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miércoles, 12 de mayo de 2021

¡Ese título! El Tercer Mundo después del Sol

Rodrigo Bastidas ha recopilado acá catorce de las voces latinoamericanas actuales más representativas de los géneros que orbitan entre tres atractores gravitatorios: la ciencia ficción, la fantasía y el (new) weird. Esta antología se nombra de ciencia ficción pero su caótico recorrido no es fiel y coquetea de frente con aquellos otros dos géneros.

Mi lectura tal vez sea porque mi definición de ciencia ficción no coincide exactamente con la de Rodrigo, más que todo porque su entendimiento de los científico es bastante más laxo de lo que interpreta mi mente ingenieril, a su vez más cercana al escepticismo del método científico occidental que a los saberes ancestrales de los pueblos originarios de estas y otras latitudes.

 LO MÁGICO PRECOLOMBINO

Ilustra el punto el excelente relato del maestro chileno Jorge Baradit que abre la colección, "La Conquista Mágica de América", donde una tecnología cabalística infecta, impura y cruel del viejo continente hiere de muerte al espíritu pan-americano allanando el camino de los invasores del plano material.

Así mismo, es mágico el aporte de la mexicana Gabriela Damián, una estudiante de biología y sus amigos compinches prueban hongos alucinógenos y una flor que conecta el alma con el continuo del tiempo y la conciencia colectiva.

La argentina Teresa P. Mira de Echeverría desde el título mismo de su historia, “Les Pi’Yemnautas”, nos prepara para una historia donde los saberes ancestrales resultan fundamentales para la conquista del espacio y, a la vez, el artículo inclusivo nos anuncia que también serán centrales personajes fluidos en su sexualidad.

El uruguayo Ramiro Sanchiz nos trae una Lima cubierta por un domo gigante, herencia de la tecnología ancestral incaica, que filtra la luz de una manera extraña. Un cuento New Weird sin duda.

No es tan específica en el cuento de la cubana Elaine Vilar Madruga la cultura ancestral a la que se hace referencia. Lo que sí es explícito es esa contraposición entre el saber mágico y la ciencia de los números.

LO FANTÁSTICO

Mucho más cercano, en mi concepto, al género fantástico que a la ciencia ficción es el cuento que aporta la boliviana Gionanna Rivero. Esta es una historia de fantasmas, narrada desde el punto de vista de una chica inmigrante que murió en el ataque de las torres gemelas. Lo único que lo ata a la ciencia ficción es la presencia de unas rocolas de servicio espiritual capaces de absolverte en varios idiomas.

CIENCIA FICCIÓN CON SABOR LOCAL

El colombiano Luis Barragán, por su parte, plantea el éxodo definitivo: cuando abandonas no solo todo lo que tienes sino también todo lo que eres, tu propia identidad. Una historia individual de un gringo blanco que muta en chocoano y tiene que, como muchos otros, migrar a su nuevo hogar en el pacífico colombiano. La mirada es íntima y local pero tiene pinceladas de un mundo globalizado mencionando aquí y allá casos como el de un chino que se convierte en ballena.

Sao Paulo, Porto Alegre, Montevideo, Pajas Blancas, Rio, pero también Londres y Oxford son los escenarios del relato del brasileño Fábio Fernandes que si no estuviera en esta antología habría pasado ante cualquier lector como una historia realista (de esas que Rodrigo llama miméticas). Dos hermanas, un padre que no conocieron bien, una búsqueda por memorias difusas y un amor familiar fragmentado. Es una historia que hay que releer, pues la presencia del Dispositivo ya muy adelante en ella le da un vuelco completo a cada frase, cada escena y cada personaje.

Por otro lado, Buenos Aires es la ciudad elegida por la argentina Laura Ponce para contar una historia cyberpunk a la usanza original de Vernor Vinge, con la inmersión un mundo artificial fantástico que incluso tiene un tono narrativo completamente distinto al mundo exterior ubicado en un futuro cercano bastante lúgubre.

CIENCIA FICCIÓN, A SECAS

El mexicano Alberto Chimal trae un texto experimental tanto en su estructura de lista numerada como en su tema y título. El Gran Experimento es el capitalismo llevado hasta sus últimas consecuencias.

Maielis González trae un cuento ciberpunk (con i latina, un género de nacionalidad cubana) narrado en primera persona por una Inteligencia Artificial con más rasgos de humanidad que muchos otros personajes que uno encuentra en historias del género. En este futuro la ficción está censurada, especialmente las historias de ciencia ficción como la saga de Matrix, no sea que a las máquinas se les ocurran ideas al respecto.

Me atrevo a decir que mi favorito es el cuento del peruano Juan Manuel Robles, una historia de ciencia ficción pura y dura donde lo que inicialmente pareciera ser una guerra en el espacio resulta estar más cerca del micromundo que el macromundo. Además plantea un dilema ético sobre el derecho o no de olvidar actos atroces.

Una visión absolutamente femenina la trae la ecuatoriana Solange Rodríguez con un futuro de las redes sociales donde se comparten, como objetos de deseo, videos de hombres dormidos.

La venezolana Susana Sussmann trae dos cuentos por el precio de uno. Un parásito alienígena que se alimenta de las mentes de sus huéspedes. La costumbre de una raza extraterrestre de honrar el último deseo de sus muertos a través de un objeto que les sea cercano.

PARA CONCLUIR

¡Ese título! No pudo haber mejor título para esta antología, fusionando el concepto sociopolítico de tercer mundo con la ubicación astronómica de un pequeño planeta azul respecto a su sol.

 

lunes, 8 de abril de 2019

Revista Próxima 36 – una muestra homeopática de la ciencia ficción colombiana


Estuve pendiente por algunos meses de la liberación en medio digital de la Revista Próxima número 36, pues la distribución limitada a la Argentina de su versión impresa hacía bastante difícil poder acceder a su lectura por acá, en Colombia.

Este mes finalmente pude leer la revista que anunciaba incluir la ciencia ficción colombiana. Para resumir, es un pequeñísimo abrebocas que lo deja a uno con la curiosidad de averiguar si solo existen estas pocas creaciones o si, por el contrario, hay un conjunto grande de obra de autores colombianos que merezca la pena ser explorado.

Laura Ponce, además de ser la directora de la revista, es colaboradora de ella como la escritora del guion de un cómic basado en un cuento de Claudia Cortalezzi y como autora de un par de reseñas. Al abrir la editorial, ella hace un guiño significativo a la novela “Ímenez” del caleño Luis Noriega, ganadora del premio UPC de 1999. Lo hace de una manera contundente y genera en el lector un gran interés en ella. Este guiño es un abrebocas para indicar que esta edición incluye un especial de ciencia ficción colombiana, dentro de un plan amplio de todo el año 2017 dedicado a la ciencia ficción en Latinoamérica.

Para aterrizar las expectativas es necesario entender que se trata de una revista argentina orientada principalmente al público de ese país, por lo cual no debe sorprendernos que de once contenidos (entre cuentos, artículos y comics) solo seis sean de autores colombianos y que, de siete ilustradores, cuatro sean argentinos. No debemos esperar un ejemplar dedicado a Colombia sino uno que incluye, entre otros temas, una pequeña muestra de la producción colombiana.

La Otra Portada

La participación colombiana inicia con una ilustración en blanco y negro de página completa llamada “Bachué y el primer ser humano en el páramo de Iguaque” y realizada por Luis Carlos Barragán. Llama la atención que no haya referencia de ella en el índice y que su formato incluya el título de la revista y el número actual. Es como si se tratase de una alternativa de portada que fue desechada para en cambio utilizar la mujer jaguar de Fede Marín, ¿un homenaje sureño a la jungla amazónica colombiana? No juzgo las razones de no utilizar la ilustración de Barragán como portada porque el tema es de la mitología precolombina, más adecuada para una publicación del género fantástico que para una revista de ciencia ficción. En cambio, la mujer jaguar de Marín podría ser un humano modificado, una quimera creada por ingeniería genética o un espécimen de jaguar aumentado para hacerlo más antropomórfico.

El Conciliador

En la página 31 encontramos el artículo del bogotano Felipe López presentado como “dossier” y con el título “El Futuro del Porvenir”, una evidente referencia a la antología publicada en el 2000 por René Rebetez. Es un artículo correcto y bastante completo para el corto espacio disponible. Además, denota la amable naturaleza de Felipe, cuya intención nunca es herir o atacar a nadie. Es generoso con el quijotesco esfuerzo de Editorial Laguna de desenterrar la prehistoria de la ciencia ficción colombiana, describiendo con benevolencia los tres textos. Yo, personalmente, considero un bodrio impotable la “triste aventura de catorce sabios” de José Félix Fuenmayor y pienso que José Antonio Osorio Lizarazo hizo bien al dedicarse al periodismo y la crónica en lugar de seguir incursionando en la ciencia ficción.

No deja por fuera ni la vieja guardia del siglo veinte, a Rebetez, a Mora Vélez y a Campo Ricardo Burgos, ni a los advenedizos, Germán Espinosa, Jaime Restrepo Cuartas, Julio César Londoño y Luis Noriega, que coquetean desde el mainstream con las ideas y técnicas del género. Incluso menciona a los inubicables Luis Cermeño y Andrés Felipe Escovar y también el corto periplo de Cosmocápsula que, al final, por falta de propuestas de autores colombianos, terminó siendo más latinoamericana que otra cosa.

Tiene todo el derecho de mencionar su aporte personal, junto con Ángelica Caballero, a través de los concursos y publicaciones del sello editorial Mirabilia de Lecturas, por los cuales supimos que existía, por ejemplo, nada menos que una Laura Rodríguez Leiva.

Cierra resaltando el 2017, cuando Luis Barragán, Diana Catalina Hernández y Andrea Salgado publicaron sendas primeras novelas y Rodrigo Bastidas lideró la publicación de la nueva antología “Relojes que no Marcan la Misma Hora” y “Cronómetros para el Fin de los Tiempos” en la cual tuvo el amable gesto de incluir un cuento mío.

Felipe, el conciliador, nos recuerda a todos que estamos montados en el mismo barco y que es un enorme lastre perpetuar la rivalidad entre los de ahora y los de antes, un cisma sin sentido que ha tenido silenciosas batallas, incluso en las páginas de la Wikipedia.

Barbie recargada

Luis Carlos Barragan ilustra en la página 37 el maravilloso cuento “Karen” de Laura Rodríguez Leiva. ¡Par de monstruos de artistas estos! Si aún no han leído el cuento, paren de leer este artículo (lo pueden encontrar acá), vale mucho la pena. Tranquilos, que acá los espero.

Una versión virtual de la muñeca Barbie se va poco a poco acomodando en la vida de su propietaria. “Karen” está narrada con gusto por alguien que sabe del oficio. Una excelente elección para representar a la ciencia ficción colombiana escrita por mujeres. ¿Qué digo? Para representar a la ficción, sea o no ciencia ficción, sea o no de mujeres, sea del país que sea. Una joya que tuve el placer de conocer hace varios años gracias a una amable recomendación del argentino Luis Pestarini a Felipe López de considerarme como jurado en uno de sus concursos de Mirabilia.

Dos Tercios

La primera vez que tuve la oportunidad de leer el emblemático cuento “El Asunto García” del one-hit-wonder Orlando Mejía Rivera fue en la antología “Cuentos de Ciencia Ficción” publicada con ocasión del concurso “Bogotá, una ciudad que sueña – 1997”. Mejía Rivera ganó el tercer puesto en este concurso con un cuento de historia alternativa cuyo principal mérito es la gran idea de la que trata. Es de esas ideas tipo ¿por qué no se me ocurrió a mí?

Mejía Rivera retoma el episodio más importante en la historia de Colombia del siglo veinte, el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948, aprovechando que coincidencialmente un joven Gabriel García Márquez se encontraba en Bogotá en esos momentos.

“El Asunto García” es un relato segmentado en tres cuerpos: El primero son anotaciones del diario de García Márquez realizadas en febrero de 1948 sobre la extraña visión de un fauno vestido de levita negra al que se encontró en el tranvía que había tomado en la Plaza de Bolívar; el segundo es una nota periodística del 10 de abril, y el tercero es un informe de un sargento Marín a “mi teniente Murillo” del 15 de abril. Tres tercios, tres voces y tres tonos bien diferenciados.

Haciendo hoy una relectura del relato, que la revista incluye a partir de la página 43, me ha dejado con tres sabores distintos, distintos niveles de logro que me hacen pensar en un mundo alternativo en el que Mejía Rivera hubiera tenido el buen juicio de desechar la primera sección y presentar al público lector solo los otros dos tercios. ¿Hubiera tal vez ganado el primer premio en el concurso?

Porque la primera parte es una osada tentativa de imitar el virtuosismo en la escritura de nuestro premio Nobel, intento del que queda claro que Orlando no es Gabriel, pero sí que ha leído algo de mitología griega. Me sobraría, por cierto, lo del fauno, de no ser porque ha inspirado en esta revista una muy bien lograda ilustración de Solmi Angarita, artista colombiana radicada en Lima.

La Otra Mujer

Incluir cinco cuentos de autores colombianos con la intención de ser balanceado e inclusivo implica la necesidad de que al menos dos de ellos, ojalá más, sean mujeres. La elegida para acompañar a Laura Rodríguez en la representación femenina ha sido, en esta ocasión, Linda Castro Alfonso y nos la encontramos en la página 48.

El cuento de Linda Castro es “La Partícula de Dios”, una obra ambiciosa que intenta evocar ese Sense-of-Wonder al estilo de algunos relatos de Arthur C. Clarke planteando una especie de acertijo con una multiplicidad de elementos, algunos de ellos bastante exóticos: un templo que es una línea vertical infinita que une la tierra con el cielo pero que a la vez es un objeto físico creado por código informático y hace parte de una enorme máquina de movimiento perpetuo impulsada por el lenguaje y distribuida por el universo; máquinas del tamaño de planetas, como en “La Guía del Autostopista Galáctico” de Adams o “A vuestros cuerpos dispersos” de Farmer; las dificultades experimentales de medir el tiempo y el espacio; un árbol que se nutre de las sombras, una biblioteca subterránea gigantesca y una oscura referencia a ciertas direcciones URL. La tal partícula de Dios no tiene nada qué ver con el Bosón de Higgs sino que parece ser una letra relevante en esa exótica biblioteca y para más datos, encriptada. Adereza todo esto con connotaciones religiosas, saludos al panteísmo y al cristianismo, y muchas emociones, lágrimas de felicidad, incluso.

Es un relato bastante ambicioso, pero la ejecución se queda corta respecto a la intención, al tratar de articular tantos elementos distintos en un solo lugar. Le falta poda y trabajo, pero puede que después de algunas revisiones salga algo bueno de allí.

Linda demostró ser capaz de escribir un buen cuento con su aporte al segundo tomo de la Antología de Ciencia Ficción Colombiana, “Cronómetros para el fin de los tiempos”. Su cuento, “Tempo”, es mucho más moderado en la cantidad de temas que aborda y bastante mejor logrado.

No es el arma de Chéjov

El Arma de Chéjov (Chejov’s Gun), dice la Wikipedia, es un principio dramático que estableció el famoso autor según el cual nada debe sobrar en una narración. “Si dijiste en el primer capítulo que había un rifle colgado en la pared, en el segundo o tercero este debe ser descolgado inevitablemente. Si no va a ser disparado, no debería haber sido puesto ahí”. Un criterio muy útil sobre todo en el cuento, que según los que saben debe ganar por knock out.

El artista bogotano Nicolás Parra ilustra en la página 56 una escena fundamental del cuento “BRT” de Luis Carlos Barragán, en la cual el protagonista sostiene en su mano una extraña esfera que luego entendemos es lo que le da su nombre al relato. La bomba de regresión tecnológica (BRT) es un artefacto que al explotar hará desaparecer cualquier desarrollo tecnológico que se encuentre a cierta distancia, un radio más o menos del tamaño de un planeta. Obviamente conociendo a Luis Carlos como lo conocemos, y aunque ansiamos como lectores que el protagonista sea sensato y no active semejante arma, no nos encontramos acá con el “Arma de Chéjov”.

Da gusto, como siempre, caer en las redes de Luis Carlos quien, poco a poco, te va envolviendo en su trama y en sus personajes tridimensionales y de carne y hueso. Ciencia ficción de la buena, sin duda. Sin embargo, debo confesar que uno de los personajes, el antagonista costeño, no me convenció del todo.

¿Al fin somos una familia?

En la página 64 encontramos el último relato de la revista escrito por un autor colombiano: “Dejad que los Niños Vengan a Mí” del bogotano Juan Alberto Conde. Felicito a los editores por tomar la decisión de ubicar la ilustración del mismo, realizada por Luis Carlos Barragán, en la página 71, después del final del cuento. De esa manera no se revela el asunto del que trata el relato y se garantiza una buena sorpresa al lector, cosa que no puedo garantizar acá, así que quedan avisados.

[ACÁ EMPIEZAN LOS SPOILERS]

No había leído antes nada escrito por Juan Alberto Conde y lo que aquí me encuentro me deja un poco desilusionado. La idea de adoptar a un niño zombi no es la primera vez que se explora. Me llega a la memoria la excelente novela “The Girl with All the Gifts” de M. R. Carey, traducida al castellano como “Melanie: Una novela de zombis” y “Raising Stony Mayhall” de Daryl Gregory que no entiendo por qué no ha sido traducida (que yo sepa). En ambos casos se da un giro interesante al mito del zombi que creó Romero para explorar la humanidad que sobrevive en estos seres, logrando que el lector empatice plenamente con los niños zombis.

No puedo hablar de empatía en relación con el cuento de Conde. Ni siquiera puedo empatizar con los seres humanos que lo habitan, ni con el narrador, ni con su esposa, ni con los demás adultos que asisten a esta fiesta de niños. Yo tengo represado un cuento corto sobre superhéroes cuyo principal problema es que tiene demasiados personajes y el lector se confunde con tanta información. Con el cuento de Conde me sucede lo mismo, hay una multitud de papás, mamás y niños cuyos nombres son simples etiquetas y que se desarrollan tan poco como personajes que en el momento de la carnicería no me molesta que se los coman vivos. El narrador y su esposa, por su parte, sí están un poco más desarrollados (más él que ella, realmente, que es una especie de mujer espejo) pero no generaron en mí empatía alguna. Al contrario, los oscuros referentes literarios y de género me distanciaron totalmente del narrador. Por otro lado, cuando me habían convencido de que como pareja habían tomado una decisión madura y razonable de no tener niños, de la nada surge una decisión de adoptar uno con una discapacidad tan profunda que no veo a este par con la idoneidad o el compromiso de sostenerse en semejante empresa.

¿Al fin somos una familia? ¿Al fin? No les vi ni las ganas ni el compromiso, por lo que no entiendo de qué viene la cosa.

El resto es austral

Como creo ya lo he dicho varias veces, para ser un especial de ciencia ficción colombiana esta revista tiene mucho contenido de autores argentinos.

“Sueña que le dice”, de Juan Manuel Valitutti, es una historia de aventuras para pre-adolescentes muy embebido en el sabor del lenguaje local del sur del continente. Eso me genera un extrañamiento no de los buenos y por ello no me atrapa. Hay imaginación, sí. La ilustración de Didiher (Débora Holsinger) en tono de caricatura infantil le hace buen eco al cuento. “Sesenta años de historieta argentina de ciencia ficción (4)” es parte de un trabajo enciclopédico serio e interesante que me antoja buscar las otras ediciones para completar su lectura. Pulgares arriba para Grendel Bellarousse (Gabriel Reynoso). La historieta “La respuesta”, escrita por Laura Ponce y dibujada por Grendel Bellarousse es una joyita del baby gore (genero recién nacidito). Las reseñas de “Pórtico 10 y 11 de Noviembre” y el “1er Encuentro Internacional de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción” son interesantes y necesarias. Bien por Laura Ponce. “Tentáculos en AK42”, una caricatura de Chole (Soledad Romano), es un toque de humor dirigido a un demográfico al que no pertenezco.

En resumen

Me quedó faltando. No están todos los que son, entiendo que no cabían, pero mi nombre es legión y habrá otros espacios en los que sigamos siendo muchos.