternadas; la historia de inventor del visor universal, al que llama Ozo, escrita en tercera persona; la otra escrita en segunda persona, tiempo presente, la vida de una mujer desde cuando es una niña en un mundo futuro muy diferente al nuestro. Un mundo en el que no existe la intimidad y les asombra la ingenuidad de sus ancestros respecto a la desnudez y las funciones corporales. ¿Por qué decían los niños “pipí” y “popó” y se reían? ¿Por qué había tabús sobre ciertas funciones corporales? ¿Por qué era peor defecar que estornudar? Es un mundo en paz, sin crímenes. No hay lugares secretos, en el futuro alguien está observando y a éste alguien lo está observando, y así sucesivamente, de manera indefinida.
La novela de Clarke y Baxter fue dedicada al escritor Bob Shaw. Él es el autor de la novela “Otros días, otros ojos” de 1972, en la cual la tecnología es una especie de cristal lento, un material a través del cual la luz tarda un minuto, un día, un año, diez años en pasar de un lado al otro. Cristales de estos con un retardo de doce horas remplazan la iluminación eléctrica de exteriores. Es un mundo donde el espionaje puede realizarse mediante diminutas partículas de cristal y las salas en las que van a tener lugar reuniones secretas deben ser recubiertas por una gruesa capa de pintura apenas minutos antes de la reunión. Un juez se suicida ante la evidencia, sepultada diez años dentro de un cristal lento, que puede demostrar que ha condenado a muerte a un inocente. Este no es un mundo tan utópico como los de las otras dos obras. Hay personas que deciden no volver a ver el mundo más que a través de lentes de contacto de cristal lento que sólo han sido expuestos a escenas agradables. Como hoy algunos se evaden a los mundos virtuales de los videojuegos. La tecnología del cristal lento, por cierto, no está muy lejos de la realidad. Investigadores de UC Santa Cruz trabajando para la agencia estadounidense DARPA han desarrollado un dispositivo óptico capaz de modificar la velocidad de la luz en su interior. Un rayo láser variable crea efectos de interferencia cuántica que modifican el índice de refracción en su interior.
Y nos vamos hasta 1956 con el cuento “El Pasado Muerto” de Isaac Asimov, tal vez la obra más conocida sobre este tema. En un futuro en el que toda investigación es controlada y planeada en forma centralizada por el gobierno, la cronoscopia no es una excepción. Por el contrario, el uso de la tecnología es estrictamente racionado y toda investigación, incluso el estudio de la materia se encuentra vedado. Un historiador frustrado por las continuas negativas alienta a un físico a investigar el tema, en la clandestinidad. Lo que el gobierno teme es que la proliferación indiscriminada de cronoscopio pueda llevar a destruir la noción misma de privacidad.
“Al principio, la gente se limitaría a contemplar su juventud, la de sus padres, y así sucesivamente, pero no pasaría mucho tiempo sin que captase todas sus posibilidades. El ama de casa olvidaría a su pobre madre fallecida y se pondría a observar a su marido en la oficina. El comerciante y el negociante vigilarían a sus competidores, y el patrón a sus empleados. No existiría ya nada privado. Las tertulias y el espionaje tras las cortinas no serían nada en comparación con esto. En todo momento habría alguien contemplando y vigilando a las estrellas del espectáculo. No habría manera de escapar al acecho.” “El Pasado Muerto”, 1956, Isaac Asimov. Traducción de Francisco Blanco.
A propósito, este esquema de investigación centralizada del que nos habla Asimov parece haber llevado a un retraso de 60 años, al menos en el campo de la telemática (Una historia que conocemos gracias a Tim Wu, autor del libro “The Master Switch, The Rise and Fall of Information Empires”). A principios de 1934, Clarence Hickman, un ingeniero de Bell Labs, tenía una máquina secreta en su oficina, de unos 1.80 metros de alto. Si alguien llamaba y nadie respondía al teléfono al que estaba conectada, la máquina daría una señal y comenzaría a grabar, permitiendo dejar un mensaje. El invento de Hickman era la grabación en cinta magnética. Los laboratorios Bell eran el área de investigación y desarrollo de AT&T, entonces un monopolio de las telecomunicaciones autorizado por el gobierno americano. A ellos se les debe la demostración de la naturaleza dual onda - partícula de la materia, la invención del transistor, Unix, el lenguaje de programación C, entre muchas otras cosas. Sin embargo, cualquier invención que pudiera llegar a poner en riesgo los intereses de AT&T corría la misma suerte que el arca de la alianza al final de la película “Cazadores del Arca Perdida”. La invención de Hickman sólo fue descubierta en los años 90s debido a que a él se le prohibió continuar cualquier investigación en almacenamiento magnético y todo fue archivado y suprimido, sólo llegandose a conocer cuando el historiador Mark Clark revisó las notas de Hickman. Eventualmente la cinta magnética llegaría a los Estados Unidos como una importación desde Alemania. ¿La razón? AT&T creía firmemente que la contestadora automática y sus cintas magnéticas llevarían al público a abandonar el uso del teléfono. El solo conocimiento de que era posible grabar una conversación llevaría a una importante restricción del uso del teléfono, con consecuencias catastróficas para el negocio. Según la teoría, los hombres de negocios podrían temer el uso potencial de una conversación grabada para deshacer un contrato escrito. También inhibirían el uso del teléfono para discutir asuntos íntimos o de materia éticamente dudosa. En otras palabras, la grabación magnética cambiaría estructuralmente la naturaleza de las conversaciones telefónicas de manera que el teléfono resultaría mucho menos satisfactorio o útil en la gran mayoría de sus usos. Este es precisamente el tipo de impacto social que prevén estas historias de ciencia ficción a raiz de la invención del cronoscopio. Bastante curioso. El almacenamiento magnético no fue el único caso. La fibra óptica, los teléfonos móbiles, las líneas digitales de subscripción (DSL), las máquinas de fax, entre muchas otras, también cayeron bajo la censura de los laboratorios Bell y AT&T.
El año 1949 trajo una historia que no he tenido oportunidad de leer: “Private Eye” de Henry Kuttner y C. L. Moore. Trata sobre una sociedad donde el cronoscopio hace casi imposible cometer un homicidio sin recibir castigo. Suena un poco en la línea de “Minority Report”, de Philip K. Dick. También de 1949 es el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. El Aleph es un punto que contiene todos los puntos del universo y quien lo observa puede ver al mismo tiempo y sin distorsión todo lo que existe en la naturaleza. Yo diría que es un pariente lejano del cronoscopio, que sólo sirve para ver el presente. Eso sí, el presente lo muestra de un solo golpe y con lujo de detalles.
De 1947 es “E de Esfuerzo”, una novela corta de T. L. Sherred. En alguna parte leí que es considerada una de las 10 mejores historias de ciencia ficción de todos los tiempos. Acá el cronoscopio es usado por su inventor para realizar películas documentales. Como el aparato funciona incluso hasta el pasado remoto, lo usa para hacer películas de grandes acontecimientos históricos, mostrando con detalle los diálogos de los líderes y cómo se inició cada una de las guerras. La narración de Sherred nos hace sentir lo que sería saber que finalmente tendremos la oportunidad de descubrir la verdad detrás de todas las mentiras que nos han contado y que tal vez finalmente se hará justicia. Cae el gobierno opresor pero es luego remplazado por otro aún peor que toma el control de la tecnología y destruye todas las copias de las películas. Un régimen todo poderoso que lleva a la humanidad a una guerra nuclear.
La visión de Sherred es la más pesimista de todas las historias que he reseñado. En lugar de un mundo nuevo sin barreras nos encontramos con más de lo mismo. Otro opresor con distinto nombre pero con una nueva arma a su haber.
¿No es esto lo que ha sucedido con Wikileaks en los regímenes dictatoriales? Por ahí leí que en Cuba están traduciendo algunos de los cables que comprometer a los Estados Unidos para divulgarlos al pueblo; otro tanto estará pasando en Venezuela y demás países con gobiernos anti-imperialistas. ¿No hicieron lo mismo los estadounidenses con la información que se filtró de sus enemigos?
Ésta es la sexta y última entrega. La primera la pueden encontrar acá, la segunda acá, la tercera acá, la cuarta acá y la quinta acá.
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Un tiempo después me enteré a dónde habían ido a parar los ojos de Lucía. Los descubrí un día en las páginas de sociedad de una revista: el mismo color azul profundo, las mismas manchas doradas.
Una joven y exitosa ejecutiva que vivía en Sydney, Australia, hizo una fortuna negociando con futuros y opciones sobre hematocritos y tejido linfático. Gerenciaba su propia empresa comisionista de bolsa con oficinas en New York, Tokyo, Frankfurt y Sao Paulo.
Ella tenía una reunión importante con su junta de inversionistas para presentar su plan estratégico a cinco años. Todo tenía que salir perfecto. Para la ocasión había encargado un diseño exclusivo a la casa de alta costura de Balenciaga.
El color de los ojos de Lucía era el complemento perfecto para ese vestido.
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Encontré la revista en la sala de espera de una de las casas de mujeres de los barrios del norte. Me había vuelto un cliente habitual, pero yo no visitaba las más costosas, claro que no: ésas eran exclusivamente para los turistas. Allí trabajaban sólo mujeres que ya habían hecho muchas donaciones, quizás demasiadas. Sobrados de transplantes sin piernas o sin brazos, o sin piernas ni brazos: aquello era muy apetecido por cierto tipo de turistas. Obviamente, tampoco tenían ya sus cinturones.
En la casa a la que yo iba sólo trabajaban mujeres de afuera del valle. Ninguna tenía sangre de donor en sus venas, excepto por alguna posible transfusión. Con el asunto de los cinturones de castidad a esas mujeres les iba muy bien. Tenían la clientela asegurada entre los donores adolescentes.
En la casa trabajaba una chica, nunca supe cómo se llamaba. Yo le decía Lu. Ella prefería Lulú.
Creo que era más o menos de mi edad, pero parecía mucho mayor. Se mantenía tomando vodka de contrabando y prácticamente no dormía. Por eso las ojeras. Tenía un aliento dulzón, como de jugo de naranja fermentado y si no fumaba era porque en el valle era imposible conseguir cigarrillos, ni siquiera camuflados dentro de muñecas de porcelana.
Ella se ponía lentes de contacto azules para mí. Incluso les hizo puntitos dorados con un marcador.
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Lu fue la que me propuso salir del valle. Era una locura, pero no lo dudé ni un segundo. Yo ya no tenía nada qué perder. Nos fuimos de viaje, lejos de la ciudad, lejos de las montañas que la aprisionaban.
La verdad, no me arrepiento de nada. Pude hacer las dos cosas que siempre había querido.
Pisé la arena de la playa y me mojé los pies con agua salada.
Fui a un partido de fútbol, en un estadio a reventar.
Eso fue antes de que Lu me vendiera a una banda de traficantes de órganos.
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Peor que las langostas lo pasan esos pescados que comen los japoneses. A ésos se los comen vivos. Lo viste en un noticiero: Es un plato grande de sushi en medio de la mesa y el pescado está decorado con ensalada y puesto de manera que parece posando para una fotografía. Tiene varios cortes, de modo que les queda fácil a los japoneses agarrar bocados con sus palitos. Tiene salsa también, salsa de soya salada en todas esas cortadas. El pescado está vivo y sigue intentando respirar. Mueve la boca y las agallas. Se está asfixiando, sin duda, y mientras tanto una familia de japoneses lo devora.
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Acá estoy, tendido en el mostrador de una tienda de órganos perdida en el barrio chino de quién sabe qué ciudad, bajo la luz intermitente de un anuncio de neón. Ya se llevaron mi otro riñón y mi pierna derecha. Tengo una placa de plástico transparente en el lugar donde debía estar mi abdomen, así que los órganos que me quedan están expuestos. No siento dolor, debo tener la médula espinal seccionada en el punto preciso, o tal vez más adentro, en el cerebro, pues lo único que puedo mover son los ojos.
“Mamá, mamá, mira esto.” Un niño tiene la cara pegada a la vitrina y me observa con curiosidad. “¿Qué hacen esas personas ahí acostadas?”
“No son personas, cariño.” Lo corrige su mamá. “Son donores. Mira el letrero rojo que tienen en el cuello, ésa es la marca de fábrica.”
“¡Wow! ¡Nunca los había visto! Parecen gente de verdad.”
“Son muy parecidos a nosotros, así podemos usar sus órganos.” Ella también me mira a los ojos.
“¡Hasta tienen la sangre roja! Igual que nosotros.” El niño señala los tubos de mi diálisis.
En efecto, mi sangre es de un rojo intenso bajo la luz fluorescente.
“Vámonos ya, que papá nos está esperando.” Dice ella.
Esta es la quinta entrega de este cuento. La primera entrega está aquí, la segunda acá, la tercera acá y la cuarta por allá.
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Cuando volví a ver a Lucía habían pasado varios meses. Yo estaba con una de mis hermanas y con Benjamín. Veníamos de que le pusieran unos puntos en la frente porque se había caído de la cama.
Lucía estaba sola.
Ya no era la Lucía que yo conocía. Estaba más callada, más distante, pero no sólo en eso había cambiado.
Me miró de frente. Al menos eso parecía. En el lugar donde debían estar sus ojos había un servomecanismo negro con lucecitas rojas intermitentes. Me saludó con una sonrisa vacía.
Yo intenté sonreír, pero creo que no me salió más que una mueca falsa.
Hablamos si mucho cuatro palabras, me comentó que podía ver relativamente bien, aunque en blanco y negro y muy pixelado, pero que ahora podía ver mejor de noche, cuando no había luz.
Al despedirse me dio un beso en la mejilla. Yo no pude disimular un estremecimiento.
Nunca más la volví a buscar.
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Las langostas están vivas cuando las echan a hervir. Tú lo has visto en la televisión. Les ponen unas bandas de goma en las tenazas, para que no se despedacen mientras esperan para ser escaldadas. Recomiendan meterlas a la nevera un rato antes de cocinarlas, para que estén adormecidas y no pongan resistencia al echarlas a la olla. Da igual, el caso es que van para la olla. En las películas muestran restaurantes elegantes, en los que los meseros sólo hablan francés. Allí mantienen a las langostas en grandes peceras, a la vista de los clientes, de manera que ellos puedan elegir la que se van a comer. Tú no sabes si las langostas entienden lo que les va a pasar y por eso prefieren matarse entre ellas.
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Mamá ya no pudo tener más hijos. Así que pasó de ser mamá a ser un donor común y corriente, como cualquiera de nosotros.
Al principio no resultó tan grave. Iba con nosotros cada tres meses a las instalaciones de la Cruz Roja, una filial de la Compañía, a que le sacaran sangre, medio litro cada vez. También cada año a la extracción de médula. A eso le tenía pereza. Duele muchísimo hasta una o dos semanas después de la intervención, pero ella nunca se quejaba.
Los primeros tres años no le tocó ningún órgano. No salió en la lotería. Después le tocó un riñón y al año siguiente el bazo y unas venas de la pierna. Después fue el sistema reproductivo. El útero obviamente no servía, estaba muy desgastado, lo mismo que los ovarios, pero las trompas de Falopio sí, y también los órganos externos. Se venden muy bien cuando el donor ha sido mamá. Dicen que son de buena suerte.
Entonces llegó la solicitud por corazón y pulmones.
Esta solicitud no entraba en el sorteo, ésta venía con nombre propio. Todos sabíamos lo que eso significaba. Así es como la Compañía nos informa que se ha cumplido la vida útil de uno de sus donores.
Todos la acompañamos a la clínica ese día. Incluso estaba Benjamín, que ya tenía seis años. Benjamín tenía el brazo derecho enyesado. Ya era la tercera fractura. Los mellizos jugaban muy brusco con él y ninguno de nosotros se molestaba en ponerles un límite.
“Hijo, yo me voy tranquila,” me dijo cuando me tocó el turno de despedirla. “Ya viví todo lo que tenía que vivir.”
“Mamá, usted nos va a hacer mucha falta.” Le dije.
“No hablemos de eso.” Me dijo. “Ahora tengo que decirle otra cosa.”
“¿Qué cosa, mamá?”
“Vea, yo sé que ustedes no quieren a Benjamín…”
“No mamá, ¿cómo se le ocurre?” La interrumpí.
“¡Shh!” Me tapó la boca con el dedo índice. “Una mamá sabe esas cosas. Yo en cierta forma los entiendo… pero comprenda que Benjamín no tiene la culpa de nada. Se lo he dicho a todos y se lo voy a decir a usted también. A alguno le tenía que tocar, yo ya estaba muy mayor.” Se quedó callada un momento, mirando para el techo, como acordándose de algo. “La verdad es que yo le estoy muy agradecida al niño. Entiéndame, hijo. Ustedes no saben lo que es estar embarazada treinta años seguidos… Yo ya estaba cansada.” Me apretó la mano con fuerza. “Pero lo peor de todo no era eso... Lo peor era verlos a cada uno de ustedes pasar a manos de esos carniceros, ver que se me los estaban llevando, de a poquitos. Y una sin poder hacer nada… ¡Eso no es vida!”
Ésta ya es la cuarta entrega. La primera la encuentran acá, la segunda acá y la tercera acá.
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Con Lucía no nos veíamos hacía un buen tiempo. Ahora que estaba ya grande, pasaba más tiempo con otra gente. Pero sí hablábamos de vez en cuando, por teléfono, al menos en los cumpleaños y para Año Nuevo.
De manera que era raro que Lucía me llamara. No insólito, pero raro sí. No nos vimos en su casa. Me estaba esperando en el parque. Estaba sentada en uno de los columpios, sola. Había un grupo de niños jugando cerca, en un arenero. Todos con gafas protectoras y con guantes los que tenían manos.
Me senté en el otro columpio, ella me miró seria, con esos ojos azules con manchitas doradas.
“Estoy embarazada.”
A todas las niñas en el valle entre los 11 y 12 años de edad, antes de su primera menstruación, les instalaban ese aparato electromecánico entre las piernas que sólo se podía abrir cuando firmaban un contrato de maternidad, para la inseminación artificial. Los muchachos teníamos que conformarnos con lo que había de la cintura para arriba. Por eso la mayoría terminaba frecuentando los barrios del norte del valle, donde estaban las casas de las mujeres de afuera, las que cobraban por lo que tenían de la cintura para abajo.
“No es de la Compañía.” Dijo ella después de un rato.
Un frío intenso me recorrió la espalda, de arriba a abajo. “Pero... ¿Cómo?” Alcancé a decir finalmente. Esas cosas simplemente no podían pasar.
“El tipo trabajaba en los archivos de la Compañía. Tú no lo alcanzaste a conocer.”
“¿Trabajaba? Pregunté.
“Él me prometió que me llevaría muy lejos. Y yo le creí. ¡Fui una tonta! Desde que se enteró no me responde al teléfono. Seguro se fue del valle.”
Ella se levantó del columpio y dio un par de pasos hacia adelante. Siguió hablando, sin mirarme. “Él fue el que consiguió las claves para abrir el cinturón. Me convenció de que no tendríamos ningún problema si usábamos preservativos. Los traen de contrabando desde China, escondidos dentro de muñecas de porcelana. ¡No puedo creer que haya sido tan imbécil! ¡Ahora sí que la cagué! Ya nunca... nunca...” Su voz se quebró. Metió la cara entre sus manos. “¡Ya nunca voy a poder ser mamá! ¡Nunca!”
Corrí hacia ella. Era más alta que yo pero en ese momento parecía tan pequeñita, tan frágil, temblaba como un animalito asustado. La abracé. Olía a lavanda y a sábanas limpias.
“Ya, ya,” le dije, “vas a ver que todo va salir bien.” “¡No!” Me rechazó. Me apartó con fuerza. “¡Nada va a salir bien! Estoy esperando un rechazado. La Compañía... ellos nunca me van a dar un Contrato. ¡Nunca!” “Pero... algo habrá que podamos hacer.”
Me miró otra vez, sus ojos azules enrojecidos por el llanto. “No puedo permitir que se enteren.” Dijo. “Si no puedo ocultarlo me harán la vida imposible.”
La única alternativa era un aborto. Pero ir al centro de salud o a una de las clínicas de la Compañía era imposible. Lucía quedaría fichada de inmediato. Eso sin contar con las multas para su familia. Tendría que hacerlo en un consultorio clandestino. Pero eso iba a costar, y mucho.
“Voy a ir a la catedral.” Dijo. Su voz era firme de nuevo. “Ya lo tengo decidido.”
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A la semana siguiente mi mamá quiso visitar a la abuela para que conociera al recién nacido y me pidió que la acompañara. La abuela vivía en una casa de retiro, en su propia habitación, ella era de las pocas personas de su edad que podían darse ese lujo. Tenían un jardín amplio, con flores de verdad, y la fachada estaba pintada toda de blanco, incluso las puertas y los marcos de las ventanas.
Cuando llegamos, la abuela estaba sentada con otras señoras en el porche. Al vernos se levantó e hizo su versión de una sonrisa. “Dolita, hija. ¡Cuánto tiempo!” A veces no se le entendía. Se le hacía difícil pronunciar sobre todo las palabras con eme o con pe.
Nos hizo pasar a su cuarto. Tenía una lamparita en la mesa de noche cubierta con una tela, de manera que todo se veía en una penumbra roja. También tenía su altar de la Virgen de los Donores. Toda la pared detrás del altar estaba llena de fotografías, éramos todos sus hijos y sus nietos. Arriba iban los que ya estaban muertos, como mi hermano Braulio, abajo los que todavía eran niños, en la mitad estábamos el resto, organizados en alguna jerarquía que sólo ella entendía. No le tenía veladoras sino una instalación eléctrica de lucecitas amarillas.
“Qué cosita más bonita,” dijo la abuela recibiendo al bebé, “se está tomando toda la lechita, ¿cierto? ¡Está gordito, gordito!”
Yo nunca le conocí la cara a la abuela. Corrijo: Nunca vi a la abuela con su propia cara. La cirugía había sido mucho antes de que yo naciera y ella nunca se quitaba la máscara en presencia de otras personas, ni siquiera de los más allegados. Nunca.
En su juventud había sido una mujer muy hermosa. La más bonita de todo el valle. Eso decían los que la conocieron entonces. Tenía varios portarretratos encima de la cama, todos con fotos antiguas de ella, de cuando tenía cara. Uno de ellos tenía una pantalla que pasaba continuamente la película donde había salido la cara de la abuela. Era una película de Hollywood.
“¿Cómopueden rechazar a un niñito tan hermosocomo éste?” La abuela estaba mordisqueando uno por uno todos los deditos de Benjamín. Se veía extraño, pues la máscara de la abuela no tenía lo que se dice propiamente labios. Aún así, ella se los pintaba siempre con labial rojo; también se ponía rubor en las mejillas y sombra en los ojos. “¡Tiene la nariz de la abuelita! Mira, Dolita, mira.”
La productora pagó muy bien por la cara de la abuela y el contrato incluyó un porcentaje de la taquilla. Fue uno de los éxitos de la década y la actriz ganó muchos premios. Por eso la abuela tenía con qué pagar su habitación.
Pero ésa fue la única película que hizo aquella actriz con la cara de la abuela. Al año siguiente se volvió a operar. Así es el mundo del espectáculo.
“Dolita, yo sé que usted tiene miedo, hija.” Comenzó a decirle la abuela a mamá. “Yo no soy quién para decirle, pero he conocido a mucha gente. Ya va a ver que no es tan difícil cuando empiece a donar los órganos.”
“¿Donar órganos?” Pregunté espantado. “¿Mi mamá? ¿Cómo así? ¡Pero si mis hermanos y yo siempre cumplimos juiciosos la cuota de cada año! No tienen por qué meterse con mamá.”
“¿Al niño no le han contado?” Preguntó la abuela.
“¿Que no me han contado qué?” volví a preguntar.
Mi mamá fue la que respondió. “Hijo, no les habíamos contado para que no se preocuparan.” Me miró con la cara que ponía cuando rezaba el rosario. “Cuando las mamás tenemos un rechazado no podemos volver a tener hijos.”
“Es cosa de la gente que maneja los números, allá en la Compañía.” Agregó la abuela. “Dicen que, habiendo pasado la primera vez, la probabilidad es muy alta de que vuelva a pasar. Por eso no les dan más contratos.”
“Yo sé eso, pero, ¿y lo de donar órganos?” Me desesperaba que me miraran así.
“Cuando las mamás ya no tenemos más hijos, a más tardar al año siguiente tenemos que empezar a participar de la cuota, como todo el mundo.”
Yo no podía creerlo. “¡No! ¡Así no es! Los hijos somos los que donamos, no las mamás. ¡Para eso estamos los hijos!”
“No se ponga así. Ése es el orden de las cosas.” Mamá me abrazó. La abuela todavía tenía cargado al niño.
“¿Y entonces la abuela qué? Ella nunca...”
“El caso de la abuela es distinto. Con lo de la película ella pudo recomprar su contrato. Para eso hace falta mucha, pero mucha plata. Sólo alcanzaba para pagar el de ella.”
Benjamín empezó a balbucear. Con gusto le habría dado un buen pellizco: mi mamá iba a tener que pasar por todo eso y era por su culpa.
“Venga, no se ponga así.” Intentó la abuela.
Yo no quería que me vieran la rabia en la cara, así que les di la espalda.
Quedé mirando al altar de Nuestra Señora.
A la virgen de la abuela le faltaba el rostro.
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Noche tras noche tuviste el mismo sueño. Estabas solo en un pueblo desconocido y por algún motivo sabías que el lugar quedaba fuera del valle, más allá del muro y de las cercas de alambre de púas. Ellos te miraban con los ojos desorbitados e inyectados de sangre. Los ojos rojos eran lo único de color en una pesadilla en blanco y negro. Había amas de casa, policías, señores de corbata, monjas. Todos te perseguían, despacio pero sin pausa. Había incluso una profesora con varios niños pequeños. Todos eran zombies y te perseguían para despedazarte y repartirse tus órganos.
Esta es la tercera entrega, para ver la primera hagan click aquí y para la segunda aquí.
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Todos en mi familia somos donores. Todos excepto Benjamín, el menor, que fue rechazado al nacer. Porque él fue rechazado hoy está muerta mamá. Porque ella estaba muerta decidí salir del valle. Y porque salí del valle…
Todo porque nació Benjamín.
Justo después del parto le hicieron los mismos exámenes que nos hicieron a todos nosotros. Pero él no pasó la prueba, no era un donante universal. Por eso no le tatuaron la marca que llevamos todos los demás:
Property of Universal DONOR Incorporated
La palabra “DONOR” está escrita en letra grande, el resto de la frase apenas si se alcanza a leer. Por eso nos llaman donores: los donantes universales. Todos nuestros órganos, cualquier parte de nuestro cuerpo es, por así decirlo, Plug and Play. Cualquier persona puede recibir el transplante, sin riesgo alguno de rechazo, sin drogas ni tratamiento alguno: Plug and Play.
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Después de que compran los exvotos en las tiendas, los peregrinos tienen que pasar a la oficina de registros de la Compañía. Allí diligencian sus solicitudes y deben hacer un depósito dependiendo del tipo de órgano y de la edad del solicitante. Se reciben todas las tarjetas, Visa, Mastercard, American Express. Sólo después de aprobado el crédito marcan el exvoto con un código y le ponen el precio. Apenas una cuarta parte de eso le corresponde a la familia, el resto es para la Compañía.
Mi hermano Braulio trabajaba en esa oficina hasta que pasó lo de la trombosis, pero no era por necesidad. Los donores no tenemos que trabajar, nuestro trabajo es ser donores.
Sólo cuando los exvotos están marcados entran los peregrinos a la catedral. Todas las tardes, casi hasta que se pone el sol, hay filas de ellos. Adentro, la misma música pregrabada, la misma oscuridad, las velas encendidas.
Los peregrinos cuelgan entonces los exvotos en las paredes de la capilla. Algunos los adornan con cintas o con flores secas, otros incluso rezan algo antes de retirarse.
Al otro día, desde la madrugada, entran las mamás a la catedral, algunas solas, otras con uno o dos niños, la mayoría están embarazadas. A las mamás les corresponde administrar las cuotas de la familia, como cabezas de hogar.
Los peregrinos nunca se enteran quién recoge su exvoto.
Los donores nunca sabemos quién lo colgó.
-∞-
El día en que nació Benjamín, yo acababa de cumplir trece años y mamá tenía cuarenta y cuatro.
Después de los cuarenta es cuando empiezan a nacer los rechazados. Todos lo sabíamos, así que de alguna manera lo estábamos esperando. Durante los últimos cuatro embarazos estuvimos pendientes. Unos en el centro de salud y los otros llamando de tanto en tanto a averiguar noticias. Sin embargo, las tres niñas salieron todas con su marca de “DONOR”, y también los mellizos.
Yo estaba ese día en la sala de espera con tres de mis hermanas mayores. Ellas rezaban murmurando para sí mismas. En lugar de rezar, yo miraba un partido de fútbol en el televisor. Hacía mucho calor y el único ventilador estaba malo. También estaban los mellizos, por alguna razón no había con quién dejarlos en casa. Ellos protestaban de vez en cuando, pero ya no había más ropa que quitarles.
“Acompañantes de la señora Dolores Pérez.” La voz apenas si se entendía en el parlante. No nos hicieron pasar al pabellón de recién nacidos sino a una oficina pequeña donde había instalado un aparato de aire acondicionado. Era más el ruido que hacía que lo que refrescaba.
Uno de los mellizos empezó a llorar. Mi hermana lo tomó en sus brazos intentando tranquilizarlo.
No nos atendió una enfermera sino un señor de corbata con escarapela de la Compañía. De inmediato comprendimos que las noticias no eran buenas.
El señor, incómodo con el llanto, trataba de explicar, “esas cosas suceden, lamentablemente, aunque la Compañía toma todas las precauciones a su alcance para evitarlo. Por eso nunca se utiliza la concepción natural. Hay demasiadas variables fuera de control. En cambio, para cada óvulo se selecciona siempre la muestra de esperma más adecuada: aquélla que arroja la mayor cifra de probabilidad de éxito para el proceso.”
Si el bebé donor hubiera nacido muerto, no habría sido tan mala noticia. Hay buena demanda para los órganos de recién nacidos. La Compañía puede aprovechar hasta el último hueso. Y si la familia está con suerte y los órganos están al alza en el mercado internacional, incluso hay bono adicional.
Bueno, hay luto por el bebé muerto y todo. Pero mala noticia no es.
“Por supuesto,” continuó el señor, “las muestras de esperma son producidas exclusivamente a partir de células madres importadas. Sólo manteniendo los más altos estándares de calidad podemos garantizar que nuestro país siga siendo líder en Latinoamérica en este importante renglón de exportación. Ustedes me entienden”.
No, la verdad nos perdimos en la parte del renglón. Pero ninguno de nosotros quiso interrumpirlo. Ninguno excepto el bebé, que seguía llorando a todo pulmón, y su hermano, que había decidido unirse a la protesta.
“Sin embargo, en algunos casos, suceden accidentes como éste.” Seguía hablando, evidentemente irritado por el ruido. “La condición de donante universal corresponde a una combinación muy precisa de varios cientos de genes, cuya patente pertenece obviamente a la Compañía. Basta con una sola desviación en toda la secuencia y tenemos, como acá, un individuo cuyos órganos serían rechazados en caso de un transplante. Es una situación inaceptable desde todo punto de vista. ¿Pueden callar a esos bebés?” Mis hermanas en verdad lo intentaron, pero los mellizos no querían parar de llorar.
Los niños rechazados son un problema para la familia. Una carga. Como no sirven para transplantes, no tienen una renta asignada. Todos tenemos que sacar una parte de lo que nos corresponde por derecho para poderlos sostener.
“Técnicamente es un incumplimiento contractual,” continuó el señor, “de manera que la parte afectada, para el caso, la Compañía, está en todo su derecho de cancelarlo de manera inmediata e invocar la cláusula de garantías.” Mis hermanas lo miraban con cara de perdidas, no entendían nada. Ni yo tampoco. Los gritos de mis hermanitos no me dejaban pensar.
“Así que vamos a hacer efectivas las pólizas. Eso cubrirá los gastos en que ha incurrido la Compañía hasta el momento”. Concluyó. “Un representante de la aseguradora los contactará para acordar la forma como ustedes pagarán la deuda resultante.”
No sólo teníamos que mantener a ese niño sino que quedábamos debiendo quién sabe cuántos millones. Y encima los mellizos no paraban de llorar.
Esta es la segunda entrega de este cuento, para ver la primera hagan click aquí.
-∞-
Por las tardes teníamos colegio pero no estudiábamos. Había clase de educación física. Todos los días, incluso los sábados, sin falta.
El profesor de educación física tenía una barriga enorme, que le salía pareja desde el pecho. Iba vestido de sudadera y llevaba un silbato colgando del cuello y su escarapela verde de la Compañía. Los que vivíamos en el valle éramos todos donores o gente de la Compañía. Los turistas nunca se quedaban más que de un día para otro y los peregrinos si pasaban de una semana era mucho.
Cada día le dábamos veinte vueltas a la cancha. Marchando a lo que más podíamos, pero nunca corriendo. “Correr daña las rodillas.” Nos decía el profesor. “No queremos rodillas malas, ¿cierto?”
Al único de mi salón al que dejaban correr era al Mocho. Todos lo mirábamos con envidia cuando nos pasaba volando con sus piernas de aluminio y poliestireno reciclado.
A mí me hubiera gustado jugar al fútbol, como los jugadores que veíamos en la televisión, o como los niños que salían en las películas. Pero tampoco dejaban. “Se pueden partir una pierna o hasta sacar un ojo. ¡Con lo que cuesta un ojo hoy en día!”
Nos dejaban jugar a la pelota, pero aquello era una cosa muy distinta al fútbol. Teníamos que ponernos casco y gafas protectoras, también rodilleras, coderas y un chaleco acolchado. Casi ni podíamos movernos. Pero era lo que lo que podíamos jugar.
-∞-
Recuerdo una tarde que había llovido y se me había embarrado el uniforme, incluso las gafas y el casco. Al llegar a casa, escuché voces en la sala, eran varias mujeres hablando en voz baja. Entré y vi a mi mamá, arrodillada frente al altar de Nuestra Señora.
En ninguna de las casas del valle podía faltar el altar dedicado a la Virgen de los Donores. El de mamá tenía pegadas en la pared, alrededor de la virgen, fotografías de cada uno de mis hermanos y hermanas, también estaba la mía. Manteníamos dos veladoras de las grandes encendidas a lado y lado de la imagen.
Una vecina tenía la camándula en la mano. Rezaba en voz alta y las demás señoras le respondían. Todas estaban vestidas de negro.
“¡Ay dolor, dolor, dolor, por mi hijo y mi Señor! Yo soy aquella María del linaje de David.”
Era la novena de la virgen.
Mamá alcanzó a verme y me dio la noticia. Mi hermano Braulio había salido esa mañana con otros dos de mis hermanos mayores para el puesto de salud. Iban a hacerse la extracción de médula ósea. Era una cosa de rutina, todos los años había que hacerlo al menos una vez, los hombres desde los doce años y las mujeres desde los catorce.
“A mí me dijo Gabriel que el Señor era conmigo, y me dejó sin abrigo más amarga que la hiel.”
“La intervención se complicó,” me dijo en voz baja, casi susurrando, “Le dio un trombo. Se le fue al cerebro y ya no despertó”. Mamá tenía los ojos rojos y la cara congestionada.
“Díjome que era bendita entre todas las nacidas, y soy de las doloridas la más triste y afligida.”
Una de las señoras, la vecina del piso de arriba, se nos acercó y le dijo algo a mi mamá al oído. Yo no alcancé a entenderle. “No, tranquila. Yo acá tengo uno.” Le respondió mi mamá. “Mis hijos me lo regalaron la Navidad pasada”. Abrió un cajón pequeñito en la mesa del altar y sacó de él una caja forrada en terciopelo negro. Adentro había un martillito y un cincel, ambos de plata y decorados con grabados.
“Decid, hombres que corréis por la vía mundanal, decidme si visto habéis igual dolor que mi mal.”
Mamá se acercó a la imagen de la virgen. Al niño le faltaban un pie y todo el brazo derecho. Mamá tomó el cincel y el martillo y de un golpe le tumbó los deditos del otro pie. Después se levantó y sopló sobre cada una de las veladoras. Las llamas se apagaron y quedaron dos hilos de humo gris.
Y vosotras que tenéis padres, hijos y maridos, ayudadme con mis gemidos, si es que mejor no podéis.”
“¡Ay, hijo! Ése fue el destino de la Virgen María: entregar a su hijo en sacrificio. Y ése es el destino de nosotras las mamás. Tener y tener hijos, uno detrás del otro. Para después entregarlos a la cuchilla de los cirujanos. Por lo menos Braulio no se me murió jovencito. Hay que agradecer que pudo vivir hasta los diecisiete.”
Yo estaba pensando en otra cosa y al fin le pregunté: “Mamá, ¿qué es un marido?”
-∞-
Pasaron dos semanas y llegó la notificación de la Compañía. Con la muerte de Braulio la familia había cumplido su cuota anual. Al menos hasta enero no tendríamos que decidir quién iba a dar el próximo riñón, o el páncreas, o un pulmón. Incluso nos tocaba un bono adicional. Ya la Compañía había hecho el depósito en la cuenta de mamá.
Al día siguiente fuimos al centro comercial y el fin de semana todos estrenamos. Yo estaba muy contento con mis tenis nuevos, rojos y negros con cintas plateadas.
Ésta es la primera entrega de mi cuento "Nuestra Señora de los Donores", publicado en la colección "Sin Censura" de la Biblioteca Pública Piloto.
Nuestra Señora de los Donores 2010, Juan Diego Gómez Vélez
Era un corazón rojo y dorado, pero no era un corazón de mentiras: tenía todas las venas y arterias y demás detalles, como los que uno ve en las carnicerías. Sólo que éste era diminuto y estaba hecho de oro y vidrio de color.
Era demasiada tentación para un niño de mi de edad.
Se destacaba entre los demás exvotos, unos también de oro y otros de plata, que llenaban las paredes de la capilla. Eran piernas, brazos, hígados, manos, lenguas, dedos, estómagos, ojos, pulmones, narices, riñones, había copias de cualquier parte del cuerpo que yo podía nombrar y de muchas otras que no conocía. Brillaban aquí y allá tras el humo del incienso, con las luces de colores que se filtraban a través de los estrechos vitrales.
Yo tenía ocho años y ya había aprendido lo que eran los exvotos. Nuestra vida, la de todos los que nacemos en el valle gira siempre en torno a ellos. También había aprendido que me podía meter en problemas si agarraba ese corazón. Los niños no podíamos coger los exvotos, por más bonitos y brillantes que nos parecieran. Solamente estábamos ahí para acompañar a las mamás.
En el centro de la capilla estaba la imagen de la virgen, rodeada por cientos de velas encendidas. El resto de la catedral permanecía en penumbras. La imagen de Nuestra Señora estaba vestida de blanco y tenía un manto negro con bordados dorados. Su rostro era pálido y tenía lágrimas de vidrio en las mejillas. Hacía muchos años, cuando la instalaron en la capilla, llevaba al niño Jesús cargado, pero ahora de él ya sólo quedaba un montoncito de escombros a los pies de la virgen. Ella no tenía manos, los brazos estaban rotos a mitad del antebrazo.
La larga fila de mamás recorría lentamente el estrecho espacio entre la virgen y los exvotos. Yo estaba cansado y aburrido, llevábamos en esa fila desde las tres de la mañana, esperamos horas antes de que abrieran la catedral y todo porque mi mamá quería ser de las primeras en entrar. Igual tenía que estar calladito. Todo el mundo estaba en silencio y sólo se escuchaba una y otra vez el canto pregrabado del Ave María. Mamá se detuvo a contemplar un grupo de exvotos de plata en forma de riñón. Yo aproveché su descuido y le eché mano al corazón. Nadie se hubiera enterado de no haber sido porque detrás del corazón se vinieron abajo dos docenas de exvotos.
“¡Le dije que no tocara nada!” Mi mamá nunca nos pegaba, pero a veces ponía esa voz que nos dejaba pálidos. “A ver, ¿Qué fue lo que cogió?”
La miré con los ojos más inocentes que pude conseguir y negué firmemente con la cabeza.
“Respóndame, pues. A usted no le han sacado la lengua.”
Le mostré ambas manos con las palmas abiertas. Vacías.
“Abra la boca.” No era fácil engañarla. Durante dos largos segundos consideré seriamente la alternativa de tragarme el corazón, pero caí en cuenta que un extremo de la cadenita se asomaba acusador entre mis labios, así que me di por vencido. Saqué la lengua y mi mamá cogió el corazón, todo lleno de babas. “¿Usted sabe lo que le puede pasar si lo descubren con esto a la salida de la catedral?” preguntó, mientras lo limpiaba con la falda y lo volvía a poner en su sitio.
“Entiéndame, hijo. Yo lo que quiero es lo mejor para usted y para sus hermanos.” Ya no parecía estar tan molesta. Juntos recogimos los demás exvotos del suelo.
Después ella escogió dos de los riñones de plata, y tomó también cuatro dedos de oro, (uno era un pulgar) y una nariz. Todo lo metió en una bolsita de tela negra y se la guardó en un bolsillo. “Con esto tenemos para cumplir la cuota,” me dijo, “para eso madrugamos tanto, más tarde no quedan sino hígados y pulmones.”
“Y corazones.” Dije yo.
-∞-
Los domingos eran los días en que más turistas venían al valle. Turistas y peregrinos. Cada año llegaba más gente y había filas de autobuses para entrar a las explanadas que se habían habilitado como parqueaderos. Todos venían a visitar a Nuestra Señora de los Donores.
Mi familia administraba una de las tiendas de artículos religiosos en la calle del frente de la catedral. Vendíamos estampitas y escapularios y también imágenes de yeso de la virgen en distintos tamaños, nuevas, con el niño todavía intacto, pero ésas no se vendían bien. Lo que mejor se vendía eran los exvotos: el mostrador central estaba lleno con cajitas de cartón, cada una con la muestra pegada a la tapa con cinta adhesiva, ésta una oreja, la otra un páncreas, la de más allá un pie. Las cajas estaban organizadas según un orden anatómico que mis hermanos mayores dominaban a la perfección.
Los que compraban exvotos eran más que todo los peregrinos, para luego colgarlos en las paredes del santuario de la virgen. Las horas de visita para ellos eran en las tardes, ya pasado el mediodía. Nunca coincidían con nosotros dentro de la catedral. A veces los turistas compraban algún exvoto, como souvenir, por eso había que encargar nuevos a los talleres de vez en cuando. El resto volvían a las tiendas, una vez habían cumplido su cometido.
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A mí no me gustaba ayudarle a mis hermanos mayores en la tienda. Yo prefería juntarme con mis amigos y repartir volantes a los visitantes. Lo hacíamos por las propinas que nos daban los turistas. Nos vestíamos con la peor ropa y la ensuciábamos a propósito, y entonces las señoras nos miraban con ojos encharcados y nos daban más plata. Casi siempre se tomaban fotografías con nosotros.
De todos, la que más éxito tenía era mi amiga Lucía. Ella tenía entonces diez años, dos más que yo, y unos ojos azul profundo, con manchitas tan brillantes que parecían de oro. Lucía era tan bonita que alguna vez usaron una foto suya para la publicidad. La llevaron a la costa, solamente para tomarle la foto: La cara de ella aparecía en primer plano y el mar atrás, del mismo azul de sus ojos. Ella lo único que quería era bañarse en el mar, pero los señores de seguridad ni siquiera la dejaron mojarse los pies.
Ese mes todos querían tomarse una foto con la niña del volante. No sólo los turistas, también los peregrinos.
Montamos todo un espectáculo: Mientras Lucía posaba con la gente, los demás hacíamos bulla con pitos, matracas y tambores improvisados, y nos turnábamos para leer con voz muy seria las frases de los volantes.
“¿Por qué esperar a que le fallen los riñones? ¡Remplácelos hoy mismo y aproveche nuestros cómodos planes de pagos!”
Los que no estaban en la fila para la foto, nos hacían un corrillo.
“¿Sabía usted que cultivar un nuevo órgano en el laboratorio le cuesta entre siete y ocho veces más que la alternativa natural? Además, ¿Quién quiere esperar diez años para estrenar páncreas? ¡Libérese ya de la diabetes!”
Leíamos con perfecta entonación y sin tropezar en las palabras. Para ese entonces ya habíamos aprendido todo lo que en el colegio nos podían enseñar: leer de corrido y escribir con letra pegada y despegada, también sumar y restar, y hasta multiplicar.
“Decídase por la alternativa natural. No se arriesgue con órganos construidos en fábricas, con procesos artificiales y cientos de productos químicos. Y recuerde, ¡No le cuesta más!”
Llegó entonces mi turno, preciso en la frase con la palabra largota.
“Ciento por ciento garantizado. Completa compatibilidad con su sistema i-nu.. i-nu… ¡I-nu-mo-lógico!” Obviamente los pitos resonaron, burlándose sin misericordia.
“Sistema inmunológico.” me corrigió uno de los turistas. Tenía todo el pelo blanco y unas gafitas redondas. “¿Sabes lo que es el sistema inmunológico?”
Lo miré con mi cara de tonto. Se supone que los turistas no preguntan cosas como ésa.
“Es una cosa que tenemos en la sangre para que no nos enfermemos.” Acudió Lucía en mi auxilio.
“Muy bien, jovencita.” Respondió el turista de gafitas redondas. “Pero esa cosa también hace que nos enfermemos cuando recibimos un transplante que no viene de un donante universal, por eso son tan importantes.” Sonrió y le entregó un par de billetes. Lucía le devolvió la sonrisa y después se tomó varias fotos con él y con la esposa.
-∞-
Más tarde, cuando Lucía y yo estábamos contando el dinero recogido en el día, le pregunté: “Lucía, ¿qué es un donante universal?”.
Lucía terminó de contar un morrito de monedas de cien. “Creo que es otra forma de decirnos a nosotros los donores. Es como nos llama la gente que escribe en los libros y en las revistas.”
Recientemente tuve la oportunidad de ver una película llamada “TOKYO!”, 2008. Se trata de una trilogía, tres mediometrajes realizados por directores no japoneses y que tienen en común la capital de Japón como escenario. De las tres historias, mi favorita es “Interior Design”, de Michel Gondry, director de “Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdo”, 2004, y “La Ciencia de los Sueños”, 2006. “Interior Design” es la adaptación de uno de los cuentos de la colección de comics “Cecil and Jordan in New York” de la caricaturista Gabrielle Bell, quien trabajó junto con Gondry en la realización de la película.
Las visiones surrealistas de Bell y Gondry se combinan para contar una historia sencilla. Hiroko es una joven que llega a Tokio en compañía de su novio, Akira, con el objetivo de realizar el sueño de éste de convertirse en un reconocido director de cine. Desde el principio nos damos cuenta de que Hiroko es la que se encarga de todo: ella conduce el automóvil por las calles lluviosas mientras Akira inventa historias de peatones mutantes convertidos en anfibios que se adaptan al clima de la ciudad; es ella quien administra el limitado presupuesto mientras él juega a ser un guardaespaldas armado que pretende protegerla. Pero las cosas van cambiando y Hiroko ve día tras día como se va diluyendo su lugar en la relación: el único trabajo temporal que logran conseguir es empacando regalos en una tienda, pero Hiroko resulta negada para el asunto y sólo Akira consigue el empleo; Hiroko debe entonces enfrentarse sola a la dura tarea de buscar un apartamento en Tokio, pero la ciudad resulta más inhóspita de lo esperado y sólo logra encontrar asquerosos nidos de ratas, y a un precio que excede su escaso presupuesto. Cuando es estrenada la ópera prima de Akira, resulta aclamada por un selecto grupo de críticos, Hiroko se ve relegada a un segundo plano en ese nuevo mundo de fama y admiradores.
Hiroko se siente invisible, inútil, despreciada, hasta que un día descubre que su imagen en el espejo resulta translúcida a la altura del pecho. Se abre la blusa y descubre que hay un enorme agujero en su pecho, que manifiesta físicamente el vacío interior que ella siente. Este es el primer paso de una dolorosa y bizarra metamorfosis, a través de la cual, paradójicamente, Hiroko llega a descubrir un nuevo e insospechado lugar en el mundo.
Me detengo acá. He sido criticado algunas veces por la gran cantidad de spoilers que incluyo en mis textos, así que dejo por fuera el final de la historia.
[ALERTA DE SPOILERS] Sólo voy a agregar que el final de la historia tiene que ver con uno de los elementos del título de este artículo, pero no con los dos. [FIN DE LA ALERTA DE SPOILERS]
Por los mismos días vi una película que me estaba debiendo desde hacía muchos, muchos años. Treinta y siete años para ser precisos. Me refiero a la distópica “Soylent Green”, 1973, protagonizada por Charlton Heston. De niño mi papá me había hablado de ella, un mundo agobiado por la superpoblación y el calentamiento global (sí, ya había gente en esa época advirtiendo sobre esa verdad incómoda), la diferencia entre los que tienen y los que no tienen es abismal, hay gente que vive en las escaleras de los edificios y los demás tienen que pasar por encima de ellos para llegar a sus casas, mientras algunos pocos viven en amplios apartamentos y se dan lujos como una barra de jabón, una toalla, un frasco de mermelada, unas pocas verduras raquíticas y de vez en cuando un pedazo de carne de verdad.
El agua es estrictamente racionada y la única comida disponible para las masas hambrientas son unas galletitas de dudoso aspecto y distintos colores, que supuestamente son hechas de concentrado vegetal y plancton. “Soylent Green” es la variedad más apetecida de estas galletitas y cuando se agota la gente se alborota de tal manera que la policía tiene que intervenir y los someten con gigantescas palas mecánicas. La película está basada en la novela “Make Room! Make Room!”, 1966, de Harry Harrison pero el quid del asunto (de lo que realmente están hechas las galletitas verdes) es original de la cinta.
No voy a revelar ahora ese terrible secreto. Mi intención es referirme a otro elemento que introduce la película, uno que, aunque en apariencia es trivial, ilustra los límites a los que puede llegar la condición humana.
Los apartamentos de los ricos están totalmente amoblados y como parte del mobiliario se incluye a mujeres jóvenes y atractivas, que también pasan a ser propiedad de quien compra el apartamento. A estas mujeres se les llama “furniture” (muebles o mobiliario en inglés) y se las trata como tales. Un policía que llega a investigar la escena de un crimen no tiene ningún problema en hacer uso de la chica y acostarse con ella, como quien hace uso de un sofá para sentarse.
Es a lo que me refiero cuando hablo de la condición humana: dejamos de tratar a las personas como tales cuando dejamos de llamarlas personas. Eso nos facilita las cosas. El primer paso para deshumanizar al otro es dejar de nombrarlo humano.
Es lo que hace la malvada reina de corazones en “Alicia en el País de las Maravillas”, 2010. Los animales del país de las maravillas se comportan todo el tiempo como personas, hablan como personas, se visten como personas, así que para todos los asuntos prácticos son personas. ¿Qué hace la reina de corazones? Los convierte en objetos. Usa a los flamencos y tejones para jugar al criquet, nerviosos miquitos son sus sillas, mesitas y candelabros, y un cerdito le sirve de cojín para apoyar los pies.
Es un asunto de poder.
Hay un ejemplo al respecto en la literatura, en un libro clásico donde un hombre se enfrenta a un terrible monstruo marino. Herman Melville publicó “Moby Dick” en 1851 y en esa novela incluye a un pintoresco personaje de nombre Queequeg. Se trata de un “salvaje” caníbal proveniente de una isla del Pacífico Sur [ALERTA DE SPOILERS]¿por qué viene a colación el canibalismo en un artículo que menciona a “Soylent Green”? Soy incapaz de dejar los spoilers[FIN DE LA ALERTA DE SPOILERS]. Heredero por derecho al trono de su tribu, lo deja todo para conocer el mundo que llama civilizado, la cristiandad, y llega a convertirse en un hábil arponero.
Queequeg no tiene ningún problema en usar a la gente como mobiliario. Lo vemos sentarse despreocupadamente sobre un marinero dormido y expresar extrañeza cuando el protagonista lo amonesta al respecto.
Queequeg se acomodó justo después de la cabeza del durmiente, y encendió su pipa tomahawk. Nos seguimos pasando la pipa por encima del durmiente, del uno al otro. Mientras tanto, respondiendo a mis preguntas en su limitado inglés, Queequeg logró hacerme entender que, en su tierra, debido a la inexistencia de sillones y sofás de cualquier tipo, el rey, los jefes, y la gente importante en general, tenía la costumbre de engordar a algunos de menor rango para que hicieran las veces de otomanas; y amoblar sus casas confortablemente con ellos, sólo tenías que comprar ocho a diez tipos perezosos, y repartirlos en las distintas alcobas. Además, era muy conveniente en caso de excursión; preferible a aquellas sillas de jardín que se convierten en bastones; cuando lo requiriera, un jefe podría llamar a su sirviente, para que éste se dispusiera en forma de asiento bajo la sombra de un árbol, tal vez en algún lugar húmedo o pantanoso.
Melville lo relata como una costumbre de salvajes, ajena al mundo civilizado, es decir, perteneciente a ese indistinguible continuo de culturas “incivilizadas” que no formaban parte de la civilización europea y la cristiandad. En ese sentido, Queequeg es un arquetipo. Pero yo creo que debemos tomarlo más bien como una advertencia de lo que todos podemos llegar a ser capaces de hacer.
El canibalismo y usar a las personas como muebles son dos caras de una misma moneda. Y me atrevo a pensar que, desde un punto de vista antropológico, quizás salga mejor parado el canibalismo cuando éste es un ritual dentro de la cultura: porque ansío las características del otro es que como de su carne, a ver si por ese medio adquiero esas características deseadas. Desde el punto de vista antropológico, he dicho, porque desde el punto de vista de la pobre víctima “ritual” significa muy probablemente una muerte lenta y dolorosa.
En nuestro actual mundo “civilizado”, considerar al otro como una cosa ha sido descrito como síntoma de graves afecciones siquiátricas o neurológicas. Uno de los síntomas que se han descrito del Síndrome de Asperger (entiendo que es una forma de autismo) es que no perciben a la gente como criaturas que piensan y sienten, a menudo se dice de los pacientes de este síndrome que confunden a la gente con muebles. También es un rasgo característico de los sicópatas, como en el caso del asesino que mató a la esposa de Roman Polanski, Charles Manson, de quien se dice veía a la otra gente como si se tratara de muebles u objetos inanimados del mundo a su alrededor. Tal vez el caso más famoso es el descrito por el neurólogo Oliver Sacks , una especie de Mr. Magoo de carne y hueso identificado como el doctor P.
…Pareció también decidir que la visita había terminado y empezó a mirar en torno buscando el sombrero. Extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero! Ella daba la impresión de estar habituada a aquellos percances.
Oliver Sacks, “El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero”, 1985.
Pero estoy siendo injusto con el doctor P. al incluirlo en la misma lista con sicópatas y enfermos carentes de empatía. Él era incapaz de reconocer rostros y veía en las personas sólo formas abstractas, pero bastaba sólo un gesto, el más leve movimiento, para que las identificara en toda su humanidad.
Podemos quedarnos tranquilos que se trata de una cosa que le pasa sólo a ese tipo de enfermos o podemos seguir escarbando un poco más en el asunto. Estos individuos no tienen opción, en muchos casos ni siquiera son conscientes de que les falta algo.
Pero, ¿qué sucede cuando un individuo decide despojar al otro de su condición de persona?
¿Y qué sucede cuando no es un individuo el que toma esta decisión sino toda una sociedad?
Mañana, 20 de julio de 2010, se celebran acá en Colombia los 200 años de independencia. Sería algo así como el cumpleaños de nuestro país, aunque más exactamente lo que pasó hace dos siglos fue el inicio de la gestación de la independencia, con una discusión acalorada alrededor del préstamo de un florero.
Mucho se ha dicho y hecho respecto a esta memorable efeméride, al igual que en tantos otros países latinoamericanos que vienen a cumplir sus 200, también, por estos días. Sin embargo, todo de lo que me he enterado está enfocado hacia el pasado. Nos han invadido por todos lados con las antiguas imágenes de nuestros próceres, viejos documentos amarillentos y deteriorados, crónicas históricas de lo acontecido allá en el siglo XIX y durante estos 200 años de existencia de nuestra república.
No ha habido (o si lo ha habido, no me he enterado) esfuerzos orientados a mirar hacia adelante. ¿qué significan para Colombia los próximos 200 años? ¿en qué condiciones van a estar nuestros descendientes en el año 2210? No es de extrañar en nuestra cultura cortoplacista para la cual es imperativo obtener resultados en los primeros cinco años y, si es posible, en el primer año, y planear a 20 años significa especular sobre el muy largo plazo.
Los Estados Unidos de América celebraron sus 200 años en 1976. En preparación para esa fecha, una editora de Filadelfia llamada Naomi Gordon tuvo la idea de convocar a varios escritores para que escribieran relatos, todos con el título "The Bicentennial Man". El argumento era libre y a criterio de cada autor y los relatos se incluirían en una antología a ser publicada en 1976, año del bicentenario. Por distintas razones, el proyecto no pudo concluir y la antología no llegó a ser publicada (Si por acá llueve, por allá no escampa).
Sin embargo, Gordon había contactado a Isaac Asimov en enero de 1975 y éste escribió un cuento de robots. El hombre bicentenario de Asimov era un robot llamado Andrew Martin que luchó durante toda su existencia por convertirse en un ser humano y ser aceptado como tal en una sociedad donde los robots eran considerados poco más que un electrodoméstico.
El cuento (más bien una novela corta o lo que llaman una "novella" entre los angloparlantes, que son tan precisos en sus definiciones, o sea un texto más largo que una "novellette" pero más corto que una "novel") fue publicado por la casa editorial Del Rey en 1976 y ganó los premios Nébula y Hugo al año siguiente. Fue también la base para una novela llamada "The Positronic Man", escrita en 1993 por Asimov en colaboración con el escritor Robert Silverberg. Algunos lectores tal vez recuerden más fácilmente la película del mismo nombre protagonizada por Robin Williams en 1999, que no me pareció tan mala como muchos opinan; al menos resultó más fiel al original que la taquillera "I, Robot" de 2004 con Will Smith.
De regreso a 1810, a pesar de que es aceptado por muchos que la primera novela propiamente de ciencia ficción fue "Frankenstein o el Moderno Prometeo", publicada por Mary Shelley en 1818, encuentro googleando por ahí que un ex-oficial de el ejército prusiano llamado Julius Von Voss publicó en 1810 una novela llamada "Ein Roman aus dem einundzwangsigsten Jahrhundert", que traducido del alemán significa "Una Novela del Siglo Veintiuno". Al menos hace 200 años había alguien que estaba pensando en el largo plazo. Si alguno de ustedes tiene idea sobre dónde se consigue esta historia, agradecería que me diera una señita.
(basado principalmente en "Opus 200" de Isaac Asimov)
Hace unos pocos días, unos amigos me solicitaron escribir un artículo sobre mi descubrimiento del escritor William Gibson. Escribí algo pero entiendo que no era lo que ellos pretendían, ellos buscaban una visión más personal.
Así que acá publico lo que escribí. ¿alguna idea de qué le falta o qué le sobra para hacerlo más "desde adentro"? Yo ya tengo algún par de ideas, pero me gustarían comentarios al respecto.
gracias
Fue apenas en el año 2004, o tal vez en el 2005 que yo vine a saber que existía un escritor llamado William Gibson, veinte años después de la publicación del “Neuromante”. Yo creía por esos días que sabía mucho de ciencia ficción, aunque sólo había leído las historias de robots y de la Fundación de Asimov, casi todo lo de Clarke y estaba empezando a descubrir la rebeldía individualista de Heinlein, y la profunda humanidad de Stapledon y de Sturgeon. Poco más que eso.
“Quemando Cromo” se me presentó un día como suele uno encontrarse con los libros de género, escondidos en el último rincón de una librería y a precio de saldo. Tower estaba rematando varios títulos de la colección “Autores” de Minotauro. Ese día también compré los “Mitos del Futuro Próximo”, de otro autor, para mí desconocido, J. G. Ballard. Confieso que no pude con Ballard, no he podido hasta ahora. Para mí en la lectura es muy importante la atmósfera y las memorias fragmentadas de un ex-astronauta en una playa abandonada, acosado por un médico loco en un aeroplano de pedal, me sofocaron tanto o más que la vez que en el colegio me pusieron a leer “El Extranjero” de Camus.
Gibson, por el contrario, me atrapó.
El primer cuento de la colección era “Johnny Mnemónico”. Yo había visto esa película. Recordaba sobre todo esa escena en la que Keanu Reeves gesticula en el aire mientras un casco de realidad virtual le muestra objetos tridimensionales en la Internet del 2020 reaccionando con reticencia a sus movimientos, objetos que representan conexiones telefónicas, bases de datos, sistemas de seguridad, virus informáticos. Esta escena, en mi opinión, rescata la película. Siete años después tuve un Déjà vu mientras otros se quedaban boquiabiertos ante la interfaz gestual que usaba Tom Cruise en “Minority Report”. Lo curioso es que esta escena nunca sucede en el “Johnny Mnemónico” de Gibson, es en realidad un corto homenaje a “Quemando Cromo”, el cuento que le da su título a la colección.
“Quemando Cromo” me sumergió en una cuadrícula fosforescente e infinita tendida en un universo oscuro, poblado de complejas entidades que cambiaban continuamente sus formas geométricas y colores (tal vez sea porque los de mi generación tenemos la impronta del ciberespacio de neón dibujado por los estudios Disney en “Tron”). Pero mejor fue lo que me mostró cuando sacábamos la cabeza del mundo virtual: personajes de carne y hueso, sucios, ambiguos, en el límite de la legalidad, casi siempre reuniéndose en la oscuridad y bajo una llovizna constante, a media cuadra de donde debía quedar el mercadillo de animales replicantes del barrio chino en “Blade Runner”. Lo sé. Yo estaba contaminado, mi primera versión del cyberpunk me la dio el cine. No sé cuales habrían sido las imágenes dentro de mi cabeza si así no hubiera sido.
De regreso a “Johnny Mnemónico”, éste es un texto memorable por sus personajes. Hay un delfín cyborg adicto a las meta-anfetaminas de última generación y un hombrecito anodino con pinta de turista japonés, vestido de bermudas y camisa hawaiana, que resulta ser el más peligroso asesino, con los reflejos y sentidos amplificados en los quirófanos de Chiba City, y cuya arma es un casi invisible filamento monomolecular, capaz de rebanar el acero como si fuera mantequilla. Prácticamente invencible, digno adversario de Molly, la mercenaria cyborg por excelencia, experta en artes marciales y equipada con cuchillas de acero retráctiles debajo de sus uñas y una mirada inexcrutable, escondida para siempre detrás de lentes de espejo implantados quirúrgicamente.
Me enamoré perdidamente de Molly, una mujer mucho más cercana en mi imaginación a la Trinity de Carrie-Anne Moss en “Matrix”, un arma mortal forrada en cuero negro de pies a cabeza, que a la Jane que sirvió de guardaespaldas al Johnny de Keanu, con su cabello ochentero y la pinta de Madona en “Desesperadamente Buscando a Susan”[Sólo por estos días me enteré que el personaje de Jane fue creado para la película Johnny Mnemónico porque en ese entonces los derechos de Molly pertenecían a alguien más].
Pero la colección no sólo tiene historias del universo cyberpunk. Está “La Especie”, una historia kafkiana, digna representante de un género que años más tarde sería bautizado “Slipstream”, o “El continuo de Gernsback”, que parece un episodio de la “Dimensión Desconocida” cuando era en blanco y negro, un homenaje póstumo al futuro grandioso de aspecto Art Deko que imaginó una generación en la primera mitad del siglo veinte y definitivamente no se dio.
Pero mi historia favorita siempre fue “Regiones Apartadas”. La angustia existencial, el terror primigenio ante la vastedad del espacio y la existencia de civilizaciones tan avanzadas e inexcrutables que nos hacen sentir como moscas diminutas. Me fascina porque tiene una mártir, Olga Tovyeski, Nuestra Señora de las Singularidades, Santa Patrona de la Autopista. Eso me gusta porque me recuerda que los seres humanos tenemos la tendencia a crear dioses y explicaciones sobrenaturales cuando nos enfrentamos con aquello que se encuentra más allá de nuestra comprensión.
Me había enviciado a William Gibson, pocos días después regresé a la librería y conseguí una segunda dosis. En esta ocasión se trataba de “Conde Cero”. A veces las cosas no se nos presentan de acuerdo con el orden establecido. Sin detenerme a leer la contraportada, me dirigí de inmediato al índice. De once cuentos en “Quemando Cero”, Gibson me ofrecía ahora 36 historias, con títulos tan sugestivos como “Los Nombres de los Muertos” y “Kasual/Gothick”.
Comencé por el primer cuento, “Un Arma de Funcionamiento Fácil”. Un aparatoso atentado en Nueva Delhi perpetrado con un sabueso explosivo destroza a Turner, un mercenario especializado en la trata de personas para multinacionales, en una sociedad donde la fuga de cerebros se ha convertido en un término literal. Su empleador actual puede pagar la tecnología para reconstruirlo, regeneración de tejidos, transplantes de órganos del mercado negro. Turner, estrenando testículos y ojos verdes, no se reporta para su siguiente misión, desaparece del mapa y se refugia en una cabaña en la playa, apartada del mundo. La historia termina cuando su chica en México resulta ser una sicóloga contratada por la corporación para una terapia muy personalizada.
El título del segundo cuento, “Marly”, era el nombre de la protagonista. Ella es una especialista en arte venida a menos por un sonado fraude perpetrado en su pequeña galería en París. Una extraña entrevista de trabajo en un ambiente de realidad simulada, el Parque Güel, al fondo Barcelona y las cúpulas terminadas de la Sagrada Familia. Un misterioso multimillonario la requiere para encontrar el creador de unas exquisitas instalaciones artísticas.
En el tercer cuento, “Bobby Hace un Wilson”. No es el mismo Bobby de “Quemando Cromo”, éste es apenas un adolescente, que vive con su mamá, pero también es un Hacker en un mundo donde el cerebro se conecta directamente a la red. A Bobby lo está matando el Hielo Negro, un programa de seguridad de alguna cuenta que intentó acceder y ahora le está destruyendo el sistema nervioso. Lo salva una misteriosa entidad que habita la red, una presencia.
Pero eran cuentos truncados, historias que prometían mucho más y terminaban en punta. Al cuarto cuento me di cuenta de que estaba muy equivocado. En “Marcando Tarjeta”, Turner conoce a su equipo de apoyo para un nuevo trabajo, el que le habían mencionado en “Un Arma de Funcionamiento Fácil”, ayudar a un científico a desertar de los Biolaboratorios Maas para irse a trabajar con la rival Hosaka. “Conde Cero” no era una colección de cuentos, era una novela, una historia compleja e intrincada en la que las vidas de Turner, Marly y Bobby se entrecruzaban a través de múltiples aventuras. ¡Qué bruto yo! Menos mal que nadie se dio cuenta. Tuve que detenerme, regresar a la primera página. No se aborda una novela de la misma manera que se lee una colección de cuentos.
Encima de todo, había llegado a mitad de la película, “Conde Cero” es la segunda novela de una trilogía, la trilogía del “Sprawl”, que inicia con el “Neuromante”. Esa primera novela, la más famosa, no llegó a la librería sino varios meses después, así que no tuve más remedio que leerme el “Conde Cero” de primero. No es una experiencia traumática leerse la trilogía en desorden. Me recordó la vez que pasaron por la televisión colombiana “El Ciudadano Kane”, yo fui uno de los pobres espectadores que la vieron entonces por primera vez. Pasaron el segundo rollo antes que el primero, así que nos enteramos del significado de “Rosebud” antes de ver el principio de la cinta.
Me devoré la trilogía del “Sprawl”, y allí me encontré nuevamente con Molly, protagonista tanto de “Neuromante” como de “Mona Lisa Acelerada”. Luego me devoré la trilogía del puente, en un mundo en los albores del milagro de la nanotecnología, y más adelante me he venido leyendo una tras otra sus novelas del siglo XXI. Esas que suceden en el presente, escritas después de que su autor declarara que “el futuro ya está aquí, sólo que no está uniformemente distribuido”.
Releyendo a Gibson para escribir estas líneas me doy cuenta de que había olvidado lo exigente que es como escritor, hay que leerlo con la wikipedia abierta. Sus frecuentes referencias específicas no son exclusivas de sus últimas novelas, ya desde sus historias de los 80s abundan: La descripción del aspecto viejo y deteriorado de la ciudad bajo las gigantescas geodésicas mediante un símil a las imágenes de prisión de un grabadista del siglo XVIII llamado Giovanni Piranesi o la mención de la obra del artista norteamericano Joseph Cornell, cuyas instalaciones de objetos contenidos en cajas le sirvieron de inspiración para las creaciones del artista desconocido que debe buscar Marly en el “Conde Cero”.
Creo que he contado con la suerte de ser relativamente contemporáneo de Gibson para poder entender sus imágenes desde un referente común. Tal vez los lectores nacidos en este siglo no son tan afortunados, para ellos “El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto” quizás les haga pensar en el cielo azul de un día perfecto, completamente despejado.
Hace poco se estrenó por estos lados la versión 3D de la película “El Extraño Mundo de Jack”, 1993, (“Tim Burton’s The Nightmare Before Christmas” en su idioma original) que aunque estemos convencidos de lo contrario, fue escrita y producida pero no dirigida por Tim Burton, sino por el también director de “Coraline”, 2009, Henry Selick. Creo que ha llegado ya la moda del 3D y ha llegado para quedarse (las dos películas de “Toy Story” también vienen en camino en nueva versión 3D). El caso de esta película es bastante particular, ya que fue filmada en la tradicional técnica de animación cuadro a cuadro y ahora ha sido convertida a tercera dimensión mediante técnicas de computador, como lo ilustra el video arriba incluido. Esto me recuerda que hace unos años las antiguas películas en blanco y negro estaban siendo coloreadas y se presentó toda esta polémica de si esto era un atentado contra la integridad de las creaciones clásicas. Al fin la moda pasó y ya no se hace, tal vez porque no hay un mercado para viejas películas coloreadas. Es posible que en unos años tengamos un boom de cine reconvertido a 3D, sobre todo con las grandes taquilleras de Hollywood. En un par de décadas, no creo que más, casi todo lo que se haga será en 3D, incluso para televisión y habrá unas pocas películas que tendrán el apellido 2D por su atractivo nostálgico.
Selik y Burton igualmente colaboraron, el primero como director y el segundo como productor, en la menos difundida “James y el Durazno Gigante”, 1996, basada en un libro de Roald Dahl. Dios los cría y ellos se juntan, a falta de un refrán apto para ateólogos. Y es que estos tres creadores, y otros tantos que de una u otra manera han coincidido con ellos en diversas obras, comparten una constante no fácil de definir. El humor negro y escenarios grotescos de Dahl son llevados a la pantalla con una estética fascinante, entre tierna y monstruosa, valga como ejemplo la versión de Tim Burton de “Charlie y la Fábrica de Chocolates”, 2005, basada en el libro de Dahl de 1964. Aunque es en la animación, la tradicional y dispendiosa animación cuadro a cuadro, donde verdaderamente se lucen. Desde el gesto aterrador con que concluye su historia la camionera que da un aventón a Pee-wee Herman en “Pee-wee’s Big Adventure”, 1985, al animado mundo de los muertos en “El Cadáver de la Novia”, 2005, ambas dirigidas por Burton. Tim Burton también tiene humor negro y bastante de grotesco en su obra literaria, no desprovista de esa extraña belleza, baste mencionar los cuentos de “La melancólica muerte de chico ostra”, 1997, escritos e ilustrados por él, que fueron luego inspiración para una serie de cortos animados, protagonizados por El Chico Mancha, quien luego sería el anfitrión de su página web.
En febrero publiqué una corta nota sobre “9”, una película post-apocalíptica de Tim Burton que sería estrenada el pasado mes de septiembre. Basada en un cortometraje nominado al Oscar en 2005, se trata de una especie de versión animada de “Terminator 4” donde los buenos no son seres humanos (éstos hemos sido aniquilados hace rato por las temibles máquinas) sino un grupo de pequeños muñecos de trapo a los que les han dado vida de alguna misteriosa manera que no nos puede ser revelada sin estropear la historia. El largometraje “9” no está realizado en la técnica de animación cuadro a cuadro, sino mediante las modernas herramientas de CGI. Tampoco el corto original de 2005. Sin embargo, sus realizadores han logrado infundirles esa textura de realidad de una sociedad reconstruida a partir de los escombros, de los retazos sucios y quemados y de los restos destrozados de una civilización arrasada. Y también tiene esa estética extraña, característica de Burton y sus colegas.
El largometraje se estrenó, como estaba previsto, el 9 del mes 9 de 2009 en los Estados Unidos. Todavía no nos han dado fecha para el estreno por estas latitudes. Bueno, gracias a Eduardo Carletti, en Axxon me he enterado que en Argentina se prevé el estreno para el próximo 5 de noviembre y en España para enero de 2010. En el entretanto, llegó y pasó la cuarta película de la serie “Terminator”, a cargo de un director que se hace llamar “McG” y quien también dirigió las dos películas de los “Angeles de Charlie”. Llegó y pasó, para muchos, sin pena ni gloria. Por mi parte, no le perdono haber caído en el lugar común de las malas películas de ciencia ficción, donde los protagonistas se mantienen recitando el importante papel que están jugando para la historia de la humanidad. Pero debo decir que “Terminator Salvation”, 2009, sí tuvo sus elementos interesantes, al menos para mi gusto. Por ejemplo, la nueva fauna de máquinas que puebla este mundo en guerra del 2018. Están los gigantes sin cabeza (en la moda de los Transformers) que recogen seres humanos como cosechando moras; los transportadores de los humanos cosechados, inspirados en camiones ganaderos, pero dotados de sistemas anti-gravedad; las “mototerminators”, negras y de ojos con luz de leds rojos, un cruce entre motocicleta y pantera (ya un objeto de coleccionistas); y los mejores de todos, los “Hydrobots”, anguilas acorazadas que te pueden perseguir tanto en agua como en tierra. El mismo “McG” reconoce en sus máquinas la influencia de los diseños de H.R. Giger y del monstruo de “Alien, el Octavo Pasajero”, 1979. Otro punto interesante de “Terminator Salvation”, es la presencia de Helena Bonham Carter, quien interpreta a la doctora Serena Kogan y le brinda su rostro dramático y voz profunda a la malvada Skynet (la inteligencia artificial que lidera la rebelión de las máquinas) en el clímax de la película. Un papel pequeño, pero fundamental, como ella misma lo expresó en algunas entrevistas. La actriz inglesa ha interpretado personajes tan distintos entre sí como la inocente jovencita de “Habitación con Vista”, 1986, la perturbadora Marla Singer de “El Club de la Pelea”, 1996, la desquiciada hechicera Bellatrix Lestrange en la saga de “Harry Potter” y la inteligente chimpancé de la versión de Tim Burton de “El Planeta de los Simios”, 2001, que extrañamente nos recordaba tanto a Michael Jackson; pero nunca había intervenido en una película de acción de Hollywood con semejante presupuesto (bueno, exceptuando “El Planeta de los Simios”).
Helena Bonham Carter ha sido desde hace varios años la musa y actriz de las películas de Tim Burton, además de ser su mujer y compartir un hijo y una hija con él. Una de la razones que la animaron a participar en el proyecto fue la insistencia de su marido, quien es un gran admirador de las dos películas de la saga “Terminator” dirigidas por James Cameron.
Como en el caso de “El Extraño Mundo de Jack”, Tim Burton produjo pero no dirigió “9”. El director fue el joven creador del corto animado original, Shane Acker. En palabras del mismo Tim Burton, fue la extraña poesía espiritual del corto, una cierta emoción única, lo que le animó a apoyar el proyecto de convertirla en largometraje. Lo dicho, ellos se juntan: Shane Acker comparte con Tim Burton y aquellos otros creadores esa estética hermosa y bizarra a la vez (que tal vez no era tan evidente en sus anteriores trabajos, “The Hangnail”, 1999, y “The Astounding Talent of Mr. Grenade”, 2003). A cargo del guión está Pamela Pettler, quien también trabajó en “El Cadáver de la Novia” y en “Monster House”, 2006. La música es de Danny Elfman, quien ha colaborado en muchísimas ocasiones anteriores con Tim Burton.
Junto con Tim Burton, también es productor de “9” el ruso Timur Bekmambetov, conocido por llevar al cine las dos primeras novelas de la Tetralogía Fantástica de su compatriota Sergey Lukyanenko: “Guardianes de la Noche”, 2004, y “Guardianes del Día”, 2006. Ambas se encuentran en mi larga lista de pendientes. Cuando Bekmambetov conoció el corto animado de Acker fue para él como si estuviera mirando a través de una puerta entreabierta, podía ver una pequeña parte de un nuevo mundo detrás de esas paredes. Vio que Acker tenía su misma sensibilidad y su decisión fue unirse al proyecto para realizar el largometraje, de manera que fuera posible conocer aún más de ese misterioso mundo de muñecos de trapo y máquinas asesinas. Bekmambetov es también director de “Wanted”, 2008, que no ha ingresado a esa lista hasta que alguien me convenza de que hay algo más en ella que Angelina Jolie y la escena de la bala con efecto.
Bekmambetov debe estar terminando por estos días una nueva película, que tiene por título en inglés “Black Lightning”. Algunos la han descrito como una versión de “Chitty Chitty Bang Bang” con un mil por ciento más de Bang pero a mi la historia que plantea el trailer me recuerda más bien a la primera película de “Transformers”, 2007, de Michael Bay, sólo que en esta ocasión el automóvil, en lugar de convertirse en robot, vuela. Eso sí, las escenas de vuelo sobre Moscú, la elegancia del Volga de los 50s y la tipografía retro están geniales.
En el corto de 2005, sólo aparecen dos de los pequeños protagonistas, #9 y #5. De los demás sólo hay una imagen holográfica fantasmal en la misteriosa conclusión. En el largometraje, en cambio, conocemos a todos los nueve muñequitos y, al menos para la versión de habla inglesa, han hecho un casting de voces impresionante. En el corto no hay diálogos, toda la narración es con acciones e imágenes. De hecho, Tim Burton declaró en una entrevista con tor que su primera inclinación había sido hacer la película también sin diálogos, al ver lo que se había logrado con esta decisión en la textura del corto. Su intención era lograr la sensación de naturalidad de la animación cuadro a cuadro y hacer lo mismo con el sonido. De los 79 minutos, sólo 19 son de diálogo, la mayor parte de la historia se narra a través de imágenes, pantomima y mediante los elementos de diseño de ese universo.
En una entrevista concedida a Charlie Jane Anders del equipo de io9, Bekmambetov plantea que se trata de un pequeño universo donde aparecen los diferentes tipos de personas con que uno se encuentra todos los días, “9 es realmente acerca de la vida real y de la gente alrededor de uno”. Según él, a donde quiera que uno vaya, siempre hay personas interpretando los mismos roles. Así que la construcción de personajes fue un asunto de arquetipos. Entonces encontramos, al igual que en la imagen simplificada que nos construimos de la sociedad con la que nos relacionamos, que los personajes desempeñan determinados roles. Está el amigo, la chica, el dictador, el chiflado… eso fue lo que hizo Acker, asignando un rol a cada uno de sus protagonistas. Según Bekmambetov, todos los personajes de todas las historias son realmente nuevas versiones de los mismos arquetipos que conocemos desde hace mil años, desde las tragedias griegas. “No podemos crear nuevas historias, sólo cambiamos el ambiente y la conciencia y reorganizamos las cosas un poco”.
Está #1, el dictador, el auto investido líder de la tropa cuya posición se ve amenazada por la llegada de #9, el curioso e inquisitivo protagonista. Su voz es la del actor Christopher Plummer, el legendario capitán Von Trapp de la novicia rebelde. Recientemente Plummer le prestó su voz a otro personaje animado: Charles F. Munz, el malvado antagonista de UP obsesionado con la captura del mítico pajarraco.
Martin Landau es #2, un amistoso y venerable inventor que se ayuda de un bastón para caminar y del lente desprendido de unos anteojos para poder ver. Es curioso, le encanta explorar y rebuscar en la basura nuevas partes para sus múltiples invenciones. Landau fue protagonista de las series de televisión “Misión Imposible” y “Cosmos 1999”.
#3 y #4 son los mellizos, no tienen voz y su forma de comunicarse es proyectando las imágenes de sus memorias y pensamientos a través de sus ojos. Son un par de personajes infantiles, tímidos y asustadizos.
#5 es un curandero, pero también un tutor y un experto mecánico. Bueno, cuando toda la gente que te rodea son máquinas, no hay mucha diferencia entre un mecánico y un médico. Es el leal ayudante de #2 y un gran amigo. Ha perdido un ojo, probablemente en un terrible enfrentamiento con un monstruo mecánico. Un hombre común de gran corazón siempre haciendo de conciliador, es interpretado por John C. Reilly, el marido del personaje de Juliane Moore en “Las Horas” y también el marido de Renée Zellweger en “Chicago”.
Crispin Glover es #6, un artista salvaje e impulsivo. Su personaje plasma visiones del pasado y del futuro en sus pinturas, algo así como Isaac Méndez, el personaje del chileno Santiago Cabrera en la primera temporada de “Héroes”. Glover fue el papá de Michael J. Fox en “Volver al Futuro.”
#7 es la chica, sólo hay una chica en “9”, como era tradicional en las viejas películas de aventuras y de ciencia ficción. Pero acá la chica es de cuidado y sabe valerse por sí misma. Es toda una guerrera. Su voz es la de Jennifer Connelly, ganadora del Oscar de la Academia por su interpretación de Alicia Nash en “Una Mente Brillante.” #7 es la única chica pero no el único personaje femenino en “9”. Está la “Costurera” (“The Seamstress”), una de las más impresionantes villanas de todos los tiempos.
Fred Tatasciore, un actor especializado en darle voz a personajes ficticios como Iván el Terrible en el juego “Age of Empires III”, es #8, el guerrero fortachón, firme seguidor de los designios de #1. #8 ha sido comparado a una versión en tela cruda del muñeco de Michelin.
Y finalmente, #9 es Elijah Wood, Frodo en “El Señor de los Anillos”, no necesita más presentación. No se trata sólo del héroe, además de curioso, #9 tiene mucho de MacGyver, puede construir casi cualquier cosa a partir de los restos y piezas que hay regados por todas partes, una característica que ya le habíamos conocido en 2005. Los muñecos ven las ruinas de esa civilización de la que no tienen la menor idea como un enorme depósito de bloques de construcción para forjar el futuro, porque son enormemente creativos.
Estos nueve personajes son el principal elemento que agregan los poco más de 70 minutos adicionales que tiene el largometraje respecto al corto. Sin embargo, son también el punto que los críticos han encontrado decepcionante de la película. Por ejemplo, para Bridget McGovern de tor, la trama y los personajes parecían haber sido un añadido posterior al film. Los personajes, según ella, son poco más que cúmulos de rasgos de personalidad clavados de manera poco convincente a los números arbitrarios asignados a ellos. Sabemos que #9 es el héroe, #7 la valiente guerrera, #6 el artista loco y #5 el bonachón; otro cuento es que lleguemos a encariñarnos o identificarnos con ellos. Igualmente, C. J. Anders de io9 encuentra que los muñecos y sus personalidades son el punto donde la película fracasa, casi fatalmente. Los muñecos se sienten tan uni-dimensionales que se vuelven aburridores como personajes. Toma como ejemplo el conflicto central entre el rebelde #9 y el autocrático #1: “se siente como si viéramos variaciones de la misma escena, pero no pasa nada interesante. Escuchamos a #1 repetir casi la misma línea, ‘esta locura no nos llevará a nada bueno,’ o algo con el mismo significado, una y otra vez. Y entonces #1 achica sus lentecitos en un gesto de cautela, mientras #9 arroja vagas frases acerca de querer entender las cosas. Estos dos son los únicos muñecos con algo siquiera remotamente semejante a personalidades reales, y aparecen como leyendo sus parlamentos.”
Lawrence Person de Locusmag comenta que el diálogo es lo peor en la película y la falta de brillo de las actuaciones, a pesar de la calidad de los actores. En particular, encuentra las interpretaciones de Elijah Wood y Christopher Plummer monótonas y faltas de sutileza, y señala que es un problema de dirección, pues ambos actores han hecho trabajos mucho mejores anteriormente. McGovern rescata a #1 como el único personaje multi-dimensional, que en efecto se desarrolla y cambia durante el curso de la película, revelándose como un fracasado, cobarde y débil, en lugar de un dictador inherentemente déspota y sin redención. “Tristemente, esta instancia es más la excepción que la regla en un film que a la larga involuciona a una serie de efectos visuales impactantes cosidos entre sí con puntos de trama vaga y piezas inconexas de historias personales. Su diseño es tan ingenioso y espectacular como sus protagonistas, pero para una película tan preocupada con lo terrible que es perder el alma, realmente sucede muy poco debajo de su impresionante superficie.” Habría que revelar una parte importante de la trama para justificar la razón por la cual tiene sentido que los personajes sean planos, al punto de parecer tener cada uno sólo una parte de una personalidad completa. El asunto tiene que ver con las escenas en las que aparece el creador tanto de los muñecos como de las terribles máquinas de guerra, el científico y constructor de juguetes, a quien el actor Alan Oppenheimer le prestó su voz (el doctor Rudy Wells, médico de cabecera de “El Hombre Nuclear”).
Desde otro punto de vista, a criterio de Tim Burton, los actores hicieron un excelente trabajo al lograr mantener sus interpretaciones lo más naturales posibles. “Eso le ayudó a la película a tener una calidad más humana. Se me ha a acusado de que ‘Oh, la película se veía bien pero no había historia,’ pero no estoy de acuerdo con eso por principio y ‘9’ es el ejemplo perfecto porque la sensación, la textura y el aspecto visual de ese mundo, y de esos personajes, es en sí la historia. Ese es su componente principal que te hace sentir como te hace sentir cuando la ves.” En eso la crítica es unánime, todos alaban el excelente trabajo de CGI y la calidad gráfica de la animación. “Para ser justos,” comenta McGovern, “‘9’ es una película absolutamente impresionante. Visualmente te deja sin aliento incluso en sus momentos más oscuros. Acker, los diseñadores de producción Robert St. Pierre y Fred Warter, y el director de arte Christophe Vacher merecen los mayores elogios por traer a la vida este mundo y sus habitantes, creando una atmósfera entre sombría pero también luminosa: una tierra arrasada aunque todavía con algunos rayos fugaces de esperanza.” Para Anders, por su parte, el aspecto visual es precioso, “la animación exuberante es en verdad su punto fuerte, y ver a los muñecos en la gran pantalla, realmente aprecias el detalle que tienen. Sus suturas y tejidos se mueven de formas fascinantes cuando ellos se mueven y caminan. Y hay una fascinación y disfrute en verlos correr por el paisaje en ruinas y esquivar cuchillos y llamas, dado lo frágiles que siempre parecen ser. ‘9’ justifica verla así sólo sea por el aspecto visual y su estética gótica y grotesca de máquinas hechas a la imagen de animales, luchando contra diminutas máquinas hechas a nuestra semejanza.” Lawrence Person llega al punto de declarar que se quita el sombrero ante Acker y el equipo de CGI de Focus Films (o sus subcontratistas). “Si a usted le atrae el aspecto improvisado y bruñido, de algún modo Steampunk al estilo de la Segunda Guerra Mundial del film, puede perfectamente valer la pena verlo sólo por eso.”
Un momento, ¿Qué es eso de “steampunk” que menciona Person?
Como muchos ya saben, en la década de los ochenta se presentó un movimiento reaccionario en la ciencia ficción que se concretó en el subgénero que denominaron “cyberpunk”. Fueron muchísimos los escritores que comenzaron a trabajar con los conceptos de esta nueva tendencia y a explorar las variantes creativas que de la misma se podían desprender. Así surgieron varios subgéneros adicionales, enfocados en distintas tecnologías y en distintos efectos sociales.
Por ejemplo, se desarrollo el “biopunk” (un derivado del “cyberpunk” donde la principal tecnología no era la cibernética sino la biotecnología) a principios de los 90s. En esas historias, las personas son modificadas pero no por medios mecánicos sino por manipulación genética. Paul Di Filippo, es considerado el más importante escritor biopunk, aunque el prefería decir que sus historias eran “ribofunk”, haciendo alusión a los ribosomas y los aspectos socio culturales asociados a la música funk nacida en los 60s. También se habló del “postcyberpunk”, donde se conservaba el énfasis en la tecnología de los computadores, pero el enfoque humano no se limitaba a los personajes marginales.
Un subgénero destacado fue el “steampunk”, situado en una historia alternativa de la era victoriana que combina la tecnología anacrónica de la revolución industrial con los aspectos sombríos del “cyberpunk.” El término fue creado alrededor de 1987, medio en serio, medio en broma, pero luego tuvo su madurez literaria con obras como “The Difference Engine”, 1991, de William Gibson y Bruce Sterling, donde el científico precursor de los computadores, Charles Babbage, logra popularizar en la Europa de finales del siglo XIX el uso de gigantescos computadores mecánicos propulsados por máquinas de vapor. Recomiendo igualmente la animación japonesa “Steamboy”, 2004, del mismo director de “Akira”, 1988, Katsuhiro Otomo.
En la era victoriana las máquinas no sólo tenían un diseño funcional sino que heredaron sus decoraciones de lo usos y costumbres de la época, de los torneados de los muebles, patas de león, y alusiones a formas vegetales. Un ejemplo de ello son las historias de Julio Verne, que tienen el sabor del tiempo que a él le tocó vivir, sus protagonistas son elegantes caballeros ingleses ataviados a la usanza de la época, y los inventos de sus científicos son hermosas construcciones en madera, bronce y cristales cuyo diseño trasciende la simple funcionalidad.
Existen variantes de este género según la tecnología en que se enfocan y la época histórica que reflejan: el “clockpunk”, donde la fuerza motriz no proviene del vapor sino de resortes y mecanismos de relojería, tiene su origen en los juegos de rol (algo que parece salido de los apuntes de Leonardo DaVinci); el “dieselpunk” se inspira en el pulp fiction de mediados del siglo XX describiendo sociedades tecnocráticas impulsadas por derivados del petróleo, con una estética relacionada con la de la segunda guerra mundial. Muchos ubican en este último género la visión retro-futurista de “Capitán Sky y el Mundo del Mañana”, 2004.
A diferencia de los otros subgéneros, el “steampunk” tuvo y tiene hoy su mayor desarrollo fuera de la literatura. El “steampunk” se ha convertido en un movimiento estético, con exponentes en la música, la ilustración, la moda, el diseño y una creciente multitud de fans.
Los muñecos de Shane Acker luchan por su supervivencia en las ruinas de un mundo semejante al de mediados del siglo pasado, tiene muchas referencias a esa época. Las escenas anteriores al fin de la humanidad están plagadas de la estética de la propaganda fascista. Los paisajes desolados recuerdan la invasión de Normandía y la ciudad de Dresden, después del bombardeo. El refugio donde #1 tiene su trono es una catedral contra la que ha chocado un bombardero B-52. Por eso, algunos han decidido incluir a “9” dentro del género “dieselpunk”. Sin embargo, el detalle del diseño de los monstruos mecánicos que acechan a sus protagonistas tiene una sensación de finales de siglo XIX. Partes de maquinaria de elegantes líneas, fundidas en bronce, han sido ensambladas y suturadas entre sí con los retazos de una civilización destruida. Shane Acker es un fanático del “steampunk” y es gran admirador de la estética de esa época, el aspecto a lo Julio Verne. “esa época celebra la mecánica pero a la vez hay cierto tipo de ornamentación. Pienso que es muy hermosa, expresiva y visual. Yo quería traer eso a este mundo. Es como si la revolución industrial hubiese progresado otros 300 años y no hubiéramos entrado en la era digital. Hay una tecnología de computadores, pero es toda mecánica. Si la era victoriana se hubiera colapsado en algún evento post-apocalíptico, estas criaturas están hechas de todos los trozos y piezas que quedaron. Esa es la idea detrás del ‘stitchpunk’. No es un ‘steampunk’ que se hubiera destruido, sino los trozos y piezas del ‘steampunk’ que fueron cosidas entre sí. Yo quisiera poder decir que inventé el término ‘stitchpunk’ pero no fue así. Fue alguien en un blog, pero dio en el clavo.” Un gracioso juego de palabras que aprovecha la semejanza sonora entre “steam” y “stitch” (costura, sutura, puntada) ha construido una palabra tan pegajosa que algunos la utilizan incluso para refererirse a los nueve pequeños protagonistas. La gente de “9” generó una gran expectativa alrededor de la película. Tanta que tal vez por ello fueron los críticos tan duros con ella. Habrá que esperar a verla en nuestras pantallas para hacernos nuestra propia idea. La campaña publicitaria se centró en los medios especializados, liberando imágenes de la concepción artística, trailers y teasers repletos de acción, concursos. Incluso crearon una página interactiva en la que los más entusiastas podrían descubrir piezas claves de la historia de los pequeños muñecos de trapo animados y de lo que llevó a su mundo a ser lo que era. También hay un perfil creado en Facebook donde el científico revela algunos secretos de la trama.
Un buen ejemplo de esto son las escenas donde aparece “La Costurera” (“The Seamstress”), tal vez el más temible engendro que ha creado el cine. En palabras de Acker, “hacemos nuestra reinterpretación de la Medusa. Es como una versión ‘steampunk’ de ‘Furia de Titanes.’” La cabeza rota de una muñeca de porcelana con un solo ojo (el otro ojo es una escrutadora luz roja) instalada en el cuerpo de una cobra de tela cosida, con muchos brazos amenazantes, armados de agujas y tijeras. Sin duda un homenaje al terrorífico cuarto de los muñecos torturados por el vecinito malvado de Andy en “Toy Story”, 1995. Tan elegante y misteriosa como la otra madre de “Coraline”, la que quiere que remplaces tus ojos por botones, peligrosa como los “Hydrobots” de “Terminator Salvation”, es una bestia mecánica caníbal que asimila en su estructura a los hombrecitos de trapo que atrapa. Hipnotiza a sus víctimas a través de los ojos de un señuelo a imagen y semejanza de ellos.
Ahora que ha empezado a tomar fuerza un movimiento llamado “stitchpunk”, algunos recuerdan que hubo precursores de estos muñecos cosidos de tela de costal y todo ese aspecto de suturas improvisadas. Por ejemplo, Sara Williams de io9 publicó una lista de referencias que va desde los videojuegos al cine, tanto en vivo como de animación. “Little Big Planet” es un videojuego para PlayStation 3 donde el protagonista es un muñequito de trapo muy parecido a #9, incluso con el cierre. Es más infantil y de aspecto más tierno y vive en un mundo totalmente hecho de lo que acá se llama “Arte Country”. También están las creaciones anteriores de Tim Burton, como el perro resucitado “Frankenweenie”, el disfraz de la gatúbela de Michele Pfeiffer en “Batman Returns”, 1992, al igual que el traje de “Eduardo Manos de Tijeras”, 1990. La secuencia inicial de “9”, en la cual detallan la construcción del protagonista, es muy similar a los primeros minutos de “Coraline”, donde temibles manos de aguja juegan a ser Dios mientras desmembran y vuelven a coser una muñeca de trapo. También están muchos de los personajes de “El Extraño Mundo de Jack”, desde Sally, la coprotagonista que a cada rato se desmembra hasta el temible “Boogie Man,” que no es más que un enorme saco lleno de bichos.
Finalmente, todo este asunto de muñecos de trapo, tijeras y peligrosas agujas, nos trasladan al mundo de los clásicos muñecos de Voodoo. Para la muestra, un precioso corto animado sobre el coraje y desprendimiento de uno de estos muñequitos.