domingo, 26 de septiembre de 2010

Nuestra Señora de los Donores (2)

Esta es la segunda entrega de este cuento, para ver la primera hagan click aquí.

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Por las tardes teníamos colegio pero no estudiábamos. Había clase de educación física. Todos los días, incluso los sábados, sin falta.

El profesor de educación física tenía una barriga enorme, que le salía pareja desde el pecho. Iba vestido de sudadera y llevaba un silbato colgando del cuello y su escarapela verde de la Compañía. Los que vivíamos en el valle éramos todos donores o gente de la Compañía. Los turistas nunca se quedaban más que de un día para otro y los peregrinos si pasaban de una semana era mucho.

Cada día le dábamos veinte vueltas a la cancha. Marchando a lo que más podíamos, pero nunca corriendo. “Correr daña las rodillas.” Nos decía el profesor. “No queremos rodillas malas, ¿cierto?”

Al único de mi salón al que dejaban correr era al Mocho. Todos lo mirábamos con envidia cuando nos pasaba volando con sus piernas de aluminio y poliestireno reciclado.

A mí me hubiera gustado jugar al fútbol, como los jugadores que veíamos en la televisión, o como los niños que salían en las películas. Pero tampoco dejaban. “Se pueden partir una pierna o hasta sacar un ojo. ¡Con lo que cuesta un ojo hoy en día!”

Nos dejaban jugar a la pelota, pero aquello era una cosa muy distinta al fútbol. Teníamos que ponernos casco y gafas protectoras, también rodilleras, coderas y un chaleco acolchado. Casi ni podíamos movernos. Pero era lo que lo que podíamos jugar.

-∞-

Recuerdo una tarde que había llovido y se me había embarrado el uniforme, incluso las gafas y el casco. Al llegar a casa, escuché voces en la sala, eran varias mujeres hablando en voz baja. Entré y vi a mi mamá, arrodillada frente al altar de Nuestra Señora.

En ninguna de las casas del valle podía faltar el altar dedicado a la Virgen de los Donores. El de mamá tenía pegadas en la pared, alrededor de la virgen, fotografías de cada uno de mis hermanos y hermanas, también estaba la mía. Manteníamos dos veladoras de las grandes encendidas a lado y lado de la imagen.

Una vecina tenía la camándula en la mano. Rezaba en voz alta y las demás señoras le respondían. Todas estaban vestidas de negro.

“¡Ay dolor, dolor, dolor,
por mi hijo y mi Señor!
Yo soy aquella María
del linaje de David.”
Era la novena de la virgen.

Mamá alcanzó a verme y me dio la noticia. Mi hermano Braulio había salido esa mañana con otros dos de mis hermanos mayores para el puesto de salud. Iban a hacerse la extracción de médula ósea. Era una cosa de rutina, todos los años había que hacerlo al menos una vez, los hombres desde los doce años y las mujeres desde los catorce.

“A mí me dijo Gabriel
que el Señor era conmigo,
y me dejó sin abrigo
más amarga que la hiel.”

“La intervención se complicó,” me dijo en voz baja, casi susurrando, “Le dio un trombo. Se le fue al cerebro y ya no despertó”. Mamá tenía los ojos rojos y la cara congestionada.

“Díjome que era bendita
entre todas las nacidas,
y soy de las doloridas
la más triste y afligida.”

Una de las señoras, la vecina del piso de arriba, se nos acercó y le dijo algo a mi mamá al oído. Yo no alcancé a entenderle. “No, tranquila. Yo acá tengo uno.” Le respondió mi mamá. “Mis hijos me lo regalaron la Navidad pasada”. Abrió un cajón pequeñito en la mesa del altar y sacó de él una caja forrada en terciopelo negro. Adentro había un martillito y un cincel, ambos de plata y decorados con grabados.

“Decid, hombres que corréis
por la vía mundanal,
decidme si visto habéis
igual dolor que mi mal.”

Mamá se acercó a la imagen de la virgen. Al niño le faltaban un pie y todo el brazo derecho. Mamá tomó el cincel y el martillo y de un golpe le tumbó los deditos del otro pie. Después se levantó y sopló sobre cada una de las veladoras. Las llamas se apagaron y quedaron dos hilos de humo gris.

Y vosotras que tenéis
padres, hijos y maridos,
ayudadme con mis gemidos,
si es que mejor no podéis.”

“¡Ay, hijo! Ése fue el destino de la Virgen María: entregar a su hijo en sacrificio. Y ése es el destino de nosotras las mamás. Tener y tener hijos, uno detrás del otro. Para después entregarlos a la cuchilla de los cirujanos. Por lo menos Braulio no se me murió jovencito. Hay que agradecer que pudo vivir hasta los diecisiete.”

Yo estaba pensando en otra cosa y al fin le pregunté: “Mamá, ¿qué es un marido?”

-∞-

Pasaron dos semanas y llegó la notificación de la Compañía. Con la muerte de Braulio la familia había cumplido su cuota anual. Al menos hasta enero no tendríamos que decidir quién iba a dar el próximo riñón, o el páncreas, o un pulmón. Incluso nos tocaba un bono adicional. Ya la Compañía había hecho el depósito en la cuenta de mamá.

Al día siguiente fuimos al centro comercial y el fin de semana todos estrenamos. Yo estaba muy contento con mis tenis nuevos, rojos y negros con cintas plateadas.

-∞-

(continuará)

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