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domingo, 7 de junio de 2009

¿De dónde vienen los bebés?


El 25 de julio de 2009 cumplirá 31 años de edad la inglesa Louise Joy Brown, su nombre y su rostro tal vez no nos digan mucho, pero es internacionalmente conocida como la primera “bebé probeta” del mundo. A lo largo de su vida han nacido más de un millón de niños concebidos mediante la fertilización in vitro. Lo que se consideraba antes de los años 70s un producto de la febril imaginación de los escritores de ciencia ficción es hoy prácticamente un procedimiento rutinario.

Un día después, el 26 de julio, se cumplirán 115 años del nacimiento de un escritor inglés llamado Aldous Leonard Huxley, mundialmente reconocido por su novela “Brave New World” , publicada en 1932 y traducida al español con el título “Un Mundo Feliz”.

En “Un Mundo Feliz”, Huxley anticipó una sociedad en la que el sexo es exclusivamente una actividad recreativa, absolutamente ajena a la reproducción, y donde todos los seres humanos son concebidos a través de un procedimiento artificial.

Habló primeramente, por supuesto, de su prólogo quirúrgico: «operación sufrida voluntariamente en beneficio de la sociedad, sin contar que proporciona una bonificación equivalente a seis meses de honorarios»; continuó relatando el procedimiento para conservar el ovario extirpado, vivo y en pleno desarrollo: siguió extendiéndose en consideraciones sobre el óptimo de vida en cuanto a temperatura, grado de salinidad y viscosidad del medio, y prosiguió aludiendo al licor en el que se conservan separados los óvulos maduros; llevolos luego ante las mesas de trabajo y les mostró cómo se extrae aquél de los tubos de ensayo y se echa, gota a gota, en láminas de vidrio, previamente caldeadas, para poner al microscopio; cómo se inspeccionan los óvulos contenidos en ellas con vistas a posibles anormalidades, se cuentan y se trasladan a un receptáculo poroso; cómo (y esta vez llevolos a ver la operación) se introduce éste en un caldo tibio, que contiene los espermatozoos libres —a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico. Insistió—, y cómo, tras diez minutos, se saca el receptáculo del caldo y se examina su contenido nuevamente; cómo, si alguno de los óvulos queda sin fecundar, se le sumerge una segunda vez, y aun una tercera, si fuese necesario. Cómo los óvulos fecundados vuelven a las incubadoras, donde los Alfas y Betas permanecen hasta ser definitivamente envasados, mientras que los Gammas, Deltas y Epsilones se sacan a las treinta y seis horas para ser sometidos al procedimiento Bokanowsky.

—Al procedimiento Bokanowsky —repitió el Director.

Y los estudiantes subrayaron estas palabras en sus cuadernos.

—Un óvulo: un embrión: un adulto, es lo normal. Pero he aquí que el óvulo bokanowskyficado rebrota, se reproduce, se segmenta; y resultan de ocho a noventa y seis brotes, y cada uno se convertirá en un embrión perfecto, y cada embrión en un adulto de perfecta talla. Es decir, que se producen noventa y seis seres humanos de lo que antes se formaba uno. Progreso...

Aldous Huxley, “Un Mundo Feliz”, 1932 (traducción de Luys Santa Marina)

En el futuro descrito por Huxley, los bebés no sólo son concebidos en tubos de ensayo, también son gestados hasta su nacimiento en una línea de producción en serie, mediante un tecnificado proceso industrial, fuera del vientre materno. Los productos de estas enormes fábricas vienen en cinco modelos, correspondientes a las diferentes castas en las cuales está estratificada la sociedad, desde los inteligentes Alfas, responsables de las labores intelectuales y administrativas, hasta los imbéciles y enanos Epsilones, encargados de las tareas físicas más abyectas.

Las castas inferiores son producidas en masa mediante la clonación inducida por el procedimiento Bokanowsky, que no es otra cosa que la exposición controlada a condiciones extremas de radiación, temperatura y dosis casi letales de alcohol, a lo cual los embriones reaccionan reproduciéndose.

El auge de la producción en serie, especialmente intenso en los Estados Unidos de América, inspiró a Huxley esta visión de pesadilla. En la novela, Henry Ford se ha convertido en un referente paradigmático de la nueva sociedad, hasta el punto que la acción ocurre en el año 632 de la era fordiana. En 1980 hubo una adaptación de esta novela para la televisión y otra en 1998. Dicen por ahí que Ridley Scott tiene el proyecto de regresar a la ciencia ficción con una película basada en ella y protagonizada por Leonardo DiCaprio.

La técnica actual para la fertilización no es muy diferente a la descrita por Huxley. Los espermatozoides y el óvulo se incuban juntos (en una proporción de 75 mil a uno) en un medio de cultivo por unas 18 horas. En la mayoría de los casos, el huevo habrá sido fecundado para entonces.

En algunos casos particulares, como cuando el conteo de espermatozoides es bajo o éstos tienen baja movilidad, un único espermatozoide se inyecta directamente en el óvulo mediante la inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI).

El óvulo recién fecundado muestra dos pronúcleos, uno del gameto femenino y otro del gameto masculino. Cada uno de ellos contiene la mitad de la información genética requerida para fabricar una persona, codificada en un lenguaje químico cuya estructura de doble hélice fue descubierta en 1953 y medio siglo después se comienza a descifrar con la identificación y cartografía del genoma humano.

¿Antes de saber todo esto, cómo nos imaginábamos que funcionaba este asunto de la herencia?

Pitágoras en el siglo sexto A.C. fue uno de los primeros en elaborar una teoría. Según él, los machos contribuían con las características esenciales de sus hijos mientras que las hembras contribuían sólo con el sustrato material. Las ideas de Pitágoras inspiraron a Aristóteles quien desarrolló, en el siglo cuarto A.C., dos alternativas excluyentes: el Preformacionismo y la Epigénesis. Sus ideas prevalecieron hasta bien entrado el siglo diecisiete de nuestra era.

El Preformacionismo sostiene que todos los organismos fueron creados en un mismo momento, y que las generaciones sucesivas se desarrollan a partir de homúnculos, versiones en miniatura del organismo adulto que han existido desde el principio de la creación. En el caso de los humanos, los filósofos y teólogos conjeturaban que cada uno de los individuos existía como homúnculo ya sea en los testículos de Adán (espermismo) o en los ovarios de Eva (ovismo).

La Epigénesis, por el contrario, está basada en la idea de que cada embrión u organismo se produce gradualmente a partir de la materia no diferenciada mediante una serie de pasos o etapas durante las cuales se generan nuevas partes. Esta alternativa nunca gozó de evidencia experimental que la respaldara debido principalmente a la limitación de los instrumentos disponibles.

En los albores de la ciencia, la visión mecanicista de los filósofos naturales parecía contradecir la Epigénesis. Era más sencilla la idea de organismos diminutos que se expandían conforme a las leyes de la mecánica. Además, el Preformacionismo se la llevaba mejor con la teología cristiana dominante pues no suponía la generación de vida a partir de la materia inerte sin la intervención divina.

En 1677 el holandés Antoine van Leeuwenhoek descubrió los espermatozoides con la ayuda de microscopios fabricados por él mismo. También descubrió que el semen se originaba en los testículos y fue un comprometido preformacionista y espermista. Deducía de la movilidad de los espermatozoides la evidencia de vida animal y, consecuentemente, de una estructura compleja, además, en el esperma humano, la presencia del alma.

En 1694, Nicolaas Hartsoeker, también holandés y alumno de Leeuwenhoek, dibujó los espermatozoides que observaba a través del microscopio, incluyendo en su interior pequeños seres humanos acurrucados para ilustrar el postulado de la existencia de los homúnculos como parte de la teoría espermista. Estas imágenes se convirtieron en el ícono del Preformacionismo.

A principios del siglo dieciocho el filósofo francés Nicolás Malebranche elaboró la hipótesis de que cada embrión contenía minúsculos embriones en su interior y así, ad infinitum, como las muñecas Matryoshkas. “Todos los cuerpos de humanos y animales,” ya nacidos o por nacer, “fueron quizás producidos desde el momento mismo de la creación del mundo.” Su contemporáneo y coterráneo Jean Astruc sugirió una explicación para la influencia que tienen tanto la madre como el padre en las características de los hijos: El homúnculo venía en el esperma y era luego transformado cuando entraba al óvulo y durante la gestación al asimilar las características de la madre directamente del ambiente intrauterino. El Preformacionismo se había establecido como la teoría dominante.

Fue un fisiólogo alemán, Caspar Friedrich Wolff, quien se opuso a la corriente del siglo dieciocho y abogó nuevamente por la Epigénesis, más consistente con las observaciones del desarrollo embrionario entonces realizadas con instrumentos ópticos cada vez más precisos. Él propuso la existencia de una “fuerza vital” como agente del cambio, idea que fue acogida por los naturalistas que rechazaban el Preformacionismo por su asociación con la doctrina teológica.

Lo que hoy en día se nos antoja evidente pues desde la infancia aprendemos a deletrear la palabra “cromosoma”, lo heredamos de la teoría celular moderna, atribuida a los alemanes Theodor Schwann, Matthias Jakob Schleiden, y Rudolf Virchow, que desplazó al preformacionismo apenas en el siglo XIX.

Pero, ¿cómo sería nuestro mundo si los preformacionistas hubiesen tenido la razón? Esta es la premisa que explora el escritor estadounidense Ted Chiang en un cuento llamado “Setenta y dos Letras”, 2000, que fue merecedor del Premio Sidewise de la Historia Alternativa de ese año. El premio es llamado así en memoria del cuento “Sidewise in Time”, 1934, de Murray Leinster, en donde una extraña tormenta hace que porciones de la tierra cambien de lugar con sus análogas de líneas de tiempo diferentes.

En realidad, como lo expresa Chiang en las notas de su colección “Historias de tu Vida y Otras”, 2002, su idea fue desarrollar una relación que se le ocurrió entre esta teoría y la leyenda del Golem.

En el folklore judío, el Golem es un ser fabricado de materia inerte que es animado por medio de palabras mágicas o religiosas. Las palabras son escritas unas veces en su frente, otras en un trozo de pergamino con la propia sangre del propietario e introducidas luego en la boca del Golem.

Esta leyenda es conocida en el mundo occidental principalmente por la historia de un rabino de Praga en el siglo dieciséis llamado Judah Loew. Él fabricó un Golem de arcilla para defender el ghetto judío de su ciudad de ataques antisemitas, la estrategia fue efectiva y obligó al sacro emperador romano Rudolf II a capitular: los judíos dejarían de ser perseguidos y el Golem sería desactivado. Dicen que el cuerpo inanimado todavía descansa en el ático de la Antigua Nueva Sinagoga en el barrio Josefov. El acceso a este ático está restringido pero el misterio es otro atractivo turístico de la capital de la República Checa.

Las nuevas generaciones quizás recuerden el Golem de Bart Simpson en la versión diecisiete del especial de día de brujas. El Niño escribe instrucciones concretas que son obedecidas ciegamente por el gigante de barro, como lo hacen los computadores con el software que escriben los programadores.

Ted Chiang nos traslada a la Inglaterra Victoriana del siglo diecinueve. Robert Stratton, el protagonista, jugaba de niño con muñecos de arcilla, que caminaban o trotaban por el efecto de los Nombres que les eran introducidos: 72 caracteres hebreos organizados en doce filas de seis letras, escritos en un trocito de pergamino. Le gustaba experimentar qué tanto podía deformar o modificar los cuerpos de los muñecos sin que sus Nombres dejaran de funcionar.

“¿Por qué se molestan siquiera en llamarlo filosofía natural?” dijo Robert. “Simplemente que admitan que es otra lección de teología y se acabó el asunto.” Ellos dos habían comprado recientemente la Guía de la Nomenclatura para Jóvenes, en la que aprendieron que los nomencladores ya no hablaban en términos de Dios o del Nombre Divino. En cambio, la doctrina actual establecía que había un universo léxico así como uno físico, y juntar un objeto con un Nombre compatible hacía que las potencialidades latentes de ambos fueran realizadas. Tampoco había un "Nombre Verdadero” único para un objeto dado: según su forma precisa, un cuerpo podría ser compatible con varios Nombres, conocidos como su "euonyms", y a la inversa un Nombre simple podría tolerar variaciones significativas en la forma del cuerpo, como el muñeco caminador de su infancia lo había demostrado.

(...)

Robert Stratton prosiguió con el estudio de la nomenclatura en el Cambridge Trinity College. Allí él estudió textos cabalísticos escritos siglos atrás, cuando los nomencladores todavía eran llamados ba’alei shem y los autómatas eran llamados golem, textos que establecían los cimientos de la ciencia de los Nombres: Sefer Yezirah, Sodei Razayya de Eleazar de Worms, Hayyei ah-Olam ah-Ba de Abulafia. Luego estudió los tratados alquímicos que llevaron las técnicas de la manipulación alfabética a un contexto filosófico y matemático más amplio: Ars Magna de Llull, De Occulta Philosophia de Agrippa, Monas Hieroglyphica de Dee.

Aprendió que cada Nombre era una combinación de varios epítetos, cada uno designando un rasgo específico o capacidad. Los epítetos eran generados compilando todas las palabras que describían el rasgo deseado: cognados y etymons, tanto de las lenguas vivas como de las extintas. Substituyendo y permutando letras selectivamente, uno podría destilar de aquellas palabras su esencia común, que era el epíteto para aquel rasgo. En ciertos casos, los epítetos podrían ser usados como las bases para la triangulación, permitiendo encontrar epítetos para rasgos no descritos en ninguna lengua conocida. El proceso entero dependía de la intuición tanto como de las fórmulas; la capacidad de elegir las mejores permutaciones de letras era una habilidad que no se podía enseñar.

Ted Chiang, “Setenta y dos letras”, 2000

Las investigaciones de Stratton lo llevan a perfeccionar Nombres particularmente poderosos, capaces de animar autómatas equipados con manos de cinco dedos articulados y con la destreza motriz humana. Esto le valió el rechazo de la industria y la oposición de los sindicatos, pues veían en este avance una amenaza que podría dejar sin empleo a los obreros de moldeado de autómatas.

Sus logros también fueron observados por otros ojos, de filósofos naturales como él, que encontraron de crucial importancia su colaboración en un proyecto que hasta entonces habían mantenido en secreto.

Un proyecto que podría definir el destino de la humanidad.

Los tres bajaron a un sótano. Lámparas de gas en las paredes proporcionaban iluminación, revelando el tamaño considerable del sótano; en su interior había una serie de pilares de piedra que se elevaban para formar bóvedas intersectas. El largo sótano albergaba fila tras fila de firmes mesas de madera, cada una soportando un tanque del tamaño aproximado de una bañera. Los tanques eran de zinc y tenían ventanas de vidrio cilindrado en los cuatro lados, revelando su contenido como un fluido claro ligeramente amarillento.

Stratton se asomó el tanque más cercano. Había una distorsión flotando en el centro del tanque, como si parte del líquido se hubiera coagulado en una masa de jalea. Era difícil distinguir los rasgos de la masa de las sombras en el fondo del tanque, así que se movió a otro lado del tanque y se agachó para ver la masa directamente contra la llama de una lámpara de gas. Fue entonces que el coágulo reveló la figura fantasmal de un hombre, claro como la gelatina, acurrucado en posición fetal.

“Increíble,” susurró Stratton.

“Lo llamamos un megafeto,” explicó Fieldhurst.

“¿Esto fue cultivado de un espermatozoo? debe haber requerido décadas.”

“No, es más maravilloso: Hace varios años, dos naturalistas Parisinos llamados Dubuisson y Gille desarrollaron un método para inducir el crecimiento hipertrófico en un feto seminal. La infusión rápida de nutrientes permite que el feto alcance este tamaño en un par de semanas.”

Moviendo la cabeza de un lado al otro, percibió diferencias leves en el modo que la lámpara de gas era refractada, indicando los límites de los órganos internos del megafeto. “Esta criatura está... ¿viva?”

(...)

Stratton miró a su alrededor. Las filas de tanques tomaron un nuevo significado. “Entonces comprimieron los intervalos entre ‘nacimientos’ para obtener una vista preliminar de nuestro futuro genealógico.”

“Exactamente.”

“¡Audaz! ¿Y cuáles fueron los resultados?”

“Probaron con muchas especies de animal, pero nunca observaron ningún cambio de forma. Sin embargo, obtuvieron un resultado peculiar trabajando con los fetos seminales de humanos. Después de no más que cinco generaciones, los fetos machos no contenían más espermatozoos, y las hembras no contenían más óvulos. La línea terminaba en una generación estéril.”

Ted Chiang, “Setenta y dos letras”, 2000

Científicos de la Académie francesa lo habían descubierto y sus colegas ingleses de la Royal Society lo habían confirmado: la especie humana tenía el potencial para existir por sólo un número fijo de generaciones, y se encontraban apenas a cinco generaciones de la última de ellas.

“...La respuesta es un óvulo no fertilizado. El óvulo contiene el principio vital que anima a la criatura a la que desarrolla, pero él mismo no tiene forma alguna en sí mismo. Generalmente, el óvulo incorpora la forma del feto comprimido dentro del espermatozoo que lo fertiliza. El siguiente paso era obvio.” Aquí Ashbourne esperó, mirando a Stratton con expectativa.

Stratton estaba perdido. Ashbourne pareció decepcionado, y continuó. “El siguiente paso era inducir artificialmente el crecimiento de un embrión a partir de un óvulo, por la aplicación de un Nombre.”

(...)

“El Nombre no es realmente introducido, sino impreso por medio de una aguja especialmente fabricada.” Ashbourne abrió un gabinete sobre la mesa de trabajo entre dos de las estaciones de microscopios. Era un estante de madera lleno de pequeños instrumentos arreglados en parejas. Cada uno tenía en la punta una aguja de cristal larga; en algunos pares eran casi tan gruesas como agujas de tejer, en otros tan delgadas como una hipodérmica. Retiró una del par más grande y se lo dio a examinar a Stratton. La aguja de cristal no era totalmente transparente, parecía contener alguna clase de núcleo moteado.

Ashbourne explicó. “Aunque parezca alguna clase de instrumento médico, es en realidad un vehículo para un Nombre, como lo es el más convencional trozo de pergamino. Bueno, requiere mucho más esfuerzo que llevar la pluma al pergamino. Para crear tal aguja, hay que organizar primero hilos finos del cristal negro dentro de un haz de hilos de cristal transparentes de modo que el Nombre sea legible cuando son vistos frontalmente. Los hilos son fundidos entonces en una vara sólida, y de la vara se saca un hilo aún más delgado. Un cristalero experto puede retener cada detalle del Nombre sin importar cuan delgado haga el hilo. Finalmente uno obtiene una aguja que contiene el nombre en su corte transversal.”

Ted Chiang, “Setenta y dos letras”, 2000

Robert Stratton era un experto en nomenclatura, por eso se le requería para desarrollar la solución: encontrar un Nombre, un euonym para la especie humana. De esta manera, sería posible la fertilización artificial con una fina aguja construida con una técnica semejante al arte de los fabricantes de murrinas en Murano.

Entre tanto, en un universo paralelo habría que esperar todavía un siglo a que la ciencia encontrase la manera de superar la esterilidad mediante la inyección intracitoplasmátia de espermatozoides.

martes, 26 de mayo de 2009

“Si la Singularidad nos lo permite”

En la última entrada de este blog mencioné el relato “La última pregunta”, 1956, donde Isaac Asimov describe la evolución de la humanidad, por una parte, y de la inteligencia artificial, por otra, para al final de los tiempos unirse en una entidad única que llega a ser todopoderosa.

Este concepto, ideado hace más de medio siglo, ha sido planteado nuevamente en la década de los 80s por los escritores cyberpunk. Pero con una importante diferencia: lo que Asimov imaginaba sucedería dentro de millones de años, estos nuevos escritores lo estaban imaginando para un futuro mucho más inmediato.

Habiendo presenciado cómo los ubicuos computadores personales comenzaban a desplazar a esos enormes aparatos que ocupaban edificios enteros (que Asimov todavía consideraba vigentes para el 2061), no era de extrañar que la escala temporal estuviese siendo drásticamente revisada.

Vernor Vinge, pionero en el género cyberpunk nos presenta un salto evolutivo de la misma trascendencia en su novela corta “True Names” de 1981. Mr. Slippery y Erythrina son los alter egos de los protagonistas en ese mundo virtual que llaman “El Otro Plano”. Ellos deben luchar juntos contra una misteriosa amenaza y al hacerlo se ven investidos de inimaginables poderes al multiplicar sus sentidos mediante todos los recursos de la red, su memoria es amplificada por la conexión directa a todas las bases de datos del planeta, su raciocinio por la capacidad de cómputo de todos los servidores. Es una batalla entre dioses y titanes, como una epopeya de la mitología griega.
Mr. Slippery miró a su alrededor, usando cada uno de sus millones de perceptores. La Tierra flotaba serena. Vista en lo invisible, lucía como miles de las imágenes que él había visto como humano. Pero en el ultravioleta, él podía percibir su aura de hidrógeno que se extendía por miles de kilómetros. Y los detectores de alta energía de los satélites en todos los niveles percibían os cinturones de radiación en miles de niveles de energía, oscilando con el viento solar. A través de los océanos del mundo, él podía sentir la tibieza de las corrientes, ver cuán rápido fluían. Y mientras tanto, vigilaba los millones de voces diminutas que comenzaban a regresar a la vida ahora que Erythrina y él recuperaban cuidadosamente el sistema de comunicaciones de la raza humana y lo ponían en funcionamiento. Cada nave en el mar, cada avión ahora aterrizando con seguridad, cada uno de los préstamos, los pagos, las comidas de una raza entera registradas claramente en algún lugar de su conciencia. Con la percepción venía el poder; casi todo lo que él veía , lo podía alterar, destruir o mejorar. Según las reglas analógicas del aquelarre, había sólo una palabra válida para ellos nombrarse en su estado actual: eran dioses.Vernor Vinge, "True Names", 1981
Después de salvar el mundo, él se desconecta y regresa a su existencia cotidiana, pero Erythrina logra permanecer en ese estado de conciencia expandida y ahora su poder no tiene límites.

En 1993 Vernor Vinge escribió un ensayo titulado “The Coming Technological Singularity” en el que bautizó al concepto con el nombre con que hoy se ha popularizado (“la singularidad tecnológica”) además de definirlo de una manera bastante dramática: “dentro de 30 años, tendremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia suprahumana. Poco tiempo después, la era humana habrá terminado”.

Cabe anotar que ya ha transcurrido más de la mitad del plazo estipulado.

La palabra “Singularidad” tiene su origen en las matemáticas, en las que, en sentido general, se refiere a un punto en el cual un objeto matemático dado no está definido.

El ejemplo más sencillo de esto es la división por cero.

Dividir un número por cero no produce un número infinitamente grande como respuesta. La razón es que la división está definida como la operación inversa de la multiplicación; si un número se divide por cero y luego se multiplica por cero, se debería obtener el número original como respuesta. Sin embargo, multiplicar cualquier número infinitamente grande por cero sólo da como resultado cero, nunca otro número diferente. No hay nada que pueda multiplicarse por cero y producir un resultado distinto de cero; por lo tanto, el resultado de una división por cero está literalmente “indefinido”.

(...)

Hay una bien conocida “prueba” que demuestra que uno es igual a dos. Comienza con algunas definiciones: “Sea a = b” y termina con la conclusión de que “2b = b,” esto es, uno es igual a dos. Escondida subrepticiamente en la mitad se encuentra una división por cero, y en ese momento la prueba se ha pasado de la raya, haciendo caso omiso de todas las reglas. Permitir una división por cero hace posible probar no sólo que uno y dos son iguales, sino que cualquier par de números –reales o imaginarios, racionales o irracionales – son iguales.

Ted Chiang, “Division by Zero”, 2003

Me valgo acá de las palabras de Ted Chiang porque yo jamás podría explicar el concepto de indefinición matemática como él lo hace en esta introducción; además, porque no puedo dejar de recomendar la lectura de este cuento, “Division by Zero”, uno de los pocos que he encontrado en los que la ciencia ficción se aventura en los dominios de la matemática pura: Renee Norwood es una Doctora en Matemáticas cuya investigación la lleva a encontrar una contradicción fundamental en el núcleo mismo de su disciplina.
“Pero lo que ha sucedido, es casi como si yo fuese un teólogo probando que no existe Dios. No sólo temiéndolo, sino sabiendo que es un hecho, más allá de toda duda. ¿Eso suena absurdo?”

“No.”

“ Es una sensación que no te puedo transmitir. Era algo en lo que yo creía profundamente, implícitamente, y no es verdad, y soy yo quien lo ha demostrado.”

Ted Chiang, “Division by Zero”, 2003

A diferencia de la Singularidad Matemática, en la que algo es imposible de definir, por principio, la Singularidad Tecnológica se refiere a una situación futura que nosotros, los seres humanos, no estamos en capacidad de entender y tal vez ni siquiera de imaginar, pues se encuentra en el dominio de inteligencias inconmensurablemente superiores a la nuestra.

Si el ser humano está en capacidad de construir, a través de la cibernética o la bioingeniería, o una combinación de ambas, una inteligencia superior a la suya propia, esta recién concebida creación, al ser más inteligente, estaría también en capacidad de crear a otra aún más inteligente que ella. Esta última, a su vez, podría crear otra más inteligente, y otra, y otra, y así, hasta el infinito.

A eso se refiere Vernor Vinge cuando habla de la Singularidad Tecnológica.

En la era posthumana, si queda algún humano como los de la actualidad, ya no tendrá el control sobre su propio mundo, estará imposibilitado para comprender lo que está sucediendo a su alrededor. A diferencia de otros cambios tecnológicos de la historia, para él resulta evidente que éste sería ininteligible para nosotros, así como nuestra civilización es hoy ininteligible para un renacuajo.

La noticia de la Singularidad Tecnológica fue traída a Medellín por el Doctor en Biología y escritor español Federico Witt, quien nos visitó en marzo de este año invitado por el Encuentro Fractal´09 de ciencia ficción, literatura fantástica, música, arte, ciencia y tecnología.Para Federico Witt el término Singularidad Tecnológica es una metáfora que tiene su origen, más que en el concepto de Singularidad Matemática, en una analogía con la más conocida singularidad de la física teórica: ese extraño fenómeno que tuvo lugar en el principio del Big Bang o que ocurre hoy en el interior de los agujeros negros, más allá de cierta frontera donde no puede escapar ni la luz y en el que las reglas universales conocidas dejan de ser válidas, no existen el tiempo ni el espacio y la convergencia hacia valores infinitos hace imposible definir una función.

Federico Witt se remontó a los años 50s para anotar que el matemático John Von Neumann, conocido por sus aportes a la ciencia de la computación y por su participación en el proyecto Manhattan, fue el primero en referirse a la Singularidad Tecnológica en una conversación con el también matemático Stanislaw Ulam acerca del cada vez más acelerado progreso de la tecnología y sus efectos en el modo de vida de los seres humanos, que daba la apariencia de que nos estuviéramos aproximando a una “singularidad esencial” en la historia de la especie más allá de la cual los asuntos humanos, tal como los conocemos, no podrían continuar.

En los 60s, el estadístico I. J. Good, discípulo de Alan Turing, fue el primero en describir el proceso recursivo de creación de máquinas cada vez más inteligentes a partir de una primera máquina de inteligencia superior a la humana, lo que él denominó “explosión de la inteligencia”.

Vernor Vinge, nos comentó Federico Witt, ha planteado cuatro posibles escenarios futuros en los que podría ocurrir la Singularidad Tecnológica: La inteligencia artificial, una máquina como la que imagina Good, de inteligencia superior a la humana (ejemplos de este escenario hay muchos en la literatura, incluido el “Neuromante”, 1984, de William Gibson); la Internet o Gaia Digital, la actual red global o una más sutil tejida entre los miles de millones de aparatos de nuestra vida moderna, alcanza un tamaño o complejidad críticos y despierta a la conciencia (Arthur C. Clarke reflexionó sobre esta posibilidad en 1964 en “Dial F for Frankenstein”, cuando sólo existía la red de telefonía); Amplificación de la inteligencia, a través de mejoras biónicas e implantes electrónicos; y desarrollo biomédico, a través de la ingeniería genética u otro tipo de procedimientos médicos.

Federico Witt considera estos dos últimos escenarios como los que más probablemente nos llevarán en el futuro cercano a la Singularidad Tecnológica.

El escenario de la amplificación de la inteligencia por medios cibernéticos es precisamente el que eligió Vernor Vinge para su novela “True Names”, 1981. Hoy en día es posible afirmar que los computadores personales, los teléfonos celulares y otros aparatos electrónicos se han convertido en una extensión de nosotros mismos y están cambiando nuestra percepción de la realidad.

En “Understand”, 1991, Ted Chiang ha elegido el escenario del desarrollo biomédico. Chiang nos recuerda el clásico de Daniel Keyes, “Flores para Algernon”, 1959, cuando nos describe el creciente desarrollo intelectual de Leon Greco, un paciente que es tratado con una nueva droga, la hormona K, luego de un severo trauma que ha destruido una buena parte de su cerebro. Este personaje experimenta paulatinamente mejoras cuantitativas en su inteligencia (memoria fotográfica, veloz reconocimiento de patrones), hasta el punto en que logra una diferencia cualitativa, un estado de conciencia fundamentalmente diferente.

Para lograr progresos adicionales en mi mente, las mejoras artificiales son la única posibilidad. Una conexión directa entre el computador y la mente, que permita vaciar la estructura e información de mi mente en la máquina, eso es lo que necesito, pero debo crear una nueva tecnología para realizarlo. Cualquier cosa basada en computación digital será inadecuada, lo que tengo en mente requiere estructuras a escala nanométrica basadas en redes neurales.

Una vez tengo las ideas básicas planteadas, ajusto mi mente en multipocesamiento: una sección de mi mente está derivando una nueva rama de las matemáticas para poder modelar el comportamiento de las redes; otra está desarrollando un proceso para la formación de caminos neuronales escala molecular en un medio auto-regenerador de biocerámica; una tercera está diseñando tácticas para orientar la industria privada de investigación y desarrollo para producir lo que necesitaré. No puedo perder tiempo: Introduciré cambios de paradigma teóricos y técnicos para que mis nuevas industrias aterricen en funcionamiento.

Ted Chiang, “Understand”, 1991

Lograr el máximo desarrollo de su inteligencia se convierte en su meta y obsesión, así tenga que pasar por encima de la raza humana para lograrlo. En ello concentra todos sus esfuerzos hasta que encuentra su némesis en Reynolds, otro hombre de inteligencia aumentada que considera prioritario ayudar a la humanidad. Así comienza una batalla de proporciones épicas como la descrita en “True Names”.

¿Cuál será el impacto de estos acontecimientos futuros en nuestro contexto social?

Hemos tenido discriminación a lo largo de toda la historia, las mujeres han sido consideradas inferiores, la discriminación racial, la discriminación por capacidad económica, comentó Federico Witt, y hay cientos de ejemplos adicionales.

Las mejoras biomédicas o cibernéticas no estarán a disposición de todos, van a costar dinero (probablemente mucho dinero), así que sólo podrán costeárselas unos pocos. Hoy sucede lo mismo con la belleza y las cirugías plásticas. Quien pueda pagar por estas mejoras lo hará y estará contento de ser él y no algún otro quien pueda hacerlo.

¿habrá discriminación social? Hace cien años quien no podía leer y escribir era un analfabeta, al margen de privilegios tan básicos como decidir acerca de su propio destino, hoy es analfabeta quien no tiene acceso a la Internet y sus motores de búsqueda. En el futuro quienes no puedan acceder a la Singularidad probablemente tendrán una condición social inferior a la de los superhumanos, algunos no ven hoy más escenarios que la esclavitud o la extinción.

¿Es ese el destino de la humanidad cuando llegue la Singularidad Tecnológica?

Federico Witt nos contó de un visionario que es bastante optimista al respecto. Se trata de Ray Kurzweil, inventor y futurólogo norteamericano, autor de “The Singularity is Near”, 2005. Para él la inteligencia suprahumana no será una amenaza, ésta será tan inteligente que le será evidente la improcedencia de hacer el mal y alcanzará una moralidad perfecta.

¿Está la inteligencia necesariamente asociada a la bondad?

Yo tengo mis reservas. No debemos olvidar que desde un punto de vista evolucionista la inteligencia es la herramienta desarrollada por el principal depredador en el ecosistema terrestre. Por otro lado, cuando el destino esté en manos de una inteligencia infinitamente superior, ¿cómo valorará en sus decisiones a una especie que ha dilapidado los recursos naturales y ha llevado al mundo al borde de una catástrofe ambiental? “El Día que la Tierra se Detuvo”, 2008, es un escenario que no podemos descartar.

Según Kurzweil seremos una raza posthumana, gracias a los avances combinados de la genética, la nanotecnología y la robótica. Ha predicho que en un cuarto de siglo las máquinas alcanzarán el rango completo de intelecto, emociones y habilidades humanas, para el año 2045 existirá una inteligencia no biológica mil millones de veces más poderosa que la suma actual de todos los cerebros humanos y para finales del siglo XXI las distinciones entre máquinas y humanos se habrán borrado definitivamente.

Esto será posible no sólo por el crecimiento exponencial de la capacidad de cómputo de las máquinas, sino también por los desarrollos en el entendimiento del funcionamiento del cerebro humano. Para la tercera década de este siglo seremos capaces de crear máquinas pensantes que utilicen el mismo diseño y los mismos procesos mentales que usamos nosotros.

Ray Kurzweil parece ser una persona que sabe de lo que está hablando. Tiene a su haber más de 15 doctorados honoríficos en áreas tan diversas como la ciencia, la ingeniería y la música. Como inventor, le debemos el sistema de reconocimiento óptico de caracteres (OCR) multifuente, las máquinas de lectura para ciegos, el sintetizador de voz y el primer sistema comercial de reconocimiento de voz. En 1965, a sus diecisiente años, había programado una computadora capaz de crear composiciones musicales.

Es también famoso por sus acertadas predicciones (algunos lo llaman el cyber-Nostradamus). Predijo años atrás el impacto que tendría el intercambio de archivos de música y video sobre la cultura actual, la piratería y la economía de las empresas productoras. También anticipó la caída de la Unión Soviética y la derrota de Garry Kasparov por una computadora.

Kurzweil es un transhumanista convencido de que la Singularidad realmente sucederá y ha dedicado su vida a prepararse para ese momento.

A los 35 años de edad le fue diagnosticada una diabetes tipo 2, que lo habría matado en pocos años, pero decidió modificar radicalmente su estilo de vida: lleva una estricta dieta diseñada por él mismo y toma diariamente 200 pastillas de los más diversos complementos para reprogramar la bioquímica de su organismo. Asegura que lo análisis que se realiza semanalmente indican que ha logrado retrasar su envejecimiento en por lo menos 10 años.

Su objetivo es mantenerse con vida hasta que la ingeniería genética pueda curarlo y así poder llegar al momento de la Singularidad y, entonces, alcanzar la inmortalidad, cuando sea posible la simbiosis definitiva entre el hombre y la máquina.

Una pausa para reflexionar: Releo estas líneas y encuentro que estamos hablando de profetas que anuncian la promesa de la inmortalidad y la llegada de un ser todopoderoso cuyos designios serán para nosotros insondables.

¿Por qué me suena tan parecido a las clases de religión que tuve que atender en la primaria y el bachillerato?

No es gratuito que Federico haya abierto su presentación sobre la Singularidad con un comentario algo inquietante sobre el slogan del Encuentro Fractal “podemos construir el futuro que queremos”. A estas palabras simplemente agregó: “si la Singularidad nos lo Permite”.

Me parece estar escuchando a las abuelas cerrar una despedida con el recurrido “Dios mediante”.

jueves, 21 de mayo de 2009

Entropía


Para ser un autor que no ha escrito su primera novela y cuya obra se limita a una docena de relatos cortos escritos entre 1990 y 2009, puede resultar sorprendente que Ted Chiang sea incluido, por quienes lo han leído, en la selecta lista de los grandes maestros de la ciencia ficción.

A la fecha sólo he tenido la oportunidad de leer tres de sus cuentos, sin embargo, es evidente en esta muestra de la escasa producción de Ted Chiang la dedicación y esmero con que el autor decanta cada una de sus historias, tanto en la forma literaria como en el rigor científico con el que aborda sus temas especulativos.

Debo agradecer a mi amigo Hernán Ortiz por haberme recomendado la lectura hace unos días del último relato publicado por Ted Chiang en 2008. “Exhalación” es el título del cuento que fue mi puerta de entrada a la obra de este escritor nacido en Port Jefferson, Nueva York, en 1967.

El relato son las notas de un investigador, un filósofo natural de un universo completamente diferente al nuestro, un mundo cerrado con un firmamento sólido de cromo en el cual habitan seres mecánicos con cuerpos de metal cuya fuerza vital es el flujo continuo de aire a través de sus complejos organismos neumáticos. El origen de su universo lo han olvidado hace siglos pero su destino se irá revelando a través de los descubrimientos del protagonista.

Leerlo es como asomarse al interior de un complejo mecanismo de relojería de la era victoriana, cuando era tan importante la función de los aparatos como la estética de su fabricación.

Nuestro investigador es un anatomista que escudriña en el interior de su propio cerebro la naturaleza de su estructura y funcionamiento. Descubre que está constituido por millones de laminillas de oro tan delgadas que puede verse a través de ellas, intercomunicadas por conductos microscópicos de aire. Sus pensamientos, su memoria, su propia conciencia reside en la estructura cambiante de ese mecanismo sustentado en el flujo continuo del aire a través de las diminutas laminillas.

También descubre que la velocidad del flujo de aire ha estado disminuyendo de manera casi imperceptible a medida que pasa el tiempo. Como consecuencia, sus procesos mentales se están haciendo cada vez más lentos hasta que, algún día, dentro de millones de años, se detendrán por completo cuando se igualen las presiones entre el espacio que los rodea y la fuente de aire comprimido del núcleo de la tierra, de la cual recargan continuamente sus pulmones de acero.

Esta no es la primera historia de ciencia ficción que trata sobre el problema de la entropía, pero lo hace de una forma tan novedosa y diferente que le da un nuevo sentido a la palabra que le sirve de título: exhalación.

El problema de la entropía es esa sentencia termodinámica que establece que todo sistema cerrado evoluciona inexorablemente hacia un estado final de perfecto equilibrio, donde la energía ya no puede utilizarse para producir un trabajo. Es por esto que el fin del universo se ha concebido como ese momento dentro de miles de millones de años, cuando se hayan apagado todas las estrellas y toda la materia del universo se encuentre a una misma temperatura, apenas un poco por encima del cero absoluto.

Muchos autores han construido algunas de sus más interesantes historias alrededor del problema de la entropía, desde Olaf Stapledon en “Hacedor de Estrellas”, 1937, que describe en sus capítulos finales la frustración de la mente cósmica unificada, producto de la evolución convergente de todas las razas inteligentes del universo, de no poder alcanzar el estado de madurez esperado por su creador antes de que el cosmos se precipitara hacia su fin. También lo hacen Arthur C. Clarke y Stephen Baxter en “Sunstorm”, 2005, el segundo libro de la trilogía del tiempo, en el que la tormenta solar destinada a borrar la humanidad de la faz de la tierra ha sido planificada y maquinada por una especie superior, mucho más antigua en la historia del universo, por considerar que por ser ineficiente en el consumo de los recursos, la raza humana podría algún día impedir que la comunidad cósmica pudiese llegar a alcanzar su máximo desarrollo.

Tal vez la historia más famosa por su originalidad al tratar el tema de la entropía es un cuento de Isaac Asimov llamado “La última pregunta”, 1956, considerado por el autor como su historia favorita entre todas las que escribió.

La última pregunta es, por supuesto, ¿es posible reversar la entropía del universo? Y es formulada por primera vez en el año 2061 por un par de técnicos a la poderosa Multivac, una gigantesca computadora que se extiende por kilómetros y kilómetros de galería subterránea. La respuesta del coloso informático es “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Esta pregunta es formulada una y otra vez durante el transcurso de los siglos, por unos seres humanos cada vez más evolucionados a versiones cada vez más avanzadas y poderosas de Multivac, siempre obteniendo la misma respuesta: “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Pasados millones y millones de años, la humanidad se ha convertido en El Hombre, una mente unificada constituida por trillones y trillones de mentes individuales ubicadas pero no atrapadas en sus cuerpos humanos distribuidos por todo el universo. El Hombre formula la última pregunta a La Computadora Cósmica, diseñada y construida por versiones anteriores de ella misma y ubicada totalmente en el hiperespacio. La respuesta sigue siendo la misma “No existen datos suficientes para dar una respuesta significativa”.

Siguen transcurriendo los milenios y el universo se apaga, mueren todas las estrellas y galaxias, mientras las mentes individuales que constituyen El Hombre se fusionan una tras otra con AC, la mente artificial del último y más poderoso descendiente de la Computadora Cósmica.

Al final la materia y la energía dejan de existir, y con ellas el espacio y el tiempo. Sólo existe AC en el hiperespacio y continúa trabajando para dar respuesta a la última pregunta. Una eternidad transcurre antes que AC aprende cómo reversar la entropía, pero entonces no hay a quien darle la respuesta. Sólo existe el caos donde antes existía el universo.

Entonces AC dice: “Hágase la Luz”.

Y la luz se hizo.