CIENCIA FICCIÓN
SCIENCE FICTION

jueves, 6 de junio de 2019

Una Mirada Retrospectiva

¿Qué relación tienen entre sí El Principito, Hermann Hesse y Tintín?

El año pasado en la feria del libro anunciaban una presentación a cargo de una dramaturga argentina galardonada con el premio Hugo. En realidad no resultó ser lo que me esperaba, pues en este caso se trataba de los premios Hugo al Teatro Musical, otorgados anualmente por la Asociación Civil Premios Hugo en Buenos Aires (Argentina) y cuyo nombre era en honor a Hugo Midón (1944-2011), un prestigioso teatrero argentino.

Estuvo interesante la presentación, un monólogo de una actriz sobre la biografía de su abuela, una de las mujeres pioneras en la medicina argentina.

Pero no, no era lo que yo esperaba.

En el mundo de la ciencia ficción los premios Hugo (llamados así en honor a Hugo Gernsback, editor de la revista pionera del género Amazing Stories) es, junto con los premios Nébula, el premio más reconocido, por lo menos en el mundo anglosajón.

Estos premios se iniciaron en 1953 y, por lo tanto no existen ganadores del mismo para obras publicadas en décadas anteriores. O al menos no los había hasta 1996, año en el que se inventaron los retro-Hugos.

En agosto de 2019 la máquina del tiempo de los Hugos premiará las obras publicadas en el año 1944.

Y esto hace que que se estén considerando como finalistas a autores y creaciones que hoy no pueden nombrarse de otra manera que clásicos:

  • Hermann Hesse está nominado para mejor novela con Das Glasperlenspiel.
  • El Principito de Antoine de Saint-Exupéry está nominado para mejor novela corta (lo que los americanos llaman Novella).
  • El secreto del Unicornio, el undécimo álbum de las aventuras de Tintín, escritas y dibujadas por Hergé.
  • En la categoría Novellete (textos más cortos que la Novella pero más largos que los cuentos) hay una obra que quizás es menos conocida pero que merece ser llamada clásico: Mimsy Were the Borogoves, de Lewis Padgett, una historia que hace guiños a Alicia en el País de las Maravillas explorando los viajes en el tiempo y la enorme flexibilidad del cerebro de los niños.


lunes, 8 de abril de 2019

Revista Próxima 36 – una muestra homeopática de la ciencia ficción colombiana


Estuve pendiente por algunos meses de la liberación en medio digital de la Revista Próxima número 36, pues la distribución limitada a la Argentina de su versión impresa hacía bastante difícil poder acceder a su lectura por acá, en Colombia.

Este mes finalmente pude leer la revista que anunciaba incluir la ciencia ficción colombiana. Para resumir, es un pequeñísimo abrebocas que lo deja a uno con la curiosidad de averiguar si solo existen estas pocas creaciones o si, por el contrario, hay un conjunto grande de obra de autores colombianos que merezca la pena ser explorado.

Laura Ponce, además de ser la directora de la revista, es colaboradora de ella como la escritora del guion de un cómic basado en un cuento de Claudia Cortalezzi y como autora de un par de reseñas. Al abrir la editorial, ella hace un guiño significativo a la novela “Ímenez” del caleño Luis Noriega, ganadora del premio UPC de 1999. Lo hace de una manera contundente y genera en el lector un gran interés en ella. Este guiño es un abrebocas para indicar que esta edición incluye un especial de ciencia ficción colombiana, dentro de un plan amplio de todo el año 2017 dedicado a la ciencia ficción en Latinoamérica.

Para aterrizar las expectativas es necesario entender que se trata de una revista argentina orientada principalmente al público de ese país, por lo cual no debe sorprendernos que de once contenidos (entre cuentos, artículos y comics) solo seis sean de autores colombianos y que, de siete ilustradores, cuatro sean argentinos. No debemos esperar un ejemplar dedicado a Colombia sino uno que incluye, entre otros temas, una pequeña muestra de la producción colombiana.

La Otra Portada

La participación colombiana inicia con una ilustración en blanco y negro de página completa llamada “Bachué y el primer ser humano en el páramo de Iguaque” y realizada por Luis Carlos Barragán. Llama la atención que no haya referencia de ella en el índice y que su formato incluya el título de la revista y el número actual. Es como si se tratase de una alternativa de portada que fue desechada para en cambio utilizar la mujer jaguar de Fede Marín, ¿un homenaje sureño a la jungla amazónica colombiana? No juzgo las razones de no utilizar la ilustración de Barragán como portada porque el tema es de la mitología precolombina, más adecuada para una publicación del género fantástico que para una revista de ciencia ficción. En cambio, la mujer jaguar de Marín podría ser un humano modificado, una quimera creada por ingeniería genética o un espécimen de jaguar aumentado para hacerlo más antropomórfico.

El Conciliador

En la página 31 encontramos el artículo del bogotano Felipe López presentado como “dossier” y con el título “El Futuro del Porvenir”, una evidente referencia a la antología publicada en el 2000 por René Rebetez. Es un artículo correcto y bastante completo para el corto espacio disponible. Además, denota la amable naturaleza de Felipe, cuya intención nunca es herir o atacar a nadie. Es generoso con el quijotesco esfuerzo de Editorial Laguna de desenterrar la prehistoria de la ciencia ficción colombiana, describiendo con benevolencia los tres textos. Yo, personalmente, considero un bodrio impotable la “triste aventura de catorce sabios” de José Félix Fuenmayor y pienso que José Antonio Osorio Lizarazo hizo bien al dedicarse al periodismo y la crónica en lugar de seguir incursionando en la ciencia ficción.

No deja por fuera ni la vieja guardia del siglo veinte, a Rebetez, a Mora Vélez y a Campo Ricardo Burgos, ni a los advenedizos, Germán Espinosa, Jaime Restrepo Cuartas, Julio César Londoño y Luis Noriega, que coquetean desde el mainstream con las ideas y técnicas del género. Incluso menciona a los inubicables Luis Cermeño y Andrés Felipe Escovar y también el corto periplo de Cosmocápsula que, al final, por falta de propuestas de autores colombianos, terminó siendo más latinoamericana que otra cosa.

Tiene todo el derecho de mencionar su aporte personal, junto con Ángelica Caballero, a través de los concursos y publicaciones del sello editorial Mirabilia de Lecturas, por los cuales supimos que existía, por ejemplo, nada menos que una Laura Rodríguez Leiva.

Cierra resaltando el 2017, cuando Luis Barragán, Diana Catalina Hernández y Andrea Salgado publicaron sendas primeras novelas y Rodrigo Bastidas lideró la publicación de la nueva antología “Relojes que no Marcan la Misma Hora” y “Cronómetros para el Fin de los Tiempos” en la cual tuvo el amable gesto de incluir un cuento mío.

Felipe, el conciliador, nos recuerda a todos que estamos montados en el mismo barco y que es un enorme lastre perpetuar la rivalidad entre los de ahora y los de antes, un cisma sin sentido que ha tenido silenciosas batallas, incluso en las páginas de la Wikipedia.

Barbie recargada

Luis Carlos Barragan ilustra en la página 37 el maravilloso cuento “Karen” de Laura Rodríguez Leiva. ¡Par de monstruos de artistas estos! Si aún no han leído el cuento, paren de leer este artículo (lo pueden encontrar acá), vale mucho la pena. Tranquilos, que acá los espero.

Una versión virtual de la muñeca Barbie se va poco a poco acomodando en la vida de su propietaria. “Karen” está narrada con gusto por alguien que sabe del oficio. Una excelente elección para representar a la ciencia ficción colombiana escrita por mujeres. ¿Qué digo? Para representar a la ficción, sea o no ciencia ficción, sea o no de mujeres, sea del país que sea. Una joya que tuve el placer de conocer hace varios años gracias a una amable recomendación del argentino Luis Pestarini a Felipe López de considerarme como jurado en uno de sus concursos de Mirabilia.

Dos Tercios

La primera vez que tuve la oportunidad de leer el emblemático cuento “El Asunto García” del one-hit-wonder Orlando Mejía Rivera fue en la antología “Cuentos de Ciencia Ficción” publicada con ocasión del concurso “Bogotá, una ciudad que sueña – 1997”. Mejía Rivera ganó el tercer puesto en este concurso con un cuento de historia alternativa cuyo principal mérito es la gran idea de la que trata. Es de esas ideas tipo ¿por qué no se me ocurrió a mí?

Mejía Rivera retoma el episodio más importante en la historia de Colombia del siglo veinte, el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948, aprovechando que coincidencialmente un joven Gabriel García Márquez se encontraba en Bogotá en esos momentos.

“El Asunto García” es un relato segmentado en tres cuerpos: El primero son anotaciones del diario de García Márquez realizadas en febrero de 1948 sobre la extraña visión de un fauno vestido de levita negra al que se encontró en el tranvía que había tomado en la Plaza de Bolívar; el segundo es una nota periodística del 10 de abril, y el tercero es un informe de un sargento Marín a “mi teniente Murillo” del 15 de abril. Tres tercios, tres voces y tres tonos bien diferenciados.

Haciendo hoy una relectura del relato, que la revista incluye a partir de la página 43, me ha dejado con tres sabores distintos, distintos niveles de logro que me hacen pensar en un mundo alternativo en el que Mejía Rivera hubiera tenido el buen juicio de desechar la primera sección y presentar al público lector solo los otros dos tercios. ¿Hubiera tal vez ganado el primer premio en el concurso?

Porque la primera parte es una osada tentativa de imitar el virtuosismo en la escritura de nuestro premio Nobel, intento del que queda claro que Orlando no es Gabriel, pero sí que ha leído algo de mitología griega. Me sobraría, por cierto, lo del fauno, de no ser porque ha inspirado en esta revista una muy bien lograda ilustración de Solmi Angarita, artista colombiana radicada en Lima.

La Otra Mujer

Incluir cinco cuentos de autores colombianos con la intención de ser balanceado e inclusivo implica la necesidad de que al menos dos de ellos, ojalá más, sean mujeres. La elegida para acompañar a Laura Rodríguez en la representación femenina ha sido, en esta ocasión, Linda Castro Alfonso y nos la encontramos en la página 48.

El cuento de Linda Castro es “La Partícula de Dios”, una obra ambiciosa que intenta evocar ese Sense-of-Wonder al estilo de algunos relatos de Arthur C. Clarke planteando una especie de acertijo con una multiplicidad de elementos, algunos de ellos bastante exóticos: un templo que es una línea vertical infinita que une la tierra con el cielo pero que a la vez es un objeto físico creado por código informático y hace parte de una enorme máquina de movimiento perpetuo impulsada por el lenguaje y distribuida por el universo; máquinas del tamaño de planetas, como en “La Guía del Autostopista Galáctico” de Adams o “A vuestros cuerpos dispersos” de Farmer; las dificultades experimentales de medir el tiempo y el espacio; un árbol que se nutre de las sombras, una biblioteca subterránea gigantesca y una oscura referencia a ciertas direcciones URL. La tal partícula de Dios no tiene nada qué ver con el Bosón de Higgs sino que parece ser una letra relevante en esa exótica biblioteca y para más datos, encriptada. Adereza todo esto con connotaciones religiosas, saludos al panteísmo y al cristianismo, y muchas emociones, lágrimas de felicidad, incluso.

Es un relato bastante ambicioso, pero la ejecución se queda corta respecto a la intención, al tratar de articular tantos elementos distintos en un solo lugar. Le falta poda y trabajo, pero puede que después de algunas revisiones salga algo bueno de allí.

Linda demostró ser capaz de escribir un buen cuento con su aporte al segundo tomo de la Antología de Ciencia Ficción Colombiana, “Cronómetros para el fin de los tiempos”. Su cuento, “Tempo”, es mucho más moderado en la cantidad de temas que aborda y bastante mejor logrado.

No es el arma de Chéjov

El Arma de Chéjov (Chejov’s Gun), dice la Wikipedia, es un principio dramático que estableció el famoso autor según el cual nada debe sobrar en una narración. “Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí”. Un criterio muy útil sobre todo en el cuento, que según los que saben debe ganar por knock out.

El artista bogotano Nicolás Parra ilustra en la página 56 una escena fundamental del cuento “BRT” de Luis Carlos Barragán, en la cual el protagonista sostiene en su mano una extraña esfera que luego entendemos es lo que le da su nombre al relato. La bomba de regresión tecnológica (BRT) es un artefacto que al explotar hará desaparecer cualquier desarrollo tecnológico que se encuentre a cierta distancia, un radio más o menos del tamaño de un planeta. Obviamente conociendo a Luis Carlos como lo conocemos, y aunque ansiamos como lectores que el protagonista sea sensato y no active semejante arma, no nos encontramos acá con el “Arma de Chéjov”.

Da gusto, como siempre, caer en las redes de Luis Carlos quien, poco a poco, te va envolviendo en su trama y en sus personajes tridimensionales y de carne y hueso. Ciencia ficción de la buena, sin duda. Sin embargo, debo confesar que uno de los personajes, el antagonista costeño, no me convenció del todo.

¿Al fin somos una familia?

En la página 64 encontramos el último relato de la revista escrito por un autor colombiano: “Dejad que los Niños Vengan a Mí” del bogotano Juan Alberto Conde. Felicito a los editores por tomar la decisión de ubicar la ilustración del mismo, realizada por Luis Carlos Barragán, en la página 71, después del final del cuento. De esa manera no se revela el asunto del que trata el relato y se garantiza una buena sorpresa al lector, cosa que no puedo garantizar acá, así que quedan avisados.

[ACÁ EMPIEZAN LOS SPOILERS]

No había leído antes nada escrito por Juan Alberto Conde y lo que aquí me encuentro me deja un poco desilusionado. La idea de adoptar a un niño zombi no es la primera vez que se explora. Me llega a la memoria la excelente novela “The Girl with All the Gifts” de M. R. Carey, traducida al castellano como “Melanie: Una novela de zombis” y “Raising Stony Mayhall” de Daryl Gregory que no entiendo por qué no ha sido traducida (que yo sepa). En ambos casos se da un giro interesante al mito del zombi que creó Romero para explorar la humanidad que sobrevive en estos seres, logrando que el lector empatice plenamente con los niños zombis.

No puedo hablar de empatía en relación con el cuento de Conde. Ni siquiera puedo empatizar con los seres humanos que lo habitan, ni con el narrador, ni con su esposa, ni con los demás adultos que asisten a esta fiesta de niños. Yo tengo represado un cuento corto sobre superhéroes cuyo principal problema es que tiene demasiados personajes y el lector se confunde con tanta información. Con el cuento de Conde me sucede lo mismo, hay una multitud de papás, mamás y niños cuyos nombres son simples etiquetas y que se desarrollan tan poco como personajes que en el momento de la carnicería no me molesta que se los coman vivos. El narrador y su esposa, por su parte, sí están un poco más desarrollados (más él que ella, realmente, que es una especie de mujer espejo) pero no generaron en mí empatía alguna. Al contrario, los oscuros referentes literarios y de género me distanciaron totalmente del narrador. Por otro lado, cuando me habían convencido de que como pareja habían tomado una decisión madura y razonable de no tener niños, de la nada surge una decisión de adoptar uno con una discapacidad tan profunda que no veo a este par con la idoneidad o el compromiso de sostenerse en semejante empresa.

¿Al fin somos una familia? ¿Al fin? No les vi ni las ganas ni el compromiso, por lo que no entiendo de qué viene la cosa.

El resto es austral

Como creo ya lo he dicho varias veces, para ser un especial de ciencia ficción colombiana esta revista tiene mucho contenido de autores argentinos.

“Sueña que le dice”, de Juan Manuel Valitutti, es una historia de aventuras para pre-adolescentes muy embebido en el sabor del lenguaje local del sur del continente. Eso me genera un extrañamiento no de los buenos y por ello no me atrapa. Hay imaginación, sí. La ilustración de Didiher (Débora Holsinger) en tono de caricatura infantil le hace buen eco al cuento. “Sesenta años de historieta argentina de ciencia ficción (4)” es parte de un trabajo enciclopédico serio e interesante que me antoja buscar las otras ediciones para completar su lectura. Pulgares arriba para Grendel Bellarousse (Gabriel Reynoso). La historieta “La respuesta”, escrita por Laura Ponce y dibujada por Grendel Bellarousse es una joyita del baby gore (genero recién nacidito). Las reseñas de “Pórtico 10 y 11 de Noviembre” y el “1er Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción” son interesantes y necesarias. Bien por Laura Ponce. “Tentáculos en AK42”, una caricatura de Chole (Soledad Romano), es un toque de humor dirigido a un demográfico al que no pertenezco.

En resumen

Me quedó faltando. No están todos los que son, entiendo que no cabían, pero mi nombre es legión y habrá otros espacios en los que sigamos siendo muchos.

martes, 3 de abril de 2018

Una triste lectura de catorce días (menos), mal contados.

Reseña de lectura de "Una Triste Aventura de 14 Sabios" (1928) de José Félix Fuenmayor

Enmarcada dentro del tradicional esquema "historia narrada en una reunión de caballeros" que no le quita ni le pone al relato, la cosa va de un viaje en aeronave de tres mujeres y catorce orates denominados sabios por sus disciplinas respectivas.

Una coincidencia cósmica de un cometa perforando una barrera entre los astros al mismo instante en que la nave pierde el control y cae en picada hace que todo el mundo se agrande a enormes proporciones menos ellos. Hasta ahí, la cosa promete: Un pionero del tema de achicamiento (28 años antes del shrinking man de Matheson).

Pero la idea se queda en eso y los tales sabios se dedican a fornicar con la joven "viripotente", la fogosa anciana y, casi, casi, con la niña prepúber (¿asomos de pedofilia?). Luego dos de ellos se dedican a la magia negra y matan al resto para desangrarlos, menos a uno, el líder de la expedición que al final se descalabra subiendo una escalera.

Fin.

Un desperdicio de talento, pues Don Jose Félix no era cualquier aparecido, pero de esas historias que se toman demasiado a la ligera porque como es ciencia ficción, hagamos lo que se nos dé la gana. Un divertimento ligero que en su momento debió ser escandaloso (por aquello de la fornicación) pero que no pasa de ser un relato olvidable.

Hermosa edición, desde la portada con su tipografía retrofuturista e imagen de comic, y una nada barata impresión a dos tintas: negro cuando es la reunión de caballeros, y azul cuando la historia triste esa. Una joyita como objeto, más para atesorar que para leer.

sábado, 20 de enero de 2018

Relojes que no marcan la misma hora

“Relojes que no marcan la misma hora” (Planeta Lector, 2017) es el primer tomo de la antología de ciencia ficción colombiana en el que, gracias a la enorme generosidad de Rodrigo Bastidas, fue incluido un cuento mío, “El Milagro de Barcelona”. Lo escribí entre septiembre y octubre de 2016, cuando mis padres andaban de viaje, visitando a mi hermano en Barcelona. Mientras ellos paseaban, yo decidí invadir esa ciudad de una manera más inspirada en el Stanislav Lem de “La Voz del Amo” o en los hermanos Strugatski de “Picnic Extraterrestre” que en los típicos encuentros con extraterrestres de los escritores americanos. Qué me iba yo a imaginar que poco antes de la publicación del libro, esa ciudad sería víctima de un ataque terrorista, reflejando imágenes semejantes a las que yo había imaginado en el cuento.

Presento a continuación lo que más me ha gustado de este primer tomo:

“Los ancianos no lloraron, los hombres no lloraron, los niños no lloraron, las mujeres no lloraron, los maricas de Tumbajú tampoco derramaron una sola lágrima…”

“Eufóricos caminantes nocturnos”
de Luis Carlos Barragán, el primer cuento en este libro, es una historia con los pies firmemente apoyados en la tierra, en la tierra del conflicto de nuestro país, de la violencia, de la guerrilla, de las autodefensas, de los militares, de los desplazados. Escenario, más que recurrente, obligado de la literatura colombiana de las últimas décadas: todos tienen que escribir sobre eso en este país en guerra, si no es de eso, del narcotráfico.

Pero Barragán aborda el tema desde una perspectiva distinta, una que solo el género puede acoger: Él parte de la desesperanza de las víctimas, de esa desazón e impotencia del que lo ha perdido todo y no tiene cómo enfrentarse a un enemigo insensible, descarado, aprovechado y avasallador. Los caminantes nocturnos de Barragán retoman una de las tropas clásicas de la ciencia ficción y del terror y la reinterpretan para otorgarle justicia a esas víctimas.

Los zombis, en su definición más estándar, son una horda irracional e imparable, como una avalancha, como una fuerza de la naturaleza. Es por eso que son aterradores, porque no son un adversario con el que puedas pararte a negociar, no los puedes convencer, ellos no piensan, ellos van a lo que van. Los caminantes nocturnos de Barragán son diagnosticados como un episodio de histeria y sicosis colectiva, están enloquecidos y los domina una risa macabra que no pueden controlar, que no quieren controlar porque ha perdido todo uso de razón. Es esa risa la que los hace todavía más terroríficos y es por esa risa que tienen el calificativo de eufóricos.

“Risas más fuertes y más demoníacas, risas de niños, de ancianos, de mujeres, de hombres, de muchachos.”

A la justicia la pintan ciega pero los zombis de Barragán atacan y devoran en forma selectiva a los grupos armados y uniformados, dejando al margen a la población civil. Eso sí, no les importa de qué lado del conflicto estaban los que destruyeron sus casas y los sacaron de su pueblo, todos son culpables, todos son parte de la guerra, todos son apetitosos.

 De otro lado, la prosa es preciosa. Tiene una cadencia y un ritmo que da gusto leer y releer. Casi como un mantra, un cuento muy bien escrito.

“…mujeres, hombres, ancianos e incluso los maricas de Tumbajú se abrazaron en la playa como hermanos, lagrimearon, berrearon, agarraron la tierra entre los puños con dolor y gritaron.”

Luis Barragán también es artista plástico y es suya la ilustración de la carátula de esta antología: Un pintoresco ventorrillo callejero de salpicón y minutos de celular que levita en el aire gracias a alguna tecnología de control de la gravedad.

Conocí a Laura Rodríguez con el sonoro nombre de Colofonia Gilmour. Ese fue el seudónimo con el cual se presentó al segundo concurso de ciencia ficción Mirabilia de 2014, del cual fui invitado a participar como jurado gracias a la gentil recomendación de Luis Pestarini. “Karen”, su cuento, fue el ganador del concurso y estuvo en calidad muy por encima de los demás presentados. Este y otros de los finalistas se publicaron en la antología “Ahora Después Nunca”. Fue por esta razón que le recomendé a Rodrigo llamar a Laura para la antología y ella, por supuesto, no me decepcionó.

“Sangre Correr” es una historia que solo pudo haber sido escrita por una mujer, una mujer con la osadía y la imaginación de una Laura Rodríguez. ¿Por qué lo digo? Bueno, muéstrenme al primer hombre que sepa lo que realmente significa convivir con los cambios fisiológicos cíclicos que experimenta una mujer. Podemos imaginarlo, sí, pero de ninguna manera vamos a saber realmente lo que se siente.

Mabel es una chica mutante con hemorragias de proporciones bíblicas, tanto nasales como aquellas que llamamos “cosas de mujeres”. Ella es diferente en eso y en otras cosas que poco a poco se van revelando a lo largo del relato, diferencias que le permiten estar en varios lugares a la vez. Mientras ella está en el baño tratando de estancar una hemorragia poniéndose tacos en las fosas nasales, su brazo está en la cocina preparando un batido de frutas y verduras. Si es que de verdad se trata de un brazo o algo más parecido a los apéndices de un pulpo o de un calamar. Son diferencias que no solo espantan a aquellos que la rodean sino que también pueden poner en peligro sus vidas. Si no que le pregunten a su dermatólogo cuando despierte del coma.

La envidio como escritor. Laura nos demuestra que los límites de la imaginación están algunos años luz más allá de donde creíamos que debían ubicarse. Leerla te abre la mente y te rompe cadenas que no sabías que te estaban aprisionando. Todo ello salpicado con detalles de una cotidianidad tan ordinaria y verosímil que no tenés que hacer ningún esfuerzo para la suspensión de la incredulidad.

“Martín” de Diana Catalina Hernández es el cuento que cierra este libro, pero perfectamente podría ser un episodio de los Archivos X. Es un relato conspiracionista en la intimidad, casi que claustrofóbico. todo sucede dentro de las cuatro paredes de una habitación y una parada de autobús que alcanza a verse desde la ventana.

El protagonista sospecha que su compañero de apartamento, Martin, puede ser un alienígena o el resultado de algún extraño experimento genético. Pasa las noches en vela vigilándolo y parece que ha perdido la razón. O tal vez no, tal vez no está equivocado y Martín es una verdadera amenaza.

En “Sueño con Lampreles”, Humberto Ballesteros aplica la técnica de la lengua quemada. Lo hace desde el mismo título, como yo lo hice alguna vez. La palabra “lampreles” se te enreda en la boca, te obliga a una segunda lectura, y es ahí donde te atrapa.

Las lampreas son unos pescados largos como culebras que tienen una boca redonda llena de dientes en espirales como si fueran una pesadilla de Fibonacci. Eso es lo que Google encuentra cuando busco “lampreles”. Los “lampreles” de Humberto Ballesteros son plantas alienígenas genéticamente modificadas para maximizar su rendimiento para el consumo humano. Son cactos con espinas afiladas con tallos como cuellos gruesos, doblados por el peso de sus cabezas.

Como protagonista del cuento hay un personaje típico del género, el convicto que ha conmutado su condena por un trabajo solitario en lugar recóndito del cosmos, el cual puede ser peligrosísimo o tremendamente aburridor, según el caso. En esta ocasión se trata de una mujer que duerme durante los siete años que demora en madurar la cosecha y solo despierta para vigilar la siega automática.

Claro, los “lampreles” resultan ser mucho más que simples plantas comestibles.

Cristian Romero es un autor más en la línea del terror que de la ciencia ficción. Sus textos evocan sensaciones y ambientes opresivos, asfixiantes, como los que produce leer a Edgar Allan Poe o a H. P. Lovecraft. Para él los elementos especulativos son más un medio para lograr estos efectos, para alcanzar al lector de una manera visceral.

“Su Reflejo en la Ventana” no es un ejemplo típico de su obra. Es un cuento que recuerda más a Philip K. Dick que a aquellos otros autores. Se conserva su carga sensorial, pero lo que hace es cuestionar la diferencia entre lo que es real y lo que no lo es.

Adriana es mesera en una cafetería, acosada por un cliente desagradable de bigote asqueroso y fiel seguidora de la telenovela de turno. Tiene la oportunidad de participar como la protagonista en la telenovela a través de una tecnología de realidad virtual multisensorial de inmersión total.

Obviamente, algo sale mal.

Cierro esta reseña con “Del Invariable Tic-Tac, a los Estallidos Eléctricos del Quark”. Este es un ensayo de Rodrigo Bastidas que sirve de introducción a la antología. Rodrigo nos explica por qué ha bautizado este primer tomo “Relojes que no Marcan la Misma Hora” con una reflexión sobre el concepto mismo del tiempo que parte desde la contraposición de los dos términos que para dicho concepto utilizaban los griegos: Cronos, el tiempo terrenal, y Kairos, el tiempo del espíritu. Ese Cronos fue instrumento esencial de la colonización cultural de América por parte de los Europeos, marcando un ritmo de productividad impuesto que hoy nos sigue gobernando más que nunca. Le corresponde a la literatura, y particularmente a la ciencia ficción, rescatar el Kairos a través de la imaginación para liberarnos de ese otro tiempo opresor.

Rodrigo hace un excelente resumen de la historia de la ciencia ficción colombiana planteando tres momentos: La prehistoria, en la primera mitad del siglo XX (de donde Laguna Libros rescató las novelas del género de José Antonio Osorio Lizarazo, José Félix Fuenmayor y Manuel Francisco Sliger Vergara); el nacimiento, en la segunda mitad del siglo XX (Con “La Nueva Prehistoria” de René Rebetez y la obra de Antonio Mora Vélez), y la consolidación del género desde principios del siglo XXI que se inicia con la publicación de la antología “Contemporáneos del Porvenir” y la novela “Iménez” de Luis Noriega.

La sola introducción es una lectura obligada para todo aquél interesado en el tema o a quién quiera saber de qué va esta manía de un puñado de locos que se atreven a escribir ciencia ficción en este país del corazón de Jesús y del realismo mágico.

domingo, 31 de diciembre de 2017

En Hombros de Gigantes

La manera como veo series y películas en Netflix es la misma costumbre que tengo para leer. Estoy leyendo diez o doce libros a la vez, recorriendo un par de páginas (o su equivalente en el formato electrónico) antes de pasar al siguiente, en un ciclo que se repite y se repite. No tiene fin, pues una vez termino uno de los libros, otro se incorpora al proceso y tengo más libros en lista de espera de los que podré leerme en lo que me resta de vida.

Es así como he estado alternando entre media docena de series, películas y documentales, sacándole provecho a la mensualidad pagada a Netflix. Pocas son las ocasiones en las que un episodio me atrapa de tal manera que no me permite ponerlo en pausa y pasar al siguiente en la lista. Esas situaciones excepcionales casi que podría decir que tienen nombre propio: "Black Mirror".

Cuando yo sea grande quiero aprender a escribir como los guionistas de esa serie.

Acaba de estrenarse la cuarta temporada de la serie y anoche me atrapó su primer episodio. Poco importó que fuera ya pasada la media noche y eso que los que me conocen saben que no soy de mucho trasnochar.

Advertencia de SPOILERS:

"USS Callister" ("Black Mirror" S4E1 2017) comienza como lo que parece ser una parodia evidente de "Viaje a las estrellas", con todo y los uniformes femeninos como el de minifalda de Uhura pero con un poco menos de tela alrededor de la cintura. Pero luego se nos revela que tras el tono de comedia lo que hay es una historia de terror escalofriante con un tirano que tiene poder absoluto en el mundo que ha creado y, para colmo, se cree el héroe de la historia. En este universo artificial hay personas reales atrapadas, totalmente concientes de los absurdos y clichés de la trama, pero que le siguen el juego al autonombrado capitán porque de lo contrario podrían ser castigados de las maneras más espantosas.


¿Alguien recuerda esta escena de la película de "Dimensión Desconocida" (1983)? La hermana que se atrevió a levantarle la voz a alguien y que fue castigada borrándole la boca. Me la recordó ese momento en que la protagonista de "USS Callister" se enfrenta al capitán por primera vez y él hace un gesto con su mano que la afecta de tal manera que ella tiene que doblegarse. Pero lo de la película es solo un remake de un episodio clásico de la serie , "It's a Good Life" (1961) que describe la vida en un pueblo que ha sido desconectado del resto del mundo y donde sus habitantes son controlados por un monstruo que tiene el poder de leer sus mentes y si no piensan en cosas alegres los puede destruir, o peor, convertir en cosas horribles. El monstruo se llama Anthony Freemont y es un niño de seis años de edad.

Este año tuve la oportunidad de leer el cuento original (1953) de Jerome Bixby en la antología "The Science Fiction Hall of Fame" editada por Robert Silverberg. El episodio de 1961 es bastante fiel al texto y lo deja a uno no solo aterrado sino desesperanzado. Para la versión al cine le conservaron todos los elementos esenciales, pero la protagonista es una maestra de escuela que llega al pueblo por casualidad y ella ve la posibilidad de redimir al niño. Así que el final es más optimista que en las otras versiones, un final que escribió un autor del que tal vez hayan escuchado hablar, pues se han hecho algunas películas de sus cuentos y novelas: Richard Matheson.

Y resulta que no estoy inventando coincidencias, en una entrevista con Charlie Brooker, creador de "Black Mirror", él comenta que "USS Callister" tuvo su origen en una conversación que tuvo sobre realidad virtual y videojuegos cuando estaban filmando "Playtest" (2016), episodio de la tercera temporada. En un momento dado comentaron "Bueno, podrías ser el rey del castillo allí adentro, podrías tener un emperador malvado o un tirano". Esto le recordó ese episodio de "Dimensión Desconocida" de 1961 y una cosa llevó a la otra y eso fue el punto de inicio. "¿Qué tal si hacemos una historia sobre un tirano todopoderoso que se pone a sí mismo en el papel del héroe?".


Bueno, y no voy a mencionar "No tengo boca y debo gritar" de Harlan Ellison, primero porque no lo he leído, aunque el solo título ya cuenta cosas, y segundo porque quiero evitarme una posible demanda por derechos de autor. Pero el cuento sube al inicio de mi pila pues tengo la corazonada que allí encontraré resonancias a estas historias que hoy menciono en este blog.

Sí quiero hablar de John Scalzi y su novela "Redshirts" (2012), a quien se le ocurrió escribir una historia basada en la extraña coincidencia de que en "Viaje a la Estrellas", la serie original, cada que bajan a un planeta a se enfrentan a un monstruo el muerto es uno que aquellos que tenía puesta la camiseta roja. Me recordó ese tono de autoconciencia en el que los personajes reflexionan sobre el absurdo y la ingenuidad de las tramas, y del omnipresente "Deux-est-machina" donde siempre hay una tecnología que resuelve el problema de turno. Me acordé de un momento en "Redshirts" donde le dicen al protagonista que traiga "el aparato que hace ping" cuando en "USS Callister" la chica que hace el papel del doble de Uhura le recomienda a la heroína que oprima cualquier botón cuando el capitán le ordena hacer algo, que todos hacen exactamente lo mismo.

Así es como funciona la creación de ciencia ficción por estos días, cuando se podría pensar que no quedan temas nuevos por explorar. Es un diálogo constante entre el presente y el pasado, donde los clásicos se pueden reinventar y enriquecer con elementos contemporáneos o alguna tecnología recién descubierta o imaginada. Como lo dijo Robert Silverberg en "Science Fiction 101" (1987), "Parece esencial para mi que alguien quiera escribir ciencia ficción deba ser un devoto lector de ciencia ficción... Por un lado, la familiaridad de la ciencia ficción salva al aspirante a escritor de la molestia de reinventar la rueda. Algunas ideas son tan maravillosas que ya han sido llevadas a la perfección por gente como Heinlein o Kuttner o Murray Leinster, hace años... Pero este tipo de plagio accidental o no intencionado de los clásicos no es el mayor problema de no cimentarse en la literatura existente. La mayor parte de la ciencia ficción de buena calidad es escrita como reacción a historias existentes."

Eso pienso, vamos avanzando construyendo sobre las bases que nos dejaron nuestros antecesores. Estamos montados en hombros de gigantes y algún día, si alguien nos considera dignos de ello, usará nuestros hombros como apoyo para mirar un poco más allá.

Post data: (más SPOILERS) No me quiero ir sin celebrar que en "USS Callister" quien salva el día es una mujer poderosa que usa su conocimiento y su astucia para liderar el equipo hacia un final mejor del que esperaban. ¡Mujeres que no son elementos decorativos ni damiselas en peligro esperando ser rescatadas! Eso es el siglo XXI.

Otro post data: Menos es más. La inteligente decisión de contar en lugar de mostrar en aquella escena donde el man que se parece al protagonista de "Los Waltons", y coincidencialmente es de apellido "Walton", demuestra tener profundidad y corazón cuando comparte que no intenta escapar porque tienen el ADN de su hijo secuestrado para hacer copias digitales de él. Un director mexicano habría mostrado la imagen del niño congelado quebrándose como una muñeca de porcelana, pero acá simplemente lo dejan narrado en boca del padre. Excelente decisión.

domingo, 10 de julio de 2016

De Arroz y Sal y Nubes

Me enamoré. Su nombre es Doona Bae y es la diva coreana de las hermanas Wachowski.

Ando desatrasándome ya tarde, cuando los calores de la fama y la publicidad se han enfriado, de varias series de televisión y películas. Me vi Sense8 (2015), la serie de Netflix que alborotó la líbido de más de uno el año pasado, pero que a mi juicio bien podría ser el eje central de un seminario sobre trabajo en equipo. Doona interpreta a Sun Bak, una de las ocho personas conectadas síquicamente y repartidos por todo el mundo, ella allí es la experta en artes marciales a la que invocan cuando tienen que enfrentarse a ejércitos de forajidos o guardaespaldas. Sí, a ella, la aparentemente débil chica, y no al policia rudo de Chicago o al matón de Berlín, subvirtiéndo así las Wachowski cientos de reglas no escritas sobre los roles de hombres y mujeres en el cine y la televisión.

Luego me vi El Atlas de las Nubes (2012), donde Doona es protagonista de un segmento que transcurre en Neo Seul, en el año 2144. Ella allí es una clon esclava al servicio perpetuo de los consumidores, que termina siendo el símbolo de una revolución que a la larga terminaría derrumbando el régimen dominante. Tanto así que en el siguiente segmento, decenas de inviernos después de la caída de la civilización, los sobrevivientes la siguen recordando como si se tratase de una diosa. En la foto aparece en su caracterización de una joven esposa pelirroja en el segmento de 1849. Otra vez las hermanas Wachowski transgrediendo normas. A pesar de que en el segmento de Neo Seul, muchos de los personajes asiáticos son blancos maquillados, al menos se dan el lujo de hacer lo contrario con Doona para este corto papel (y no me voy a extender sobre los distintos papeles de mujeres y hombres blancos que hace Halle Berry, pues hoy mi "traga" es coreana). También la vemos en 1973 como una inmigrante mejicana que venga la muerte de un perrito.

Todo esto como introducción para compartir que en El Atlas de las Nubes, las Wachowski utilizan el recurso del reciclaje de actores para presentar el eterno retorno de conciencias individuales que reencarnan una y otra vez para encontrarse siempre con el mismo grupo de viejos conocidos.

¿Dónde había leído yo algo similar?

También este año tuve a bien leerme Los Años de Arroz y Sal (2002) de Kim Stanley Robinson, un escritor más conocido por su científicamente estricta trilogía de Marte. Abordé Los Años de Arroz y Sal previendo encontrarme con la misma "ciencia dura" de Robinson, esta vez en el género de la historia alternativa. ¿Qué hubiera sucedido en el mundo si la Peste Bubónica no hubiese matado al 10% de la población del Europa sino al 99%? ¿Cómo habría sido el ascenso hacia la revolución industrial y más allá con el mundo musulman y la China milenaria como protagonistas?

Pero para mi sorpresa, Los Años de Arroz y Sal es un libro sobre la reencarnación, con almas que se reencuentran una y otra vez en distintos cuerpos y roles, a lo largo de ese camino de la civilización alternativa. El recurso que usa Robinson es conservar siempre la misma inicial en los nombres de los personajes, para que el lector pueda identificar la continuidad entre la dama china enamorada de un filósofo musulman, el activista rebelde de los tiempos modernos, un tigre y un eunuco negro con sed de venganza, para poner solo un ejemplo.

No sé si David Mitchell, el escritor de El Atlas de las Nubes (2004) leyó o no, se inspiró o no en la obra de Robinson. No se trata de una investigación exhaustiva este artículo.

Por mi parte, seguiré a la espera de nuevas películas y series, para ver cómo la niña fantasma de The Ring Virus versión coreana de El Aro, la joven arquera perseguida por el monstruo mutante de The Host (2006), la muñeca inflable insuflada de vida en Air Doll (2009) [Madre mía, esta no me la he visto y pinta super interesante, habrá que buscar más cosas de Hirokazu Koreeda], el clon/mejicana/pelirroja de El Atlas de las Nubes, la caza recompensas de Jupiter Ascending (2015) sigue reencarnando una y otra vez, ya sea de la mano de las hermanas Wachowski o de otro director o directora que le dé la talla.

jueves, 21 de mayo de 2015

Un Tranvía en la Casa del Mono

"Un Tranvía Llamado Deseo" (1947) de Tennessee Williams es un referente obligado del teatro norteamericano. Recordar a un Marlon Brando joven y vigoroso, muchos años antes de "El Padrino" o "Apocalipse Now", es verlo en la imagen en blanco y negro de Stanley Kowalski en la versión fílmica de 1951, tal vez el personaje más representativo de la obra. Aunque Brando no recibió ese año el Oscar a mejor actor, sus coestrellas, Vivien Leigh (Blanche DuBois) y Kim Hunter (Stella Kowalski) sí alcanzaron el preciado galardón. Pero es la actuación de Brando la que ha quedado marcada en la memoria colectiva.

Muchas deben haber sido las puestas en escena y adaptaciones de "Un Tranvía Llamado Deseo" pero muy pocas las que yo he tenido la oportunidad de conocer. La más conocida recientemente tal vez sea "Blue Jasmine" (2013) de Woody Allen, que le mereció el Oscar a mejor actriz a Cate Blanchett por su interpretación de una Blanche DuBois contemporánea.

Para el mes* que viene espero poderme sentar frente a la pantalla gigante a ver la interpretación que ha hecho Gillian Anderson (Sí, la agente Scully en Archivos X) de ese mismo personaje para el montaje del Young Vic Theater de Londres, gracias a los buenos oficios de Cinecolombia. Por el momento tengo un abrebocas con el corto "The Departure" (2015) dirigido por ella misma como una precuela de la obra.

Pero hoy no es por los Archivos X que este blog de ciencia ficción se ocupa de "Un Tranvía Llamado Deseo". Aunque no puedo dejar de comentar que a Ms. Anderson, a sus 46 años, la edad le ha sentado mucho mejor que a David Duchovny.

Hace ya bastantes años mi puerta de entrada a "Un Tranvía Llamado Deseo" fue a través del montaje que realizaba una pequeña compañía de teatro de un pueblo pequeño de los Estados Unidos en la película "Who Am I This Time" (1982, traducida en España como "Cambio de Identidad") donde un muy joven Christopher Walken interpreta a Harry Nash, un depentiente de una tienda absolutamente tímido y asocial que, sin embargo, se transforma en escena en un Stanley Kowalski que nada le tiene que envidiar a Brando. Allí se conoce con el personaje de Susan Sarandon, Helene Walsh, una telefonista, también tímida y reprimida, que encuentra su válvula de escape en la interpretación de Stella al lado de Harry. Helene por supuesto se enamora de Harry, pero cuando cae el telón desaparecen toda la testosterona, bravuconería y sensualidad de Stanley Kowalski y Harry Nash prácticamente se hace invisible. Helene logra vencer su predicamento cuando le regala a Harry al final de la última un libro de "Romeo y Julieta" y lo convence de leer con ella algunas de las líneas. Harry se convierte en el adolescente enamorado de Verona y así comienza una relación feliz de la mano de todos los romances que han sido escritos para teatro.

Hoy comencé a leerme "Welcome to the Monkey House" (1968) la colección de cuentos de Kurt Vonnegut Jr. traducida al castellano como "Bienvenidos a la Casa del Mono" y cuál no sería mi sorpresa cuando allí, justo después de la distopía igualitaria de "Harrison Bergeron", me encuentro de nuevo con la historia de amor de Harry Nash y Helene Walsh. Sí, "Who Am I This Time" (1961) es un relato de Kurt Vonnegut Jr. Y qué bien escrito que está.

Definitivamente ese Kurt Vonnegut Jr., el mismo de "Matadero Cinco" y "Las Sirenas de Titán" es todo un maestro.

* Editado el 22 de mayo para corregir la fecha de la presentación en Cinecolombia, es el 25 y 28 de junio (Gracias, Verónica).