domingo, 26 de septiembre de 2010

Nuestra Señora de los Donores (6)

Ésta es la sexta y última entrega. La primera la pueden encontrar acá, la segunda acá, la tercera acá, la cuarta acá y la quinta acá.

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Un tiempo después me enteré a dónde habían ido a parar los ojos de Lucía. Los descubrí un día en las páginas de sociedad de una revista: el mismo color azul profundo, las mismas manchas doradas.

Una joven y exitosa ejecutiva que vivía en Sydney, Australia, hizo una fortuna negociando con futuros y opciones sobre hematocritos y tejido linfático. Gerenciaba su propia empresa comisionista de bolsa con oficinas en New York, Tokyo, Frankfurt y Sao Paulo.

Ella tenía una reunión importante con su junta de inversionistas para presentar su plan estratégico a cinco años. Todo tenía que salir perfecto. Para la ocasión había encargado un diseño exclusivo a la casa de alta costura de Balenciaga.

El color de los ojos de Lucía era el complemento perfecto para ese vestido.

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Encontré la revista en la sala de espera de una de las casas de mujeres de los barrios del norte. Me había vuelto un cliente habitual, pero yo no visitaba las más costosas, claro que no: ésas eran exclusivamente para los turistas. Allí trabajaban sólo mujeres que ya habían hecho muchas donaciones, quizás demasiadas. Sobrados de transplantes sin piernas o sin brazos, o sin piernas ni brazos: aquello era muy apetecido por cierto tipo de turistas. Obviamente, tampoco tenían ya sus cinturones.

En la casa a la que yo iba sólo trabajaban mujeres de afuera del valle. Ninguna tenía sangre de donor en sus venas, excepto por alguna posible transfusión. Con el asunto de los cinturones de castidad a esas mujeres les iba muy bien. Tenían la clientela asegurada entre los donores adolescentes.

En la casa trabajaba una chica, nunca supe cómo se llamaba. Yo le decía Lu. Ella prefería Lulú.

Creo que era más o menos de mi edad, pero parecía mucho mayor. Se mantenía tomando vodka de contrabando y prácticamente no dormía. Por eso las ojeras. Tenía un aliento dulzón, como de jugo de naranja fermentado y si no fumaba era porque en el valle era imposible conseguir cigarrillos, ni siquiera camuflados dentro de muñecas de porcelana.

Ella se ponía lentes de contacto azules para mí. Incluso les hizo puntitos dorados con un marcador.

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Lu fue la que me propuso salir del valle. Era una locura, pero no lo dudé ni un segundo. Yo ya no tenía nada qué perder. Nos fuimos de viaje, lejos de la ciudad, lejos de las montañas que la aprisionaban.

La verdad, no me arrepiento de nada. Pude hacer las dos cosas que siempre había querido.

Pisé la arena de la playa y me mojé los pies con agua salada.

Fui a un partido de fútbol, en un estadio a reventar.

Eso fue antes de que Lu me vendiera a una banda de traficantes de órganos.

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Peor que las langostas lo pasan esos pescados que comen los japoneses. A ésos se los comen vivos. Lo viste en un noticiero: Es un plato grande de sushi en medio de la mesa y el pescado está decorado con ensalada y puesto de manera que parece posando para una fotografía. Tiene varios cortes, de modo que les queda fácil a los japoneses agarrar bocados con sus palitos. Tiene salsa también, salsa de soya salada en todas esas cortadas. El pescado está vivo y sigue intentando respirar. Mueve la boca y las agallas. Se está asfixiando, sin duda, y mientras tanto una familia de japoneses lo devora.

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Acá estoy, tendido en el mostrador de una tienda de órganos perdida en el barrio chino de quién sabe qué ciudad, bajo la luz intermitente de un anuncio de neón. Ya se llevaron mi otro riñón y mi pierna derecha. Tengo una placa de plástico transparente en el lugar donde debía estar mi abdomen, así que los órganos que me quedan están expuestos. No siento dolor, debo tener la médula espinal seccionada en el punto preciso, o tal vez más adentro, en el cerebro, pues lo único que puedo mover son los ojos.

“Mamá, mamá, mira esto.” Un niño tiene la cara pegada a la vitrina y me observa con curiosidad. “¿Qué hacen esas personas ahí acostadas?”

“No son personas, cariño.” Lo corrige su mamá. “Son donores. Mira el letrero rojo que tienen en el cuello, ésa es la marca de fábrica.”

“¡Wow! ¡Nunca los había visto! Parecen gente de verdad.”

“Son muy parecidos a nosotros, así podemos usar sus órganos.” Ella también me mira a los ojos.

“¡Hasta tienen la sangre roja! Igual que nosotros.” El niño señala los tubos de mi diálisis.

En efecto, mi sangre es de un rojo intenso bajo la luz fluorescente.

“Vámonos ya, que papá nos está esperando.” Dice ella.

La madre y el niño se alejan tomados de la mano.

Yo cierro los ojos.

Quisiera poder dormir un poco.

FIN

Juan Diego Gómez, 2010

4 comentarios:

  1. Hermano te felicito muy buen cuento, me encarreté desde el principio.

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  2. Hola.
    Disculpa que te escriba como un comentario...
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    Un saludo.

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  3. Gracias Carlos Andrés, por tus comentarios.
    Me anima mucho a seguir trabajando en esto.
    Si estás en Medellín, tal vez te interese contactar a un grupo de amigos que también se interesan por la ciencia ficción.

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