sábado, 20 de enero de 2018

Relojes que no marcan la misma hora

“Relojes que no marcan la misma hora” (Planeta Lector, 2017) es el primer tomo de la antología de ciencia ficción colombiana en el que, gracias a la enorme generosidad de Rodrigo Bastidas, fue incluido un cuento mío, “El Milagro de Barcelona”. Lo escribí entre septiembre y octubre de 2016, cuando mis padres andaban de viaje, visitando a mi hermano en Barcelona. Mientras ellos paseaban, yo decidí invadir esa ciudad de una manera más inspirada en el Stanislav Lem de “La Voz del Amo” o en los hermanos Strugatski de “Picnic Extraterrestre” que en los típicos encuentros con extraterrestres de los escritores americanos. Qué me iba yo a imaginar que poco antes de la publicación del libro, esa ciudad sería víctima de un ataque terrorista, reflejando imágenes semejantes a las que yo había imaginado en el cuento.

Presento a continuación lo que más me ha gustado de este primer tomo:

“Los ancianos no lloraron, los hombres no lloraron, los niños no lloraron, las mujeres no lloraron, los maricas de Tumbajú tampoco derramaron una sola lágrima…”

“Eufóricos caminantes nocturnos”
de Luis Carlos Barragán, el primer cuento en este libro, es una historia con los pies firmemente apoyados en la tierra, en la tierra del conflicto de nuestro país, de la violencia, de la guerrilla, de las autodefensas, de los militares, de los desplazados. Escenario, más que recurrente, obligado de la literatura colombiana de las últimas décadas: todos tienen que escribir sobre eso en este país en guerra, si no es de eso, del narcotráfico.

Pero Barragán aborda el tema desde una perspectiva distinta, una que solo el género puede acoger: Él parte de la desesperanza de las víctimas, de esa desazón e impotencia del que lo ha perdido todo y no tiene cómo enfrentarse a un enemigo insensible, descarado, aprovechado y avasallador. Los caminantes nocturnos de Barragán retoman una de las tropas clásicas de la ciencia ficción y del terror y la reinterpretan para otorgarle justicia a esas víctimas.

Los zombis, en su definición más estándar, son una horda irracional e imparable, como una avalancha, como una fuerza de la naturaleza. Es por eso que son aterradores, porque no son un adversario con el que puedas pararte a negociar, no los puedes convencer, ellos no piensan, ellos van a lo que van. Los caminantes nocturnos de Barragán son diagnosticados como un episodio de histeria y sicosis colectiva, están enloquecidos y los domina una risa macabra que no pueden controlar, que no quieren controlar porque ha perdido todo uso de razón. Es esa risa la que los hace todavía más terroríficos y es por esa risa que tienen el calificativo de eufóricos.

“Risas más fuertes y más demoníacas, risas de niños, de ancianos, de mujeres, de hombres, de muchachos.”

A la justicia la pintan ciega pero los zombis de Barragán atacan y devoran en forma selectiva a los grupos armados y uniformados, dejando al margen a la población civil. Eso sí, no les importa de qué lado del conflicto estaban los que destruyeron sus casas y los sacaron de su pueblo, todos son culpables, todos son parte de la guerra, todos son apetitosos.

 De otro lado, la prosa es preciosa. Tiene una cadencia y un ritmo que da gusto leer y releer. Casi como un mantra, un cuento muy bien escrito.

“…mujeres, hombres, ancianos e incluso los maricas de Tumbajú se abrazaron en la playa como hermanos, lagrimearon, berrearon, agarraron la tierra entre los puños con dolor y gritaron.”

Luis Barragán también es artista plástico y es suya la ilustración de la carátula de esta antología: Un pintoresco ventorrillo callejero de salpicón y minutos de celular que levita en el aire gracias a alguna tecnología de control de la gravedad.

Conocí a Laura Rodríguez con el sonoro nombre de Colofonia Gilmour. Ese fue el seudónimo con el cual se presentó al segundo concurso de ciencia ficción Mirabilia de 2014, del cual fui invitado a participar como jurado gracias a la gentil recomendación de Luis Pestarini. “Karen”, su cuento, fue el ganador del concurso y estuvo en calidad muy por encima de los demás presentados. Este y otros de los finalistas se publicaron en la antología “Ahora Después Nunca”. Fue por esta razón que le recomendé a Rodrigo llamar a Laura para la antología y ella, por supuesto, no me decepcionó.

“Sangre Correr” es una historia que solo pudo haber sido escrita por una mujer, una mujer con la osadía y la imaginación de una Laura Rodríguez. ¿Por qué lo digo? Bueno, muéstrenme al primer hombre que sepa lo que realmente significa convivir con los cambios fisiológicos cíclicos que experimenta una mujer. Podemos imaginarlo, sí, pero de ninguna manera vamos a saber realmente lo que se siente.

Mabel es una chica mutante con hemorragias de proporciones bíblicas, tanto nasales como aquellas que llamamos “cosas de mujeres”. Ella es diferente en eso y en otras cosas que poco a poco se van revelando a lo largo del relato, diferencias que le permiten estar en varios lugares a la vez. Mientras ella está en el baño tratando de estancar una hemorragia poniéndose tacos en las fosas nasales, su brazo está en la cocina preparando un batido de frutas y verduras. Si es que de verdad se trata de un brazo o algo más parecido a los apéndices de un pulpo o de un calamar. Son diferencias que no solo espantan a aquellos que la rodean sino que también pueden poner en peligro sus vidas. Si no que le pregunten a su dermatólogo cuando despierte del coma.

La envidio como escritor. Laura nos demuestra que los límites de la imaginación están algunos años luz más allá de donde creíamos que debían ubicarse. Leerla te abre la mente y te rompe cadenas que no sabías que te estaban aprisionando. Todo ello salpicado con detalles de una cotidianidad tan ordinaria y verosímil que no tenés que hacer ningún esfuerzo para la suspensión de la incredulidad.

“Martín” de Diana Catalina Hernández es el cuento que cierra este libro, pero perfectamente podría ser un episodio de los Archivos X. Es un relato conspiracionista en la intimidad, casi que claustrofóbico. todo sucede dentro de las cuatro paredes de una habitación y una parada de autobús que alcanza a verse desde la ventana.

El protagonista sospecha que su compañero de apartamento, Martin, puede ser un alienígena o el resultado de algún extraño experimento genético. Pasa las noches en vela vigilándolo y parece que ha perdido la razón. O tal vez no, tal vez no está equivocado y Martín es una verdadera amenaza.

En “Sueño con Lampreles”, Humberto Ballesteros aplica la técnica de la lengua quemada. Lo hace desde el mismo título, como yo lo hice alguna vez. La palabra “lampreles” se te enreda en la boca, te obliga a una segunda lectura, y es ahí donde te atrapa.

Las lampreas son unos pescados largos como culebras que tienen una boca redonda llena de dientes en espirales como si fueran una pesadilla de Fibonacci. Eso es lo que Google encuentra cuando busco “lampreles”. Los “lampreles” de Humberto Ballesteros son plantas alienígenas genéticamente modificadas para maximizar su rendimiento para el consumo humano. Son cactos con espinas afiladas con tallos como cuellos gruesos, doblados por el peso de sus cabezas.

Como protagonista del cuento hay un personaje típico del género, el convicto que ha conmutado su condena por un trabajo solitario en lugar recóndito del cosmos, el cual puede ser peligrosísimo o tremendamente aburridor, según el caso. En esta ocasión se trata de una mujer que duerme durante los siete años que demora en madurar la cosecha y solo despierta para vigilar la siega automática.

Claro, los “lampreles” resultan ser mucho más que simples plantas comestibles.

Cristian Romero es un autor más en la línea del terror que de la ciencia ficción. Sus textos evocan sensaciones y ambientes opresivos, asfixiantes, como los que produce leer a Edgar Allan Poe o a H. P. Lovecraft. Para él los elementos especulativos son más un medio para lograr estos efectos, para alcanzar al lector de una manera visceral.

“Su Reflejo en la Ventana” no es un ejemplo típico de su obra. Es un cuento que recuerda más a Philip K. Dick que a aquellos otros autores. Se conserva su carga sensorial, pero lo que hace es cuestionar la diferencia entre lo que es real y lo que no lo es.

Adriana es mesera en una cafetería, acosada por un cliente desagradable de bigote asqueroso y fiel seguidora de la telenovela de turno. Tiene la oportunidad de participar como la protagonista en la telenovela a través de una tecnología de realidad virtual multisensorial de inmersión total.

Obviamente, algo sale mal.

Cierro esta reseña con “Del Invariable Tic-Tac, a los Estallidos Eléctricos del Quark”. Este es un ensayo de Rodrigo Bastidas que sirve de introducción a la antología. Rodrigo nos explica por qué ha bautizado este primer tomo “Relojes que no Marcan la Misma Hora” con una reflexión sobre el concepto mismo del tiempo que parte desde la contraposición de los dos términos que para dicho concepto utilizaban los griegos: Cronos, el tiempo terrenal, y Kairos, el tiempo del espíritu. Ese Cronos fue instrumento esencial de la colonización cultural de América por parte de los Europeos, marcando un ritmo de productividad impuesto que hoy nos sigue gobernando más que nunca. Le corresponde a la literatura, y particularmente a la ciencia ficción, rescatar el Kairos a través de la imaginación para liberarnos de ese otro tiempo opresor.

Rodrigo hace un excelente resumen de la historia de la ciencia ficción colombiana planteando tres momentos: La prehistoria, en la primera mitad del siglo XX (de donde Laguna Libros rescató las novelas del género de José Antonio Osorio Lizarazo, José Félix Fuenmayor y Manuel Francisco Sliger Vergara); el nacimiento, en la segunda mitad del siglo XX (Con “La Nueva Prehistoria” de René Rebetez y la obra de Antonio Mora Vélez), y la consolidación del género desde principios del siglo XXI que se inicia con la publicación de la antología “Contemporáneos del Porvenir” y la novela “Iménez” de Luis Noriega.

La sola introducción es una lectura obligada para todo aquél interesado en el tema o a quién quiera saber de qué va esta manía de un puñado de locos que se atreven a escribir ciencia ficción en este país del corazón de Jesús y del realismo mágico.

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