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jueves, 6 de enero de 2011

Wikileaks y un Tipo muy Particular de Máquina del Tiempo

En un artículo reciente de io9 se afirmaba que una novela de 1975 había predicho la controversia actual con Wikileaks.
“Shockwave Rider” de John Brunner cuenta la historia de Nickie Halinger, una especie de niño genio informático que ha escapado de una institución del gobierno, donde ha sido entrenado en las ciencias de la computación. Al parecer Nickie se alía con un grupo de jóvenes hackers idealistas para poner a la luz pública todos los secretos del gobierno norteamericano y atrae sobre sí todo tipo de ataques y acusaciones de antipatriotismo.
A decir verdad, podría afirmarse que la gran mayoría de las obras del género ciberpunk predijeron a Wikileaks, pobladas con pandillas de antihéroes anárquicos enfrentados a súper poderosos gobiernos y maquiavélicas megacorporaciones.
Sin embargo, “Shockwave Rider” parece ser una obra pionera del género. Recordemos que “Neuromancer” de William Gibson fue publicada en 1984 y “True Names” de Vernor Vinge en 1981, mientras que “Shockwave Rider” lo fue en 1975, un año antes de la primera computadora Apple y del primer disco floppy.

En mi opinión no hay que ser tan específicos para entender que la ciencia ficción desde hace un buen tiempo nos viene hablando de este fenómeno que llamamos Wikileaks, pero en su concepción más amplia, en su meta última de lograr la total transparencia: que toda la información sin excepciones se encuentre al alcance de todo el que quiera conocerla.
Me refiero a las historias de ciencia ficción que hablan de la máquina del tiempo, pero a un tipo muy particular de máquina del tiempo.
El cronoscopio es un artefacto ficticio que permite observar directamente los acontecimientos en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. En la Wikipedia lo denominan “Time-viewer”, para no confundirlo con un artefacto real del mismo nombre inventado por Charles Wheatstone en 1840 que permitía medir intervalos de tiempo pequeñísimos en comparación con un reloj tradicional.
Este artefacto imaginario permite a los autores preguntarse ¿qué pasaría si alguna persona (o todas las personas) puede presenciar de primera mano cualquier acontecimiento del pasado? ¿Cuáles serían las consecuencias de esto para la sociedad?
No voy a referirme acá a historias en las cuales, además de ver el pasado es posible ver el futuro, como en una bola de cristal, pues esto plantea preguntas filosóficas de mayor calibre como ¿existe el libre albedrío? Tampoco voy a hablar de historias en las que además de ver el pasado es posible viajar hasta allá, pues entonces surgen preguntas como ¿es posible cambiar el pasado? ¿Qué pasa si mato a mi propio abuelo? Cuestiones que eclipsarían nuestra pregunta original.

La novela “Light of Other Days”, 2000, fue una colaboración de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter. Mediante la manipulación cuántica es posible estabilizar agujeros de gusano conectando cualquier par de puntos y a través de ellos observar lo que está ocurriendo en otra parte del mundo. Es posible observar a cualquiera en sus momentos privados, escondidos, incluso los más íntimos. La nueva tecnología desaparece para siempre la privacidad.
Luego la misma tecnología resulta ser capaz de mostrarnos momentos atrás en el tiempo. Nada puede preparar a la sociedad para lo que se desencadena, el descubrimiento en masa de la verdad en los miles de años de historia.
 Los gobiernos se derrumban, las religiones caen, los cimientos de la sociedad humana se sacuden. Recuerdo que el espacio tiempo se torna poroso por la infinidad de agujeros de gusano que se enfocan para observar la escena de la muerte de Cristo.
La visión de Clarke y Baxter es optimista. Las reglas de juego de toda interacción humana cambian fundamentalmente, pues todos y cada uno se saben observables en cualquier momento y lugar, incluso los más poderosos.
Recuerdo también el surgimiento de una nueva forma de humanidad, cuando deciden conectar los cerebros directamente mediante esta tecnología y se transforman en una mente colectiva, capaz de enfrentar los problemas más complejos, incluso capaz de evitar la extinción de toda forma de vida en la tierra por causa de una catástrofe astronómica.

En el cuento “Nieve”, 1985, de John Crowley, el cronoscopio es un artefacto absolutamente personal. Un dispositivo de vigilancia del tamaño y apariencia de una avispa, que acompaña continuamente a una persona y graba fielmente todas las escenas de su vida. A su muerte todos estos recuerdos estarían almacenados y a disposición de sus deudos para ser accedidos en un panteón destinado a tal efecto en el cementerio.
Aunque es más una reflexión sobre la memoria humana, incluyo “Nieve” en esta lista por un artículo publicado hace poco acerca de la privacidad en la internet. John D. Sutter, de CNN se pregunta si la internet se está convirtiendo en un repositorio global del flujo de nuestra conciencia y si existe hoy algo que pueda seguir siendo absolutamente privado. Nos presenta un panorama en el cual cada vez más y más personas están registrando continuamente sus acciones, hábitos y preferencias en las redes sociales, incluso su ubicación física momento a momento.
Más de 500 millones de personas usan Facebook con un promedio de 90 nuevos “contenidos” al mes. En Twitter nos enteramos hasta del menor suspiro y existe Foursquare que registra continuamente la localización de sus participantes mediante GPS. También está Blippy, que publica cada una de las compras realizadas con las tarjetas de crédito. A este ritmo, no vamos a necesitar un Wikileaks si la gente sigue publicando su vida voluntariamente en la red.
Acá en Colombia creo que estamos muy lejos de entregarnos de esta manera a la vista pública, sería como colgarnos un letrero diciendo “Ladrones roben aquí” o “Secuéstrenme a mí”. Aunque pensándolo un poco, recuerdo los cientos de familias que decoran sus automóviles con pegatinas de papá, mamá, cada uno de los niños y hasta el perro y el gato, y más de un aviso con “Valentina a bordo”. No estamos tan lejos de ese primer mundo tan ingenuo.
Según Sutter, los avances tecnológicos han cambiado fundamentalmente nuestras interacciones sociales, hasta el punto en que algunos analistas advierten que la gente ha perdido el control de sus propias identidades en la red. A principios de 2010, un sitio llamado “PleaseRobMe.com” recolectaba las publicaciones en Twitter y Foursquare que indicaban que las personas estaban fuera de casa. Esta información, en teoría, podría ayudar a los ladrones a identificar el mejor momento para entrar a su casa o apartamento a robar.
Esto es más relevante sobre todo para las nuevas generaciones, para quienes su vida social prácticamente transcurre en línea. No tener Facebook o Twitter hoy es como no tener teléfono o no ir a las fiestas, es aislarse de su red social. No es una opción para la mayoría de los jóvenes.
Muchos afirman por todo esto que la vida privada es un concepto en vía de extinción y que debemos prepararnos para un mundo en el que cada una de nuestras actividades queda registrada para siempre en la red. ¿Deberíamos actuar como si en todo momento estuviéramos siendo observados?

De Damon Knight es el cuento “I See You”, 1976. Se trata realmente de dos narraciones alternadas; la historia de inventor del visor universal, al que llama Ozo, escrita en tercera persona; la otra escrita en segunda persona, tiempo presente, la vida de una mujer desde cuando es una niña en un mundo futuro muy diferente al nuestro. Un mundo en el que no existe la intimidad y les asombra la ingenuidad de sus ancestros respecto a la desnudez y las funciones corporales. ¿Por qué decían los niños “pipí” y “popó” y se reían? ¿Por qué había tabús sobre ciertas funciones corporales? ¿Por qué era peor defecar que estornudar?
Es un mundo en paz, sin crímenes. No hay lugares secretos, en el futuro alguien está observando y a éste alguien lo está observando, y así sucesivamente, de manera indefinida.

La novela de Clarke y Baxter fue dedicada al escritor Bob Shaw. Él es el autor de la novela “Otros días, otros ojos” de 1972, en la cual la tecnología es una especie de cristal lento, un material a través del cual la luz tarda un minuto, un día, un año, diez años en pasar de un lado al otro. Cristales de estos con un retardo de doce horas remplazan la iluminación eléctrica de exteriores. Es un mundo donde el espionaje puede realizarse mediante diminutas partículas de cristal y las salas en las que van a tener lugar reuniones secretas deben ser recubiertas por una gruesa capa de pintura apenas minutos antes de la reunión. Un juez se suicida ante la evidencia, sepultada diez años dentro de un cristal lento, que puede demostrar que ha condenado a muerte a un inocente.
Este no es un mundo tan utópico como los de las otras dos obras. Hay personas que deciden no volver a ver el mundo más que a través de lentes de contacto de cristal lento que sólo han sido expuestos a escenas agradables. Como hoy algunos se evaden a los mundos virtuales de los videojuegos.
La tecnología del cristal lento, por cierto, no está muy lejos de la realidad. Investigadores de UC Santa Cruz trabajando para la agencia estadounidense DARPA han desarrollado un dispositivo óptico capaz de modificar la velocidad de la luz en su interior. Un rayo láser variable crea efectos de interferencia cuántica que modifican el índice de refracción en su interior.

Y nos vamos hasta 1956 con el cuento “El Pasado Muerto” de Isaac Asimov, tal vez la obra más conocida sobre este tema. En un futuro en el que toda investigación es controlada y planeada en forma centralizada por el gobierno, la cronoscopia no es una excepción. Por el contrario, el uso de la tecnología es estrictamente racionado y toda investigación, incluso el estudio de la materia se encuentra vedado. Un historiador frustrado por las continuas negativas alienta a un físico a investigar el tema, en la clandestinidad. Lo que el gobierno teme es que la proliferación indiscriminada de cronoscopio pueda llevar a destruir la noción misma de privacidad.
“Al principio, la gente se limitaría a contemplar su juventud, la de sus padres, y así sucesivamente, pero no pasaría mucho tiempo sin que captase todas sus posibilidades. El ama de casa olvidaría a su pobre madre fallecida y se pondría a observar a su marido en la oficina. El comerciante y el negociante vigilarían a sus competidores, y el patrón a sus empleados. No existiría ya nada privado. Las tertulias y el espionaje tras las cortinas no serían nada en comparación con esto. En todo momento habría alguien contemplando y vigilando a las estrellas del espectáculo. No habría manera de escapar al acecho.”
“El Pasado Muerto”, 1956, Isaac Asimov. Traducción de Francisco Blanco.

A propósito, este esquema de investigación centralizada del que nos habla Asimov parece haber llevado a un retraso de 60 años, al menos en el campo de la telemática (Una historia que conocemos gracias a Tim Wu, autor del libro “The Master Switch, The Rise and Fall of Information Empires”).
A principios de 1934, Clarence Hickman, un ingeniero de Bell Labs, tenía una máquina secreta en su oficina, de unos 1.80 metros de alto. Si alguien llamaba y nadie respondía al teléfono al que estaba conectada, la máquina daría una señal y comenzaría a grabar, permitiendo dejar un mensaje. El invento de Hickman era la grabación en cinta magnética. Los laboratorios Bell eran el área de investigación y desarrollo de AT&T, entonces un monopolio de las telecomunicaciones autorizado por el gobierno americano. A ellos se les debe la demostración de la naturaleza dual onda - partícula de la materia, la invención del transistor, Unix, el lenguaje de programación C, entre muchas otras cosas.
Sin embargo, cualquier invención que pudiera llegar a poner en riesgo los intereses de AT&T corría la misma suerte que el arca de la alianza al final de la película “Cazadores del Arca Perdida”. La invención de Hickman sólo fue descubierta en los años 90s debido a que a él se le prohibió continuar cualquier investigación en almacenamiento magnético y todo fue archivado y suprimido, sólo llegandose a conocer cuando el historiador Mark Clark revisó las notas de Hickman. Eventualmente la cinta magnética llegaría a los Estados Unidos como una importación desde Alemania.
¿La razón? AT&T creía firmemente que la contestadora automática y sus cintas magnéticas llevarían al público a abandonar el uso del teléfono. El solo conocimiento de que era posible grabar una conversación llevaría a una importante restricción del uso del teléfono, con consecuencias catastróficas para el negocio. Según la teoría, los hombres de negocios podrían temer el uso potencial de una conversación grabada para deshacer un contrato escrito. También inhibirían el uso del teléfono para discutir asuntos íntimos o de materia éticamente dudosa.
En otras palabras, la grabación magnética cambiaría estructuralmente la naturaleza de las conversaciones telefónicas de manera que el teléfono resultaría mucho menos satisfactorio o útil en la gran mayoría de sus usos.
Este es precisamente el tipo de impacto social que prevén estas historias de ciencia ficción a raiz de la invención del cronoscopio. Bastante curioso.
El almacenamiento magnético no fue el único caso. La fibra óptica, los teléfonos móbiles, las líneas digitales de subscripción (DSL), las máquinas de fax, entre muchas otras, también cayeron bajo la censura de los laboratorios Bell y AT&T.

El año 1949 trajo una historia que no he tenido oportunidad de leer: “Private Eye” de Henry Kuttner y C. L. Moore. Trata sobre una sociedad donde el cronoscopio hace casi imposible cometer un homicidio sin recibir castigo. Suena un poco en la línea de “Minority Report”, de Philip K. Dick.
También de 1949 es el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. El Aleph es un punto que contiene todos los puntos del universo y quien lo observa puede ver al mismo tiempo y sin distorsión todo lo que existe en la naturaleza. Yo diría que es un pariente lejano del cronoscopio, que sólo sirve para ver el presente. Eso sí, el presente lo muestra de un solo golpe y con lujo de detalles.

De 1947 es “E de Esfuerzo”, una novela corta de T. L. Sherred. En alguna parte leí que es considerada una de las 10 mejores historias de ciencia ficción de todos los tiempos. Acá el cronoscopio es usado por su inventor para realizar películas documentales. Como el aparato funciona incluso hasta el pasado remoto, lo usa para hacer películas de grandes acontecimientos históricos, mostrando con detalle los diálogos de los líderes y cómo se inició cada una de las guerras. La narración de Sherred nos hace sentir lo que sería saber que finalmente tendremos la oportunidad de descubrir la verdad detrás de todas las mentiras que nos han contado y que tal vez finalmente se hará justicia.
Cae el gobierno opresor pero es luego remplazado por otro aún peor que toma el control de la tecnología y destruye todas las copias de las películas. Un régimen todo poderoso que lleva a la humanidad a una guerra nuclear.

La visión de Sherred es la más pesimista de todas las historias que he reseñado. En lugar de un mundo nuevo sin barreras nos encontramos con más de lo mismo. Otro opresor con distinto nombre pero con una nueva arma a su haber.

¿No es esto lo que ha sucedido con Wikileaks en los regímenes dictatoriales? Por ahí leí que en Cuba están traduciendo algunos de los cables que comprometer a los Estados Unidos para divulgarlos al pueblo; otro tanto estará pasando en Venezuela y demás países con gobiernos anti-imperialistas. ¿No hicieron lo mismo los estadounidenses con la información que se filtró de sus enemigos?

Más de lo mismo.

lunes, 19 de julio de 2010

Bicentenario

Mañana, 20 de julio de 2010, se celebran acá en Colombia los 200 años de independencia. Sería algo así como el cumpleaños de nuestro país, aunque más exactamente lo que pasó hace dos siglos fue el inicio de la gestación de la independencia, con una discusión acalorada alrededor del préstamo de un florero.

Mucho se ha dicho y hecho respecto a esta memorable efeméride, al igual que en tantos otros países latinoamericanos que vienen a cumplir sus 200, también, por estos días. Sin embargo, todo de lo que me he enterado está enfocado hacia el pasado. Nos han invadido por todos lados con las antiguas imágenes de nuestros próceres, viejos documentos amarillentos y deteriorados, crónicas históricas de lo acontecido allá en el siglo XIX y durante estos 200 años de existencia de nuestra república.

No ha habido (o si lo ha habido, no me he enterado) esfuerzos orientados a mirar hacia adelante. ¿qué significan para Colombia los próximos 200 años? ¿en qué condiciones van a estar nuestros descendientes en el año 2210? No es de extrañar en nuestra cultura cortoplacista para la cual es imperativo obtener resultados en los primeros cinco años y, si es posible, en el primer año, y planear a 20 años significa especular sobre el muy largo plazo.

Los Estados Unidos de América celebraron sus 200 años en 1976. En preparación para esa fecha, una editora de Filadelfia llamada Naomi Gordon tuvo la idea de convocar a varios escritores para que escribieran relatos, todos con el título "The Bicentennial Man". El argumento era libre y a criterio de cada autor y los relatos se incluirían en una antología a ser publicada en 1976, año del bicentenario. Por distintas razones, el proyecto no pudo concluir y la antología no llegó a ser publicada (Si por acá llueve, por allá no escampa).

Sin embargo, Gordon había contactado a Isaac Asimov en enero de 1975 y éste escribió un cuento de robots. El hombre bicentenario de Asimov era un robot llamado Andrew Martin que luchó durante toda su existencia por convertirse en un ser humano y ser aceptado como tal en una sociedad donde los robots eran considerados poco más que un electrodoméstico.

El cuento (más bien una novela corta o lo que llaman una "novella" entre los angloparlantes, que son tan precisos en sus definiciones, o sea un texto más largo que una "novellette" pero más corto que una "novel") fue publicado por la casa editorial Del Rey en 1976 y ganó los premios Nébula y Hugo al año siguiente. Fue también la base para una novela llamada "The Positronic Man", escrita en 1993 por Asimov en colaboración con el escritor Robert Silverberg. Algunos lectores tal vez recuerden más fácilmente la película del mismo nombre protagonizada por Robin Williams en 1999, que no me pareció tan mala como muchos opinan; al menos resultó más fiel al original que la taquillera "I, Robot" de 2004 con Will Smith.

De regreso a 1810, a pesar de que es aceptado por muchos que la primera novela propiamente de ciencia ficción fue "Frankenstein o el Moderno Prometeo", publicada por Mary Shelley en 1818, encuentro googleando por ahí que un ex-oficial de el ejército prusiano llamado Julius Von Voss publicó en 1810 una novela llamada "Ein Roman aus dem einundzwangsigsten Jahrhundert", que traducido del alemán significa "Una Novela del Siglo Veintiuno". Al menos hace 200 años había alguien que estaba pensando en el largo plazo. Si alguno de ustedes tiene idea sobre dónde se consigue esta historia, agradecería que me diera una señita.

(basado principalmente en "Opus 200" de Isaac Asimov)

jueves, 16 de julio de 2009

Buzz Story


1995 fue el año del estreno del primer largometraje en la historia del cine totalmente realizado con imágenes creadas por computador.
“Toy Story” nos contó la historia de “Buzz Lightyear”, un guardián espacial de la Alianza Intergaláctica, comandante de tropa en el Cuadrante Gamma. Buzz acababa de despertar en un extraño mundo, había perdido el contacto con el Comando Estelar y descubrió que su nave había sido gravemente averiada por el impacto que debió haberlo despertado del hiper-sueño.
Las criaturas que habitaban el planeta parecían ser amistosas, con la excepción del sheriff local que era bastante quisquilloso. Al poco tiempo, Buzz logró ganar la confianza de los nativos, hasta el punto de reclutar a algunos de ellos en las tareas de reparación de su nave.
Pero había algo misterioso en todo aquello. ¿Un caso de alucinación colectiva? Todos estaban convencidos de que eran los juguetes de un ente superior al que llamaban “Andy”.
Además, el vaquero no paraba de insistir en su absurda teoría de que Buzz también era un juguete.

El nombre de “Buzz Lightyear” fue un homenaje de los productores de la película a un hombre llamado Buzz Aldrin. Aunque los medios especializados han estado recientemente agitados alrededor de este Buzz de carne y hueso (especialmente en los últimos días), para muchos de nosotros es todavía un desconocido.
Tal vez debamos aclarar que Aldrin fue el compañero de viaje de Neil Armstrong.
Bueno, Armstrong es un apellido que a la mayor parte de la gente le recuerda a un famoso ciclista que le ganó la batalla al cáncer en la década de los 90s. Para los mayores, Armstrong tal vez les recuerde a un trompetista y cantante de jazz que algún día los hizo soñar con un mundo maravilloso. Para otros, como para mí, este apellido está ligado a una de las frases más famosas de la historia del siglo veinte y quizás la única que se recordará mil años en el futuro: “Un pequeño paso para el hombre, un salto gigante para la humanidad.”
Según la práctica estándar de la NASA, Neil Armstrong no habría sido el primer hombre en pisar la superficie de la Luna. Buzz Aldrin, como piloto del módulo lunar, debería haber sido el primero en salir. Sin embargo, según el biógrafo de Armstrong, los jefes en la NASA consideraron que el primer hombre en la Luna tendría que soportar el peso de la fama por toda su vida y, por lo tanto, se decidieron por el miembro más reservado del equipo.
Buzz Aldrin fue el segundo hombre en caminar sobre la Luna, veinte minutos después de Neil Armstrong.
En mayo 25 de 1961 el entonces presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, había planteado en una sesión al Congreso una meta grande y ambiciosa para su país: "En primer lugar, creo que esta nación debería comprometerse en lograr la meta, antes de terminar esta década, de llevar a un hombre a la Luna y traerlo a salvo de regreso a la tierra. Ningún otro proyecto espacial de esta época será más inspirador para la humanidad o más importante para la exploración a largo plazo del espacio.”
Era un asunto de orgullo nacional. Los rusos les llevaban la delantera en la carrera espacial. El 12 de abril de ese mismo año, Yuri Gagarín se había convertido en la primera persona en llegar al espacio y el primer artefacto en llegar a la Luna fue el Lunik 2, una sonda soviética que chocó con su superficie en septiembre 14 de 1959 – me pregunto si habrá tanta recordación de este 50 aniversario como del 40 aniversario que se cumple este próximo lunes.
Armstrong y Aldrin llevaron a su país a vencer este gran reto el 20 de julio de 1969. Después de esas dos horas y media de gloria, Buzz Aldrin regresó de la Luna. De la NASA regresó a la fuerza aérea norteamericana como comandante de una escuela de pilotos de pruebas, pero renunció en 1972. Fue entonces cuando comenzó a beber.
La parte más difícil de la misión a la Luna no fue lo que sucedió durante el viaje sino lo que aconteció después de que llegamos a casa. Sin una nueva misión para la cual entrenarnos, me sentí perdido y sin propósito. Mi vida personal estuvo marcada por una profunda depresión y estaba borracho todo el tiempo. Nada de lo que hacía parecía tener sentido o motivación para mí.
Buzz Aldrin, “Commentary: Let´s aim for Mars”, CNN, junio 23 de 2009
Su matrimonio se acabó por causa de un affaire. Terminó como vendedor de Cadillacs en Beverly Hills, un muy mal vendedor según sus propias palabras. Se casó nuevamente, pero aquello no duró mucho.

En “Toy Story”, Buzz Lightyear también se derrumbó.
Un comercial de televisión lo obligó a enfrentar la verdad. El vaquero tenía razón: Buzz no era un guardia espacial, el gran héroe destinado a salvar a la galaxia del malvado Zorg. Era un simple juguete, regalado de cumpleaños a un niño. Su arma láser no era más que una lucecita de LED y su intercomunicador un adhesivo impreso.
Un simple juguete, “Made in Taiwán”.
En un último intento de demostrarse a sí mismo que al menos podía volar, desplegó sus alas y se lanzó “al infinito y más allá”. Buzz cayó a tierra, vencido.
Cuando Buzz Lightyear comprendió finalmente su realidad, se sumió en una profunda depresión y se entregó a su triste destino. Ahora era uno más en un juego de muñecas, vestido con delantal rosado de corazones y sombrerito. “Un minuto estás defendiendo toda la galaxia y de repente te encuentras sorbiendo Darjeeling con María Antonieta y su hermanita [un par de muñecas decapitadas]”

Después de Armstrong y Aldrin, otros diez estadounidenses caminaron sobre la superficie de la Luna. Eugene Cernan, comandante de la misión Apolo XVII, fue el último de ellos en diciembre de 1972. Desde ese año ningún ser humano se ha aventurado más allá de la órbita terrestre.
Por su parte, los rusos tuvieron su última misión a la Luna en 1976, el Lunik 24, el final de una larga generación de sondas no tripuladas.

Y después de 1976, nada.

Apenas en 1990, catorce años después, los japoneses pusieron la sonda Hagaromo en órbita alrededor de la Luna. Pero sólo fue hasta 1999 que una nave de origen terrestre volvió a impactar en nuestro satélite (impactar, ni siquiera aterrizar), el Lunar Prospector de los Estados Unidos.
Resulta sorprendente que se haya dado un hiato de tal duración a finales del siglo XX, en una época en la que los avances tecnológicos en todas las áreas del conocimiento estaban siendo cada vez más acelerados. La computadora que llevó a Aldrin y a Armstrong a la Luna tenía menos capacidad de cómputo que un teléfono celular de nuestros días.
Un ejemplo: La Internet transmitió su primer mensaje en octubre 29 de 1969. Así que este año también estaremos celebrando los 40 años del ciberespacio. Es bastante lo que hemos avanzado en ese tiempo en la colonización de ese nuevo mundo hecho de pixeles y electrones. Se estima que para el pasado mes de enero había mil quinientos millones de usuarios en la red.
La conquista de la Luna ha estado por décadas detenida en el tiempo. De no haber sido así, ya tendríamos ciudades en el satélite, si no de millones, sí de cientos de miles de habitantes. Al menos ese es el tipo de estimaciones que se suelen encontrar en la literatura de anticipación previa a la “era espacial” ¡Es que son 40 años!

La trama de la novela “El Fin de la Eternidad”, 1955, de Isaac Asimov gravita alrededor de una idea relacionada: “La Eternidad” es una organización que existe fuera del flujo del tiempo. Los “Eternos” son reclutados de diferentes eras de la historia humana (partir del siglo veintisiete) y viajan a través de los siglos hacia atrás y hacia delante, calculando y ejecutando alteraciones estratégicas (los “Cambios de Realidad”) en el mundo temporal para evitar guerras y otras catástrofes y así minimizar el sufrimiento total en la historia futura de la humanidad.
Como consecuencia, la naturaleza de las sociedades humanas es relativamente estable a lo largo de los siglos pero, como efecto secundario, los intentos encaminados a la exploración espacial son eliminados de forma sistemática.
Sin embargo, “La Eternidad” tiene un límite. Existe una barrera infranqueable para los “Eternos” más allá del siglo ciento once mil y tantos. Los hombres de ese futuro distante poseen tecnologías infinitamente superiores y pueden observar las diferentes realidades alternativas y calcular sus distintas probabilidades. La realidad que habitan tiene, para su sorpresa, una probabilidad insignificante. También han logrado observar el futuro aún más lejano, cuando la humanidad finalmente alcanza las estrellas:
...El Hombre trató de abandonar la Tierra. Desgraciadamente, no estaba solo en la Galaxia. Hay otras estrellas y otros planetas. Existen otras razas inteligentes. Ninguna, por lo menos en esta Galaxia, es tan antigua como la Humanidad, pero durante los ciento veinticinco mil siglos que el Hombre permaneció en la Tierra otras inteligencias más jóvenes nos alcanzaron dejándonos atrás, descubrieron el viaje interestelar y colonizaron la Galaxia. Cuando nos adentramos en el espacio, todo estaba ocupado. Todas las estrellas nos rechazaron. Prohibido el paso. No molesten. Propiedad particular. La Humanidad tuvo que retirar sus naves exploradoras y quedarse en su casa. Pero entonces comprendió que la Tierra no era más que una prisión en medio de una libertad infinita... ¡Y la Humanidad languideció hasta morir!
Isaac Asimov, “El Fin de la Eternidad”, 1955, traducción de Fritz Segenspeck
La gente del siglo ciento once mil y tantos llega a la conclusión de que la culpable de este lamentable destino es “La Eternidad” y tienen un ingenioso plan para destruirla.

Si detrás de estos 40 años de estasis en la conquista de la Luna se encuentra una versión a escala de “La Eternidad”, definitivamente sus Eternos han hecho un pésimo trabajo en su esfuerzo de minimizar el sufrimiento total de la humanidad. Sólo basta con leer los periódicos o mirar los noticieros para comprobarlo.

Taylor Dinerman, periodista de Nueva York y colaborador de “The Space Review” atribuye el problema a una confluencia de factores políticos y económicos. Hoy la NASA cuenta con un presupuesto apenas superior a la mitad del uno por ciento del presupuesto federal de los Estados Unidos, mientras que durante los años 60s, se le destinó casi un tres por ciento.
Sin embargo, parece que ya nos estamos reponiendo de esta depresión cósmica. Si todo resulta como se ha planeado, y si se cumplen las expectativas presupuestales, los Estados Unidos pondrán nuevamente un hombre en la Luna en 2020 para posteriormente crear allí una base permanente. Después del desastre del Columbia en febrero de 2003, la administración de George W. Bush permitió a la NASA definir una “Visión para la Exploración del Espacio” que debía ser a la vez “sostenible y económica”. El proyecto “Constellation” con sus naves “Orión” ha sido votado favorablemente en dos ocasiones por las mayorías de los dos partidos en el Congreso. Sin embargo, la administración Obama lo está analizando nuevamente, al igual que el Congreso y un Comité recientemente creado para tal fin.
Pero el terreno no está reservado a los americanos: Durante el presente siglo, India, Japón y China se han agregado a la lista de países que han logrado impactar contra la superficie de la Luna, después de la Agencia Espacial Europea, que lo hizo con la sonda Smart-1 en septiembre de 2006.
Recientemente, los rusos han propuesto un vuelo turístico para circunnavegar la Luna (sin aterrizar), con una tarifa de cien millones de dólares por pasajero, y China planea llevar un taikonauta a la superficie de la Luna antes del 2030 (si la nave es china se llaman taikonautas; si es rusa, cosmonautas; y si es estadounidense, astronautas).
Pero es posible que la conquista de la Luna se realice por iniciativa privada. Varias firmas están dando los primeros pasos para llevar personas y carga de la superficie de la tierra a la de la Luna.

Por su parte, Buzz Lightyear logró sobreponerse a su depresión cuando su nuevo amigo Woody logró convencerlo de que ser un juguete era más importante que ser un Guardián Espacial. Tanto es así que las baterías le han alcanzado para una secuela, “Toy Story 2”, en 1999, e incluso para “Toy Story 3”, a estrenarse en junio de 2010.

Después de una década cuesta abajo, Buzz Aldrin encontró el apoyo que necesitaba en Alcohólicos Anónimos y en una mujer, Lois Driggs Cannon. Ella le ayudó a salir de su depresión y a encontrar su nuevo rol en la conquista del espacio – pero esta vez desde la tierra. A sus 79 años es un hombre vital que luce con orgullo su insignia del Apolo XI.
Con Neil Armstrong alejado del mundo en una granja de Ohio, Buzz se ha convertido en el símbolo inspirador para las nuevas generaciones que sueñan con el espacio.
Buzz considera que la humanidad debe regresar a la luna, pero como un escalón para continuar hacia la colonización de Marte, inicialmente sus lunas y luego su superficie. Reenfocar el programa espacial hacia el planeta rojo restaurará esa sensación de asombro y aventura asociada a la exploración espacial que se tuvo en el verano de 1969.
Sus esfuerzos se concentran en los más jóvenes, escribe libros para niños, hace poco grabó un tema de rap con Snoop Dog y Talib Kwelly llamado “Rocket Experience”, e incluso es usuario activo de Twitter.
Coincidiendo con el aniversario de ese día memorable, este mes está lanzando su libro “Magnificent Desolation” cuyo título es tomado de sus primeras palabras en el suelo lunar.
El paso del tiempo no ha desvanecido ni la memoria de aquel verano ni la importancia de lo que logramos, pues nuestra misión se trataba de mucho más que la sola exploración de la Luna.
Por más de dos horas, exploramos la superficie polvorienta de la Luna. Era fácil apreciar que el planeta en que habíamos aterrizado era muy diferente a nuestra propia casa. El horizonte se curvaba visiblemente en la distancia, un signo de que el paisaje era mucho más pequeño en la Luna.
Cuando mi bota chocó con el suelo lunar, el polvo voló en línea recta, un signo de una fuerza de gravedad un sexto de la de la tierra. Cuando miré a mi alrededor al paisaje agreste, era una desolación magnífica.
Un inhóspito mundo nos recibía en un silencio espeluznante, hostil a nuestra presencia y a todos los visitantes de la tierra.
Al día siguiente despegamos, nos reunimos con Mike Collins, quien permaneció en órbita solo en nuestra nave nodriza, el Columbia, y nos dirigimos a casa a un recibimiento de héroes.
La bienvenida nos llevó alrededor del mundo en desfiles, banquetes y saludos de millones. Yo estaba asombrado de que tantos habían seguido cada etapa de nuestro vuelo desde el principio hasta el fin, casi como si hubiesen hecho parte de la aventura. Ese espíritu, el de un mundo unido en celebración de un logro científico de paz, fue tal vez nuestro mayor legado.
Más que simplemente explorar un nuevo mundo hostil, el Apolo XI se trataba de una visión atrevida y un gran riesgo, de los obstáculos que una gran nación podría vencer con dedicación, coraje y trabajo en equipo. Se trataba de escoger una meta que excedía nuestro alcance –y luego atravesar la historia para hacerla realidad.
Buzz Aldrin, “Commentary: Let´s aim for Mars”, CNN, junio 23 de 2009
La prosa de Aldrin tiene rojo, blanco y azul escrito por todas partes, a mi criterio tiene el éxito comercial asegurado. Al menos, en los Estados Unidos de América.

martes, 26 de mayo de 2009

“Si la Singularidad nos lo permite”

En la última entrada de este blog mencioné el relato “La última pregunta”, 1956, donde Isaac Asimov describe la evolución de la humanidad, por una parte, y de la inteligencia artificial, por otra, para al final de los tiempos unirse en una entidad única que llega a ser todopoderosa.

Este concepto, ideado hace más de medio siglo, ha sido planteado nuevamente en la década de los 80s por los escritores cyberpunk. Pero con una importante diferencia: lo que Asimov imaginaba sucedería dentro de millones de años, estos nuevos escritores lo estaban imaginando para un futuro mucho más inmediato.

Habiendo presenciado cómo los ubicuos computadores personales comenzaban a desplazar a esos enormes aparatos que ocupaban edificios enteros (que Asimov todavía consideraba vigentes para el 2061), no era de extrañar que la escala temporal estuviese siendo drásticamente revisada.

Vernor Vinge, pionero en el género cyberpunk nos presenta un salto evolutivo de la misma trascendencia en su novela corta “True Names” de 1981. Mr. Slippery y Erythrina son los alter egos de los protagonistas en ese mundo virtual que llaman “El Otro Plano”. Ellos deben luchar juntos contra una misteriosa amenaza y al hacerlo se ven investidos de inimaginables poderes al multiplicar sus sentidos mediante todos los recursos de la red, su memoria es amplificada por la conexión directa a todas las bases de datos del planeta, su raciocinio por la capacidad de cómputo de todos los servidores. Es una batalla entre dioses y titanes, como una epopeya de la mitología griega.
Mr. Slippery miró a su alrededor, usando cada uno de sus millones de perceptores. La Tierra flotaba serena. Vista en lo invisible, lucía como miles de las imágenes que él había visto como humano. Pero en el ultravioleta, él podía percibir su aura de hidrógeno que se extendía por miles de kilómetros. Y los detectores de alta energía de los satélites en todos los niveles percibían os cinturones de radiación en miles de niveles de energía, oscilando con el viento solar. A través de los océanos del mundo, él podía sentir la tibieza de las corrientes, ver cuán rápido fluían. Y mientras tanto, vigilaba los millones de voces diminutas que comenzaban a regresar a la vida ahora que Erythrina y él recuperaban cuidadosamente el sistema de comunicaciones de la raza humana y lo ponían en funcionamiento. Cada nave en el mar, cada avión ahora aterrizando con seguridad, cada uno de los préstamos, los pagos, las comidas de una raza entera registradas claramente en algún lugar de su conciencia. Con la percepción venía el poder; casi todo lo que él veía , lo podía alterar, destruir o mejorar. Según las reglas analógicas del aquelarre, había sólo una palabra válida para ellos nombrarse en su estado actual: eran dioses.Vernor Vinge, "True Names", 1981
Después de salvar el mundo, él se desconecta y regresa a su existencia cotidiana, pero Erythrina logra permanecer en ese estado de conciencia expandida y ahora su poder no tiene límites.

En 1993 Vernor Vinge escribió un ensayo titulado “The Coming Technological Singularity” en el que bautizó al concepto con el nombre con que hoy se ha popularizado (“la singularidad tecnológica”) además de definirlo de una manera bastante dramática: “dentro de 30 años, tendremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia suprahumana. Poco tiempo después, la era humana habrá terminado”.

Cabe anotar que ya ha transcurrido más de la mitad del plazo estipulado.

La palabra “Singularidad” tiene su origen en las matemáticas, en las que, en sentido general, se refiere a un punto en el cual un objeto matemático dado no está definido.

El ejemplo más sencillo de esto es la división por cero.

Dividir un número por cero no produce un número infinitamente grande como respuesta. La razón es que la división está definida como la operación inversa de la multiplicación; si un número se divide por cero y luego se multiplica por cero, se debería obtener el número original como respuesta. Sin embargo, multiplicar cualquier número infinitamente grande por cero sólo da como resultado cero, nunca otro número diferente. No hay nada que pueda multiplicarse por cero y producir un resultado distinto de cero; por lo tanto, el resultado de una división por cero está literalmente “indefinido”.

(...)

Hay una bien conocida “prueba” que demuestra que uno es igual a dos. Comienza con algunas definiciones: “Sea a = b” y termina con la conclusión de que “2b = b,” esto es, uno es igual a dos. Escondida subrepticiamente en la mitad se encuentra una división por cero, y en ese momento la prueba se ha pasado de la raya, haciendo caso omiso de todas las reglas. Permitir una división por cero hace posible probar no sólo que uno y dos son iguales, sino que cualquier par de números –reales o imaginarios, racionales o irracionales – son iguales.

Ted Chiang, “Division by Zero”, 2003

Me valgo acá de las palabras de Ted Chiang porque yo jamás podría explicar el concepto de indefinición matemática como él lo hace en esta introducción; además, porque no puedo dejar de recomendar la lectura de este cuento, “Division by Zero”, uno de los pocos que he encontrado en los que la ciencia ficción se aventura en los dominios de la matemática pura: Renee Norwood es una Doctora en Matemáticas cuya investigación la lleva a encontrar una contradicción fundamental en el núcleo mismo de su disciplina.
“Pero lo que ha sucedido, es casi como si yo fuese un teólogo probando que no existe Dios. No sólo temiéndolo, sino sabiendo que es un hecho, más allá de toda duda. ¿Eso suena absurdo?”

“No.”

Es una sensación que no te puedo transmitir. Era algo en lo que yo creía profundamente, implícitamente, y no es verdad, y soy yo quien lo ha demostrado.”

Ted Chiang, “Division by Zero”, 2003

A diferencia de la Singularidad Matemática, en la que algo es imposible de definir, por principio, la Singularidad Tecnológica se refiere a una situación futura que nosotros, los seres humanos, no estamos en capacidad de entender y tal vez ni siquiera de imaginar, pues se encuentra en el dominio de inteligencias inconmensurablemente superiores a la nuestra.

Si el ser humano está en capacidad de construir, a través de la cibernética o la bioingeniería, o una combinación de ambas, una inteligencia superior a la suya propia, esta recién concebida creación, al ser más inteligente, estaría también en capacidad de crear a otra aún más inteligente que ella. Esta última, a su vez, podría crear otra más inteligente, y otra, y otra, y así, hasta el infinito.

A eso se refiere Vernor Vinge cuando habla de la Singularidad Tecnológica.

En la era posthumana, si queda algún humano como los de la actualidad, ya no tendrá el control sobre su propio mundo, estará imposibilitado para comprender lo que está sucediendo a su alrededor. A diferencia de otros cambios tecnológicos de la historia, para él resulta evidente que éste sería ininteligible para nosotros, así como nuestra civilización es hoy ininteligible para un renacuajo.

La noticia de la Singularidad Tecnológica fue traída a Medellín por el Doctor en Biología y escritor español Federico Witt, quien nos visitó en marzo de este año invitado por el Encuentro Fractal´09 de ciencia ficción, literatura fantástica, música, arte, ciencia y tecnología.Para Federico Witt el término Singularidad Tecnológica es una metáfora que tiene su origen, más que en el concepto de Singularidad Matemática, en una analogía con la más conocida singularidad de la física teórica: ese extraño fenómeno que tuvo lugar en el principio del Big Bang o que ocurre hoy en el interior de los agujeros negros, más allá de cierta frontera donde no puede escapar ni la luz y en el que las reglas universales conocidas dejan de ser válidas, no existen el tiempo ni el espacio y la convergencia hacia valores infinitos hace imposible definir una función.

Federico Witt se remontó a los años 50s para anotar que el matemático John Von Neumann, conocido por sus aportes a la ciencia de la computación y por su participación en el proyecto Manhattan, fue el primero en referirse a la Singularidad Tecnológica en una conversación con el también matemático Stanislaw Ulam acerca del cada vez más acelerado progreso de la tecnología y sus efectos en el modo de vida de los seres humanos, que daba la apariencia de que nos estuviéramos aproximando a una “singularidad esencial” en la historia de la especie más allá de la cual los asuntos humanos, tal como los conocemos, no podrían continuar.

En los 60s, el estadístico I. J. Good, discípulo de Alan Turing, fue el primero en describir el proceso recursivo de creación de máquinas cada vez más inteligentes a partir de una primera máquina de inteligencia superior a la humana, lo que él denominó “explosión de la inteligencia”.

Vernor Vinge, nos comentó Federico Witt, ha planteado cuatro posibles escenarios futuros en los que podría ocurrir la Singularidad Tecnológica: La inteligencia artificial, una máquina como la que imagina Good, de inteligencia superior a la humana (ejemplos de este escenario hay muchos en la literatura, incluido el “Neuromante”, 1984, de William Gibson); la Internet o Gaia Digital, la actual red global o una más sutil tejida entre los miles de millones de aparatos de nuestra vida moderna, alcanza un tamaño o complejidad críticos y despierta a la conciencia (Arthur C. Clarke reflexionó sobre esta posibilidad en 1964 en “Dial F for Frankenstein”, cuando sólo existía la red de telefonía); Amplificación de la inteligencia, a través de mejoras biónicas e implantes electrónicos; y desarrollo biomédico, a través de la ingeniería genética u otro tipo de procedimientos médicos.

Federico Witt considera estos dos últimos escenarios como los que más probablemente nos llevarán en el futuro cercano a la Singularidad Tecnológica.

El escenario de la amplificación de la inteligencia por medios cibernéticos es precisamente el que eligió Vernor Vinge para su novela “True Names”, 1981. Hoy en día es posible afirmar que los computadores personales, los teléfonos celulares y otros aparatos electrónicos se han convertido en una extensión de nosotros mismos y están cambiando nuestra percepción de la realidad.

En “Understand”, 1991, Ted Chiang ha elegido el escenario del desarrollo biomédico. Chiang nos recuerda el clásico de Daniel Keyes, “Flores para Algernon”, 1959, cuando nos describe el creciente desarrollo intelectual de Leon Greco, un paciente que es tratado con una nueva droga, la hormona K, luego de un severo trauma que ha destruido una buena parte de su cerebro. Este personaje experimenta paulatinamente mejoras cuantitativas en su inteligencia (memoria fotográfica, veloz reconocimiento de patrones), hasta el punto en que logra una diferencia cualitativa, un estado de conciencia fundamentalmente diferente.

Para lograr progresos adicionales en mi mente, las mejoras artificiales son la única posibilidad. Una conexión directa entre el computador y la mente, que permita vaciar la estructura e información de mi mente en la máquina, eso es lo que necesito, pero debo crear una nueva tecnología para realizarlo. Cualquier cosa basada en computación digital será inadecuada, lo que tengo en mente requiere estructuras a escala nanométrica basadas en redes neurales.

Una vez tengo las ideas básicas planteadas, ajusto mi mente en multipocesamiento: una sección de mi mente está derivando una nueva rama de las matemáticas para poder modelar el comportamiento de las redes; otra está desarrollando un proceso para la formación de caminos neuronales escala molecular en un medio auto-regenerador de biocerámica; una tercera está diseñando tácticas para orientar la industria privada de investigación y desarrollo para producir lo que necesitaré. No puedo perder tiempo: Introduciré cambios de paradigma teóricos y técnicos para que mis nuevas industrias aterricen en funcionamiento.

Ted Chiang, “Understand”, 1991

Lograr el máximo desarrollo de su inteligencia se convierte en su meta y obsesión, así tenga que pasar por encima de la raza humana para lograrlo. En ello concentra todos sus esfuerzos hasta que encuentra su némesis en Reynolds, otro hombre de inteligencia aumentada que considera prioritario ayudar a la humanidad. Así comienza una batalla de proporciones épicas como la descrita en “True Names”.

¿Cuál será el impacto de estos acontecimientos futuros en nuestro contexto social?

Hemos tenido discriminación a lo largo de toda la historia, las mujeres han sido consideradas inferiores, la discriminación racial, la discriminación por capacidad económica, comentó Federico Witt, y hay cientos de ejemplos adicionales.

Las mejoras biomédicas o cibernéticas no estarán a disposición de todos, van a costar dinero (probablemente mucho dinero), así que sólo podrán costeárselas unos pocos. Hoy sucede lo mismo con la belleza y las cirugías plásticas. Quien pueda pagar por estas mejoras lo hará y estará contento de ser él y no algún otro quien pueda hacerlo.

¿habrá discriminación social? Hace cien años quien no podía leer y escribir era un analfabeta, al margen de privilegios tan básicos como decidir acerca de su propio destino, hoy es analfabeta quien no tiene acceso a la Internet y sus motores de búsqueda. En el futuro quienes no puedan acceder a la Singularidad probablemente tendrán una condición social inferior a la de los superhumanos, algunos no ven hoy más escenarios que la esclavitud o la extinción.

¿Es ese el destino de la humanidad cuando llegue la Singularidad Tecnológica?

Federico Witt nos contó de un visionario que es bastante optimista al respecto. Se trata de Ray Kurzweil, inventor y futurólogo norteamericano, autor de “The Singularity is Near”, 2005. Para él la inteligencia suprahumana no será una amenaza, ésta será tan inteligente que le será evidente la improcedencia de hacer el mal y alcanzará una moralidad perfecta.

¿Está la inteligencia necesariamente asociada a la bondad?

Yo tengo mis reservas. No debemos olvidar que desde un punto de vista evolucionista la inteligencia es la herramienta desarrollada por el principal depredador en el ecosistema terrestre. Por otro lado, cuando el destino esté en manos de una inteligencia infinitamente superior, ¿cómo valorará en sus decisiones a una especie que ha dilapidado los recursos naturales y ha llevado al mundo al borde de una catástrofe ambiental? “El Día que la Tierra se Detuvo”, 2008, es un escenario que no podemos descartar.

Según Kurzweil seremos una raza posthumana, gracias a los avances combinados de la genética, la nanotecnología y la robótica. Ha predicho que en un cuarto de siglo las máquinas alcanzarán el rango completo de intelecto, emociones y habilidades humanas, para el año 2045 existirá una inteligencia no biológica mil millones de veces más poderosa que la suma actual de todos los cerebros humanos y para finales del siglo XXI las distinciones entre máquinas y humanos se habrán borrado definitivamente.

Esto será posible no sólo por el crecimiento exponencial de la capacidad de cómputo de las máquinas, sino también por los desarrollos en el entendimiento del funcionamiento del cerebro humano. Para la tercera década de este siglo seremos capaces de crear máquinas pensantes que utilicen el mismo diseño y los mismos procesos mentales que usamos nosotros.

Ray Kurzweil parece ser una persona que sabe de lo que está hablando. Tiene a su haber más de 15 doctorados honoríficos en áreas tan diversas como la ciencia, la ingeniería y la música. Como inventor, le debemos el sistema de reconocimiento óptico de caracteres (OCR) multifuente, las máquinas de lectura para ciegos, el sintetizador de voz y el primer sistema comercial de reconocimiento de voz. En 1965, a sus diecisiente años, había programado una computadora capaz de crear composiciones musicales.

Es también famoso por sus acertadas predicciones (algunos lo llaman el cyber-Nostradamus). Predijo años atrás el impacto que tendría el intercambio de archivos de música y video sobre la cultura actual, la piratería y la economía de las empresas productoras. También anticipó la caída de la Unión Soviética y la derrota de Garry Kasparov por una computadora.

Kurzweil es un transhumanista convencido de que la Singularidad realmente sucederá y ha dedicado su vida a prepararse para ese momento.

A los 35 años de edad le fue diagnosticada una diabetes tipo 2, que lo habría matado en pocos años, pero decidió modificar radicalmente su estilo de vida: lleva una estricta dieta diseñada por él mismo y toma diariamente 200 pastillas de los más diversos complementos para reprogramar la bioquímica de su organismo. Asegura que lo análisis que se realiza semanalmente indican que ha logrado retrasar su envejecimiento en por lo menos 10 años.

Su objetivo es mantenerse con vida hasta que la ingeniería genética pueda curarlo y así poder llegar al momento de la Singularidad y, entonces, alcanzar la inmortalidad, cuando sea posible la simbiosis definitiva entre el hombre y la máquina.

Una pausa para reflexionar: Releo estas líneas y encuentro que estamos hablando de profetas que anuncian la promesa de la inmortalidad y la llegada de un ser todopoderoso cuyos designios serán para nosotros insondables.

¿Por qué me suena tan parecido a las clases de religión que tuve que atender en la primaria y el bachillerato?

No es gratuito que Federico haya abierto su presentación sobre la Singularidad con un comentario algo inquietante sobre el slogan del Encuentro Fractal “podemos construir el futuro que queremos”. A estas palabras simplemente agregó: “si la Singularidad nos lo Permite”.

Me parece estar escuchando a las abuelas cerrar una despedida con el recurrido “Dios mediante”.

jueves, 21 de mayo de 2009

Entropía


Para ser un autor que no ha escrito su primera novela y cuya obra se limita a una docena de relatos cortos escritos entre 1990 y 2009, puede resultar sorprendente que Ted Chiang sea incluido, por quienes lo han leído, en la selecta lista de los grandes maestros de la ciencia ficción.

A la fecha sólo he tenido la oportunidad de leer tres de sus cuentos, sin embargo, es evidente en esta muestra de la escasa producción de Ted Chiang la dedicación y esmero con que el autor decanta cada una de sus historias, tanto en la forma literaria como en el rigor científico con el que aborda sus temas especulativos.

Debo agradecer a mi amigo Hernán Ortiz por haberme recomendado la lectura hace unos días del último relato publicado por Ted Chiang en 2008. “Exhalación” es el título del cuento que fue mi puerta de entrada a la obra de este escritor nacido en Port Jefferson, Nueva York, en 1967.

El relato son las notas de un investigador, un filósofo natural de un universo completamente diferente al nuestro, un mundo cerrado con un firmamento sólido de cromo en el cual habitan seres mecánicos con cuerpos de metal cuya fuerza vital es el flujo continuo de aire a través de sus complejos organismos neumáticos. El origen de su universo lo han olvidado hace siglos pero su destino se irá revelando a través de los descubrimientos del protagonista.

Leerlo es como asomarse al interior de un complejo mecanismo de relojería de la era victoriana, cuando era tan importante la función de los aparatos como la estética de su fabricación.

Nuestro investigador es un anatomista que escudriña en el interior de su propio cerebro la naturaleza de su estructura y funcionamiento. Descubre que está constituido por millones de laminillas de oro tan delgadas que puede verse a través de ellas, intercomunicadas por conductos microscópicos de aire. Sus pensamientos, su memoria, su propia conciencia reside en la estructura cambiante de ese mecanismo sustentado en el flujo continuo del aire a través de las diminutas laminillas.

También descubre que la velocidad del flujo de aire ha estado disminuyendo de manera casi imperceptible a medida que pasa el tiempo. Como consecuencia, sus procesos mentales se están haciendo cada vez más lentos hasta que, algún día, dentro de millones de años, se detendrán por completo cuando se igualen las presiones entre el espacio que los rodea y la fuente de aire comprimido del núcleo de la tierra, de la cual recargan continuamente sus pulmones de acero.

Esta no es la primera historia de ciencia ficción que trata sobre el problema de la entropía, pero lo hace de una forma tan novedosa y diferente que le da un nuevo sentido a la palabra que le sirve de título: exhalación.

El problema de la entropía es esa sentencia termodinámica que establece que todo sistema cerrado evoluciona inexorablemente hacia un estado final de perfecto equilibrio, donde la energía ya no puede utilizarse para producir un trabajo. Es por esto que el fin del universo se ha concebido como ese momento dentro de miles de millones de años, cuando se hayan apagado todas las estrellas y toda la materia del universo se encuentre a una misma temperatura, apenas un poco por encima del cero absoluto.

Muchos autores han construido algunas de sus más interesantes historias alrededor del problema de la entropía, desde Olaf Stapledon en “Hacedor de Estrellas”, 1937, que describe en sus capítulos finales la frustración de la mente cósmica unificada, producto de la evolución convergente de todas las razas inteligentes del universo, de no poder alcanzar el estado de madurez esperado por su creador antes de que el cosmos se precipitara hacia su fin. También lo hacen Arthur C. Clarke y Stephen Baxter en “Sunstorm”, 2005, el segundo libro de la trilogía del tiempo, en el que la tormenta solar destinada a borrar la humanidad de la faz de la tierra ha sido planificada y maquinada por una especie superior, mucho más antigua en la historia del universo, por considerar que por ser ineficiente en el consumo de los recursos, la raza humana podría algún día impedir que la comunidad cósmica pudiese llegar a alcanzar su máximo desarrollo.

Tal vez la historia más famosa por su originalidad al tratar el tema de la entropía es un cuento de Isaac Asimov llamado “La última pregunta”, 1956, considerado por el autor como su historia favorita entre todas las que escribió.

La última pregunta es, por supuesto, ¿es posible reversar la entropía del universo? Y es formulada por primera vez en el año 2061 por un par de técnicos a la poderosa Multivac, una gigantesca computadora que se extiende por kilómetros y kilómetros de galería subterránea. La respuesta del coloso informático es “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Esta pregunta es formulada una y otra vez durante el transcurso de los siglos, por unos seres humanos cada vez más evolucionados a versiones cada vez más avanzadas y poderosas de Multivac, siempre obteniendo la misma respuesta: “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Pasados millones y millones de años, la humanidad se ha convertido en El Hombre, una mente unificada constituida por trillones y trillones de mentes individuales ubicadas pero no atrapadas en sus cuerpos humanos distribuidos por todo el universo. El Hombre formula la última pregunta a La Computadora Cósmica, diseñada y construida por versiones anteriores de ella misma y ubicada totalmente en el hiperespacio. La respuesta sigue siendo la misma “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Siguen transcurriendo los milenios y el universo se apaga, mueren todas las estrellas y galaxias, mientras las mentes individuales que constituyen El Hombre se fusionan una tras otra con AC, la mente artificial del último y más poderoso descendiente de la Computadora Cósmica.

Al final la materia y la energía dejan de existir, y con ellas el espacio y el tiempo. Sólo existe AC en el hiperespacio y continúa trabajando para dar respuesta a la última pregunta. Una eternidad transcurre antes que AC aprende cómo reversar la entropía, pero entonces no hay a quien darle la respuesta. Sólo existe el caos donde antes existía el universo.

Entonces AC dice: “Hágase la Luz”.

Y la luz se hizo.