
Las visiones surrealistas de Bell y Gondry se combinan para contar una historia sencilla. Hiroko es una joven que llega a Tokio en compañía de su novio, Akira, con el objetivo de realizar el sueño de éste de convertirse en un reconocido director de cine. Desde el principio nos damos cuenta de que Hiroko es la que se encarga de todo: ella conduce el automóvil por las calles lluviosas mientras Akira inventa historias de peatones mutantes convertidos en anfibios que se adaptan al clima de la ciudad; es ella quien administra el limitado presupuesto mientras él juega a ser un guardaespaldas armado que pretende protegerla. Pero las cosas van cambiando y Hiroko ve día tras día como se va diluyendo su lugar en la relación: el único trabajo temporal que logran conseguir es empacando regalos en una tienda, pero Hiroko resulta negada para el asunto y sólo Akira consigue el empleo; Hiroko debe entonces enfrentarse sola a la dura tarea de buscar un apartamento en Tokio, pero la ciudad resulta más inhóspita de lo esperado y sólo logra encontrar asquerosos nidos de ratas, y a un precio que excede su escaso presupuesto. Cuando es estrenada la ópera prima de Akira, resulta aclamada por un selecto grupo de críticos, Hiroko se ve relegada a un segundo plano en ese nuevo mundo de fama y admiradores.
Hiroko se siente invisible, inútil, despreciada, hasta que un día descubre que su imagen en el espejo resulta translúcida a la altura del pecho. Se abre la blusa y descubre que hay un enorme agujero en su pecho, que manifiesta físicamente el vacío interior que ella siente. Este es el primer paso de una dolorosa y bizarra metamorfosis, a través de la cual, paradójicamente, Hiroko llega a descubrir un nuevo e insospechado lugar en el mundo.
Me detengo acá. He sido criticado algunas veces por la gran cantidad de spoilers que incluyo en mis textos, así que dejo por fuera el final de la historia.
[ALERTA DE SPOILERS] Sólo voy a agregar que el final de la historia tiene que ver con uno de los elementos del título de este artículo, pero no con los dos. [FIN DE LA ALERTA DE SPOILERS]

El agua es estrictamente racionada y la única comida disponible para las masas hambrientas son unas galletitas de dudoso aspecto y distintos colores, que supuestamente son hechas de concentrado vegetal y plancton. “Soylent Green” es la variedad más apetecida de estas galletitas y cuando se agota la gente se alborota de tal manera que la policía tiene que intervenir y los someten con gigantescas palas mecánicas. La película está basada en la novela “Make Room! Make Room!”, 1966, de Harry Harrison pero el quid del asunto (de lo que realmente están hechas las galletitas verdes) es original de la cinta.
No voy a revelar ahora ese terrible secreto. Mi intención es referirme a otro elemento que introduce la película, uno que, aunque en apariencia es trivial, ilustra los límites a los que puede llegar la condición humana.
Los apartamentos de los ricos están totalmente amoblados y como parte del mobiliario se incluye a mujeres jóvenes y atractivas, que también pasan a ser propiedad de quien compra el apartamento. A estas mujeres se les llama “furniture” (muebles o mobiliario en inglés) y se las trata como tales. Un policía que llega a investigar la escena de un crimen no tiene ningún problema en hacer uso de la chica y acostarse con ella, como quien hace uso de un sofá para sentarse.
Es a lo que me refiero cuando hablo de la condición humana: dejamos de tratar a las personas como tales cuando dejamos de llamarlas personas. Eso nos facilita las cosas. El primer paso para deshumanizar al otro es dejar de nombrarlo humano.

Es un asunto de poder.
Hay un ejemplo al respecto en la literatura, en un libro clásico donde un hombre se enfrenta a un terrible monstruo marino. Herman Melville publicó “Moby Dick” en 1851 y en esa novela incluye a un pintoresco personaje de nombre Queequeg. Se trata de un “salvaje” caníbal proveniente de una isla del Pacífico Sur [ALERTA DE SPOILERS]
Queequeg no tiene ningún problema en usar a la gente como mobiliario. Lo vemos sentarse despreocupadamente sobre un marinero dormido y expresar extrañeza cuando el protagonista lo amonesta al respecto.
Melville lo relata como una costumbre de salvajes, ajena al mundo civilizado, es decir, perteneciente a ese indistinguible continuo de culturas “incivilizadas” que no formaban parte de la civilización europea y la cristiandad. En ese sentido, Queequeg es un arquetipo. Pero yo creo que debemos tomarlo más bien como una advertencia de lo que todos podemos llegar a ser capaces de hacer.Queequeg se acomodó justo después de la cabeza del durmiente, y encendió su pipa tomahawk. Nos seguimos pasando la pipa por encima del durmiente, del uno al otro. Mientras tanto, respondiendo a mis preguntas en su limitado inglés, Queequeg logró hacerme entender que, en su tierra, debido a la inexistencia de sillones y sofás de cualquier tipo, el rey, los jefes, y la gente importante en general, tenía la costumbre de engordar a algunos de menor rango para que hicieran las veces de otomanas; y amoblar sus casas confortablemente con ellos, sólo tenías que comprar ocho a diez tipos perezosos, y repartirlos en las distintas alcobas. Además, era muy conveniente en caso de excursión; preferible a aquellas sillas de jardín que se convierten en bastones; cuando lo requiriera, un jefe podría llamar a su sirviente, para que éste se dispusiera en forma de asiento bajo la sombra de un árbol, tal vez en algún lugar húmedo o pantanoso.
Herman Melville, “Moby Dick”, 1851.
El canibalismo y usar a las personas como muebles son dos caras de una misma moneda. Y me atrevo a pensar que, desde un punto de vista antropológico, quizás salga mejor parado el canibalismo cuando éste es un ritual dentro de la cultura: porque ansío las características del otro es que como de su carne, a ver si por ese medio adquiero esas características deseadas. Desde el punto de vista antropológico, he dicho, porque desde el punto de vista de la pobre víctima “ritual” significa muy probablemente una muerte lenta y dolorosa.
En nuestro actual mundo “civilizado”, considerar al otro como una cosa ha sido descrito como síntoma de graves afecciones siquiátricas o neurológicas. Uno de los síntomas que se han descrito del Síndrome de Asperger (entiendo que es una forma de autismo) es que no perciben a la gente como criaturas que piensan y sienten, a menudo se dice de los pacientes de este síndrome que confunden a la gente con muebles. También es un rasgo característico de los sicópatas, como en el caso del asesino que mató a la esposa de Roman Polanski, Charles Manson, de quien se dice veía a la otra gente como si se tratara de muebles u objetos inanimados del mundo a su alrededor. Tal vez el caso más famoso es el descrito por el neurólogo Oliver Sacks , una especie de Mr. Magoo de carne y hueso identificado como el doctor P.
Pero estoy siendo injusto con el doctor P. al incluirlo en la misma lista con sicópatas y enfermos carentes de empatía. Él era incapaz de reconocer rostros y veía en las personas sólo formas abstractas, pero bastaba sólo un gesto, el más leve movimiento, para que las identificara en toda su humanidad.…Pareció también decidir que la visita había terminado y empezó a mirar en torno buscando el sombrero. Extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sombrero! Ella daba la impresión de estar habituada a aquellos percances.
Oliver Sacks, “El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero”, 1985.
Podemos quedarnos tranquilos que se trata de una cosa que le pasa sólo a ese tipo de enfermos o podemos seguir escarbando un poco más en el asunto. Estos individuos no tienen opción, en muchos casos ni siquiera son conscientes de que les falta algo.
Pero, ¿qué sucede cuando un individuo decide despojar al otro de su condición de persona?
¿Y qué sucede cuando no es un individuo el que toma esta decisión sino toda una sociedad?
(continuará)