domingo, 26 de septiembre de 2010

Nuestra Señora de los Donores (2)

Esta es la segunda entrega de este cuento, para ver la primera hagan click aquí.

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Por las tardes teníamos colegio pero no estudiábamos. Había clase de educación física. Todos los días, incluso los sábados, sin falta.

El profesor de educación física tenía una barriga enorme, que le salía pareja desde el pecho. Iba vestido de sudadera y llevaba un silbato colgando del cuello y su escarapela verde de la Compañía. Los que vivíamos en el valle éramos todos donores o gente de la Compañía. Los turistas nunca se quedaban más que de un día para otro y los peregrinos si pasaban de una semana era mucho.

Cada día le dábamos veinte vueltas a la cancha. Marchando a lo que más podíamos, pero nunca corriendo. “Correr daña las rodillas.” Nos decía el profesor. “No queremos rodillas malas, ¿cierto?”

Al único de mi salón al que dejaban correr era al Mocho. Todos lo mirábamos con envidia cuando nos pasaba volando con sus piernas de aluminio y poliestireno reciclado.

A mí me hubiera gustado jugar al fútbol, como los jugadores que veíamos en la televisión, o como los niños que salían en las películas. Pero tampoco dejaban. “Se pueden partir una pierna o hasta sacar un ojo. ¡Con lo que cuesta un ojo hoy en día!”

Nos dejaban jugar a la pelota, pero aquello era una cosa muy distinta al fútbol. Teníamos que ponernos casco y gafas protectoras, también rodilleras, coderas y un chaleco acolchado. Casi ni podíamos movernos. Pero era lo que lo que podíamos jugar.

-∞-

Recuerdo una tarde que había llovido y se me había embarrado el uniforme, incluso las gafas y el casco. Al llegar a casa, escuché voces en la sala, eran varias mujeres hablando en voz baja. Entré y vi a mi mamá, arrodillada frente al altar de Nuestra Señora.

En ninguna de las casas del valle podía faltar el altar dedicado a la Virgen de los Donores. El de mamá tenía pegadas en la pared, alrededor de la virgen, fotografías de cada uno de mis hermanos y hermanas, también estaba la mía. Manteníamos dos veladoras de las grandes encendidas a lado y lado de la imagen.

Una vecina tenía la camándula en la mano. Rezaba en voz alta y las demás señoras le respondían. Todas estaban vestidas de negro.

“¡Ay dolor, dolor, dolor,
por mi hijo y mi Señor!
Yo soy aquella María
del linaje de David.”
Era la novena de la virgen.

Mamá alcanzó a verme y me dio la noticia. Mi hermano Braulio había salido esa mañana con otros dos de mis hermanos mayores para el puesto de salud. Iban a hacerse la extracción de médula ósea. Era una cosa de rutina, todos los años había que hacerlo al menos una vez, los hombres desde los doce años y las mujeres desde los catorce.

“A mí me dijo Gabriel
que el Señor era conmigo,
y me dejó sin abrigo
más amarga que la hiel.”

“La intervención se complicó,” me dijo en voz baja, casi susurrando, “Le dio un trombo. Se le fue al cerebro y ya no despertó”. Mamá tenía los ojos rojos y la cara congestionada.

“Díjome que era bendita
entre todas las nacidas,
y soy de las doloridas
la más triste y afligida.”

Una de las señoras, la vecina del piso de arriba, se nos acercó y le dijo algo a mi mamá al oído. Yo no alcancé a entenderle. “No, tranquila. Yo acá tengo uno.” Le respondió mi mamá. “Mis hijos me lo regalaron la Navidad pasada”. Abrió un cajón pequeñito en la mesa del altar y sacó de él una caja forrada en terciopelo negro. Adentro había un martillito y un cincel, ambos de plata y decorados con grabados.

“Decid, hombres que corréis
por la vía mundanal,
decidme si visto habéis
igual dolor que mi mal.”

Mamá se acercó a la imagen de la virgen. Al niño le faltaban un pie y todo el brazo derecho. Mamá tomó el cincel y el martillo y de un golpe le tumbó los deditos del otro pie. Después se levantó y sopló sobre cada una de las veladoras. Las llamas se apagaron y quedaron dos hilos de humo gris.

Y vosotras que tenéis
padres, hijos y maridos,
ayudadme con mis gemidos,
si es que mejor no podéis.”

“¡Ay, hijo! Ése fue el destino de la Virgen María: entregar a su hijo en sacrificio. Y ése es el destino de nosotras las mamás. Tener y tener hijos, uno detrás del otro. Para después entregarlos a la cuchilla de los cirujanos. Por lo menos Braulio no se me murió jovencito. Hay que agradecer que pudo vivir hasta los diecisiete.”

Yo estaba pensando en otra cosa y al fin le pregunté: “Mamá, ¿qué es un marido?”

-∞-

Pasaron dos semanas y llegó la notificación de la Compañía. Con la muerte de Braulio la familia había cumplido su cuota anual. Al menos hasta enero no tendríamos que decidir quién iba a dar el próximo riñón, o el páncreas, o un pulmón. Incluso nos tocaba un bono adicional. Ya la Compañía había hecho el depósito en la cuenta de mamá.

Al día siguiente fuimos al centro comercial y el fin de semana todos estrenamos. Yo estaba muy contento con mis tenis nuevos, rojos y negros con cintas plateadas.

-∞-

(continuará)

Nuestra Señora de los Donores (1)


Ésta es la primera entrega de mi cuento "Nuestra Señora de los Donores", publicado en la colección "Sin Censura" de la Biblioteca Pública Piloto.

Nuestra Señora de los Donores
2010, Juan Diego Gómez Vélez

Era un corazón rojo y dorado, pero no era un corazón de mentiras: tenía todas las venas y arterias y demás detalles, como los que uno ve en las carnicerías. Sólo que éste era diminuto y estaba hecho de oro y vidrio de color.

Era demasiada tentación para un niño de mi de edad.

Se destacaba entre los demás exvotos, unos también de oro y otros de plata, que llenaban las paredes de la capilla. Eran piernas, brazos, hígados, manos, lenguas, dedos, estómagos, ojos, pulmones, narices, riñones, había copias de cualquier parte del cuerpo que yo podía nombrar y de muchas otras que no conocía. Brillaban aquí y allá tras el humo del incienso, con las luces de colores que se filtraban a través de los estrechos vitrales.

Yo tenía ocho años y ya había aprendido lo que eran los exvotos. Nuestra vida, la de todos los que nacemos en el valle gira siempre en torno a ellos. También había aprendido que me podía meter en problemas si agarraba ese corazón. Los niños no podíamos coger los exvotos, por más bonitos y brillantes que nos parecieran. Solamente estábamos ahí para acompañar a las mamás.

En el centro de la capilla estaba la imagen de la virgen, rodeada por cientos de velas encendidas. El resto de la catedral permanecía en penumbras. La imagen de Nuestra Señora estaba vestida de blanco y tenía un manto negro con bordados dorados. Su rostro era pálido y tenía lágrimas de vidrio en las mejillas. Hacía muchos años, cuando la instalaron en la capilla, llevaba al niño Jesús cargado, pero ahora de él ya sólo quedaba un montoncito de escombros a los pies de la virgen. Ella no tenía manos, los brazos estaban rotos a mitad del antebrazo.

La larga fila de mamás recorría lentamente el estrecho espacio entre la virgen y los exvotos. Yo estaba cansado y aburrido, llevábamos en esa fila desde las tres de la mañana, esperamos horas antes de que abrieran la catedral y todo porque mi mamá quería ser de las primeras en entrar. Igual tenía que estar calladito. Todo el mundo estaba en silencio y sólo se escuchaba una y otra vez el canto pregrabado del Ave María.
Mamá se detuvo a contemplar un grupo de exvotos de plata en forma de riñón. Yo aproveché su descuido y le eché mano al corazón. Nadie se hubiera enterado de no haber sido porque detrás del corazón se vinieron abajo dos docenas de exvotos.

“¡Le dije que no tocara nada!” Mi mamá nunca nos pegaba, pero a veces ponía esa voz que nos dejaba pálidos. “A ver, ¿Qué fue lo que cogió?”

La miré con los ojos más inocentes que pude conseguir y negué firmemente con la cabeza.

“Respóndame, pues. A usted no le han sacado la lengua.”

Le mostré ambas manos con las palmas abiertas. Vacías.

“Abra la boca.” No era fácil engañarla. Durante dos largos segundos consideré seriamente la alternativa de tragarme el corazón, pero caí en cuenta que un extremo de la cadenita se asomaba acusador entre mis labios, así que me di por vencido.
Saqué la lengua y mi mamá cogió el corazón, todo lleno de babas. “¿Usted sabe lo que le puede pasar si lo descubren con esto a la salida de la catedral?” preguntó, mientras lo limpiaba con la falda y lo volvía a poner en su sitio.

“Entiéndame, hijo. Yo lo que quiero es lo mejor para usted y para sus hermanos.” Ya no parecía estar tan molesta. Juntos recogimos los demás exvotos del suelo.

Después ella escogió dos de los riñones de plata, y tomó también cuatro dedos de oro, (uno era un pulgar) y una nariz. Todo lo metió en una bolsita de tela negra y se la guardó en un bolsillo. “Con esto tenemos para cumplir la cuota,” me dijo, “para eso madrugamos tanto, más tarde no quedan sino hígados y pulmones.”

“Y corazones.” Dije yo.

-∞-

Los domingos eran los días en que más turistas venían al valle. Turistas y peregrinos.
Cada año llegaba más gente y había filas de autobuses para entrar a las explanadas que se habían habilitado como parqueaderos. Todos venían a visitar a Nuestra Señora de los Donores.

Mi familia administraba una de las tiendas de artículos religiosos en la calle del frente de la catedral. Vendíamos estampitas y escapularios y también imágenes de yeso de la virgen en distintos tamaños, nuevas, con el niño todavía intacto, pero ésas no se vendían bien. Lo que mejor se vendía eran los exvotos: el mostrador central estaba lleno con cajitas de cartón, cada una con la muestra pegada a la tapa con cinta adhesiva, ésta una oreja, la otra un páncreas, la de más allá un pie. Las cajas estaban organizadas según un orden anatómico que mis hermanos mayores dominaban a la perfección.

Los que compraban exvotos eran más que todo los peregrinos, para luego colgarlos en las paredes del santuario de la virgen. Las horas de visita para ellos eran en las tardes, ya pasado el mediodía. Nunca coincidían con nosotros dentro de la catedral.
A veces los turistas compraban algún exvoto, como souvenir, por eso había que encargar nuevos a los talleres de vez en cuando. El resto volvían a las tiendas, una vez habían cumplido su cometido.

-∞-

A mí no me gustaba ayudarle a mis hermanos mayores en la tienda. Yo prefería juntarme con mis amigos y repartir volantes a los visitantes. Lo hacíamos por las propinas que nos daban los turistas. Nos vestíamos con la peor ropa y la ensuciábamos a propósito, y entonces las señoras nos miraban con ojos encharcados y nos daban más plata. Casi siempre se tomaban fotografías con nosotros.

De todos, la que más éxito tenía era mi amiga Lucía. Ella tenía entonces diez años, dos más que yo, y unos ojos azul profundo, con manchitas tan brillantes que parecían de oro.
Lucía era tan bonita que alguna vez usaron una foto suya para la publicidad. La llevaron a la costa, solamente para tomarle la foto: La cara de ella aparecía en primer plano y el mar atrás, del mismo azul de sus ojos. Ella lo único que quería era bañarse en el mar, pero los señores de seguridad ni siquiera la dejaron mojarse los pies.

Ese mes todos querían tomarse una foto con la niña del volante. No sólo los turistas, también los peregrinos.

Montamos todo un espectáculo: Mientras Lucía posaba con la gente, los demás hacíamos bulla con pitos, matracas y tambores improvisados, y nos turnábamos para leer con voz muy seria las frases de los volantes.

“¿Por qué esperar a que le fallen los riñones? ¡Remplácelos hoy mismo y aproveche nuestros cómodos planes de pagos!”

Los que no estaban en la fila para la foto, nos hacían un corrillo.

“¿Sabía usted que cultivar un nuevo órgano en el laboratorio le cuesta entre siete y ocho veces más que la alternativa natural? Además, ¿Quién quiere esperar diez años para estrenar páncreas? ¡Libérese ya de la diabetes!”

Leíamos con perfecta entonación y sin tropezar en las palabras. Para ese entonces ya habíamos aprendido todo lo que en el colegio nos podían enseñar: leer de corrido y escribir con letra pegada y despegada, también sumar y restar, y hasta multiplicar.

“Decídase por la alternativa natural. No se arriesgue con órganos construidos en fábricas, con procesos artificiales y cientos de productos químicos. Y recuerde, ¡No le cuesta más!”

Llegó entonces mi turno, preciso en la frase con la palabra largota.

“Ciento por ciento garantizado. Completa compatibilidad con su sistema i-nu.. i-nu… ¡I-nu-mo-lógico!” Obviamente los pitos resonaron, burlándose sin misericordia.

“Sistema inmunológico.” me corrigió uno de los turistas. Tenía todo el pelo blanco y unas gafitas redondas. “¿Sabes lo que es el sistema inmunológico?”

Lo miré con mi cara de tonto. Se supone que los turistas no preguntan cosas como ésa.

“Es una cosa que tenemos en la sangre para que no nos enfermemos.” Acudió Lucía en mi auxilio.

“Muy bien, jovencita.” Respondió el turista de gafitas redondas. “Pero esa cosa también hace que nos enfermemos cuando recibimos un transplante que no viene de un donante universal, por eso son tan importantes.” Sonrió y le entregó un par de billetes.
Lucía le devolvió la sonrisa y después se tomó varias fotos con él y con la esposa.

-∞-

Más tarde, cuando Lucía y yo estábamos contando el dinero recogido en el día, le pregunté: “Lucía, ¿qué es un donante universal?”.

Lucía terminó de contar un morrito de monedas de cien. “Creo que es otra forma de decirnos a nosotros los donores. Es como nos llama la gente que escribe en los libros y en las revistas.”

“Ya… ¿y por qué no dicen simplemente donores?”

“¡Yo qué sé!” Respondió distraída.

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(continuará)

Sin Censura

Finalmente salió de la imprenta el libro "Sin Censura", colección de cuentos, relatos y poesía de los participantes en el Taller de Poesía y Creación Literaria de Jaime Jaramillo Escobar, que se realiza los sábados en la mañana, todas las semanas, en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Allí, en muy honrosa compañía, se encuentra mi primer relato publicado: "Nuestra Señora de los Donores", un cuento que desarrollé en el seno del taller de Escritura Líquida con Hernán Ortiz y Viviana Trujillo como pacientes tutores. También debo agradecer a Carolina, Carlos y Laura, compañeros del taller, por las largas sesiones de lectura y crítica, y por supuesto a Cris, que me ha acompañado en esto desde su concepción.

Pues nada, que se siente bonito ver el nombre de uno impreso en el papel de un libro que todavía huele a imprenta y participar del jolgorio y alegría general, recolectando firmas y dedicatorias de los colegas compañeros.

El libro va a ser presentado en sociedad, acá como que se usa eso, en el auditorio de la biblioteca, el próximo jueves 28 de octubre a las 6:30 de la tarde.

"Nuestra Señora de los Donores" ya salió al mundo, son suyas las páginas de la 167 a la 192 de "Sin Censura". Ahora puedo también publicarlo por estos lados, para todos los que no tienen fácil acceso al libro impreso. Lo voy a sacar en entregas cortas, pues en los blogs es de mal gusto publicar 26 páginas de una sola vez.

La verdad, sí. Se siente muy rico.

lunes, 23 de agosto de 2010

Macondo 252

Hace un par de días me encontré en una de tantas noticias sobre el tan publicitado derrame de petróleo en el Golfo de México que el pozo en cuestión se llamaba "Macondo 252". Un asunto garciamarquiano, lleno de realismo mágico.

Por otro lado la cosa me recordó la canción "peces de ciudad" de Joaquín Sabina que cantada por Ana Belén menciona a Macondo. La versión original no dice "En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", Sabina comprendió esto originalmente en Comala, el pueblo al que regresa el Pedro Páramo de Juan Rulfo. La diferencia es que Comala existe en nuestro universo, Macondo no, sólo existe en infinitos universos paralelos donde la realidad es un poco más mágica que en el nuestro.

viernes, 30 de julio de 2010

De mobiliario y de canibalismo (1)

Recientemente tuve la oportunidad de ver una película llamada “TOKYO!”, 2008. Se trata de una trilogía, tres mediometrajes realizados por directores no japoneses y que tienen en común la capital de Japón como escenario. De las tres historias, mi favorita es “Interior Design”, de Michel Gondry, director de “Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdo”, 2004, y “La Ciencia de los Sueños”, 2006. “Interior Design” es la adaptación de uno de los cuentos de la colección de comics “Cecil and Jordan in New York” de la caricaturista Gabrielle Bell, quien trabajó junto con Gondry en la realización de la película.

Las visiones surrealistas de Bell y Gondry se combinan para contar una historia sencilla. Hiroko es una joven que llega a Tokio en compañía de su novio, Akira, con el objetivo de realizar el sueño de éste de convertirse en un reconocido director de cine. Desde el principio nos damos cuenta de que Hiroko es la que se encarga de todo: ella conduce el automóvil por las calles lluviosas mientras Akira inventa historias de peatones mutantes convertidos en anfibios que se adaptan al clima de la ciudad; es ella quien administra el limitado presupuesto mientras él juega a ser un guardaespaldas armado que pretende protegerla. Pero las cosas van cambiando y Hiroko ve día tras día como se va diluyendo su lugar en la relación: el único trabajo temporal que logran conseguir es empacando regalos en una tienda, pero Hiroko resulta negada para el asunto y sólo Akira consigue el empleo; Hiroko debe entonces enfrentarse sola a la dura tarea de buscar un apartamento en Tokio, pero la ciudad resulta más inhóspita de lo esperado y sólo logra encontrar asquerosos nidos de ratas, y a un precio que excede su escaso presupuesto. Cuando es estrenada la ópera prima de Akira, resulta aclamada por un selecto grupo de críticos, Hiroko se ve relegada a un segundo plano en ese nuevo mundo de fama y admiradores.

Hiroko se siente invisible, inútil, despreciada, hasta que un día descubre que su imagen en el espejo resulta translúcida a la altura del pecho. Se abre la blusa y descubre que hay un enorme agujero en su pecho, que manifiesta físicamente el vacío interior que ella siente. Este es el primer paso de una dolorosa y bizarra metamorfosis, a través de la cual, paradójicamente, Hiroko llega a descubrir un nuevo e insospechado lugar en el mundo.

Me detengo acá. He sido criticado algunas veces por la gran cantidad de spoilers que incluyo en mis textos, así que dejo por fuera el final de la historia.

[ALERTA DE SPOILERS] Sólo voy a agregar que el final de la historia tiene que ver con uno de los elementos del título de este artículo, pero no con los dos. [FIN DE LA ALERTA DE SPOILERS]

Por los mismos días vi una película que me estaba debiendo desde hacía muchos, muchos años. Treinta y siete años para ser precisos. Me refiero a la distópica “Soylent Green”, 1973, protagonizada por Charlton Heston. De niño mi papá me había hablado de ella, un mundo agobiado por la superpoblación y el calentamiento global (sí, ya había gente en esa época advirtiendo sobre esa verdad incómoda), la diferencia entre los que tienen y los que no tienen es abismal, hay gente que vive en las escaleras de los edificios y los demás tienen que pasar por encima de ellos para llegar a sus casas, mientras algunos pocos viven en amplios apartamentos y se dan lujos como una barra de jabón, una toalla, un frasco de mermelada, unas pocas verduras raquíticas y de vez en cuando un pedazo de carne de verdad.

El agua es estrictamente racionada y la única comida disponible para las masas hambrientas son unas galletitas de dudoso aspecto y distintos colores, que supuestamente son hechas de concentrado vegetal y plancton. “Soylent Green” es la variedad más apetecida de estas galletitas y cuando se agota la gente se alborota de tal manera que la policía tiene que intervenir y los someten con gigantescas palas mecánicas. La película está basada en la novela “Make Room! Make Room!”, 1966, de Harry Harrison pero el quid del asunto (de lo que realmente están hechas las galletitas verdes) es original de la cinta.

No voy a revelar ahora ese terrible secreto. Mi intención es referirme a otro elemento que introduce la película, uno que, aunque en apariencia es trivial, ilustra los límites a los que puede llegar la condición humana.

Los apartamentos de los ricos están totalmente amoblados y como parte del mobiliario se incluye a mujeres jóvenes y atractivas, que también pasan a ser propiedad de quien compra el apartamento. A estas mujeres se les llama “furniture” (muebles o mobiliario en inglés) y se las trata como tales. Un policía que llega a investigar la escena de un crimen no tiene ningún problema en hacer uso de la chica y acostarse con ella, como quien hace uso de un sofá para sentarse.

Es a lo que me refiero cuando hablo de la condición humana: dejamos de tratar a las personas como tales cuando dejamos de llamarlas personas. Eso nos facilita las cosas. El primer paso para deshumanizar al otro es dejar de nombrarlo humano.

Es lo que hace la malvada reina de corazones en “Alicia en el País de las Maravillas”, 2010. Los animales del país de las maravillas se comportan todo el tiempo como personas, hablan como personas, se visten como personas, así que para todos los asuntos prácticos son personas. ¿Qué hace la reina de corazones? Los convierte en objetos. Usa a los flamencos y tejones para jugar al criquet, nerviosos miquitos son sus sillas, mesitas y candelabros, y un cerdito le sirve de cojín para apoyar los pies.

Es un asunto de poder.

Hay un ejemplo al respecto en la literatura, en un libro clásico donde un hombre se enfrenta a un terrible monstruo marino. Herman Melville publicó “Moby Dick” en 1851 y en esa novela incluye a un pintoresco personaje de nombre Queequeg. Se trata de un “salvaje” caníbal proveniente de una isla del Pacífico Sur [ALERTA DE SPOILERS]¿por qué viene a colación el canibalismo en un artículo que menciona a “Soylent Green”? Soy incapaz de dejar los spoilers[FIN DE LA ALERTA DE SPOILERS]. Heredero por derecho al trono de su tribu, lo deja todo para conocer el mundo que llama civilizado, la cristiandad, y llega a convertirse en un hábil arponero.

Queequeg no tiene ningún problema en usar a la gente como mobiliario. Lo vemos sentarse despreocupadamente sobre un marinero dormido y expresar extrañeza cuando el protagonista lo amonesta al respecto.

Queequeg se acomodó justo después de la cabeza del durmiente, y encendió su pipa tomahawk. Nos seguimos pasando la pipa por encima del durmiente, del uno al otro. Mientras tanto, respondiendo a mis preguntas en su limitado inglés, Queequeg logró hacerme entender que, en su tierra, debido a la inexistencia de sillones y sofás de cualquier tipo, el rey, los jefes, y la gente importante en general, tenía la costumbre de engordar a algunos de menor rango para que hicieran las veces de otomanas; y amoblar sus casas confortablemente con ellos, sólo tenías que comprar ocho a diez tipos perezosos, y repartirlos en las distintas alcobas. Además, era muy conveniente en caso de excursión; preferible a aquellas sillas de jardín que se convierten en bastones; cuando lo requiriera, un jefe podría llamar a su sirviente, para que éste se dispusiera en forma de asiento bajo la sombra de un árbol, tal vez en algún lugar húmedo o pantanoso.

Herman Melville, “Moby Dick”, 1851.

Melville lo relata como una costumbre de salvajes, ajena al mundo civilizado, es decir, perteneciente a ese indistinguible continuo de culturas “incivilizadas” que no formaban parte de la civilización europea y la cristiandad. En ese sentido, Queequeg es un arquetipo. Pero yo creo que debemos tomarlo más bien como una advertencia de lo que todos podemos llegar a ser capaces de hacer.

El canibalismo y usar a las personas como muebles son dos caras de una misma moneda. Y me atrevo a pensar que, desde un punto de vista antropológico, quizás salga mejor parado el canibalismo cuando éste es un ritual dentro de la cultura: porque ansío las características del otro es que como de su carne, a ver si por ese medio adquiero esas características deseadas. Desde el punto de vista antropológico, he dicho, porque desde el punto de vista de la pobre víctima “ritual” significa muy probablemente una muerte lenta y dolorosa.

En nuestro actual mundo “civilizado”, considerar al otro como una cosa ha sido descrito como síntoma de graves afecciones siquiátricas o neurológicas. Uno de los síntomas que se han descrito del Síndrome de Asperger (entiendo que es una forma de autismo) es que no perciben a la gente como criaturas que piensan y sienten, a menudo se dice de los pacientes de este síndrome que confunden a la gente con muebles. También es un rasgo característico de los sicópatas, como en el caso del asesino que mató a la esposa de Roman Polanski, Charles Manson, de quien se dice veía a la otra gente como si se tratara de muebles u objetos inanimados del mundo a su alrededor. Tal vez el caso más famoso es el descrito por el neurólogo Oliver Sacks , una especie de Mr. Magoo de carne y hueso identificado como el doctor P.

…Pareció también decidir que la visita había terminado y empezó a mirar en torno buscando el sombrero. Extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero! Ella daba la impresión de estar habituada a aquellos percances.

Oliver Sacks, “El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero”, 1985.

Pero estoy siendo injusto con el doctor P. al incluirlo en la misma lista con sicópatas y enfermos carentes de empatía. Él era incapaz de reconocer rostros y veía en las personas sólo formas abstractas, pero bastaba sólo un gesto, el más leve movimiento, para que las identificara en toda su humanidad.

Podemos quedarnos tranquilos que se trata de una cosa que le pasa sólo a ese tipo de enfermos o podemos seguir escarbando un poco más en el asunto. Estos individuos no tienen opción, en muchos casos ni siquiera son conscientes de que les falta algo.

Pero, ¿qué sucede cuando un individuo decide despojar al otro de su condición de persona?

¿Y qué sucede cuando no es un individuo el que toma esta decisión sino toda una sociedad?

(continuará)

Un largo camino hacia el éxito o crónica de un 19 de julio

El siguiente texto lo escribí el pasado 20 de julio, día en que se conmemoró el bicentenario del grito de independencia de Colombia. Era un correo para contarle a algunos amigos y familiares que están fuera del país cómo fue mi experiencia personal de la celebración con fuegos de artificio que se hizo en Medellín con ocasión de esta fecha memorable.


Ayer estuve con mis papás después de la oficina, pero casi que no llego. Es que por la celebración del bicentenario tenían cerradas varias vías y todo el mundo quería llegar al río. La regional estaba cerrada los dos carriles, porque ahí estaban instalados los aparatos de la pólvora. Entonces imagínese como estaban el resto de las vías. Además, yo tenía pico y placa. Entonces salí a las 4:30 de la oficina, para tener una ventajita. ¿ventajita? no había por donde coger. Me metí por la diez y eso fue a pico monto, un solo taco desde la transversal inferior, creo que hasta guayabal y más allá. Así que decidí dejar el carro en el éxito del poblado. No pensé en ese momento en el horario y qué pasaba si no alcanzaba a recoger el carro.

La alternativa era el metro. La fila para comprar tiquetes era de todo el puente peatonal hasta las escalas de subida. Se movió rápido, bueno, yo ya no tenía afán, así que se me hizo tranquila la cosa. Al lado de la fila donde yo estaba se fue haciendo otra, que empezó a crecer y crecer, era la fila pero para entrar. Menos mal los de la fila de la taquilla entrábamos por otro ladito, una de las funcionarias recibía manualmente los tiquetes. "Los dos primeros vagones vienen llenos, se le ruega a los señores usuarios desplazarse al centro y al fondo de la plataforma". No me imagino cómo estarían los tales dos vagones, pues el mío que era el penúltimo me recordó el metro de Tokio con sus empujadores profesionales. Se abrieron las puertas y la gente de adentro era un muro inexpugnable, al menos eso parecía. Entonces una gente se metió y empezó a empujar hacia adentro y cupo, entonces yo me metí, pensando que iba a ser el último en entrar, pero nada, cupe yo y un montón de gente detrás mio. Como diría Suso, punto zip. No había necesidad de cogerse de nada, eramos una masa compacta de pasajeros, que daba tajada.

El metro no arrancaba. La gente hablaba y hablaba y no dejada oir los altoparlantes. Hasta que alcancé a entender, "señor usuario, por favor quite la mano del botón rojo o será necesario evacuar el tren". Alguien de los vagones de adelante se estaba arriesgando a ser cascado por la turba enfurecida. Al fin arrancamos.

"Se informa a los señores usuarios que la estación Industriales se encuentra cerrada, así que el metro no hará parada en dicha estación". El sistema de transporte había colapsado, en Industriales había el doble de gente de lo que cabía. Al fin me bajé en Exposiciones, seguía haciendo parte de una masa compacta de pasajeros hasta la salida de la estación, incluso hasta bajar las escalas a la calle. La 33 estaba llena de carros pero parados. Nadie se podía mover ni para un lado ni para el otro. Menos mal dejé el mío en el éxito. ¿a qué horas es que cierran el éxito?

Caminandito, caminandito me fui iendo hasta la glorieta de Exposiciones, había gente y bastante, pero nunca como dentro del metro. Todos los carros y buses atrancados y pitando, avanzaban un metro cada cambio de semáforo. Era como una escena de una película, como si hubieran anunciado que un meteorito iba a caer en pleno Valle de Aburrá y la gente trataba de salir por los medios que encontraba. Si hubiera habido tal meteorito, la tasa de mortalidad habría sido del 100%, todos atrapados en el caos vehicular.

Pasar el puente de la 33 fue también difícil, todo el mundo iba para allá, pues el espectáculo se veía era desde ese lado del río. Al fin llegué donde mis papás, pero había tacos y multitudes de gente caminando hasta por las callecitas del barrio. En Colseguros ya habían puesto un aviso de "Están llenos los parqueaderos de visitantes". Llegué y mis papás se sorprendieron gratamente, no esperaban que fuera a ir. Con ellos estaba mi prima Ana María, con su hijo Tomás, que no paraba de preguntar cuándo era que comenzaba el espectáculo. No eran todavía las seis y la cosa estaba anunciada para las siete. Llegaron también después unos primitos de Tomás con los papás.

La cosa sí empezó a las siete, pero primero hubo discurso de Alonso Salazar y de Juan Manuel Santos que había venido expresamente a Medellín para lo del bicentenario. El sonido era muy bueno, fuerte, tanto que a cada rato se disparaba la alarma de algún carro. Pero no se entendía casi nada, pues el eco de los edificios repetía todo y lo convertía en una cacofonía de catedral antigua.

Finalmente el espectáculo de fuegos artificiales, 2200 millones de pesos en pólvora. Pero se veía muy bonito, cosas que nunca me habían tocado. Era un espectáculo lineal desde San Juan hasta la 33, así que el balcón de mis papás era un sitio privilegiado. La pólvora era sincronizada con la música, todo un recorrido por el folklore colombiano hasta terminar con Juanes y su "ama la tierra..." Había chorros de luces desde el piso, como si hubieran ampliado el espectáculo de fuentes del edificio inteligente, había como cometas que eran chispitas de luz en todo el recorrido, dibujando arcos luminosos en el cielo que después se iban iendo con el viento. Había luces crespas, filas de explosiones multicolores desde San Juán hasta la 33 y de regreso, otras como una lluvia de oro que llenaba el cielo, era como estar cerquita del centro de la Vía Láctea donde hay mayor densidad de estrellas.

A mi me gustó.

"Esperemos media horita a que se despeje y después lo llevamos a que recoja el carro", pero la población total de Medellín incluyendo todo el valle de Aburrá no se evacúa en media horita. Por las ventanas alcanzábamos a ver las callecitas laterales, un solo río de gente, no había modo que pasaran los carros. El río no amainó. Los cuñados de Ana María habían venido en taxi, ellos venían desde San Pablo. Eso queda por el zoológico. No me imagino como hizo el taxi para llegar. Al fin decidieron que se iban a ir a pie hasta la casa, caminando por la autopista, al lado del río, mucha gente estaba haciendo lo mismo. Yo decidí irme con ellos, los nervios de mi mamá fueron aplacados con la idea de que me iba acompañado, al menos hasta la calle 20 más o menos. Otra ventaja: después de una semana de aguaceros, ese día no llovió. Dejé el saco, la corbata, el morral y nos dispusimos a salir.

Entonces, un apagón.

Bueno, no duró más de medio segundo, pero fue chistoso escuchar a un millón de personas gritar de asombro por unos milisegundos de oscuridad. Nos pareció prudente no bajar en ascensor, por si la cosa se repetía y de pronto hasta se quedaba así. La bajada de las escalas nos sirvió de calentamiento. Abajo, en el parque interior de Colseguros había casi un bazar, la gente había montado sillas, mesas, manteles y de todo. Afuera nos esperaban los ríos de gente.

Eran las 8 y cuarto cuando salimos. Yo había averiguado que el éxito lo cerraban a las nueve. Alrededor de Colseguros, por todas las callecitas, había carros, parqueados a lado y lado y otros que no estaban parqueados pero que no podían avanzar ni para adelante ni para atrás. La multitud fluía alrededor de los carros y las motos. Hasta más allá de la 33 caminamos a contra corriente, el resto de la gente venía en sentido contrario, era por la autopista, tanto el carril de la ciclovía como el otro, gente, gente y más gente. Era otra escena de película: después del primer ataque de los invasores, la gente abandona la ciudad caminando, dejando atrás sus automóviles inutilizados por el temible pulso electromagnético.

Eran las 8 y media y apenas íbamos en la 30. La gente atiborrada en el puente de la 30 sobre el río. El peatonal de Industriales estaba cerrado, la estación seguía fuera de servicio. El problema era que ya eran las 8 y media y si yo seguía a ese paso no iba a llegar a tiempo por el carro. ¿qué pasa cuando uno deja el carro de un día para otro en el parqueadero del éxito? Esta familia con la que yo iba no iban demasiado despacio, iban a buen paso, pero no era suficiente para yo alcanzar mi meta a tiempo. Así que nos despedimos y puse "paso vaticano".

Seguía habiendo gente, pero ya no eran multitudes. Ya estaban habilitando la autopista para los carros y las motos pasaban como alma que lleva el diablo, la gente comentaba ofendidísima la imprudencia de los motociclistas. Ya para ese entonces, iba yo por la de la ciclovía, que de momento era sólo peatonal. La otra estaba guarnecida por cuadras y cuadras por personas optimistas que pretendían coger un bus o un taxi. Yo seguía con mi "paso vaticano". Por ahí le oí decir a una señora "ese debe ser que hace mucho ejercicio". Nada más lejos de la realidad, hace años que no piso un gimnasio. Criaturas invisibles comenzaban a clavar sus filosas dentaduras en mis pantorrillas.

Las 8 y cuarenta y yo lejos, pero lejos de la diez. Decidí empezar a correr. Yo, corriendo, de camisa de manga larga y pantalón de prenses. Menos mal los zapatos que me había puesto ese día eran de suela de goma. Corrí y corrí, esquivando grupos de señoras y barras de pelados. La carrera no me dio para mucho, tuve que volver a caminar al cabo de un rato, ya ni siquiera me daba para el "paso vaticano".

A las 8 y cincuenta apenas se divisaba Monterrey a lo lejos. Entre corriendo unos raticos y caminando, seguí avanzando contra el reloj. Una alerta de ampolla comenzó a anunciarse desde el dedito chiquito del pie derecho. Mis pantorrillas seguían siendo mordisqueadas inmisericordemente. A las 8 y cincuenta y cinco ya estaba en la diez. Pasé el río por el peatonal del metro, pidiendo permiso y abriéndome paso entre la multitud agolpada. ¿acaso el espectaculo no era por allá por la 33? ¿por qué había tanta gente entonces por estos lados? ¡Claro! Cerrada la estación Industriales, la alternativa de la gente que iba para el sur era llegar hasta la estación Poblado.

Cuando llegué al éxito, casi que el único carro en el parqueadero era el mío. Además, yo había dejado las luces de parqueo encendidas. ¿cuantas horas de luces de parqueo se necesitan para agotar la batería de un carro? Alcancé a entrar al parqueadero, todavía no habían cerrado. Como por disimular no me fui directo para el carro, sino que entré al almacén preciso cuando anunciaban "ha llegado el final de otro día éxito". Compré jugo de naranja, panes para el desayuno y fruta para llevar a la oficina en este resto de semana.

El carró arrancó, sin problemas. ¡Qué descanso! Apenas salí del éxito tuve que encender los limpia parabrisas, había empezado a lloviznar.
¡Qué suerte la que tuve!

lunes, 19 de julio de 2010

Bicentenario

Mañana, 20 de julio de 2010, se celebran acá en Colombia los 200 años de independencia. Sería algo así como el cumpleaños de nuestro país, aunque más exactamente lo que pasó hace dos siglos fue el inicio de la gestación de la independencia, con una discusión acalorada alrededor del préstamo de un florero.

Mucho se ha dicho y hecho respecto a esta memorable efeméride, al igual que en tantos otros países latinoamericanos que vienen a cumplir sus 200, también, por estos días. Sin embargo, todo de lo que me he enterado está enfocado hacia el pasado. Nos han invadido por todos lados con las antiguas imágenes de nuestros próceres, viejos documentos amarillentos y deteriorados, crónicas históricas de lo acontecido allá en el siglo XIX y durante estos 200 años de existencia de nuestra república.

No ha habido (o si lo ha habido, no me he enterado) esfuerzos orientados a mirar hacia adelante. ¿qué significan para Colombia los próximos 200 años? ¿en qué condiciones van a estar nuestros descendientes en el año 2210? No es de extrañar en nuestra cultura cortoplacista para la cual es imperativo obtener resultados en los primeros cinco años y, si es posible, en el primer año, y planear a 20 años significa especular sobre el muy largo plazo.

Los Estados Unidos de América celebraron sus 200 años en 1976. En preparación para esa fecha, una editora de Filadelfia llamada Naomi Gordon tuvo la idea de convocar a varios escritores para que escribieran relatos, todos con el título "The Bicentennial Man". El argumento era libre y a criterio de cada autor y los relatos se incluirían en una antología a ser publicada en 1976, año del bicentenario. Por distintas razones, el proyecto no pudo concluir y la antología no llegó a ser publicada (Si por acá llueve, por allá no escampa).

Sin embargo, Gordon había contactado a Isaac Asimov en enero de 1975 y éste escribió un cuento de robots. El hombre bicentenario de Asimov era un robot llamado Andrew Martin que luchó durante toda su existencia por convertirse en un ser humano y ser aceptado como tal en una sociedad donde los robots eran considerados poco más que un electrodoméstico.

El cuento (más bien una novela corta o lo que llaman una "novella" entre los angloparlantes, que son tan precisos en sus definiciones, o sea un texto más largo que una "novellette" pero más corto que una "novel") fue publicado por la casa editorial Del Rey en 1976 y ganó los premios Nébula y Hugo al año siguiente. Fue también la base para una novela llamada "The Positronic Man", escrita en 1993 por Asimov en colaboración con el escritor Robert Silverberg. Algunos lectores tal vez recuerden más fácilmente la película del mismo nombre protagonizada por Robin Williams en 1999, que no me pareció tan mala como muchos opinan; al menos resultó más fiel al original que la taquillera "I, Robot" de 2004 con Will Smith.

De regreso a 1810, a pesar de que es aceptado por muchos que la primera novela propiamente de ciencia ficción fue "Frankenstein o el Moderno Prometeo", publicada por Mary Shelley en 1818, encuentro googleando por ahí que un ex-oficial de el ejército prusiano llamado Julius Von Voss publicó en 1810 una novela llamada "Ein Roman aus dem einundzwangsigsten Jahrhundert", que traducido del alemán significa "Una Novela del Siglo Veintiuno". Al menos hace 200 años había alguien que estaba pensando en el largo plazo. Si alguno de ustedes tiene idea sobre dónde se consigue esta historia, agradecería que me diera una señita.

(basado principalmente en "Opus 200" de Isaac Asimov)