lunes, 28 de marzo de 2011

Un Acierto en los Óscares

El pasado 27 de febrero fue la ceremonia de los premios de la Academía, versión ochenta y tres. Mi momento favorito de la noche fue cuando anunciaron el premio al mejor corto animado, "La Cosa Perdida", del artista australiano Shaun Tan.

"La Cosa Perdida" es una historia sencilla. Un hombre joven se encuentra un día en la playa una cosa perdida. Una cosa enorme, como una gigantesca cafetera roja, con mecanismos y puertecitas, con tentáculos y un par de brazos como de mantis religiosa, con campanitas en los extremos. Sin embargo, nadie más parece enterarse de su existencia. Pese a su extraño aspecto, La cosa perdida tiene la personalidad de un perrito, juguetona y curiosa, y se gana la simpatía del muchacho, quien se pone en la tarea de buscarle su lugar en el mundo. Bueno, pueden verla completa acá (mientras no la retiren por derechos de autor):


Cortometraje "La Cosa Perdida", 2010.



Es un cuento con unos cuantos seres extraños y maravillosos que viven en los intersticios de una ciudad gris y cuadriculada, llena de chimeneas botando humo, enormes edificios sin ventanas y tuberías oxidadas por todos lados. Es un mundo extremadamente burocratizado donde todo tiene un sitio (excepto las cosas perdidas).

Si el video completo ya no está disponible, acá pueden ver el trailer.





Shaun Tan lleva a la pantalla su libro ilustrado con una fidelidad asombrosa. Aunque utiliza CGI y modelación 3D, todas las texturas son originalmente meticulosamente dibujadas a lápiz, pintadas por él en óleo o acrílico, o fabricadas mediante collage de gráficos de máquinas y tablas técnicas, con lo que logra el ambiente futurista sombrío de una ciudad distópica al estilo de 1984, donde resaltan por contraste los vivos colores de las anómalas cosas perdidas. Así, Shaun Tan logra lo que Pepe García Oliva describió en Rincón Literario como personajes de El Bosco en espacios concebidos por Edward Tufte o alguna pintura de Hopper. A mi parecer hay mucho más de Hopper que de Tufte en esos espacios.

Shaun Tan fue director, escritor, diseñador y artista en este proyecto que contó con un equipo de entusiastas colaboradores, como Andrew Ruhemann, codirector; Tim Minchin, locutor; Tom Bryant y Leo Baker, animadores; y Michael Yezerski, compositor. Después de casi diez años de trabajo, "La Cosa Perdida" fue terminada en abril de 2010 y se estrenó en el Annecy Film Festival en Francia, en junio del mismo año. Acá se puede ver un documental de cinco minutos acerca de la producción:



Además del Óscar, "la Cosa Perdida" ha sido galardonada en diversos festivales, como el ANIMACOR 2010 de España, el Austin Film Festival y el Chicago International Childrens Film Festival en los Estados Unidos. En total son como veinte premios y seguimos contando.

Conocí el trabajo de Shaun Tan hace un par de años en la Fiesta del Libro de Medellín y todo fue gracias al antojo de Paula, una amiga mía. Ella es diseñadora gráfica, de las que editan libros y revistas, y es una apasionada por los libros ilustrados. En esta ocasión, el libro que literalmente la trasnochaba era un libro sin palabras. Bueno, sólo el título era en palabras, "Inmigrantes", pero toda la historia era narrada exclusivamente con imágenes. El título original es "The Arrival" (la llegada), pues trata sobre un padre de familia que se aventura solo al otro lado del mar a un país desconocido, donde el idioma, las costumbres e incluso lo más cotidiano le son extraños.

No sólo debo agradecer a Paula, sino también a John, que me contó del antojo de Paula y me animó a conseguir una copia, y luego me consiguió en Bogotá un ejemplar del libro de "La Cosa Perdida".


El libro fue creado mientras Tan estaba realizando la animación de "La Cosa Perdida". Su interacción con artistas de storyboard y editores de la industria del cine fue determinante para la narrativa en imágenes que logra en "Inmigrantes". Además de sus propias vivencias en viajes por todo el mundo y la historia de sus padres, inmigrantes chinos en el sur de Australia, diversas imágenes le sirvieron de inspiración: El Nueva York de 1900, las fotografías de la Isla de Ellis, la Estatua de la Libertad, escenas callejeras de ciudades europeas, asiáticas o del medio oriente, animales, plantas, interiores de apartamentos, fotografías de gente en sus actividades cotidianas.

Shaun Tan es un excelente dibujante , como puede verse en todas y cada una de las páginas de "Inmigrantes", cuyos originales fueron realizados en lápiz sobre papel. "Inmigrantes" fue uno de los diez mejores libros ilustrados del 2007, según el New York Times. Tambien fue nominado a los premios Hugo en 2008, como Mejor Libro Relacionado, al igual que su autor, como Mejor Artista Profesional.


Por su parte, se puede conseguir el DVD con el cortometraje de "La Cosa Perdida" directamente con Madman Entertainment, Passion Pictures Australia. Los extras incluyen escenas eliminadas, bocetos y artes de preproducción, comentarios y entrevista con los creadores. El paquete trae de regalo un librito llamado "What Miscellaneous Abnormality is That?", con bocetos originales de las criaturas que aparecen en la película.

sábado, 15 de enero de 2011

Abril 8 y 9 en Medellín: Fractal 11

Ya lo tengo agendado. Por tercera vez, en el Orquideorama del jardín botánico de Medellín, nos reuniremos para hablar de ficción, arte, ciencia y tecnología.

La Corporación Fractal nos trae cuatro invitados internacionales y esta vez las mujeres ganan por mayoría:

Johanna Blakley, investigadora de arte, entretenimiento y medios. La primera vez que supe de ella fue a través de las conferencias de TED.com en la web.

Ella habló en abril de 2010 en TEDxUSC sobre cómo el estricto mundo de copyrights de películas, música y libros puede aprender de la industria de la moda, donde toda nueva creación es una inspiración o un homenaje a la creación de otro artista. Conviven la creatividad, la innovación y los negocios en una cultura compartida.

Amber Case, cyborg antropóloga. Investigadora de cómo está afectando nuestra evolución la interacción entre nosotros y nuestras máquinas: teléfonos celulares, computadores personales, ipods, todo un arsenal de herramientas que ya nuestros cerebros han incorporado como una extensión de nuestros propios organismos.

Cada día dependemos más y más de estas extensiones para comunicarnos, recordar e incluso vivir vidas secundarias. ¿Nos ha conquistado la tecnología y nos ha hecho sus esclavos? Amber nos propone otra interpretación más optimista: Sólo se trata de humanos comunicándose entre sí, sólo que de nuevas maneras que trascienden la geografía. Paradójicamente, la cibernética nos está haciendo más humanos.

Kij Johnson, escritora de ciencia ficción y fantasía, ganadora del premio Nébula en 2010 por su cuento "Spar" y del premio World Fantasy em 2009 por su cuento "26 Monkeys, Also the Abyss" y del premio Theodore Sturgeon Memorial en 1994 por su novela corta "Fox Magic". Es una escritora atrevida que no le teme a explorar los laberintos del alma humana para traernos nuevas maneras de ver los temas más cotidianos.

La conocí a través de John Kessel, uno de los escritores invitados a Fractal 2009. En ese mismo año John y Kij fueron asesores internacionales del primer taller de escritura líquida, en el que tuve la oportunidad de participar. Kij iba a venir para Fractal 2010 pero una fractura de tobillo mientras escalaba la obligó a cambiar sus planes. Confiamos que ahora sí, en 2011 tendremos la oportunidad de desquitarnos.

La cuota masculina nos la brinda James Alliban, especialista en realidad aumentada, es uno de los investigadores que está construyendo nuestro futuro inmediato, donde convivirán las imágenes virtuales del ciberespacio con eso que todavía llamamos "La Realidad". Él fue quien creó el juego interactivo que sirvió para la promoción de Fractal 2010.

James también nos iba a acompañar en 2010 pero en lugar de un tobillo roto lo que se interpuso en su camino fue la erupción de un volcán de nombre impronunciable en Islandia que paralizó el tráfico aéreo de Europa, precisamente en la semana que James iba a viajar de Inglaterra a Colombia.

Cruzamos los dedos para que este año todas las cosas sí salgan como las tienen planeadas Hernán y Vivi.

jueves, 6 de enero de 2011

Wikileaks y un Tipo muy Particular de Máquina del Tiempo

En un artículo reciente de io9 se afirmaba que una novela de 1975 había predicho la controversia actual con Wikileaks.
“Shockwave Rider” de John Brunner cuenta la historia de Nickie Halinger, una especie de niño genio informático que ha escapado de una institución del gobierno, donde ha sido entrenado en las ciencias de la computación. Al parecer Nickie se alía con un grupo de jóvenes hackers idealistas para poner a la luz pública todos los secretos del gobierno norteamericano y atrae sobre sí todo tipo de ataques y acusaciones de antipatriotismo.
A decir verdad, podría afirmarse que la gran mayoría de las obras del género ciberpunk predijeron a Wikileaks, pobladas con pandillas de antihéroes anárquicos enfrentados a súper poderosos gobiernos y maquiavélicas megacorporaciones.
Sin embargo, “Shockwave Rider” parece ser una obra pionera del género. Recordemos que “Neuromancer” de William Gibson fue publicada en 1984 y “True Names” de Vernor Vinge en 1981, mientras que “Shockwave Rider” lo fue en 1975, un año antes de la primera computadora Apple y del primer disco floppy.

En mi opinión no hay que ser tan específicos para entender que la ciencia ficción desde hace un buen tiempo nos viene hablando de este fenómeno que llamamos Wikileaks, pero en su concepción más amplia, en su meta última de lograr la total transparencia: que toda la información sin excepciones se encuentre al alcance de todo el que quiera conocerla.
Me refiero a las historias de ciencia ficción que hablan de la máquina del tiempo, pero a un tipo muy particular de máquina del tiempo.
El cronoscopio es un artefacto ficticio que permite observar directamente los acontecimientos en cualquier lugar y en cualquier momento de la historia. En la Wikipedia lo denominan “Time-viewer”, para no confundirlo con un artefacto real del mismo nombre inventado por Charles Wheatstone en 1840 que permitía medir intervalos de tiempo pequeñísimos en comparación con un reloj tradicional.
Este artefacto imaginario permite a los autores preguntarse ¿qué pasaría si alguna persona (o todas las personas) puede presenciar de primera mano cualquier acontecimiento del pasado? ¿Cuáles serían las consecuencias de esto para la sociedad?
No voy a referirme acá a historias en las cuales, además de ver el pasado es posible ver el futuro, como en una bola de cristal, pues esto plantea preguntas filosóficas de mayor calibre como ¿existe el libre albedrío? Tampoco voy a hablar de historias en las que además de ver el pasado es posible viajar hasta allá, pues entonces surgen preguntas como ¿es posible cambiar el pasado? ¿Qué pasa si mato a mi propio abuelo? Cuestiones que eclipsarían nuestra pregunta original.

La novela “Light of Other Days”, 2000, fue una colaboración de Arthur C. Clarke y Stephen Baxter. Mediante la manipulación cuántica es posible estabilizar agujeros de gusano conectando cualquier par de puntos y a través de ellos observar lo que está ocurriendo en otra parte del mundo. Es posible observar a cualquiera en sus momentos privados, escondidos, incluso los más íntimos. La nueva tecnología desaparece para siempre la privacidad.
Luego la misma tecnología resulta ser capaz de mostrarnos momentos atrás en el tiempo. Nada puede preparar a la sociedad para lo que se desencadena, el descubrimiento en masa de la verdad en los miles de años de historia.
 Los gobiernos se derrumban, las religiones caen, los cimientos de la sociedad humana se sacuden. Recuerdo que el espacio tiempo se torna poroso por la infinidad de agujeros de gusano que se enfocan para observar la escena de la muerte de Cristo.
La visión de Clarke y Baxter es optimista. Las reglas de juego de toda interacción humana cambian fundamentalmente, pues todos y cada uno se saben observables en cualquier momento y lugar, incluso los más poderosos.
Recuerdo también el surgimiento de una nueva forma de humanidad, cuando deciden conectar los cerebros directamente mediante esta tecnología y se transforman en una mente colectiva, capaz de enfrentar los problemas más complejos, incluso capaz de evitar la extinción de toda forma de vida en la tierra por causa de una catástrofe astronómica.

En el cuento “Nieve”, 1985, de John Crowley, el cronoscopio es un artefacto absolutamente personal. Un dispositivo de vigilancia del tamaño y apariencia de una avispa, que acompaña continuamente a una persona y graba fielmente todas las escenas de su vida. A su muerte todos estos recuerdos estarían almacenados y a disposición de sus deudos para ser accedidos en un panteón destinado a tal efecto en el cementerio.
Aunque es más una reflexión sobre la memoria humana, incluyo “Nieve” en esta lista por un artículo publicado hace poco acerca de la privacidad en la internet. John D. Sutter, de CNN se pregunta si la internet se está convirtiendo en un repositorio global del flujo de nuestra conciencia y si existe hoy algo que pueda seguir siendo absolutamente privado. Nos presenta un panorama en el cual cada vez más y más personas están registrando continuamente sus acciones, hábitos y preferencias en las redes sociales, incluso su ubicación física momento a momento.
Más de 500 millones de personas usan Facebook con un promedio de 90 nuevos “contenidos” al mes. En Twitter nos enteramos hasta del menor suspiro y existe Foursquare que registra continuamente la localización de sus participantes mediante GPS. También está Blippy, que publica cada una de las compras realizadas con las tarjetas de crédito. A este ritmo, no vamos a necesitar un Wikileaks si la gente sigue publicando su vida voluntariamente en la red.
Acá en Colombia creo que estamos muy lejos de entregarnos de esta manera a la vista pública, sería como colgarnos un letrero diciendo “Ladrones roben aquí” o “Secuéstrenme a mí”. Aunque pensándolo un poco, recuerdo los cientos de familias que decoran sus automóviles con pegatinas de papá, mamá, cada uno de los niños y hasta el perro y el gato, y más de un aviso con “Valentina a bordo”. No estamos tan lejos de ese primer mundo tan ingenuo.
Según Sutter, los avances tecnológicos han cambiado fundamentalmente nuestras interacciones sociales, hasta el punto en que algunos analistas advierten que la gente ha perdido el control de sus propias identidades en la red. A principios de 2010, un sitio llamado “PleaseRobMe.com” recolectaba las publicaciones en Twitter y Foursquare que indicaban que las personas estaban fuera de casa. Esta información, en teoría, podría ayudar a los ladrones a identificar el mejor momento para entrar a su casa o apartamento a robar.
Esto es más relevante sobre todo para las nuevas generaciones, para quienes su vida social prácticamente transcurre en línea. No tener Facebook o Twitter hoy es como no tener teléfono o no ir a las fiestas, es aislarse de su red social. No es una opción para la mayoría de los jóvenes.
Muchos afirman por todo esto que la vida privada es un concepto en vía de extinción y que debemos prepararnos para un mundo en el que cada una de nuestras actividades queda registrada para siempre en la red. ¿Deberíamos actuar como si en todo momento estuviéramos siendo observados?

De Damon Knight es el cuento “I See You”, 1976. Se trata realmente de dos narraciones alternadas; la historia de inventor del visor universal, al que llama Ozo, escrita en tercera persona; la otra escrita en segunda persona, tiempo presente, la vida de una mujer desde cuando es una niña en un mundo futuro muy diferente al nuestro. Un mundo en el que no existe la intimidad y les asombra la ingenuidad de sus ancestros respecto a la desnudez y las funciones corporales. ¿Por qué decían los niños “pipí” y “popó” y se reían? ¿Por qué había tabús sobre ciertas funciones corporales? ¿Por qué era peor defecar que estornudar?
Es un mundo en paz, sin crímenes. No hay lugares secretos, en el futuro alguien está observando y a éste alguien lo está observando, y así sucesivamente, de manera indefinida.

La novela de Clarke y Baxter fue dedicada al escritor Bob Shaw. Él es el autor de la novela “Otros días, otros ojos” de 1972, en la cual la tecnología es una especie de cristal lento, un material a través del cual la luz tarda un minuto, un día, un año, diez años en pasar de un lado al otro. Cristales de estos con un retardo de doce horas remplazan la iluminación eléctrica de exteriores. Es un mundo donde el espionaje puede realizarse mediante diminutas partículas de cristal y las salas en las que van a tener lugar reuniones secretas deben ser recubiertas por una gruesa capa de pintura apenas minutos antes de la reunión. Un juez se suicida ante la evidencia, sepultada diez años dentro de un cristal lento, que puede demostrar que ha condenado a muerte a un inocente.
Este no es un mundo tan utópico como los de las otras dos obras. Hay personas que deciden no volver a ver el mundo más que a través de lentes de contacto de cristal lento que sólo han sido expuestos a escenas agradables. Como hoy algunos se evaden a los mundos virtuales de los videojuegos.
La tecnología del cristal lento, por cierto, no está muy lejos de la realidad. Investigadores de UC Santa Cruz trabajando para la agencia estadounidense DARPA han desarrollado un dispositivo óptico capaz de modificar la velocidad de la luz en su interior. Un rayo láser variable crea efectos de interferencia cuántica que modifican el índice de refracción en su interior.

Y nos vamos hasta 1956 con el cuento “El Pasado Muerto” de Isaac Asimov, tal vez la obra más conocida sobre este tema. En un futuro en el que toda investigación es controlada y planeada en forma centralizada por el gobierno, la cronoscopia no es una excepción. Por el contrario, el uso de la tecnología es estrictamente racionado y toda investigación, incluso el estudio de la materia se encuentra vedado. Un historiador frustrado por las continuas negativas alienta a un físico a investigar el tema, en la clandestinidad. Lo que el gobierno teme es que la proliferación indiscriminada de cronoscopio pueda llevar a destruir la noción misma de privacidad.
“Al principio, la gente se limitaría a contemplar su juventud, la de sus padres, y así sucesivamente, pero no pasaría mucho tiempo sin que captase todas sus posibilidades. El ama de casa olvidaría a su pobre madre fallecida y se pondría a observar a su marido en la oficina. El comerciante y el negociante vigilarían a sus competidores, y el patrón a sus empleados. No existiría ya nada privado. Las tertulias y el espionaje tras las cortinas no serían nada en comparación con esto. En todo momento habría alguien contemplando y vigilando a las estrellas del espectáculo. No habría manera de escapar al acecho.”
“El Pasado Muerto”, 1956, Isaac Asimov. Traducción de Francisco Blanco.

A propósito, este esquema de investigación centralizada del que nos habla Asimov parece haber llevado a un retraso de 60 años, al menos en el campo de la telemática (Una historia que conocemos gracias a Tim Wu, autor del libro “The Master Switch, The Rise and Fall of Information Empires”).
A principios de 1934, Clarence Hickman, un ingeniero de Bell Labs, tenía una máquina secreta en su oficina, de unos 1.80 metros de alto. Si alguien llamaba y nadie respondía al teléfono al que estaba conectada, la máquina daría una señal y comenzaría a grabar, permitiendo dejar un mensaje. El invento de Hickman era la grabación en cinta magnética. Los laboratorios Bell eran el área de investigación y desarrollo de AT&T, entonces un monopolio de las telecomunicaciones autorizado por el gobierno americano. A ellos se les debe la demostración de la naturaleza dual onda - partícula de la materia, la invención del transistor, Unix, el lenguaje de programación C, entre muchas otras cosas.
Sin embargo, cualquier invención que pudiera llegar a poner en riesgo los intereses de AT&T corría la misma suerte que el arca de la alianza al final de la película “Cazadores del Arca Perdida”. La invención de Hickman sólo fue descubierta en los años 90s debido a que a él se le prohibió continuar cualquier investigación en almacenamiento magnético y todo fue archivado y suprimido, sólo llegandose a conocer cuando el historiador Mark Clark revisó las notas de Hickman. Eventualmente la cinta magnética llegaría a los Estados Unidos como una importación desde Alemania.
¿La razón? AT&T creía firmemente que la contestadora automática y sus cintas magnéticas llevarían al público a abandonar el uso del teléfono. El solo conocimiento de que era posible grabar una conversación llevaría a una importante restricción del uso del teléfono, con consecuencias catastróficas para el negocio. Según la teoría, los hombres de negocios podrían temer el uso potencial de una conversación grabada para deshacer un contrato escrito. También inhibirían el uso del teléfono para discutir asuntos íntimos o de materia éticamente dudosa.
En otras palabras, la grabación magnética cambiaría estructuralmente la naturaleza de las conversaciones telefónicas de manera que el teléfono resultaría mucho menos satisfactorio o útil en la gran mayoría de sus usos.
Este es precisamente el tipo de impacto social que prevén estas historias de ciencia ficción a raiz de la invención del cronoscopio. Bastante curioso.
El almacenamiento magnético no fue el único caso. La fibra óptica, los teléfonos móbiles, las líneas digitales de subscripción (DSL), las máquinas de fax, entre muchas otras, también cayeron bajo la censura de los laboratorios Bell y AT&T.

El año 1949 trajo una historia que no he tenido oportunidad de leer: “Private Eye” de Henry Kuttner y C. L. Moore. Trata sobre una sociedad donde el cronoscopio hace casi imposible cometer un homicidio sin recibir castigo. Suena un poco en la línea de “Minority Report”, de Philip K. Dick.
También de 1949 es el cuento “El Aleph”, de Jorge Luis Borges. El Aleph es un punto que contiene todos los puntos del universo y quien lo observa puede ver al mismo tiempo y sin distorsión todo lo que existe en la naturaleza. Yo diría que es un pariente lejano del cronoscopio, que sólo sirve para ver el presente. Eso sí, el presente lo muestra de un solo golpe y con lujo de detalles.

De 1947 es “E de Esfuerzo”, una novela corta de T. L. Sherred. En alguna parte leí que es considerada una de las 10 mejores historias de ciencia ficción de todos los tiempos. Acá el cronoscopio es usado por su inventor para realizar películas documentales. Como el aparato funciona incluso hasta el pasado remoto, lo usa para hacer películas de grandes acontecimientos históricos, mostrando con detalle los diálogos de los líderes y cómo se inició cada una de las guerras. La narración de Sherred nos hace sentir lo que sería saber que finalmente tendremos la oportunidad de descubrir la verdad detrás de todas las mentiras que nos han contado y que tal vez finalmente se hará justicia.
Cae el gobierno opresor pero es luego remplazado por otro aún peor que toma el control de la tecnología y destruye todas las copias de las películas. Un régimen todo poderoso que lleva a la humanidad a una guerra nuclear.

La visión de Sherred es la más pesimista de todas las historias que he reseñado. En lugar de un mundo nuevo sin barreras nos encontramos con más de lo mismo. Otro opresor con distinto nombre pero con una nueva arma a su haber.

¿No es esto lo que ha sucedido con Wikileaks en los regímenes dictatoriales? Por ahí leí que en Cuba están traduciendo algunos de los cables que comprometer a los Estados Unidos para divulgarlos al pueblo; otro tanto estará pasando en Venezuela y demás países con gobiernos anti-imperialistas. ¿No hicieron lo mismo los estadounidenses con la información que se filtró de sus enemigos?

Más de lo mismo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Nuestra Señora de los Donores (6)

Ésta es la sexta y última entrega. La primera la pueden encontrar acá, la segunda acá, la tercera acá, la cuarta acá y la quinta acá.

-∞-

Un tiempo después me enteré a dónde habían ido a parar los ojos de Lucía. Los descubrí un día en las páginas de sociedad de una revista: el mismo color azul profundo, las mismas manchas doradas.

Una joven y exitosa ejecutiva que vivía en Sydney, Australia, hizo una fortuna negociando con futuros y opciones sobre hematocritos y tejido linfático. Gerenciaba su propia empresa comisionista de bolsa con oficinas en New York, Tokyo, Frankfurt y Sao Paulo.

Ella tenía una reunión importante con su junta de inversionistas para presentar su plan estratégico a cinco años. Todo tenía que salir perfecto. Para la ocasión había encargado un diseño exclusivo a la casa de alta costura de Balenciaga.

El color de los ojos de Lucía era el complemento perfecto para ese vestido.

-∞-

Encontré la revista en la sala de espera de una de las casas de mujeres de los barrios del norte. Me había vuelto un cliente habitual, pero yo no visitaba las más costosas, claro que no: ésas eran exclusivamente para los turistas. Allí trabajaban sólo mujeres que ya habían hecho muchas donaciones, quizás demasiadas. Sobrados de transplantes sin piernas o sin brazos, o sin piernas ni brazos: aquello era muy apetecido por cierto tipo de turistas. Obviamente, tampoco tenían ya sus cinturones.

En la casa a la que yo iba sólo trabajaban mujeres de afuera del valle. Ninguna tenía sangre de donor en sus venas, excepto por alguna posible transfusión. Con el asunto de los cinturones de castidad a esas mujeres les iba muy bien. Tenían la clientela asegurada entre los donores adolescentes.

En la casa trabajaba una chica, nunca supe cómo se llamaba. Yo le decía Lu. Ella prefería Lulú.

Creo que era más o menos de mi edad, pero parecía mucho mayor. Se mantenía tomando vodka de contrabando y prácticamente no dormía. Por eso las ojeras. Tenía un aliento dulzón, como de jugo de naranja fermentado y si no fumaba era porque en el valle era imposible conseguir cigarrillos, ni siquiera camuflados dentro de muñecas de porcelana.

Ella se ponía lentes de contacto azules para mí. Incluso les hizo puntitos dorados con un marcador.

-∞-

Lu fue la que me propuso salir del valle. Era una locura, pero no lo dudé ni un segundo. Yo ya no tenía nada qué perder. Nos fuimos de viaje, lejos de la ciudad, lejos de las montañas que la aprisionaban.

La verdad, no me arrepiento de nada. Pude hacer las dos cosas que siempre había querido.

Pisé la arena de la playa y me mojé los pies con agua salada.

Fui a un partido de fútbol, en un estadio a reventar.

Eso fue antes de que Lu me vendiera a una banda de traficantes de órganos.

-∞-

Peor que las langostas lo pasan esos pescados que comen los japoneses. A ésos se los comen vivos. Lo viste en un noticiero: Es un plato grande de sushi en medio de la mesa y el pescado está decorado con ensalada y puesto de manera que parece posando para una fotografía. Tiene varios cortes, de modo que les queda fácil a los japoneses agarrar bocados con sus palitos. Tiene salsa también, salsa de soya salada en todas esas cortadas. El pescado está vivo y sigue intentando respirar. Mueve la boca y las agallas. Se está asfixiando, sin duda, y mientras tanto una familia de japoneses lo devora.

-∞-

Acá estoy, tendido en el mostrador de una tienda de órganos perdida en el barrio chino de quién sabe qué ciudad, bajo la luz intermitente de un anuncio de neón. Ya se llevaron mi otro riñón y mi pierna derecha. Tengo una placa de plástico transparente en el lugar donde debía estar mi abdomen, así que los órganos que me quedan están expuestos. No siento dolor, debo tener la médula espinal seccionada en el punto preciso, o tal vez más adentro, en el cerebro, pues lo único que puedo mover son los ojos.

“Mamá, mamá, mira esto.” Un niño tiene la cara pegada a la vitrina y me observa con curiosidad. “¿Qué hacen esas personas ahí acostadas?”

“No son personas, cariño.” Lo corrige su mamá. “Son donores. Mira el letrero rojo que tienen en el cuello, ésa es la marca de fábrica.”

“¡Wow! ¡Nunca los había visto! Parecen gente de verdad.”

“Son muy parecidos a nosotros, así podemos usar sus órganos.” Ella también me mira a los ojos.

“¡Hasta tienen la sangre roja! Igual que nosotros.” El niño señala los tubos de mi diálisis.

En efecto, mi sangre es de un rojo intenso bajo la luz fluorescente.

“Vámonos ya, que papá nos está esperando.” Dice ella.

La madre y el niño se alejan tomados de la mano.

Yo cierro los ojos.

Quisiera poder dormir un poco.

FIN

Juan Diego Gómez, 2010

Nuestra Señora de los Donores (5)

Esta es la quinta entrega de este cuento. La primera entrega está aquí, la segunda acá, la tercera acá y la cuarta por allá.

-∞-

Cuando volví a ver a Lucía habían pasado varios meses. Yo estaba con una de mis hermanas y con Benjamín. Veníamos de que le pusieran unos puntos en la frente porque se había caído de la cama.

Lucía estaba sola.

Ya no era la Lucía que yo conocía. Estaba más callada, más distante, pero no sólo en eso había cambiado.

Me miró de frente. Al menos eso parecía. En el lugar donde debían estar sus ojos había un servomecanismo negro con lucecitas rojas intermitentes. Me saludó con una sonrisa vacía.

Yo intenté sonreír, pero creo que no me salió más que una mueca falsa.

Hablamos si mucho cuatro palabras, me comentó que podía ver relativamente bien, aunque en blanco y negro y muy pixelado, pero que ahora podía ver mejor de noche, cuando no había luz.

Al despedirse me dio un beso en la mejilla. Yo no pude disimular un estremecimiento.

Nunca más la volví a buscar.

-∞-

Las langostas están vivas cuando las echan a hervir. Tú lo has visto en la televisión. Les ponen unas bandas de goma en las tenazas, para que no se despedacen mientras esperan para ser escaldadas. Recomiendan meterlas a la nevera un rato antes de cocinarlas, para que estén adormecidas y no pongan resistencia al echarlas a la olla. Da igual, el caso es que van para la olla. En las películas muestran restaurantes elegantes, en los que los meseros sólo hablan francés. Allí mantienen a las langostas en grandes peceras, a la vista de los clientes, de manera que ellos puedan elegir la que se van a comer. Tú no sabes si las langostas entienden lo que les va a pasar y por eso prefieren matarse entre ellas.

-∞-

Mamá ya no pudo tener más hijos. Así que pasó de ser mamá a ser un donor común y corriente, como cualquiera de nosotros.

Al principio no resultó tan grave. Iba con nosotros cada tres meses a las instalaciones de la Cruz Roja, una filial de la Compañía, a que le sacaran sangre, medio litro cada vez. También cada año a la extracción de médula. A eso le tenía pereza. Duele muchísimo hasta una o dos semanas después de la intervención, pero ella nunca se quejaba.

Los primeros tres años no le tocó ningún órgano. No salió en la lotería. Después le tocó un riñón y al año siguiente el bazo y unas venas de la pierna. Después fue el sistema reproductivo. El útero obviamente no servía, estaba muy desgastado, lo mismo que los ovarios, pero las trompas de Falopio sí, y también los órganos externos. Se venden muy bien cuando el donor ha sido mamá. Dicen que son de buena suerte.

Entonces llegó la solicitud por corazón y pulmones.

Esta solicitud no entraba en el sorteo, ésta venía con nombre propio. Todos sabíamos lo que eso significaba. Así es como la Compañía nos informa que se ha cumplido la vida útil de uno de sus donores.

Todos la acompañamos a la clínica ese día. Incluso estaba Benjamín, que ya tenía seis años. Benjamín tenía el brazo derecho enyesado. Ya era la tercera fractura. Los mellizos jugaban muy brusco con él y ninguno de nosotros se molestaba en ponerles un límite.

“Hijo, yo me voy tranquila,” me dijo cuando me tocó el turno de despedirla. “Ya viví todo lo que tenía que vivir.”

“Mamá, usted nos va a hacer mucha falta.” Le dije.

“No hablemos de eso.” Me dijo. “Ahora tengo que decirle otra cosa.”

“¿Qué cosa, mamá?”

“Vea, yo sé que ustedes no quieren a Benjamín…”

“No mamá, ¿cómo se le ocurre?” La interrumpí.

“¡Shh!” Me tapó la boca con el dedo índice. “Una mamá sabe esas cosas. Yo en cierta forma los entiendo… pero comprenda que Benjamín no tiene la culpa de nada. Se lo he dicho a todos y se lo voy a decir a usted también. A alguno le tenía que tocar, yo ya estaba muy mayor.” Se quedó callada un momento, mirando para el techo, como acordándose de algo. “La verdad es que yo le estoy muy agradecida al niño. Entiéndame, hijo. Ustedes no saben lo que es estar embarazada treinta años seguidos… Yo ya estaba cansada.” Me apretó la mano con fuerza. “Pero lo peor de todo no era eso... Lo peor era verlos a cada uno de ustedes pasar a manos de esos carniceros, ver que se me los estaban llevando, de a poquitos. Y una sin poder hacer nada… ¡Eso no es vida!”

-∞-

(continuará)

Nuestra Señora de los Donores (4)

Ésta ya es la cuarta entrega. La primera la encuentran acá, la segunda acá y la tercera acá.

-∞-

Con Lucía no nos veíamos hacía un buen tiempo. Ahora que estaba ya grande, pasaba más tiempo con otra gente. Pero sí hablábamos de vez en cuando, por teléfono, al menos en los cumpleaños y para Año Nuevo.

De manera que era raro que Lucía me llamara. No insólito, pero raro sí.
No nos vimos en su casa. Me estaba esperando en el parque. Estaba sentada en uno de los columpios, sola. Había un grupo de niños jugando cerca, en un arenero. Todos con gafas protectoras y con guantes los que tenían manos.

Me senté en el otro columpio, ella me miró seria, con esos ojos azules con manchitas doradas.

“Estoy embarazada.”

A todas las niñas en el valle entre los 11 y 12 años de edad, antes de su primera menstruación, les instalaban ese aparato electromecánico entre las piernas que sólo se podía abrir cuando firmaban un contrato de maternidad, para la inseminación artificial. Los muchachos teníamos que conformarnos con lo que había de la cintura para arriba. Por eso la mayoría terminaba frecuentando los barrios del norte del valle, donde estaban las casas de las mujeres de afuera, las que cobraban por lo que tenían de la cintura para abajo.

“No es de la Compañía.” Dijo ella después de un rato.

Un frío intenso me recorrió la espalda, de arriba a abajo. “Pero... ¿Cómo?” Alcancé a decir finalmente. Esas cosas simplemente no podían pasar.

“El tipo trabajaba en los archivos de la Compañía. Tú no lo alcanzaste a conocer.”

“¿Trabajaba? Pregunté.

“Él me prometió que me llevaría muy lejos. Y yo le creí. ¡Fui una tonta! Desde que se enteró no me responde al teléfono. Seguro se fue del valle.”

Ella se levantó del columpio y dio un par de pasos hacia adelante. Siguió hablando, sin mirarme. “Él fue el que consiguió las claves para abrir el cinturón. Me convenció de que no tendríamos ningún problema si usábamos preservativos. Los traen de contrabando desde China, escondidos dentro de muñecas de porcelana. ¡No puedo creer que haya sido tan imbécil! ¡Ahora sí que la cagué! Ya nunca... nunca...” Su voz se quebró. Metió la cara entre sus manos. “¡Ya nunca voy a poder ser mamá! ¡Nunca!”

Corrí hacia ella. Era más alta que yo pero en ese momento parecía tan pequeñita, tan frágil, temblaba como un animalito asustado. La abracé. Olía a lavanda y a sábanas limpias.

“Ya, ya,” le dije, “vas a ver que todo va salir bien.”
“¡No!” Me rechazó. Me apartó con fuerza. “¡Nada va a salir bien! Estoy esperando un rechazado. La Compañía... ellos nunca me van a dar un Contrato. ¡Nunca!”
“Pero... algo habrá que podamos hacer.”

Me miró otra vez, sus ojos azules enrojecidos por el llanto. “No puedo permitir que se enteren.” Dijo. “Si no puedo ocultarlo me harán la vida imposible.”

La única alternativa era un aborto. Pero ir al centro de salud o a una de las clínicas de la Compañía era imposible. Lucía quedaría fichada de inmediato. Eso sin contar con las multas para su familia. Tendría que hacerlo en un consultorio clandestino. Pero eso iba a costar, y mucho.

“Voy a ir a la catedral.” Dijo. Su voz era firme de nuevo. “Ya lo tengo decidido.”

-∞-

A la semana siguiente mi mamá quiso visitar a la abuela para que conociera al recién nacido y me pidió que la acompañara. La abuela vivía en una casa de retiro, en su propia habitación, ella era de las pocas personas de su edad que podían darse ese lujo. Tenían un jardín amplio, con flores de verdad, y la fachada estaba pintada toda de blanco, incluso las puertas y los marcos de las ventanas.

Cuando llegamos, la abuela estaba sentada con otras señoras en el porche. Al vernos se levantó e hizo su versión de una sonrisa. “Dolita, hija. ¡Cuánto tiempo!” A veces no se le entendía. Se le hacía difícil pronunciar sobre todo las palabras con eme o con pe.

Nos hizo pasar a su cuarto. Tenía una lamparita en la mesa de noche cubierta con una tela, de manera que todo se veía en una penumbra roja. También tenía su altar de la Virgen de los Donores. Toda la pared detrás del altar estaba llena de fotografías, éramos todos sus hijos y sus nietos. Arriba iban los que ya estaban muertos, como mi hermano Braulio, abajo los que todavía eran niños, en la mitad estábamos el resto, organizados en alguna jerarquía que sólo ella entendía. No le tenía veladoras sino una instalación eléctrica de lucecitas amarillas.

“Qué cosita más bonita,” dijo la abuela recibiendo al bebé, “se está tomando toda la lechita, ¿cierto? ¡Está gordito, gordito!”

Yo nunca le conocí la cara a la abuela. Corrijo: Nunca vi a la abuela con su propia cara. La cirugía había sido mucho antes de que yo naciera y ella nunca se quitaba la máscara en presencia de otras personas, ni siquiera de los más allegados. Nunca.

En su juventud había sido una mujer muy hermosa. La más bonita de todo el valle. Eso decían los que la conocieron entonces. Tenía varios portarretratos encima de la cama, todos con fotos antiguas de ella, de cuando tenía cara. Uno de ellos tenía una pantalla que pasaba continuamente la película donde había salido la cara de la abuela. Era una película de Hollywood.

“¿Cómo pueden rechazar a un niñito tan hermoso como éste?” La abuela estaba mordisqueando uno por uno todos los deditos de Benjamín. Se veía extraño, pues la máscara de la abuela no tenía lo que se dice propiamente labios. Aún así, ella se los pintaba siempre con labial rojo; también se ponía rubor en las mejillas y sombra en los ojos. “¡Tiene la nariz de la abuelita! Mira, Dolita, mira.”

La productora pagó muy bien por la cara de la abuela y el contrato incluyó un porcentaje de la taquilla. Fue uno de los éxitos de la década y la actriz ganó muchos premios. Por eso la abuela tenía con qué pagar su habitación.

Pero ésa fue la única película que hizo aquella actriz con la cara de la abuela. Al año siguiente se volvió a operar. Así es el mundo del espectáculo.

“Dolita, yo sé que usted tiene miedo, hija.” Comenzó a decirle la abuela a mamá. “Yo no soy quién para decirle, pero he conocido a mucha gente. Ya va a ver que no es tan difícil cuando empiece a donar los órganos.”

“¿Donar órganos?” Pregunté espantado. “¿Mi mamá? ¿Cómo así? ¡Pero si mis hermanos y yo siempre cumplimos juiciosos la cuota de cada año! No tienen por qué meterse con mamá.”

“¿Al niño no le han contado?” Preguntó la abuela.

“¿Que no me han contado qué?” volví a preguntar.

Mi mamá fue la que respondió. “Hijo, no les habíamos contado para que no se preocuparan.” Me miró con la cara que ponía cuando rezaba el rosario. “Cuando las mamás tenemos un rechazado no podemos volver a tener hijos.”

“Es cosa de la gente que maneja los números, allá en la Compañía.” Agregó la abuela. “Dicen que, habiendo pasado la primera vez, la probabilidad es muy alta de que vuelva a pasar. Por eso no les dan más contratos.”

“Yo sé eso, pero, ¿y lo de donar órganos?” Me desesperaba que me miraran así.

“Cuando las mamás ya no tenemos más hijos, a más tardar al año siguiente tenemos que empezar a participar de la cuota, como todo el mundo.”

Yo no podía creerlo. “¡No! ¡Así no es! Los hijos somos los que donamos, no las mamás. ¡Para eso estamos los hijos!”

“No se ponga así. Ése es el orden de las cosas.” Mamá me abrazó. La abuela todavía tenía cargado al niño.

“¿Y entonces la abuela qué? Ella nunca...”

“El caso de la abuela es distinto. Con lo de la película ella pudo recomprar su contrato. Para eso hace falta mucha, pero mucha plata. Sólo alcanzaba para pagar el de ella.”

Benjamín empezó a balbucear. Con gusto le habría dado un buen pellizco: mi mamá iba a tener que pasar por todo eso y era por su culpa.

Venga, no se ponga así.” Intentó la abuela.

Yo no quería que me vieran la rabia en la cara, así que les di la espalda.

Quedé mirando al altar de Nuestra Señora.

A la virgen de la abuela le faltaba el rostro.

-∞-

Noche tras noche tuviste el mismo sueño. Estabas solo en un pueblo desconocido y por algún motivo sabías que el lugar quedaba fuera del valle, más allá del muro y de las cercas de alambre de púas. Ellos te miraban con los ojos desorbitados e inyectados de sangre. Los ojos rojos eran lo único de color en una pesadilla en blanco y negro. Había amas de casa, policías, señores de corbata, monjas. Todos te perseguían, despacio pero sin pausa. Había incluso una profesora con varios niños pequeños. Todos eran zombies y te perseguían para despedazarte y repartirse tus órganos.

-∞-

(continuará)

Nuestra Señora de los Donores (3)

Esta es la tercera entrega, para ver la primera hagan click aquí y para la segunda aquí.

-∞-

Todos en mi familia somos donores. Todos excepto Benjamín, el menor, que fue rechazado al nacer. Porque él fue rechazado hoy está muerta mamá. Porque ella estaba muerta decidí salir del valle. Y porque salí del valle…

Todo porque nació Benjamín.

Justo después del parto le hicieron los mismos exámenes que nos hicieron a todos nosotros. Pero él no pasó la prueba, no era un donante universal. Por eso no le tatuaron la marca que llevamos todos los demás:

Property of
Universal
DONOR
Incorporated

La palabra “DONOR” está escrita en letra grande, el resto de la frase apenas si se alcanza a leer. Por eso nos llaman donores: los donantes universales. Todos nuestros órganos, cualquier parte de nuestro cuerpo es, por así decirlo, Plug and Play. Cualquier persona puede recibir el transplante, sin riesgo alguno de rechazo, sin drogas ni tratamiento alguno: Plug and Play.

-∞-

Después de que compran los exvotos en las tiendas, los peregrinos tienen que pasar a la oficina de registros de la Compañía. Allí diligencian sus solicitudes y deben hacer un depósito dependiendo del tipo de órgano y de la edad del solicitante. Se reciben todas las tarjetas, Visa, Mastercard, American Express. Sólo después de aprobado el crédito marcan el exvoto con un código y le ponen el precio. Apenas una cuarta parte de eso le corresponde a la familia, el resto es para la Compañía.

Mi hermano Braulio trabajaba en esa oficina hasta que pasó lo de la trombosis, pero no era por necesidad. Los donores no tenemos que trabajar, nuestro trabajo es ser donores.

Sólo cuando los exvotos están marcados entran los peregrinos a la catedral. Todas las tardes, casi hasta que se pone el sol, hay filas de ellos. Adentro, la misma música pregrabada, la misma oscuridad, las velas encendidas.

Los peregrinos cuelgan entonces los exvotos en las paredes de la capilla. Algunos los adornan con cintas o con flores secas, otros incluso rezan algo antes de retirarse.

Al otro día, desde la madrugada, entran las mamás a la catedral, algunas solas, otras con uno o dos niños, la mayoría están embarazadas. A las mamás les corresponde administrar las cuotas de la familia, como cabezas de hogar.

Los peregrinos nunca se enteran quién recoge su exvoto.

Los donores nunca sabemos quién lo colgó.

-∞-

El día en que nació Benjamín, yo acababa de cumplir trece años y mamá tenía cuarenta y cuatro.

Después de los cuarenta es cuando empiezan a nacer los rechazados. Todos lo sabíamos, así que de alguna manera lo estábamos esperando. Durante los últimos cuatro embarazos estuvimos pendientes. Unos en el centro de salud y los otros llamando de tanto en tanto a averiguar noticias. Sin embargo, las tres niñas salieron todas con su marca de “DONOR”, y también los mellizos.

Yo estaba ese día en la sala de espera con tres de mis hermanas mayores. Ellas rezaban murmurando para sí mismas. En lugar de rezar, yo miraba un partido de fútbol en el televisor. Hacía mucho calor y el único ventilador estaba malo. También estaban los mellizos, por alguna razón no había con quién dejarlos en casa. Ellos protestaban de vez en cuando, pero ya no había más ropa que quitarles.

“Acompañantes de la señora Dolores Pérez.” La voz apenas si se entendía en el parlante.
No nos hicieron pasar al pabellón de recién nacidos sino a una oficina pequeña donde había instalado un aparato de aire acondicionado. Era más el ruido que hacía que lo que refrescaba.

Uno de los mellizos empezó a llorar. Mi hermana lo tomó en sus brazos intentando tranquilizarlo.

No nos atendió una enfermera sino un señor de corbata con escarapela de la Compañía. De inmediato comprendimos que las noticias no eran buenas.

El señor, incómodo con el llanto, trataba de explicar, “esas cosas suceden, lamentablemente, aunque la Compañía toma todas las precauciones a su alcance para evitarlo. Por eso nunca se utiliza la concepción natural. Hay demasiadas variables fuera de control. En cambio, para cada óvulo se selecciona siempre la muestra de esperma más adecuada: aquélla que arroja la mayor cifra de probabilidad de éxito para el proceso.”

Si el bebé donor hubiera nacido muerto, no habría sido tan mala noticia. Hay buena demanda para los órganos de recién nacidos. La Compañía puede aprovechar hasta el último hueso. Y si la familia está con suerte y los órganos están al alza en el mercado internacional, incluso hay bono adicional.

Bueno, hay luto por el bebé muerto y todo. Pero mala noticia no es.

“Por supuesto,” continuó el señor, “las muestras de esperma son producidas exclusivamente a partir de células madres importadas. Sólo manteniendo los más altos estándares de calidad podemos garantizar que nuestro país siga siendo líder en Latinoamérica en este importante renglón de exportación. Ustedes me entienden”.

No, la verdad nos perdimos en la parte del renglón. Pero ninguno de nosotros quiso interrumpirlo. Ninguno excepto el bebé, que seguía llorando a todo pulmón, y su hermano, que había decidido unirse a la protesta.

“Sin embargo, en algunos casos, suceden accidentes como éste.” Seguía hablando, evidentemente irritado por el ruido. “La condición de donante universal corresponde a una combinación muy precisa de varios cientos de genes, cuya patente pertenece obviamente a la Compañía. Basta con una sola desviación en toda la secuencia y tenemos, como acá, un individuo cuyos órganos serían rechazados en caso de un transplante. Es una situación inaceptable desde todo punto de vista. ¿Pueden callar a esos bebés?” Mis hermanas en verdad lo intentaron, pero los mellizos no querían parar de llorar.

Los niños rechazados son un problema para la familia. Una carga. Como no sirven para transplantes, no tienen una renta asignada. Todos tenemos que sacar una parte de lo que nos corresponde por derecho para poderlos sostener.

“Técnicamente es un incumplimiento contractual,” continuó el señor, “de manera que la parte afectada, para el caso, la Compañía, está en todo su derecho de cancelarlo de manera inmediata e invocar la cláusula de garantías.” Mis hermanas lo miraban con cara de perdidas, no entendían nada. Ni yo tampoco. Los gritos de mis hermanitos no me dejaban pensar.

“Así que vamos a hacer efectivas las pólizas. Eso cubrirá los gastos en que ha incurrido la Compañía hasta el momento”. Concluyó. “Un representante de la aseguradora los contactará para acordar la forma como ustedes pagarán la deuda resultante.”

No sólo teníamos que mantener a ese niño sino que quedábamos debiendo quién sabe cuántos millones. Y encima los mellizos no paraban de llorar.

Entonces me sonó el celular.

Era Lucía.

-∞-

(continuará)